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¿Es libre una mujer velada?

 Autor: Santiago Alba Rico.

Publicado en El País el 25 de febrero del 2026

Hace unos días, tras una resolución judicial, una adolescente de 17 años, Eman Akram, volvió a su instituto de Logroño portando el hiyab cuyo uso le había prohibido la normativa escolar. Como cada vez hay más españolas de origen musulmán, esta polémica vuelve una y otra vez con creciente crispación en un país en el que la enseñanza reglada religiosa, de carácter privado o concertado, está reservada para los católicos o, en todo caso, para los cristianos. Un católico —quiero decir— puede llevar a sus hijos a una escuela del Opus Dei, una secta que impone la sumisión; un musulmán no puede llevarlos, en cambio, a una de los Hermanos Musulmanes. Como estoy a favor de la escuela pública, me gustaría que no hubiera ni privadas ni concertadas y ello con independencia de su filiación religiosa: no las quiero ni católicas ni musulmanas ni ateas.

Ahora bien, ¿qué es o qué debe ser la escuela pública? ¿Tiene cabida en ella el signo indumentario individual de una cultura específica? Es un asunto muy escurridizo que a menudo se despacha con una preocupante facilidad. No me refiero sólo a la ultraderecha, cuya islamofobia beligerante esconde el más fanático casticismo español. Me refiero también a un sector del feminismo que, en nombre de la Libertad en general, niega o cuestiona la libertad particular —la agencia, diríamos hoy— de mujeres concretas en una situación de vulnerabilidad. Tengo más amigas feministas que veladas (aunque también alguna amiga velada feminista) y, desde luego, me siento más cómodo con las primeras. Dentro del mundo árabe, donde vivo desde hace años, me identifico poco con los islamistas y mucho, por formación e instinto, con esa tradición ilustrada que, por ejemplo, llevaba al poeta iraquí Jamil Sidqi al-Zahawi a escribir ya en 1931 un poema titulado Velar y des-velar: “¿Cómo va a civilizarse un pueblo/ si una mitad está escondida de la otra?”.

No creo que sea discutible, por lo demás, que una de las batallas centrales de las mujeres en Irán o Arabia Saudí se libra contra el velo, objeto visible en el que se vuelca una apretada red invisible de opresiones totalitarias. El velo es, en efecto, tan visible que se nos olvida que esa batalla no es contra el hiyab sino en favor de la libertad; es decir, en favor de resignificar libre e individualmente las prendas que se eligen para ocultar o desnudar el propio cuerpo. En Túnez, antes de 2011, la dictadura de Ben Ali prohibía y perseguía el uso del hiyab y muchas mujeres se lo ponían a modo de protesta, con el riesgo de ser desnudadas violentamente y acabar en comisaría. Una vez derrocado el dictador, algunas que no se atrevían a usarlo comenzaron a hacerlo, pero otras que sólo se lo ponían para desafiar al régimen se lo quitaron.

El asunto es que no estamos ni en Irán ni en Arabia Saudí ni en el Túnez de 2011. España es un país democrático en el que la libertad indumentaria se da por sentada, salvo en el caso del hiyab, que asociamos no a la vulnerabilidad de las poblaciones inmigrantes sino al presunto fanatismo de la religión que practican. Hace unos meses, di una charla a alumnos de segundo de Bachillerato en un instituto de la periferia madrileña. Entre los oyentes había dos chicas veladas y, sin embargo, felizmente descaradas, empoderadísimas, que se mostraron muy duras con la islamofobia (“me dicen que me vaya a mi país, cuando yo soy española”), pero también con lo que llamaban el “feminismo blanco”, que las inhabilitaba para decidir libremente sobre su indumentaria: “Se nos considera libres si decidimos llevar escote, pero no si queremos llevar velo”. Ese feminismo que ellas llamaban “blanco” considera, en efecto, que sólo hay libertad en el acto de des-velarse, pero que el de velarse es siempre un acto de sumisión, de manera que, siguiendo este razonamiento, acabamos obligados a aceptar que mi libertad la decidan los demás: la normativa escolar, el Estado o una presunta regla universal. Es decir, en el caso de estas chicas musulmanas, a las que se supone adoctrinadas por sus familias, se sustituye a una figura patriarcal por otra. No se acepta la posibilidad de que decidan ellas mismas: el velo se lo ponen sus padres y se lo quitan sus profesores. ¿Y si ellas tuvieran algo que decir?

Ekram tiene 17 años. Es lo bastante joven como para cambiar muchas veces de opinión en los próximos años, también sobre el velo. Pero es lo suficientemente mayor para que, en el marco de una democracia liberal, se la juzgue ya madura para decidir si quiere o no tener relaciones sexuales y con quién, qué libros leer y qué grupos explorar y muy pronto a qué partido votar. ¿Quién y por qué una mujer se pone el velo? Depende, he dicho, del país y del contexto. ¿Se puede poner libremente? ¿Qué quiere decir libremente? ¿Quién es libre? Bien pensado, nadie lo es, ni siquiera los ricos, que tienen cuerpo, enferman, mueren. ¿Se es libre para aceptar un trabajo de cajera en el Carrefour? ¿O en la recogida de la fresa? ¿Se es más libre para desnudarse que para llevar velo? La gran feminista egipcia Nawal as-Sadawi, muerta en 2021, encarcelada por oponerse a la mutilación genital y juzgada por apóstata, se irritaba mucho con ese feminismo blanco que pretendía liberar a las mujeres musulmanas: “El maquillaje es el velo de las occidentales”, decía. La libertad es una ficción liberal incómodamente necesaria, sin la cual no se podría ni firmar un contrato ni juzgar a un asesino, títere también de sus circunstancias. Nos guste o no, tendremos que aceptar que una mujer es igualmente libre cuando va a una orgía y cuando va a misa, cuando hace nudismo y cuando se pone el velo. Se tratará, eso sí, de generar las condiciones materiales en las que las decisiones sean lo más libres posible y en las que los versos de Al-Zahawi (en el caso de las muchachas veladas) les parezcan, como a mí, hermosos y liberadores.

Porque, en definitiva, la verdadera libertad es la de rebelarse y desobedecer. Los hijos se rebelan contra los padres; los jóvenes contra la sociedad que los rechaza. Supongamos que las familias musulmanas son más doctrinarias que las del Opus Dei o las de padres militares votantes de Vox. Si queremos que Ekram se quite el velo, tendrá que rebelarse contra sus padres; y eso será más fácil si está socialmente integrada, lo que sólo puede hacerse a través de la escuela pública en condiciones de verdadera ciudadanía material. Según la noticia citada más arriba, muchas de las chicas a las que se prohíbe el uso del velo en las escuelas cambian de centro o dejan de estudiar. Si no van a la escuela, quedarán a merced de sus familias; si la escuela pública las rechaza, su libertad rebelde se activará contra la sociedad que las excluye, de modo que no serán libres quizás cuando se pongan el velo, pero sí cuando se nieguen a quitárselo, como ocurría bajo la dictadura tunecina y como ocurre en la Francia falsamente laica, donde se hacen leyes privadas para perseguir a una minoría cultural. Como ya explicó en 1818 uno de los padres del liberalismo, Benjamin Constant, toda persecución es “religiosa”, tanto la de la Iglesia contra los herejes como la del Estado contra los creyentes.

Así que yo no defendería el uso coyuntural del velo en nombre de la libertad religiosa sino en nombre del laicismo y del derecho a la educación, que es el derecho a la rebelión y a la transformación personal. España no debería permitir que nadie escapase a la escuela pública, ni ricos ni pobres, ni católicos ni musulmanes, ni veladas ni des-veladas. Es allí donde se vuelven a barajar las cartas que se querrían ya decididas para siempre en el hogar familiar.

Sí hay alternativa

 Había una vez un cuento que decía que unos hombres libres, independientes, autónomos, autosuficientes, unos hombres que no necesitaban a nadie y que podían vivir tan solitarios como Robinson Crusoe, pactaron un día crear nuestra sociedad. ¿Qué tipo de mundo común pusieron en marcha aquellos fundadores? No debería de extrañarnos mucho que fuera un mundo en el que tanto los héroes como los perdedores son “hombres hechos a sí mismos”, unos merecedores de su propio éxito, otros culpables de su propio fracaso. ¿Dónde estaría la sorpresa? Al fin y al cabo, el cuento nos dice que nuestras “sociedades libres” las pusieron en pie unos hombres que ya eran libres antes de crear nuestra sociedad, es decir, que eran precisamente libres por no necesitar a los demás. La ideología neoliberal requiere de individuos absueltos de todo vínculo, y es precisamente esa negación de nuestra interdependencia la que encubre y legitima un orden social en el que estamos expuestos a formas extremas y violentas de desigualdad.

¿Otro mundo es posible? Hoy la izquierda parece sumida en un momento apático, impera la sensación de que estamos atrapados en un agotamiento ideológico, de que hace mucho que no damos debates de fondo, de que no sabemos cuál es nuestro programa, de que nos faltan (como se dice) “ideas nuevas”. ¿Estamos sabiendo defender otro modo de relacionarnos, otra noción de sujeto, otro horizonte de sociedad? ¿Estamos siendo capaces de demostrar, frente al realismo capitalista, que sí hay alternativa? Probablemente, una parte de esta izquierda está demasiado acostumbrada a pensar el feminismo como un asunto de mujeres y a entender que la política con mayúsculas siempre trató de asuntos más universales. Y, sin embargo, desde hace ya unos cuantos años, es en el territorio de los feminismos donde se están poniendo en juego algunos de los debates ideológicos de los que más depende que las izquierdas estén en condiciones o no de tener un proyecto alternativo de sociedad.

En los últimos tiempos, una serie de conceptos se han vuelto protagonistas en nuestras reflexiones feministas: “Vulnerabilidad” e “interdependencia” han sonado no solo en la Academia o en los libros de Judith Butler, sino también en nuestras asambleas y espacios de militancia. Una de las preguntas que quiero plantear en El sentido de consentir es qué significa hacerse cargo de eso en el terreno de la sexualidad. ¿Qué es comprometerse con la vulnerabilidad y la interdependencia al pensar la relación sexual? Si el sexo nos pone ante la vulnerabilidad de los cuerpos, si el deseo nos expone a nuestra interdependencia mutua, la relación sexual siempre comporta un riesgo: el riesgo de no saber algo sobre nosotras mismas, el riesgo de tener que descubrirlo a través de otros, el riesgo de necesitar a los demás. Es esa arriesgada incertidumbre la que tiene que ser negada para poner en marcha unas reglas del juego por las que el “riesgo” y la “libertad” tienen que ver con la adrenalina de Wall Street y por las que exponerse a la posibilidad de perderlo todo es parte de la aventura. Justamente para poder naturalizar los peligros más salvajes, nuestra sociedad precisa negar lo que se han encargado de negar nuestros mitos fundacionales: que más allá de toda forma de dependencia no hay ninguna libertad.


“El desconocimiento”, dice Judith Butler, “es inseparable de la sexualidad misma”. ¡Y menos mal! De hecho, “¿quién tendría sexo si realmente pudiera conocer por adelantado exactamente cómo va a ser?”. Quizás esa es justo la pregunta acertada para pensar esa inquietante tendencia que cada vez más estudios ponen sobre la mesa y que nos habla de una creciente pereza hacia la relación sexual incluso entre los jóvenes. ¿Tiene sentido un declive del sexo en una sociedad neoliberal donde el ideal del sexo “libre” es un sexo autárquico y masturbatorio y donde el “empoderamiento sexual” parece no depender de los demás? ¿Cómo pensar el sexo en una sociedad capitalista crecientemente securitaria en la que la relación social misma se convierte en un peligro del que protegernos? ¿Y qué aportación puede hacer el feminismo para defender otra noción de libertad fuera de las redes del neoliberalismo?


Cualquier abordaje de esta pregunta debe comenzar diferenciando el peligro y el riesgo y, por lo tanto, diferenciando la violencia sexual de las incertidumbres del sexo. La violencia debemos tratar de abolirla; la opacidad del deseo, no. El peligro de la violencia nos amenaza (muy fundamentalmente) a nosotras las mujeres y no queremos exponernos a él. El riesgo que implica el sexo lo corremos todos y todas, y me parece que el mundo es mejor mientras sigamos dispuestos a correrlo. Combatir lo primero nos lleva a un mundo menos violento, combatir lo segundo nos conduce a un mundo más securitario.


El gran reto que tenemos hoy los feminismos es enfrentar la violencia sexual sin aceptar que nuestra libertad sexual pasa por convertirnos en “mujeres hechas a sí mismas” que no necesitan a los demás, sin validar y restaurar el relato de los padres del contrato social. Y, sin embargo, nuestra sociedad lleva unos años abrazando con entusiasmo la idea de que la solución a la violencia contra las mujeres pasa por cargarnos a nosotras con la exigencia de tener que iluminar nuestro deseo, expresarlo, verbalizarlo, volverlo transparente… explicar lo que a veces no se puede o no se quiere explicar. Si se nos sigue haciendo responsables de aclarar lo que pertenece a la esfera del deseo y del inconsciente, en realidad se nos está diciendo que nosotras no podemos aspirar a explorar la incertidumbre, la vulnerabilidad y la interdependencia a las que nos expone la sexualidad. ¿Por qué sería feminista esa identificación de la “libertad sexual” con la total autonomía, la transparencia, la autoconciencia y el sujeto autónomo que va por el mundo solo sin dejarse afectar por los demás? ¿Quién quiere esa forma de “libertad”? ¿Y en qué sentido esa promesa cambia el mundo?

La libertad sexual de las mujeres está siendo atacada cuando se intenta que aceptemos y asumamos que la violación forma parte de los riesgos que debemos aceptar correr. No, no debemos aceptar eso. Como no debemos aceptar que, en nombre de nuestra seguridad, se nos niegue el derecho a correr el riesgo que implica no saber lo que deseamos. Al final, la disyuntiva es o bien tener que asumir la violencia o bien tener que protegernos del sexo mismo. Si no queremos tener que elegir, es preciso defender la necesidad jurídica del consentimiento, pero desde su imperfección y su finitud, desde su precariedad y sus límites. Me parece que vamos a tener que asumir que el consentimiento, necesario para poder legislar en el terreno de la sexualidad, no es una varita mágica que trae la luz al terreno del sexo. Por mucho que busquemos “definiciones claras”, “consentimientos explícitos” o “síes verbales”, nada nos librará de la posibilidad de consentir un sexo aburrido, anodino, decepcionante, insatisfactorio, desagradable, asqueroso, un sexo (incluso a veces) no deseado. Es también de esa ambigüedad de la que depende el riesgo —sí, el riesgo— de un sexo profundamente deseado que ningún pacto y ningún contrato es capaz de asegurar.


Es muy mala idea creer que eso que delimita jurídicamente la violencia —el concepto de consentimiento— nos librará de todo tipo de riesgo, incertidumbre, imprevisto, malentendido o conflicto que acompaña a la relación social. Algunos discursos nos prometen hoy eso pero, ¿era eso lo que nosotras pedíamos? Me parece que una de las preguntas de nuestro tiempo que le debe interesar hoy a todas las izquierdas es por qué y cómo estaría el feminismo en condiciones de rechazar los marcos del neoliberalismo securitario. ¿Por qué al defender nuestro derecho al sexo estamos defendiendo otra sociedad? ¿Qué es lo que estamos diciendo cuando luchamos por nuestra libertad sexual? Que otro mundo es posible: queremos un mundo sin violencia para sujetos interdependientes que se exponen a los demás. Que no queremos correr ciertos peligros. Pero, precisamente, para poder correr ciertos riesgos.

"Estás estupenda"

 

«¡Estás estupenda!»: manifiesto contra los piropos que en realidad son insultos

Hay una frase que, de verdad, confirma tu entrada en cierta edad: «¡Estás estupenda!». Quien la escuchó, lo sabe. «Estás estupenda», nos dicen cuando hace mucho que no nos ven, después de un disgusto amoroso o tras una crisis existencial por la edad cuando –como en el poema– una se da cuenta que la vida va en serio. Enunciamos ese «estás estupenda» desde el amor, el cariño y, quizá, también con algo de envidia y recelo. Lo escuchamos aliviadas. De lo que no somos tan conscientes es de que detrás de esa inocente frase que pretende halagar y animar a nuestras amigas está todo el peso de las ideas que sustentan el patriarcado.

Con ese cariñoso «estás estupenda» decimos estás envejeciendo pero -¡todavía!– eres sexy, guapa, atractiva. «Estás estupenda» significa siempre parecer más joven, aparentar menos edad de la que se tiene porque, sea la que sea, nunca eres lo suficientemente joven. Las mujeres, por lo que sea, cuanto más jóvenes, más atractivas. Con los años adquirimos experiencia, arrugas, conocimiento y la fuerza de la gravedad hace su trabajo con nuestras tetas…y eso no gusta. En las mujeres lo maduro no es atractivo. El mandato social es parecer más joven. Darlo todo en esa carrera inútil que es tratar de vivir sin envejecer. Se ha dejado, se ha abandonado, decimos cuando las mujeres descuidan sus quehaceres con la belleza, engordan, no se maquillan, tienen canas o le salen patas de gallo. Ojalá las mujeres utilizáramos ese dejarse y abandonarse a una misma cuando decidimos que es demasiado tarde para aprender italiano o dejamos las clases de dibujo, por ejemplo. Ojalá usar esa idea de abandonarse a una misma cuando nos perdemos en relaciones en las que nuestras necesidades y deseos son secundarios o ignorados. Ojalá, pero no. Vivimos en una sociedad en la que las mujeres se abandonan a sí mismas cuando descuidan su apariencia física.

Y es que existimos porque somos miradas. Existimos para ser miradas. Agradar es la principal función que tienen las mujeres en la sociedad patriarcal.  Somos educadas en la obligación de gustar, de no molestar, de encajar en los deseos de otros. Se espera de nosotras que estemos sonrientes, amables por no decir dóciles, delgadas por no decir a dieta. Estar guapa es un camino extenuante porque no tiene fin. Nunca se alcanza la tarea, siempre aparece algo nuevo que mejorar. Más que una apariencia que podamos alcanzar, estar guapas es una conducta que marca una forma de estar en el mundo: siempre insatisfechas, inseguras y en competición. Subordinadas bajo una mirada externa. Preocupadas por no ser suficiente mientras los problemas de autoestima consumen nuestro dinero, energía y alegría. Queremos estar guapas para encajar, para poder ser deseadas. Porque «estás estupenda» significa, sobre todo, que eres deseable para tu edad. Es un mensaje sobre nuestra posición y oportunidad –todavía– en el mercado del amor. Da igual la edad que se tenga, a las mujeres nos hacen creer que siempre vamos tarde.

Podría seguir escribiendo sobre el mito de la belleza y el mito del amor romántico desde ese espacio más cómodo y menos personal que me ofrece la teoría. Podría seguir escribiendo este texto como si a mí no me interpelara, como si yo no hubiera dicho nunca «¡Estás estupenda!», como si a mí no me preocuparan los kilos y las arrugas. Pero no es así. Tengo toda esta teoría feminista en la cabeza y el espejo me devuelve las mismas preocupaciones que todas las mujeres. Así de profundo anida el patriarcado. Ahora qué hacemos. Las feministas deberíamos pensar en estrategias desde la honestidad y con inteligencia. Desde la honestidad, porque podemos soltarnos a nosotras mismas la turra de lo poco que nos interesa el amor romántico, que ahí estarán nuestras horas en terapia para desmontarlo. Con inteligencia, porque el patriarcado es lo suficientemente hábil para hacernos creer que elegimos aquello que nos oprime. No debemos subestimar la capacidad de sistema que nos hace rivalizar para ver quien representa mejor nuestra propia dominación. A semejante desafío solo puedo imaginar una respuesta colectiva. Y con colectiva me refiero a todas las mujeres juntas, diferentes generaciones pactando, conscientes que tarde o temprano (y con suerte, porque la alternativa es estar en el cementerio) seremos ese cuerpo que no es mirado.

Vivir una vida feminista es una tarea agotadora y llena de contradicciones. ¿Tenemos credibilidad hablando de opresión con rostros rellenos de bótox? ¿Nuestros labios pinchados con ácido hialurónico cada seis meses pueden hablar con coherencia de libertad? Necesitamos pensar juntas y con urgencia estrategias que nos permitan envejecer con alegría, sin ansiedad y tener éxito. Poder ser miradas con todo lo que trae la edad, que no es otra cosa que el tiempo que hemos vivido. Estrategias que nos permitan ser viejas, parecerlo y ser visibles, no desaparecer. Desde la generosidad intergeneracional, pero también por interés personal, ninguna mujer debería aceptar un sistema donde la experiencia, el poder y el aspecto que dan los años reste valor social a las mujeres. Porque para observar el fracaso de cada una solo hace falta esperar.

Autora: 

La Liga feminista de fútbol.

Desde hace uno o dos años desde los medios se nos vende la idea de que el avance del fútbol, ¿en que género  piensa?, de mujeres supone un avance en alcanzar una igualdad entre los dos sexos. ¿sólo  hay dos?

Informacion en prensa de la Liga semanalmente patrocinados, partidos en televisión en canales privados, retransmisión en radio, por ahora del equipo  nacional, fichajes, etc. Hasta Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, se ha subido al carro del "feminismo" y ha comprado un equipo.

¿Qué nos indica todos estos mensajes? Que el capital ha visto otro filón de negocio. Sanidad, educación, vivienda, sexo, drogas legales o ilegales, etc. Ahora toca el "feminismo".

Si realmente están comprometidos los poderes económicos con la igualdad que empiecen a cambiar sus discursos. Por ejemplo, cuando juegan hombres, que digan la Liga de fútbol masculina,  el campeonato mundial de fútbol  masculino, etc. Y cuando jueguen mujeres, que digan Liga femenina. Bueno esto ya lo machacan continuamente, perpetuando así la desigualdad y convirtiendo algo cotidiano en una excepcionalidad.

También se puede sustituir el segundo adjetivo: masculino o femenino por el de personas. 

Nuevo titular: la Liga de fútbol de las personas va a finalizar para siempre.