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De la autoinculpación al odio

 El pasado agosto se publicó en este periódico un amplio artículo, firmado por Ángel Munárriz, titulado ”Abascal gana fuerza entre obreros y parados y se acerca al umbral de Le Pen", donde se informaba del aumento de los apoyos a Vox entre los desempleados, los asalariados y quienes se consideran pobres. Se trata de ciudadanos que no votan políticas progresistas, a pesar de que son estas, precisamente, las que han incrementado el salario mínimo interprofesional, aumentado las pensiones, defendido la sanidad y la educación públicas, o intentado, intento frustrado por la derecha, reducir la jornada laboral. A pesar de todo lo anterior, parte del electorado natural de la izquierda se gira hacia la derecha y culpa a aquella de su situación.

Pablo López Calle ha investigado la subjetividad precaria en las periferias metropolitanas desindustrializadas, mediante entrevistas realizadas a jóvenes trabajadores de Coslada que sufrieron la crisis de 2007. Jóvenes que, en época de bonanza, dejaron pronto la enseñanza en busca de oficios manuales que ofrecían salarios bien remunerados y que, tras la recesión económica, se encontraron en situación de desempleo sin cobertura, abocados a vivir con sus padres o a volver a formarse para acceder a otras profesiones supuestamente mejor pagadas. Su insuficiente formación inicial les impedía optar al escaso trabajo decente disponible, continúa el autor, lo que les llevó a soportar situaciones de “infraempleo y sobreexplotación”. Notemos que se trata de las mismas condiciones materiales que hoy encontramos en los potenciales votantes de Vox a los que se refiere Munárriz.

Hace menos de diez años, López Calle observaba en estas clases populares una subjetividad, es decir, un modo de saber y representarse a sí mismo, que tenía conciencia de su precarización, que sufría el duelo por la pérdida de estatus, y también, y esto es lo que más nos interesa aquí, una subjetividad que se culpaba, psicologizaba y consideraba problemas individuales los conflictos colectivos que le afectaban. Es lo que se conoce como individualizar la queja. Tratar de convertir en problemas personales los problemas sistémicos es una práctica común del neoliberalismo, como sabemos. La crisis económica fue vivida entonces como un episodio traumático, un shock que se interpretó como un conjunto de errores colectivos y personales, un pecado involuntario, lo llama López Calle, vinculado con una naturaleza débil o con elecciones personales equivocadas, entre otros factores.

Lo que quiero destacar es que el desclasamiento, la precarización, la falta de reconocimiento social que la pérdida de un trabajo más digno comportaba era interpretado por los afectados como efecto de una mala gestión de sus recursos personales, con el consiguiente correlato de culpa, depresión y otras patologías del reconocimiento, como son la pérdida de aprecio social, en palabras de Axel Honneth, que afectan a quienes pierden el sostén identitario que el trabajo y el acceso a los bienes materiales e intangibles que este proporciona.

En apenas una década, insisto, una parte de quienes hoy ven disminuidas sus oportunidades laborales y sociales ha pasado de aquella autoinculpación a la exculpación actual. Esta población desfavorecida ya no se instala en la dolorosa rumiación culposa de entonces, sino que identifica primero a un culpable de su situación, para deshumanizarlo y convertirlo en chivo expiatorio después: los inmigrantes y el Gobierno, proyectando sobre ellos el odio que genera su pobreza, el agudo resentimiento que experimentan quienes observan cómo descienden sus expectativas de prosperidad. Un odio que, en ocasiones, incitado por las arengas de Abascal y compañía, se vierte de manera casi letal, como vimos en los sucesos del pasado verano en Torre Pacheco y Hortaleza.

La autoinculpación reflexiva caracterizaba el modo en que eran socializadas las mujeres en el patriarcado tradicional; mujeres que nos sentíamos fácilmente culpables de cualquier conflicto, de ahí que la depresión la sufra casi el doble la población femenina. La exculpación, por el contrario, es una característica central de la socialización de los varones, especialistas en culpar a otros de sus errores, eludiendo así la reflexión y el aprendizaje, y manteniéndose en una satisfactoria situación de poder. De ahí que la expresión del malestar psicológico entre ellos se manifieste con irritabilidad, comportamientos de riesgo o aislamiento, antes que con tristeza depresiva, que permanece subyacente.

La autoinculpación es dolorosa, produce una hemorragia narcisista difícil de manejar, genera una pasividad que es fruto de la impotencia, mientras que la exculpación reactiva es consoladora: no soy yo el culpable, es el otro, pudiendo generar actuaciones impulsivas para recuperar el control que se siente perdido. Es el inmigrante quien me quita el trabajo, alarga las listas de espera de los hospitales, me roba los recursos de un Estado que no hace lo suficiente por los suyos y protege a los extranjeros; son los inmigrantes quienes convierten España en un país más inseguro. Reconocerán en estas afirmaciones el argumentario más recurrente entre los dirigentes y los votantes de Vox, tan masculinos ellos.

A efectos de esa exculpabilización gratificante no importa que nada de esto sea cierto. Que los inmigrantes no nos quiten el trabajo sino que desempeñen aquellos que los nacionales no queremos hacer, que tengan una buena salud y no frecuenten los hospitales con la insistencia que ellos afirman, o que no se beneficien de esos recursos que sienten amenazados quienes los acusan, pues los trabajadores extranjeros suponen casi un 14% de las aportaciones a la Seguridad Social. No importa que, según datos del Ministerio de Interior, el aumento de extranjeros no haya incrementado los delitos, sino que la criminalidad en España haya disminuido un 0,3% en el último año. Y no importa porque el uso de la razón está reñido con la exculpación impulsiva, que se instala cómodamente como mecanismo de defensa debido a su capacidad de reparar de inmediato cualquier herida, proporcionando potencia y expulsando de sí la responsabilidad. Al proyectar el odio sobre el chivo expiatorio elegido se mantiene intacta la autoestima, dando un sentido simplista y reparador a cualquier malestar. El mecanismo es muy utilizado por los hombres maltratadores, que culpan indefectiblemente a sus mujeres de los reveses que les proporciona la vida, mientras ellas se autoinculpan. Y la extrema derecha y la derecha extrema han sabido capitalizar el descontento, potenciándolo, para hacerse con las simpatías de miles de jóvenes precarizados por un sistema económico capitalista, caníbal y deshumanizado. La culpa que siguió a la crisis anterior se convierte en acusación y odio, en la separación radical entre un nosotros y un ellos, en una peligrosa designación de un culpable al que estigmatizar y desear destruir.

Sin embargo, culpar exclusivamente a la ultraderecha y a la derecha de esta dinámica es caer en el mismo error exculpatorio que ellos, pues está claro que los partidos progresistas han contribuido sin proponérselo a este peligroso giro al no atender suficientemente a las condiciones materiales de la población más vulnerable, entre las que la precarización laboral y la falta de vivienda serían las más urgentes, pues privan de agencia y de futuro, aumentando el rencor.

La rectificación está llegando, esperemos que no sea demasiado tarde. Urge para el bien de todos una reflexión profunda que identifique las causas ocultas tras ese malestar desesperado. Urge hacer autocrítica y enmendar. No hay tiempo que perder.

Autore: Lola López Mondéjar

Publicado en El País el 6 de octubre del 2025

No nos dejemos "modificar" la realidad.

 Nevenka Fernández y el precio de la verdad

La realidad es el resultado de un consenso del que solo te puedes excluir a  cambio de pagar el precio que corresponda y que, según la época o el asunto, puede ir desde la cárcel a la horca, pasando por la multa, el exilio, el aislamiento, el escarnio público o el desarraigo, etcétera. Galileo fue condenado a cadena perpetua por disentir del geocentrismo, que era la idea dominante de los años que le tocaron vivir. Es un ejemplo, pero la historia está salpicada de personas que, por inconsciencia o principios, se empeñaron en llevarle la contraria a la autoridad competente y sufrieron por ello.
Hace apenas 20 años, si eras cajera de Hipercor y el pan de tus hijos dependía de ello, te tenías que dejar tocar el culo por tus jefes. No lo digo yo, lo decía el fiscal jefe de León, es decir, un representante de la realidad consensuada del momento, uno de los miembros más respetados de nuestra comunidad, un señor con estudios, con poder, con corbata, con prosopopeya o empaque, con ética y autoridad: en resumen, con todo lo que hay que tener para soltar esa afirmación públicamente, en la mitad de un juicio con taquígrafos, con periodistas y con curiosos desocupados. Según este representante del ministerio público, era normal que los hombres con poder tocaran el culo a sus subordinadas. Formaba parte del contrato social. De ahí quizá que las mujeres prefirieran no ser cajeras de Hipercor ni cajeras en general.
En aquellos momentos, y gracias a los acuerdos históricos reinantes, el alcalde del PP de una ciudad como Ponferrada podía acosar sexual, sentimental y laboralmente a una de sus concejalas sin que la víctima pudiera defenderse a menos que estuviera dispuesta a romper el consenso acerca de lo que era y no era realidad y a pagar el precio que esa ruptura conllevaba. Tal fue el caso de Nevenka Fernández, responsable, a la sazón, de la Concejalía de Hacienda de la ciudad leonesa arriba mencionada. En 2001, tras una grave depresión por la que causó baja, Nevenka Fernández denunció a Ismael Álvarez, su acosador, primero en los juzgados y luego en una rueda de prensa que causó un estupor general porque rompía con las reglas del juego establecidas.
Aquella mujer se había atrevido a decir que la realidad no era como nos la contaban.
De ahí el título de mi libro sobre el caso, Hay algo que no es como me dicen, una frase que pronunció en uno de nuestros primeros encuentros:
—Yo notaba, desde pequeña, que había algo que no era como me decían.
—¿Por ejemplo? —preguntaba yo.
—En mi entorno siempre se había hablado de los homosexuales como del diablo. Pero cuando fui a estudiar a Madrid, uno de mis mejores amigos era homosexual y resultó que era muy buena persona.
El subtítulo del libro (El caso de Nevenka Fernández contra la realidad) viene dado también por esta circunstancia. Nevenka, al denunciar a Ismael Álvarez, estaba poniendo patas arriba toda la arquitectura del mundo al que había pertenecido y por el que sería inmediatamente repudiada debido a que el concepto de realidad dominante era el representado por Ismael Álvarez, todo un señor alcalde, y por García Ancos, todo un señor fiscal (el del culo de las cajeras de Hipercor). ¿Cómo se atrevía esa cría de 26 años a denunciar la doble moral de aquellos a quienes debía su trabajo, su sueldo, su estatus y casi, casi, pensarían ellos, su existencia?
Lo cierto es que se atrevió y que pagó por ello el alto precio de la disidencia. Si los suyos (la derecha política, por simplificar) la repudiaron, los ajenos (la izquierda, por continuar con la simplificación) trataron el asunto como un problema interno de un partido político conservador:
—Pero esa mujer ha sido víctima de un acoso brutal —intentabas explicarles.
—Pues que se joda, que no hubiera sido de derechas —venían a decirte.
¿Y el feminismo?
Tampoco hubo asociaciones feministas que se hicieran eco del caso, que le ofrecieran su ayuda. Nevenka, en fin, lo tenía todo en contra: era de derechas, era inteligente, era inmanejable, era guapa, había cursado con brillantez una carrera universitaria… Demasiadas cosas buenas para adoptarla como víctima. Ese papel, según las normas impuestas por la costumbre, estaba reservado para el acosador, pobre, al que aquella especie de femme fatale había destrozado la vida. Busquen en las hemerotecas las palabras de adhesión inquebrantable con las que lo apoyó Ana Botella, la esposa de José María Aznar, por citar solo una referencia moral de la derecha del momento.
Tras la rueda de prensa en la que, junto a su abogado, Adolfo Barreda, efectuó la denuncia pública, Nevenka desapareció literalmente del mapa. Tampoco eso jugaría a su favor. En teoría, debería haberse convertido en carne de programas de entretenimiento o de telerrea­lidad. Debería haber hecho caja con su sufrimiento, para lo que recibió ofertas muy, muy sustanciosas. Ello le habría costado algunas críticas, desde luego, aunque habría constituido a la vez una forma de sumisión por la que quizá habría sido perdonada.
Pero no: había roto amarras con la realidad y desde aquel instante hasta que comenzó el juicio, pero también a lo largo de él, atravesó unos meses infernales que se prolongarían incluso tras librar la batalla legal, que ganó a los puntos, aunque perdería por KO la social. Tenía un currículo brillante que en las empresas leían con admiración hasta que reconocían en aquella joven economista a la misma que se había atrevido a disentir de la verdad instituida. Pasado el tiempo, tras ser consciente de la repulsa general que provocaba, decidió hacer la maleta y marcharse de España.
Su acosador, entre tanto, se paseaba triunfalmente por Ponferrada, tomaba vinos aquí y allá, se le festejaban su hombría, su misoginia, su machismo, hasta el punto de que pocos años después, en 2011, volvió a presentarse a las municipales. Su partido, de nueva creación, obtuvo los votos suficientes como para convertirse en la tercera fuerza política. Faltaban aún seis o siete años para que el movimiento Me Too moviera un poco los cimientos del statu quo.

Yo empecé a escribir cuando me di cuenta de que había algo que no era como me decían. La escritura me servía para articular aquello que escuchaba con aquello que veían mis ojos, que tampoco solía coincidir. Sorteaba las contradicciones existentes entre la realidad hablada y la realidad perpetrada a base de sintaxis. De ahí mi identificación con la extrañeza en la que se sintió inmersa Nevenka, que, al ver cómo reaccionaban los suyos frente a la denuncia, parecía preguntarse: ¿cómo he podido ser una de ellos?
Hay algo que no es como me dicen nació, pues, del encuentro entre esas dos extrañezas, la suya y la mía. Pero había en la suya una rebeldía liberadora que yo había reprimido en la mía. De hecho, en muchas ocasiones, mientras tomaba nota de las peripecias que me contaba de su vida, y que afectaban para mal a personas de su propia familia, levantaba la cabeza del cuaderno y le decía:
—¿Estás segura de que me vas a permitir publicar esto?
—Tú ponlo, escríbelo —decía ella.
Y yo lo escribía temiendo que se volviera atrás cuando llegara el momento de la publicación del libro, temiendo que aquello jamás viera la luz, temiendo que todas aquellas horas y horas de trabajo se fueran por el desagüe de su vida y de la mía como el agua por el sumidero del lavabo.
Y mientras lo escribía no era raro que el asunto Nevenka saliera en la conversación de una cena de compañeros de trabajo, de amigos o simples conocidos. Entonces, al revelar yo que trabajaba en el caso, y del lado de la verdadera víctima, exclamaban:
—Pero esa chica…
—Pero esa chica, qué.
—Esa chica fue amante del alcalde.
—Y un día —respondía yo— decidió dejar de serlo, lo que al alcalde y a la sociedad ponferradina les resultó intolerable.
En ocasiones, la discusión se prolongaba con los argumentos reaccionarios de toda la vida, que no vale la pena enumerar. En ocasiones, la discusión se terminaba en ese punto y entonces me miraban con lástima como si también yo hubiera sido víctima de los enredos de aquella Mata Hari que medraba a costa de destruir a los idiotas.
El libro salió tal y como fue escrito. Era un libro a contracorriente, un libro desencajado respecto de su momento histórico, por lo que no fue ni bien ni mal ni todo lo contrario. Permaneció ahí, como un retal de insubordinación del que no recibí noticias demasiado buenas ni demasiado malas. “Finalmente”, decía el personaje de una novela en la que ahora no caigo, “todo conduce a un término medio en el que ni la felicidad resulta excesiva ni la desdicha insoportable”. Estos días, gracias a la miniserie de Netflix, he visto en las redes (entonces no existían) testimonios de personas que al parecer lo leyeron entonces con pasión (con la pasión, calculo, con la que se lee en la clandestinidad).
Nunca se sabe.
Jamás me arrepentí de haberlo escrito.

Autor: Juan José Millás. Publicado en El País semanal el 28/02/2021

Cine heteropatriarcal

La vieja academia en llamas

Una ceremonia César generalmente no tiene ningún interés filosófico o político particular. Sin embargo, en un momento de reorganización de las políticas de género y sexualidad, una gala televisada vista por dos millones de televidentes adquiere la consistencia de un ritual político, de "lenguaje social", para usar los términos de Lévi-Strauss, que dramatiza públicamente las posiciones de poder, escenificando su crisis y su reinscripción normativa, pero también abriendo la posibilidad de hacer visible su fracaso.
Ante las críticas sin precedentes de la dominación masculina, desde las primeras acusaciones de #MeToo hasta las declaraciones públicas de Adèle Haenel, la ceremonia César del 28 de febrero se ha convertido en un ritual destinado a la restauración mítico-mágica de la soberanía heteropatriarcal. en crisis y sus jefes. La ceremonia organizó uno de los ritos de la cultura heteropatriarcal dominante que técnicamente podría llamarse "un ritual de exaltación del violador y castigo de la niña violada (que habla)". Lo interesante de este ritual es que no está diseñado por una élite masculina para gobernar un conjunto de cuerpos femeninos sujetos, sino que es una práctica social en la que participa voluntaria y activamente. los llamados gobernantes y los gobernados,
La ceremonia César fue un ritual heteropatriarcal de restauración mítico-mágica del violador Polanski y la exclusión y asesinato de la víctima que habla, Adèle Haenel. El heteropatriarcado se caracteriza por la definición necropolítica de la soberanía masculina, es decir, por la idea de que un cuerpo blanco adulto es masculino en la medida en que puede usar legítimamente la violencia sexual contra cualquier otro cuerpo marcado como femenino, no blanco o infantil. En este sentido, el heteropatriarcado no solo considera la violación como una posibilidad, sino que la exige, al menos conceptualmente, como una condición de posibilidad para el ejercicio de la soberanía masculina heterosexual. Por eso, en el orden heteropatriarcal, Polanski no aparece como un criminal, sino como una víctima de la rebelión feminista. Pola Polanski: sueña con ser un Dreyfus del movimiento #MeeToo. El argumento de la separación del hombre y el artista, que no solo salva sino que recompensa a Polanski, oculta su posición estratégica dentro del orden heteropatriarcal. Polanski no está protegido porque es un artista. Está protegido porque es un peso pesado en la industria del cine, un hombre blanco y heterosexual. Es su condición de gran jefe y heteropatriarca de la industria del cine y no su condición de artista lo que lo protege. Por lo tanto, defender y recompensar a Polanski es una emergencia simbólica, para proteger no la "libertad del arte" sino la sumisión a la soberanía heteropatriarcal. Esta es una tarea tan urgente como colectiva, y esto se aplica tanto a lo que seguimos llamando a los hombres como a las mujeres de la academia, tanto a los blancos como a los negros, así como a los árabes como a los judíos. El gran capital heteropatriarcal prefiere la sumisión universal a las diferencias de identidad.
Segundo, el heteropatriarcado se define por la negación de la soberanía sexual y política de las mujeres más allá de los límites de las relaciones heterosexuales y el placer masculino. Por lo tanto, la niña violada, el niño violado, el hombre o la mujer o el transgénero violado no tienen derecho a hablar y tampoco son considerados sujetos políticos cuando hablan. Por lo tanto, la homosexualidad femenina se considera sexualmente anormal y, por lo tanto, debe permanecer políticamente invisible. Es posible representar la homosexualidad femenina como una fantasía del deseo masculino, pero no como una posición política y sexual autónoma. Adèle Haenel rompió estas dos reglas de heteropatriarquía: primero, habló y habló públicamente sobre el abuso sexual al que fue sometida. Después,Retrato de la niña en llamas . Adèle es una Juana de Arco del movimiento francés #MeToo, a quien la academia se apresura a quemar ritualmente durante la ceremonia de premiación. Pero como cualquier ritual colectivo, también es probable que resulte en un fracaso performativo.
Lo que está en juego aquí no es el honor del viejo y corrupto Polanski, sino la hegemonía heteropatriarcal de la academia de cine. El cine es importante no porque sea un "arte", sino porque, como explicó Teresa de Lauretis, es una de las tecnologías fundamentales para la fabricación y distribución de género y sexualidad Es una de las máquinas culturales centrales de producción de la imaginación audiovisual heteropatriarcal: una fábrica de representaciones normativas (o disidentes) de género, sexualidad y raza. La función de esta tecnología se redobla por su posición hegemónica dentro de la industria cognitiva del capitalismo mundial. En otras palabras,
Por lo tanto, podemos preguntarnos por qué seguimos esperando ingenuamente a que una de las industrias más poderosas y normativas del planeta tenga un potencial crítico y emancipatorio. ¿Podemos imaginar una ceremonia de premiación para la industria petrolera durante la cual Davi Kopenawa Yanomami (1) presentará el Premio Antropoceno a Total?
La academia sueña que la mujer violada tiene la misma posición en su industria que la vaca en la industria alimentaria. Al igual que la vaca, hay mujeres heterosexuales en todas partes en el cine, celebramos sus cuerpos ... pero, sobre todo, comemos sus cuerpos (en pantalla y fuera de la pantalla). Solo la academia de cine parece olvidar que, a diferencia de la vaca, la mujer violada produce conocimiento político de su propio proceso de sumisión. La mujer violada habla, desea y se convierte en un sujeto político. Esta es la revolución que estamos presenciando. Es esta emancipación del objeto del deseo (y la violencia) del cine lo que la academia no puede soportar.
Esta ceremonia de los Césares se caracterizó por la exacerbación ritual de todas las contradicciones, por la espectacularización pop del sufrimiento, pero también por la sumisión de la víctima y, finalmente, por la exaltación del criminal. Y en esta corografía todos juegan su papel. Como cualquier ritual para restaurar una hegemonía en crisis, la ceremonia de la academia debe inducir la unificación de teorías desunidas, la superación de antagonismos y contradicciones. En palabras de Lévi-Strauss, mediante una acción ritual, "todos los participantes pasan al lado del ganador".. Y esto es lo que sucede cuando Mathieu Kassovitz habla sobre la necesidad de preservar la seducción entre hombres y mujeres en el cine; imagine que, en lugar de Mathieu Kassovitz, fue Céline Sciamma quien habló del derecho de los hombres a ¡Continúen seduciendo a los hombres y el derecho de las mujeres a seducir a las mujeres en el cine! Pero esto no está sucediendo. Lo que está sucediendo es que Kassovitz nos explica, enfatizando su papel como padre heterosexual, que consultó a su hija para alabarnos con la seducción masculina en lo que Adrienne Rich habría llamado "heterosexualidad obligatoria" " de la industria cinematográfica.
También fue necesario en un buen ritual de exaltación del violador una pequeña dosis de crítica de la pedofilia, como una vacuna homeopática. Y eso es lo que sucede cuando Swann Arlaud toma la palabra para hablar sobre los hechos que inspiraron su papel ... pero sin mencionar a Polanski. La misma superación de contradicciones se produce cuando dos mujeres, Emmanuelle Bercot y Claire Denis, anuncian el nombre del ganador del Cesar al Mejor Director. El resto es un ejercicio de obediencia a los dictados de género, sexo y raza: Anaïs Demoustier y el equipo Ladj Ly celebran sus victorias sin decir una palabra sobre Polanski. El capitalismo heteropatriarcal no es una batalla de hombres contra mujeres. No todos los hombres son depredadores, no todas las mujeres son feministas. Tampoco es una asociación de minorías para criticar el estándar. Ninguna industria tolera a los trabajadores disidentes. Es una batalla por el monopolio de la soberanía heteropatriarcal y el control de las fuerzas productivas contra cualquiera que se muestre disidente, ya sea hombre, mujer, trans, no binario, racializado o blanco. ¡Y que el cine siga siendo una celebración capitalista y heteropatriarcal!
Frente al galardonado violador, frente a la industria del cine, Adèle está sola. La niña maltratada que habla en público debe ser aislada, ridiculizada, como una bruja, si no literalmente quemada en público, al menos simbólicamente incinerada. De sus cenizas, Polanski renace en la forma de un fénix que nadie cree en el cine, pero que nadie se atreve a denunciar.


Hasta entonces el ritual parecía efectivo.
Adele estuvo en esta ceremonia, más que nunca, la chica en llamas.
Porque el ritual falla. La niña violada ya no es un cuerpo dócil, pasivo y silencioso. Ella ya no es una víctima. Es un tema político.
Adèle se levanta, con la espalda muy recta, los ojos brillantes, pronuncia "qué pena" y sale de la habitación.
Aquí está la culminación del ritual de castigo de la niña violada que habla y de la exaltación del violador. Pero este momento es también el del fracaso performativo del ritual. La academia quería imponer su arquitectura heteropatriarcal, pero resultó ser frágil y grotesca. Y al hacerlo, abrió, más que nunca, la puerta a la resistencia y la crítica.
Adèle, estamos contigo. Cuando te levantas, nos levantamos y dejamos la habitación contigo. El ritual ha sido revertido por su fuerza: la academia está en llamas y usted está vivo. Porque si la industria del cine pertenece a los jefes y los violadores, el futuro pertenece a los disidentes y disidentes violados y violados que abandonan la sala. ¡Y que la fiesta continúe en otro lado!
(1) Jefe de chamanes ecológicos, portavoz de la comunidad de nativos americanos yanomami.
Autor:Paul B. Preciado
Publicado en Liberation el 1 de marzo de 2020

Mujer tenías que ser.

Un nuevo campo de batalla


La coherencia no es la virtud más extendida en el género humano. ¿Cómo es posible que en muchos países los trabajadores voten a la extrema derecha o que los varones se sientan agredidos, pese a la evidencia de su posición hegemónica? Podríamos citar otras incoherencias en el actual paisaje político que llaman la atención: elitistas que ganan elecciones con un discurso contra las élites, líderes que apelan a la religión al tiempo que desprecian los valores más elementales del humanismo, también hay quien ha ganado la batalla contra el terrorismo y se presenta como derrotado…

Reflexionemos un momento sobre la primera contradicción. ¿A qué se debe esa nostalgia por un tipo de liderazgo viril del estilo del que representan Trump, Salvini, Abascal o Putin? ¿Podríamos explicar su éxito si no fuera porque, además de que son votados por los tradicionales reaccionarios de la derecha, resultan políticamente atractivos para amplias capas de la población, incluidos aquellos trabajadores que en su momento pudieron votar a los comunistas?

La primera explicación que se me ocurre tiene que ver con un mecanismo de compensación ante el desconcierto que produce la nueva reconfiguración de los papeles masculinos y femeninos, así como el avance de la lucha por la igualdad. Estamos en un momento histórico en el que se están volviendo a definir lo público y lo privado, la autosuficiencia y la dependencia, la soberanía y la cooperación, los principios y la negociación. En este contexto, el retorno del macho alfa o del cotidiano machirulo respondería a un intento de clarificación y vuelta a los patrones tradicionales. La dominación masculina se resiste a ceder y encuentra el sustento de amplias capas de la población que no saben cómo transitar hacia el nuevo reparto del territorio. El intento de conservar antiguos privilegios cuenta con el beneplácito de quienes se sienten inseguros en la nueva redefinición. Unos no saben cuál debe ser su nueva posición y otros lo saben demasiado bien y se resisten a ello. Porque no se negocia un simple reparto de tareas domésticas sino la definición de la propia identidad, algo que está produciendo nuevos perdedores y gente desconcertada e insegura.


El clásico combate por la igualdad mantenía la identidad de los combatientes, por lo que no resultaba demasiado desconcertante; ahora se discute también qué significa la masculinidad, en torno a las variantes de feminismo y la diversidad sexual. No es un combate de estereotipos sino contra ellos, porque el modo como el género se traduce en un estilo hace ya mucho tiempo que explotó en una variedad inclasificable. La cuestión es cómo equilibramos valores como el cuidado, la eficacia o la protección cuando ya no están asociados a ningún género en exclusiva.

Explicar los comportamientos sociales apelando a una incoherencia de los actores resulta demasiado fácil; es un modo de renunciar a entenderlos y, en su caso, a combatirlos adecuadamente. El caso de los trabajadores que votan a la extrema derecha tiene que ver concretamente con categorías simbólicas que actúan en el trasfondo de ciertos comportamientos elementales del ser humano. En su magna obra La distinction el sociólogo francés Pierre Bourdieu estudiaba con detalle hasta qué punto las clases populares han sido más rigoristas en lo que atañe a la sexualidad y a la división del trabajo entre los sexos, mientras que ese tipo de diferencias tiende a atenuarse a medida que se asciende en la escala social. En la clase dominante —señala Bourdieu a partir de diversas encuestas sociológicas— las mujeres tienden a atribuirse las prerrogativas mas típicamente masculinas, como fumar o vestir de modo garçon, mientras que los hombres no dudan en reconocer intereses y disposiciones en materia de gusto que los expondrían a pasar por afeminados, como pudiera ser un interés por la moda y algunas manifestaciones culturales. En este contexto no tiene nada de extraño que los trabajadores hayan considerado a las élites como burguesas y afeminadas; sus modales, su cosmopolitismo y su diplomacia aparecían en claro contraste con la fuerza y virilidad de quienes, como los trabajadores del campo o industriales, tienen una experiencia concreta de confrontación con el mundo material. En buena medida este antagonismo se reproduce hoy en el que enfrenta a globalistas y nativistas, con todos los atributos que podemos asociar a sus respectivas culturas políticas, sus diferentes estilos de comunicación y protección. En Francia un liderazgo como el de Macron, aunque solo sea implícitamente, recuerda al tipo de cosmopolitismo feminizante de ciertas élites y la circunstancia de que esté casado con una mujer mucho mayor que él no hace sino reforzar la “sospecha” acerca de su virilidad. En contraposición, Marine Le Pen aparece con todos los atributos de la masculinidad y esta puede ser la razón de que obtenga tantos apoyos electorales en los barrios obreros.
El capitalismo financiarizado implica, por así decirlo, una desmasculinización del trabajo. El momento reaccionario que vive hoy la América de Trump puede entenderse como una reacción a este fenómeno y responde muy adecuadamente al deseo de recuperar el contacto con la cultura material. Así lo plantea un filósofo como Matthew Crawford, que reivindica, frente al capitalismo de casino y la economía especulativa, el mundo industrial e incluso artesanal, tan propio de cierta cultura americana. Él mismo se define como un filósofo y reparador de motos, al tiempo que defiende un estilo de vida que conecta con el imaginario popular de la sociedad americana, tal como es presentado, por ejemplo, en esos programas de la televisión protagonizados por tipos duros y generosos, que ensalzan el bricolaje, la solidaridad vecinal y la lucha por la supervivencia en medio de una naturaleza hostil.



Mi conclusión de esta pequeña teoría del machirulo es que nos encontramos en un nuevo campo de batalla que tenemos que diagnosticar adecuadamente; no es exactamente una lucha de géneros, tampoco se trata del clásico combate por la igualdad, sino la confrontación de tipos de poder y valores tradicionalmente asociados a los hombres y las mujeres. De ahí también que surjan combinaciones insólitas, incomprensibles desde nuestras viejas clasificaciones de la realidad. No estamos solo ante la tarea de luchar contra unos extremistas o convencer a electorados confusos sino también y fundamentalmente en medio de una gran transición en la que rivalizan culturas políticas diferentes, modos de concebir el gobierno, tipos de liderazgo, valores, maneras de comunicación y mando, estilos emocionales y formas de entender la protección. Aquí se libra una contienda que a mi juicio será más decisiva que la estereotipada contraposición entre la izquierda y la derecha.
Autor: Daniel Innerarity
Publicado en El País el 11 de febrero de 2020.

La Liga feminista de fútbol.

Desde hace uno o dos años desde los medios se nos vende la idea de que el avance del fútbol, ¿en que género  piensa?, de mujeres supone un avance en alcanzar una igualdad entre los dos sexos. ¿sólo  hay dos?

Informacion en prensa de la Liga semanalmente patrocinados, partidos en televisión en canales privados, retransmisión en radio, por ahora del equipo  nacional, fichajes, etc. Hasta Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, se ha subido al carro del "feminismo" y ha comprado un equipo.

¿Qué nos indica todos estos mensajes? Que el capital ha visto otro filón de negocio. Sanidad, educación, vivienda, sexo, drogas legales o ilegales, etc. Ahora toca el "feminismo".

Si realmente están comprometidos los poderes económicos con la igualdad que empiecen a cambiar sus discursos. Por ejemplo, cuando juegan hombres, que digan la Liga de fútbol masculina,  el campeonato mundial de fútbol  masculino, etc. Y cuando jueguen mujeres, que digan Liga femenina. Bueno esto ya lo machacan continuamente, perpetuando así la desigualdad y convirtiendo algo cotidiano en una excepcionalidad.

También se puede sustituir el segundo adjetivo: masculino o femenino por el de personas. 

Nuevo titular: la Liga de fútbol de las personas va a finalizar para siempre.