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A tu imagen y semejanza

Irene Vallejo
Publicado el 5 de abril del  2026 - 


 A lomos de su rocín flaco, entre desagravios y entuertos, afirma don Quijote que la libertad es uno de los más preciosos dones, por encima de los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre. Aplaudimos esas palabras al unísono. Sin embargo, muchas de las voces que sacralizan la autonomía individual se enfurecen contra sus efectos. Añoran las ciudades sin inmigrantes, las tradiciones sólidas, el idioma único, la sangre sin mezcla. Cunde la ansiedad porque en este océano de posibilidades se diluyen nuestras costumbres de siempre, emergen valores nuevos y fluyen identidades líquidas. Los nostálgicos de la uniformidad parecen ignorar que la fuente de todas las diversidades es, precisamente, la libertad.

Nos gusta creer que somos imparciales, que nuestras opiniones brotan limpias de prejuicios, como manantiales cristalinos. En realidad, según la ciencia, el conocimiento humano tiende a resbalar por la pendiente de los sesgos. Uno de los más habituales es el de afinidad: más vale malo semejante que bueno por conocer. Numerosos estudios revelan que, si sentimos similitud con alguien, de forma inconsciente nos parecerá mejor persona. La misma ciudad o color de piel; orígenes, cualidades y trayectorias semejantes crean sigilosamente una predisposición favorable. Un resorte interno nos impulsa hacia esa constelación de rasgos compartidos, hacia el anhelo de un mundo homogéneo que resulte previsible, seguro, tranquilizador. En cambio, lo diferente o mestizo genera inquietud, incluso dentro de uno mismo. Así lo advierte el Lazarillo de Tormes, un clásico español poco sospechoso de veleidades inclusivas. Cuando el padre del niño Lázaro muere en la guerra, la madre viuda, viéndose sin marido ni abrigo, empieza a tener trato carnal con un hombre negro, trabajador en unas caballerizas, “porque traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños con que calentarnos”. Al principio Lázaro tenía miedo, pero empezó a encariñarse con el extraño cuando vio que mejoraba el comer. “Con tanta visita, mi madre vino a darme un hermano negrito muy bonito, al que yo brincaba en mis rodillas”. El pequeño, al ver a su padre tan distinto del resto de la familia, lo señaba con dedo miedoso y decía: “¡Madre, coco!”. Y así concluye el protagonista: “¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”.

Los sesgos cognitivos son atajos mentales para pensar rápido. Gracias a ellos encadenamos ideas sin demasiada lógica, con distorsiones, pero aprisa. Son herramientas evolutivas que tienen sentido cuando la supervivencia depende de una respuesta inmediata, no de un análisis profundo —es decir, rara vez en nuestras vidas actuales—. Esa misma velocidad nos arrastra hoy a equivocarnos, presa de tópicos o conclusiones apresuradas. En general no somos conscientes cuando circulamos por la ruta breve. Si queremos contrarrestar las pendientes deslizantes de nuestra percepción es preciso conocerlas —y reconocerlas—. En particular, ese gusto por lo afín es el origen de nuestro deseo, un tanto irracional, de rodearnos de personas a nuestra imagen y semejanza. Esta forma de pensar conduce a exagerar diferencias que no son decisivas. Ante la asombrosa variedad del mundo, el pensamiento rápido —y simple— acentúa lo dispar, mientras el razonamiento sosegado —y complejo— descubre lo compartido.

Los relatos fundacionales de las diversas culturas reflejan la curiosidad humana, siempre palpitante, por nuestros orígenes. Aunque fabulosamente variados, coinciden en un mensaje compartido: nos hicieron iguales, del mismo material. Dependiendo de la geografía de las narraciones será barro, maíz, nieve... Entre los más poéticos encontramos, en el antiguo Egipto, el mito heliopolitano del nacimiento de la humanidad. Cuenta que el dios Atum, creador de la tierra y todas las cosas, vivía aburrido en una tediosa colina rodeada de agua. Tan poderoso como soy —decía— y no tengo compañía. Cierta vez estornudó, y de sus espasmos nasales surgieron su hijo Shu y su hija Tefnut. Ambos jóvenes eran curiosos, querían ver mundo más allá del cerro natal. Partían y cada vez tardaban más en regresar, hasta que Atum, de nuevo solo, los perdió de vista por completo. Cuando un buen día los vio retornar a salvo, las primeras lágrimas del mundo rodaron por su rostro paterno. Al caer a la tierra se transformaron en pequeños seres, la especie humana, hija de un llanto de alegría.

En esas leyendas late la intuición de que somos muy semejantes. Como afirma el antropólogo Agustín Fuentes en su ensayo La chispa creativa, la ciencia ha probado que pertenecemos a una única raza de individuos muy afines. “Ni la genética, ni el comportamiento, ni la altura, ni la forma del cuerpo, la cara o la cabeza, ni el color de la piel, ni la nariz, ni el tipo de pelo ni ninguna otra medida biológica divide a los humanos modernos en subespecies”. A pesar de habernos extendido por todo el planeta, permanecemos extremadamente cohesionados desde el punto de vista genético. La idea de raza, explica, carece de base evolutiva, “es una categoría creada y mantenida en lo social, histórico y político”. El concepto de las diferencias irreconciliables ha sido, durante siglos, una herramienta útil para azuzar bandos y alentar el odio. Da resultado por los sesgos y la desconfianza alojada en nosotros hacia lo desconocido.

En los últimos tiempos, algunos líderes atizan el fuego del miedo y reviven el debate de la convivencia con los extranjeros. Afirman conocer lo que la ciudadanía quiere, cuando en realidad están intentando modelar sus percepciones. Nos dicen: “Os oímos”. Pero el sociólogo Hein de Haas, tras estudiar durante décadas los flujos de opinión, concluye en Los mitos de la inmigración que la gente piensa, en general, de forma mucho más matizada que sus líderes, contemplando pros y contras. Conscientes del valor emocional de las percepciones, políticos partidarios de la mano dura contra la inmigración espolean el sesgo de afinidad al servicio de sus intereses. Paralelamente, las redes sociales no solo complacen, sino acentúan esos mismos prejuicios para cautivar la atención. Unos y otras rentabilizan el señuelo del odio, fuente de errores y horrores.

Se suele pensar que la xenofobia aumenta en proporción a la presencia de forasteros, pero los estudios prueban que las sociedades con un historial más largo de acogida y mestizajes suelen ser más abiertas. Con frecuencia, las comunidades de frontera se muestran más hospitalarias, porque comparten un largo pasado de convivencia. Familiarizarse con extranjeros favorece la mutua confianza, y no a la inversa, sobre todo si hay mezcla y si las generaciones jóvenes se escolarizan de forma natural junto a niños inmigrantes. En cambio, la segregación por barrios y escuelas abre trincheras. A largo plazo, el racismo mengua cuando la gente se habitúa a convivir en tranquila vecindad, y contempla a los demás como individuos, no como epítomes andantes de la incompatibilidad cultural. Cuanto más se relacionan propios y ajenos, iguales y distintos, más claramente emergen las semejanzas que nos unen. Y ahí, en el encuentro cotidiano, se tejen las alianzas de lo humano compartido. Los egipcios creían que la prole de los dioses nació de un par de estornudos; nosotros, los mortales, algo más líricos, fuimos lágrimas. A fin de cuentas, todos, divinos y carnales, gotas en el mismo charco. Secreciones de la alergia o la alegría de Atum, no somos tan diferentes ni podemos permitirnos ser indiferentes.


Volver a casa

 Pilar Mera

24 MAR 2026 - 05:30 CET

Al son del bígaro, esa caracola marina convertida en instrumento de viento por el folclore cántabro, Cabezón de la Sal recibió este sábado a Matilde de la Torre. Ochenta años y dos días después de su muerte en el exilio mexicano, sus huesos reposan al fin en casa, cumpliendo su deseo. Volver para descansar en su tierra a la que, como tantos compatriotas expulsados de su patria, no pudo regresar antes de morir.

Para muchos, el nombre de Matilde de la Torre no dirá demasiado. Perder en el olvido nombres como el suyo es otro de los dramas de la guerra. O más bien, otro de los robos de la dictadura, cuya represión no sólo arrasó las vidas de miles de personas, asesinadas, encarceladas, exiliadas, víctimas de la hambruna y la miseria. También contribuyó a perder el recuerdo de tantos, diluido en el tiempo entre mentiras y silencio.

Este retorno es una oportunidad para recuperar a una de las primeras diputadas españolas. Elegida por Asturias en las elecciones republicanas de 1933 y 1936, fue periodista, escritora, pedagoga, feminista… En los años veinte, fundó una academia en Cabezón de la Sal, donde preparaba estudiantes para el Bachillerato bajo los principios de educación integral de la Institución Libre de Enseñanza. Y también en su pueblo impulsó Voces Cántabras, coro de músicas populares, donde realizó una importante labor de recopilación del folclore regional. En 1931, se afilió al PSOE de la mano de Fernando de los Ríos. Defensora de postulados democráticos, estuvo muy próxima a Juan Negrín, por lo que fue una de los 35 socialistas expulsados del partido junto a él en 1946, que no fueron readmitidos hasta 2008.

El homenaje a Matilde de la Torre ha sido una hermosa oportunidad de actuar con unión y respeto hacia un referente democrático de nuestro pasado reciente. Liderado por Voces Cántabras, el coro que fundó hace más de un siglo, en la inhumación estuvieron presentes el Ayuntamiento de Cabezón de la Sal, el Gobierno de Cantabria, el Congreso de los Diputados, el PSOE, la Fundación Matilde de la Torre… Instituciones de todos los niveles geográficos, representantes políticos de diferentes partidos e ideologías y agrupaciones sociales dejaron atrás el ruido para compartir la emoción, el recuerdo y la reivindicación del legado de una mujer excepcional y de una generación generosa, que trabajaron por mejorar su mundo y fueron castigados de manera brutal, arrancados de su hogar sin retorno.

Los bígaros callan su voz grave. Matilde ha vuelto a casa.

Delgadez extrema y otros estragos ultraconservadores en la vida cotidiana

 

Nuria Labari
Publicado en El País  el  21 de marzo del 2026 

“Ahí están, más delgadas que la semana pasada, más delgadas que el mes pasado, más y más y más como si hubiera una competición que nadie nombra, pero todas están jugando”, escribía esta semana la directora Chloé Wallace en su cuenta de Instagram sobre el resurgir de la delgadez extrema como ideal dominante en las alfombras rojas. Las actrices son referentes estéticos y culturales, capaces de crear moda (norma) y marcar tendencia. ¿A qué cultura representa este canon que impera en la industria? En el caso de los Oscar (EE UU), sabemos que el contexto político dominante es ultraconservador y como tal produce políticas identitarias cada vez más duras y cuerpos cada vez más normativos. Y en el caso de Europa, vamos por el mismo camino estético, que es también político.

Uno de los mitos de la ultraderecha es que hay que obedecer la ley, a pesar de que sus partidos la transgredan continuamente. Y el primer lugar donde los ciudadanos debemos cumplir la ley en sistemas ultraconservadores es el propio cuerpo. Así, un cuerpo delgado es más confiable que uno que no lo sea. Uno más blanco se considera más puro mientras que el más oscuro será percibido como peligroso. Igualmente, un cuerpo joven se considerará más valioso y un pectoral vigoréxico se juzgará más productivo. El autoritarismo corporal no admite disidencia y su triunfo es total. ¿Quiere esto decir que las personas más jóvenes, delgadas o de piel más clara son más conservadoras? Por supuesto que no. Lo ultraconservador es percibir los cuerpos que no cumplen con la norma como identidades deslegitimadas y esforzarnos íntima (o secretamente) en cumplir la ley.

Aunque no es fácil darnos cuenta de que vivimos en una cultura autoritaria que impone un control extremo del cuerpo. No lo es: los sistemas de coerción no son directos, sino que se nos meten dentro a través de un sofisticado sistema de pensamiento. Al final, todos cumplimos con la rigidez ultraconservadora en nuestra intimidad de forma más o menos flexible (hoy lo llaman “cuidarse”). Solo que, en los casos más extremos, la aspiración final de ciertos cuerpos es seguir el modelo sin permitirse incumplimientos de “la ley”, considerando todo espacio de libertad (comerse un torrezno) como una culpa que además merece castigo.

Lo peor del ultraconservadurismo corporal es que no hay escapatoria. Su ley es transtemporal y considera el mero paso del tiempo una forma de disidencia. Así el envejecimiento se empieza a percibir como una patología en sociedades ultraconservadoras donde la edad se convierte en una razón de apartamiento y marginación por sí misma. Esta semana, una amiga me escribió para decirme: “Estoy mal, me siento vieja”. ¿Pero qué es sentirse vieja? ¿Por qué debería ser algo malo? Mi amiga, que se ha pasado media vida peleando contra los regímenes normativos, se siente deslegitimada por el mero hecho de seguir viva.

Me pregunto si es posible desobedecer al poder, denunciar una guerra después de aceptar el sometimiento corporal más salvaje. Me lo pregunté viendo los Oscar y constaté que Hollywood es un despliegue de cuerpos y conciencias extremadamente mermadas. Así es la “cultura dominante”. Ojalá Europa y los europeos respondamos con todo lo que tenemos, empezando por el propio y disidente cuerpo.

¿Es libre una mujer velada?

 Autor: Santiago Alba Rico.

Publicado en El País el 25 de febrero del 2026

Hace unos días, tras una resolución judicial, una adolescente de 17 años, Eman Akram, volvió a su instituto de Logroño portando el hiyab cuyo uso le había prohibido la normativa escolar. Como cada vez hay más españolas de origen musulmán, esta polémica vuelve una y otra vez con creciente crispación en un país en el que la enseñanza reglada religiosa, de carácter privado o concertado, está reservada para los católicos o, en todo caso, para los cristianos. Un católico —quiero decir— puede llevar a sus hijos a una escuela del Opus Dei, una secta que impone la sumisión; un musulmán no puede llevarlos, en cambio, a una de los Hermanos Musulmanes. Como estoy a favor de la escuela pública, me gustaría que no hubiera ni privadas ni concertadas y ello con independencia de su filiación religiosa: no las quiero ni católicas ni musulmanas ni ateas.

Ahora bien, ¿qué es o qué debe ser la escuela pública? ¿Tiene cabida en ella el signo indumentario individual de una cultura específica? Es un asunto muy escurridizo que a menudo se despacha con una preocupante facilidad. No me refiero sólo a la ultraderecha, cuya islamofobia beligerante esconde el más fanático casticismo español. Me refiero también a un sector del feminismo que, en nombre de la Libertad en general, niega o cuestiona la libertad particular —la agencia, diríamos hoy— de mujeres concretas en una situación de vulnerabilidad. Tengo más amigas feministas que veladas (aunque también alguna amiga velada feminista) y, desde luego, me siento más cómodo con las primeras. Dentro del mundo árabe, donde vivo desde hace años, me identifico poco con los islamistas y mucho, por formación e instinto, con esa tradición ilustrada que, por ejemplo, llevaba al poeta iraquí Jamil Sidqi al-Zahawi a escribir ya en 1931 un poema titulado Velar y des-velar: “¿Cómo va a civilizarse un pueblo/ si una mitad está escondida de la otra?”.

No creo que sea discutible, por lo demás, que una de las batallas centrales de las mujeres en Irán o Arabia Saudí se libra contra el velo, objeto visible en el que se vuelca una apretada red invisible de opresiones totalitarias. El velo es, en efecto, tan visible que se nos olvida que esa batalla no es contra el hiyab sino en favor de la libertad; es decir, en favor de resignificar libre e individualmente las prendas que se eligen para ocultar o desnudar el propio cuerpo. En Túnez, antes de 2011, la dictadura de Ben Ali prohibía y perseguía el uso del hiyab y muchas mujeres se lo ponían a modo de protesta, con el riesgo de ser desnudadas violentamente y acabar en comisaría. Una vez derrocado el dictador, algunas que no se atrevían a usarlo comenzaron a hacerlo, pero otras que sólo se lo ponían para desafiar al régimen se lo quitaron.

El asunto es que no estamos ni en Irán ni en Arabia Saudí ni en el Túnez de 2011. España es un país democrático en el que la libertad indumentaria se da por sentada, salvo en el caso del hiyab, que asociamos no a la vulnerabilidad de las poblaciones inmigrantes sino al presunto fanatismo de la religión que practican. Hace unos meses, di una charla a alumnos de segundo de Bachillerato en un instituto de la periferia madrileña. Entre los oyentes había dos chicas veladas y, sin embargo, felizmente descaradas, empoderadísimas, que se mostraron muy duras con la islamofobia (“me dicen que me vaya a mi país, cuando yo soy española”), pero también con lo que llamaban el “feminismo blanco”, que las inhabilitaba para decidir libremente sobre su indumentaria: “Se nos considera libres si decidimos llevar escote, pero no si queremos llevar velo”. Ese feminismo que ellas llamaban “blanco” considera, en efecto, que sólo hay libertad en el acto de des-velarse, pero que el de velarse es siempre un acto de sumisión, de manera que, siguiendo este razonamiento, acabamos obligados a aceptar que mi libertad la decidan los demás: la normativa escolar, el Estado o una presunta regla universal. Es decir, en el caso de estas chicas musulmanas, a las que se supone adoctrinadas por sus familias, se sustituye a una figura patriarcal por otra. No se acepta la posibilidad de que decidan ellas mismas: el velo se lo ponen sus padres y se lo quitan sus profesores. ¿Y si ellas tuvieran algo que decir?

Ekram tiene 17 años. Es lo bastante joven como para cambiar muchas veces de opinión en los próximos años, también sobre el velo. Pero es lo suficientemente mayor para que, en el marco de una democracia liberal, se la juzgue ya madura para decidir si quiere o no tener relaciones sexuales y con quién, qué libros leer y qué grupos explorar y muy pronto a qué partido votar. ¿Quién y por qué una mujer se pone el velo? Depende, he dicho, del país y del contexto. ¿Se puede poner libremente? ¿Qué quiere decir libremente? ¿Quién es libre? Bien pensado, nadie lo es, ni siquiera los ricos, que tienen cuerpo, enferman, mueren. ¿Se es libre para aceptar un trabajo de cajera en el Carrefour? ¿O en la recogida de la fresa? ¿Se es más libre para desnudarse que para llevar velo? La gran feminista egipcia Nawal as-Sadawi, muerta en 2021, encarcelada por oponerse a la mutilación genital y juzgada por apóstata, se irritaba mucho con ese feminismo blanco que pretendía liberar a las mujeres musulmanas: “El maquillaje es el velo de las occidentales”, decía. La libertad es una ficción liberal incómodamente necesaria, sin la cual no se podría ni firmar un contrato ni juzgar a un asesino, títere también de sus circunstancias. Nos guste o no, tendremos que aceptar que una mujer es igualmente libre cuando va a una orgía y cuando va a misa, cuando hace nudismo y cuando se pone el velo. Se tratará, eso sí, de generar las condiciones materiales en las que las decisiones sean lo más libres posible y en las que los versos de Al-Zahawi (en el caso de las muchachas veladas) les parezcan, como a mí, hermosos y liberadores.

Porque, en definitiva, la verdadera libertad es la de rebelarse y desobedecer. Los hijos se rebelan contra los padres; los jóvenes contra la sociedad que los rechaza. Supongamos que las familias musulmanas son más doctrinarias que las del Opus Dei o las de padres militares votantes de Vox. Si queremos que Ekram se quite el velo, tendrá que rebelarse contra sus padres; y eso será más fácil si está socialmente integrada, lo que sólo puede hacerse a través de la escuela pública en condiciones de verdadera ciudadanía material. Según la noticia citada más arriba, muchas de las chicas a las que se prohíbe el uso del velo en las escuelas cambian de centro o dejan de estudiar. Si no van a la escuela, quedarán a merced de sus familias; si la escuela pública las rechaza, su libertad rebelde se activará contra la sociedad que las excluye, de modo que no serán libres quizás cuando se pongan el velo, pero sí cuando se nieguen a quitárselo, como ocurría bajo la dictadura tunecina y como ocurre en la Francia falsamente laica, donde se hacen leyes privadas para perseguir a una minoría cultural. Como ya explicó en 1818 uno de los padres del liberalismo, Benjamin Constant, toda persecución es “religiosa”, tanto la de la Iglesia contra los herejes como la del Estado contra los creyentes.

Así que yo no defendería el uso coyuntural del velo en nombre de la libertad religiosa sino en nombre del laicismo y del derecho a la educación, que es el derecho a la rebelión y a la transformación personal. España no debería permitir que nadie escapase a la escuela pública, ni ricos ni pobres, ni católicos ni musulmanes, ni veladas ni des-veladas. Es allí donde se vuelven a barajar las cartas que se querrían ya decididas para siempre en el hogar familiar.

La confusión entre pensamientos y sentimientos

Autor: Fernando Cembranos

Publicado en el País el 27 de febrero del 2026


Llamamos sentismo al fenómeno de ampliar el campo semántico de la palabra sentimiento en detrimento de otras palabras como pensamiento o idea, más precisas y con más posibilidades cognitivas. Consiste en llamar sentimientos a entes mentales que son pensamientos, tratándolos como sentimientos, lo que en muchas ocasiones tiene consecuencias contraproducentes.

Es un fenómeno social en la medida en que ha aumentado significativamente en las últimas décadas el número de personas, colectivos e instituciones que lo utilizan, y afecta cada vez a más ámbitos de nuestra experiencia. Es fácil de detectar porque se manifiesta en el lenguaje con el uso frecuente de expresiones como “siento que” o “me haces sentir” para comunicar una opinión o una idea.

En el origen, este fenómeno tenía buenos propósitos tales como criticar la prepotencia de la racionalidad, muchas veces reduccionista e ingenua, o incluir el sentimiento en ámbitos de los que había sido expulsado o en los que nunca se había incluido, como la producción, el activismo, el trabajo, la economía, la educación, la política o las tareas reproductivas. Se trataba de recuperar la integralidad de la persona. Asimismo, ha permitido poner el foco en malestares anteriormente ignorados e invisibilizados. Por otro lado, los sentimientos y las emociones (amor, ilusión, odio, rechazo, alegría, tristeza, miedo, ira, placer, malestar, etc.) son la base que da relieve a nuestras vivencias y son imprescindibles para vivir. El trabajo de revalorizar los sentimientos tiene que continuar, pero es preciso señalar algunos errores que hacen un flaco favor a los propósitos iniciales.

El campo semántico de la palabra sentimiento se ha ido expandiendo y apropiando del campo semántico de la palabra pensamiento hasta provocar un fatal error. Aunque desde hace mucho ha podido decirse me “siento culpable” (cuando en realidad es un pensamiento acompañado de un malestar), es más reciente que se pueda decir “siento que el grupo no me valora” o “siento que esta película es mala”. Hay un anuncio en internet que llega a decir “siento que la gente no me devuelve los libros”. En el límite podríamos oír “siento que este vaso es una grapadora”.

Cuando una persona codifica un pensamiento como sentimiento busca su consistencia en sus sensaciones emocionales internas y deja de contrastarlo con la realidad o con otras personas. “Me siento inferior” no deja de ser un pensamiento, muchas veces burdo o erróneo, que provoca un malestar innecesario. Pero al codificarse como sentimiento se valida por el propio malestar emocional y puede permanecer sin contraste incluso durante años. Los pensamientos por el contrario tienden a validarse con la realidad o con su consistencia con otros pensamientos. A los pensamientos se les pide que sean acertados, válidos o lógicos y si son erróneos se les puede rebatir o falsar. Pero a los sentimientos no se les pide nada de esto, no es necesario que sean acertados, son pura subjetividad, se legitiman por sí mismos.

Los sentimientos son poco controlables de forma directa mientras que los pensamientos y las conductas lo son mucho más. Al ampliar el campo que abarca el sentimiento en detrimento del pensamiento, aumenta la parte de realidad que no podemos controlar o de la que no podemos responsabilizarnos.

Entre los principales problemas que provoca el sentismo podemos destacar que nos hace más incompetentes, más individualistas, disminuye nuestra inteligencia vital, entorpece la comunicación interpersonal y en muchas ocasiones nos puede hacer sufrir innecesariamente.

Los pensamientos disponen de muchos más recursos cognitivos para ser desarrollados, rebatidos o verificados. Los pensamientos permiten la construcción social de la percepción de la realidad, la búsqueda de consenso, nos inducen a utilizar la inteligencia colectiva. Los sentimientos se “validan” por sí mismos. “Siento que la reunión ha sido una pérdida de tiempo” es poco discutible. De hecho, cuando alguien pone en cuestión esta idea camuflada de sentimiento solemos contestar “pues yo lo siento así”, y no hay nada más que hablar.

Las cogniciones casi siempre requieren de muchas más conexiones neurológicas para ser procesadas. Cuando confundimos un pensamiento con un sentimiento predisponemos a nuestro sistema nervioso a procesar estos sucesos mentales con menos conexiones neuronales, es decir, con menos inteligencia. Un pensamiento puede ser una hipótesis, una pregunta o una conclusión; un sentimiento no hace estas distinciones. “Siento que soy un impostor”. La cuestión es si lo eres o no. Formulado como una hipótesis o una pregunta, invita a la indagación, a la comprobación. Formulado como un sentimiento (que no lo es), se queda sin revisar. Los sentimientos no son falsables, lo siento así y punto. La verdad de nuestra afirmación dependerá más del estado de ánimo que de la realidad misma.

El sentismo nos separa y nos aísla. En cierta medida introduce el fenómeno de la posverdad en el ámbito micro de nuestras vidas. Con la expresión “siento que…” puedes decir lo que quieras a continuación: “Siento que no sirvo para nada”, “siento que este libro es una mierda”, ¿podrías argumentarlo? “Bueno, yo lo siento así”. La difícil y a veces hermosa tarea de la construcción social de la percepción de la realidad se clausura rápidamente, “yo lo siento así”, “son mis sentimientos”.

El sentismo pone el foco de atención en los sentimientos propios, difícilmente en los ajenos, lo que en cierta medida es lógico, ya que lo que atendemos son las señales de nuestro propio cuerpo. Esto nos convierte en más individualistas y autocentrados. A excepción de la empatía, los sentimientos velan más por el bienestar individual que por el interpersonal o el colectivo. La empatía no primaria, por ejemplo, la que sustenta la valoración de los derechos humanos, requiere de capacidades cognitivas y esfuerzo, ponerse en lugar de la otra persona, tener teoría de la mente (ver lo que ve el otro), pensar el efecto que producen nuestras conductas en otras personas, deducir la situación de los otros a partir de sus circunstancias. Todo ello requiere la intervención del lóbulo frontal, la racionalidad, el intelecto.

A menudo el sentismo es un modulador del lenguaje, se puede usar para disminuir la contundencia de una afirmación, pero otras veces puede convertirse en una trampa mortal. En el ámbito clínico es frecuente oírlo en las depresiones, en los conflictos intra e interpersonales, “siento que todos me desprecian”, incluso en las situaciones con riesgo de suicidio, “siento que no hay salida”.

La educación emocional ha puesto mucho énfasis en enseñar a nombrar las diferentes emociones y sentimientos, lo cual está muy bien, pero se ha olvidado de enseñar a nombrar los pensamientos y a distinguir la diferente naturaleza que éstos tienen con respecto a los sentimientos. Saber qué parte de pensamiento está influyendo en un sentimiento, en lugar de codificarlo sin más como sentimiento, es clave para entenderlo y abordarlo.

El ser humano vive en un diálogo constante entre su sistema límbico y su neocórtex, entre sus emociones y su intelecto. Si disminuimos la importancia de éste último en favor del primero nos hacemos más torpes, disminuimos nuestra libertad de elección, nuestra capacidad para actuar, para reflexionar, para responsabilizarnos, para usar el pensamiento complejo, que es más costoso, pero muy útil para la resolución de conflictos e incluso para la supervivencia.

Desde un punto de vista relacional y colectivo tenemos que superar esta confusión que nos aísla, nos incomunica y nos abandona a nuestra verdad sentimental individual y volver a tender puentes de comunicación para construir una percepción social de la realidad, que sin duda es compleja, pero también es más inteligente. Y realmente la necesitamos.

¿Vuelve la religión?

 Daniel Innerarity

Publicado en El País 20 FEB 2026 


Circulan últimamente canciones, películas, videojuegos, eventos musicales de temática religiosa que son interpretados como la vuelta de algo que había desaparecido. Por supuesto que nada de ello tiene la densidad y coherencia de una cosmovisión religiosa completa, pero suscita diversos interrogantes en cuanto a su sentido y, sobre todo, acerca de nuestra condición humana. En el fondo se trata de símbolos descontextualizados que hoy sirven más de adorno que para simbolizar aquella totalidad que significaban en otros momentos de religiones omniabarcantes.

Con la religión desprovista de su antiguo simbolismo totalizador, como alusión u ornamento, ¿vuelve la religión en su tradicional formato? Mi tesis es que no nos encontramos ante un retorno de la creencia en su función estructuradora de la sociedad; no vuelven las religiones con la pretensión de recuperar la antigua función de regular el espacio social en su totalidad.

Propongo interpretar este fenómeno no como retorno o supervivencia, sino como la circulación ecléctica de algunos de sus elementos, lo que permite a cualquiera hacer una selectividad personal sin asumir ninguna tradición completa ni obligación de coherencia. En las sociedades tradicionales uno nacía, por así decirlo, con contexto incluido (y buena parte de él era religioso); pero la modernización implica que lo social deja de ser dado como un destino, la inventiva personal se sobrepone a la herencia inmodificable y la religión tiene menos que ver con la tradición que con la elección. El individuo ya no recibe kits de supervivencia moral, paquetes preparados para la vida correcta (que le protegerían frente al error y le asegurarían identidad y certidumbre). Por eso tenemos que estipular continuamente reglas, normas, fines y procedimientos. La religión no es un fenómeno ajeno a esta nueva lógica y de ahí que en el mundo actual, además de muchas religiones, haya tantas versiones de lo religioso, que podríamos interpretar como resultado de los diversos modos de apropiación de lo religioso o como incoherencias interesadas y de conveniencia.

Hay quien se siente reconfortado por la Navidad, pero no le inquieta el pecado; a ciertos ateos les gustó Francisco y a los cristianos progresistas les desagradó Benedicto XVI; la religión proporciona gentes de orden, pero también un horizonte de rebeldía. Pienso que no exagero ni falto al respeto si aseguro que hay autoridades religiosas que realmente no creen en Dios y ateos o agnósticos que creen en Dios más de lo que piensan. El teólogo Karl Rahner hablaba de “cristianos anónimos” para referirse a este segundo tipo de personas. ¿Qué significa la devoción ortodoxa en un Putin o las evocaciones a Dios por parte de Trump, dos personajes a los que interesa un determinado efecto social de la religión, pero que —me permito suponer— no tienen la menor experiencia religiosa?

En las sociedades secularizadas no ha desaparecido la religión, sino que la sociedad ha dejado de tener formato religioso, ya no es estructurada por una religión a la que correspondería unificar la totalidad de sus dimensiones, desde la identidad nacional hasta la conciencia personal. Las religiones ya no pueden reclamar un estatuto de oficialidad sin poner en peligro el pluralismo; lo que pueden aportar a las sociedades ya no se presenta bajo el signo de la autoridad, sino que se ofrece en un contexto de pluralidad. Que las religiones se hayan privatizado significa que ya no pueden ser consideradas más que como una parte del espacio público, distintas en cualquier caso del principio de autoridad pública; incluso para alcanzar sus fines específicos las religiones han de aprender a vivir desconectadas del orden político y de su función de marco social.

Para ilustrar este paradójico efecto de algo que desaparece y aparece, Marcel Gauchet definió el cristianismo como “la religión de la salida de la religión”, es decir, el motor que permitió a ciertas sociedades superar la estructuración religiosa total. Al separar la religión del poder social y ubicar lo sagrado de manera más individual, el cristianismo posibilita el surgimiento de la democracia moderna. Su elemento más emancipador, cuyo despliegue estaría todavía por completar, tiene que ver con el hecho de que desvincula lo político de lo divino, abandona su vieja centralidad como poder estructurante de la sociedad y permite así la autonomía de la esfera pública y la primacía de la voluntad individual.

Desde este punto de vista, lo que vuelve no tiene nada que ver con lo que constituye el núcleo de la experiencia religiosa y que ningún proceso de secularización puede disolver completamente. Decía Friedrich Kambartel que la religión es el lugar donde se cultiva nuestra relación con lo indisponible. La religión dirige nuestra mirada hacia unas condiciones fundamentales de la vida en relación con las cuales sería absurdo suponer que pudieran un día ser suprimidas con el esfuerzo de la acción o el avance del progreso. Si no fuera así, la religión tendría el carácter de un núcleo privado de incompetencia que iría disminuyendo con el avance de la civilización. Se podría formular esto de la siguiente manera: la religión no es competente para todos los asuntos de la vida sino para el todo, para la totalidad contingente de nuestra vida. Esto que ahora vuelve lo hace de diversas maneras pero sin aquellas propiedades de la vivencia religiosa que caracterizan todo aquello que no está a nuestra plena disposición: creación, gracia, gratuidad, don, deuda, dependencia, misterio.

Muchas celebraciones del supuesto retorno de ciertos elementos religiosos esperan que las sociedades funcionen así mejor, aumente la confianza social, el respeto a las normas y las buenas costumbres. Esta obsesión por resultar útil puede hacer de la religión algo más irrelevante que proteger su especificidad. De entrada, muchas funciones ejercidas por las instituciones religiosas han sido, son y pueden ser sustituidas por equivalentes funcionales de las instituciones seculares, de lo que es una buena muestra el Estado de bienestar. Por eso es tan importante determinar qué función de la religión no puede ser desempeñada por un equivalente ideológico, científico o asistencial. Si la religión olvida su originalidad y se hace perdonar por sus utilidades sociales, podría terminar perdiendo ambas cosas, su valor propio y el reconocimiento social.

Volvamos a la pregunta por el valor de lo que vuelve. El problema no es si la gente seguirá o no creyendo en Dios, sino saber cuál es el lugar de esa creencia en el mundo social de hoy. Lo que se ha terminado no es la religión, sino la organización religiosa de la sociedad. Se ha desvanecido lo que sostenía la fe religiosa desde el exterior, aquello que la inscribía en el círculo de lo plausible y le procuraba una suerte de objetividad sociológica. Con la secularización estamos entrando en la época de una religión liberada de sus connotaciones políticas y sociales, más libre y personal, donde los obispos no necesitan reclamar que se convoquen elecciones y los políticos no deberían predicar. Tal vez ahora pueda concebirse la experiencia y la práctica religiosa de otra manera más acorde con la realidad democrática e incluso con la naturaleza de la religión. Me atrevería incluso a afirmar que más acorde con lo que Dios quiere, pero eso es mucho suponer.

La divina Ayuso

 Máriam Martínez-Bascuñán

Publicado el 15 FEB 2026 

La divina Ayuso aparece en vídeo en una gala donde los presentes han pagado hasta 50.000 euros por entrada en la residencia privada de Donald Trump. Voilà! Con impunidad pizpireta, equipara al Gobierno mexicano con la dictadura cubana. Por supuesto, la presidenta no tiene competencias en política exterior y lo que hace en Mar-a-Lago no es diplomacia: Ayuso construye su perfil internacional en la cloaca de la nueva derecha global, donde la libertad se define por lo que condenas. Cuando todo lo que no es liberalismo de mercado es dictadura o narcoestado, esas dos palabras se vacían de significado. Es su función: permitir que quien dice defender la libertad se alíe con Trump, el mismo que dispara contra ciudadanos, amenaza con invadir territorios aliados, deporta masivamente y desmantela instituciones sin que importe. La libertad, en boca de Ayuso, no es un principio sino una marca que aplica selectivamente: libertad para Milei, dictadura para Sheinbaum. El criterio no es democrático sino de bando.

Mientras, por aquí, la Comunidad cercena la subvención del Círculo de Bellas Artes. No es una anécdota cultural sino un método de gobierno. Cuando desde la Consejería de Cultura se dice “hacéis cosas que no nos gustan” no están opinando: es un aviso. El cambio de modelo de financiación ―de subvención fija a dinero por proyecto aprobado por la Consejería― no es una mera reforma administrativa, sino la introducción de un principio de condicionalidad que transforma la relación cultura-poder. Solo se financia lo que “casa con el interés institucional”, es decir, del Gobierno. No hace falta prohibir, basta con que se aprenda que la independencia tiene un precio. Es censura sin censura, disciplinamiento sin huella formal. Y es un patrón. La misma lógica opera en la sanidad pública, degradada mientras se impulsa la privada; o en la universidad pública, asfixiada mientras crecen centros para ricos y la educación que apunta al “pin parental”, la santa moral de vuelta a la familia.

Lo que conecta Mar-a-Lago con la calle de Alcalá no es hipocresía, sino coherencia. Es un proyecto que tiene dos brazos: el simbólico, que construye una identidad internacional alineada con la nueva derecha global; y el material, que desmantela los espacios donde se produce un lenguaje alternativo. Los dos brazos trabajan juntos: el primero ofrece una narrativa mientras el segundo elimina los lugares donde podrían producirse narrativas distintas. Los ataques a la universidad, la sanidad o la cultura producen el mismo efecto: borrar los sitios donde las personas se encuentran como ciudadanas, no como consumidoras; donde adquieren un lenguaje para pensar colectivamente; donde la desigualdad se hace visible como problema político y no como fracaso individual. Cuando esos espacios desaparecen, lo que queda son individuos aislados, sin vocabulario democrático, cuyo malestar solo puede canalizarse a través del resentimiento, la identidad o la moral tradicional. Es el electorado perfecto para la derecha que Ayuso representa. Y aquí está el giro más oscuro: Ayuso no necesita que la gente sea de derechas. Necesita que no tenga las herramientas para ser otra cosa. No necesita convencer sino vaciar. No necesita ganar el argumento sino destruir el espacio donde los argumentos alternativos se producen. Wendy Brown lo llama “desdemocratización”. No es la supresión de la democracia formal; es la eliminación de las condiciones materiales y culturales que posibilitan la práctica democrática. En Mar-a-Lago se llama “mundo libre”; en Madrid “cambio de modelo”, y esconde algo más peligroso que una dictadura declarada porque no tiene nombre, ni huella, y cuando quieres denunciarlo te responden: ¡Es la libertad, carajo!

Agustín Fuentes, bioantropólogo: “Decir que los seres humanos son binarios es un fracaso; no es biología, es filosofía”

 El estadounidense Agustín Fuentes recuerda con pasión los veranos en los que asistía entusiasmado al nacimiento de la Movida madrileña: “Me acuerdo de cuando era joven, allí en Madrid, tirando hacia el Rock-Ola, observando los cambios en el vestir, en el comportamiento, en el modo de bailar...”. No lo rememora por nostalgia, sino porque lo compara con la situación que vive hoy Estados Unidos, pero al revés: allí se está viviendo el camino inverso que vivió España al salir del franquismo, asegura este profesor de la Universidad de Princeton nacido hace 59 años en Santa Bárbara (EE UU). “Están intentando recortar las libertades, eliminar las posibilidades de ser para muchas personas. Mira la situación de las personas trans. Y lo siguiente va a ser eliminar el matrimonio de la gente gay, estoy seguro”, lamenta este profesor, hijo del hispanista madrileño Víctor Fuentes y articulista habitual de la prestigiosa revista Science.

Su formación como biólogo, zoólogo y antropólogo —incluso estudió los monos de Gibraltar— le permitió triunfar con el libro La chispa creativa (Ariel), en el que señalaba esa diferencia humana crucial con el resto de los grandes simios. Ahora acaba de publicar en inglés El sexo es un espectro. Los límites biológicos de lo binario (Princeton University Press), un libro que irrumpe con sus 200 páginas de complejidades biológicas en medio de un debate que muchos, empezando por Donald Trump, quieren crispar con brochas gordas. Fuentes, que quiere recuperar la nacionalidad española por temor a la degradación política de Estados Unidos, responde por videollamada desde el despacho de su casa en Princeton.

Pregunta. ¿Qué quería aportar con este libro?

Respuesta. En este momento hay una oleada de interés alrededor de este tema del sexo, pero también hay mucha confusión, conflicto, miedo, odio y dolor. Y también, desafortunadamente, hay un montón de malentendidos y de ignorancia sobre la biología, especialmente en este contexto que podemos llamar de biología sexual. Hay una falta de conciencia de cuán diversos y variables son los seres humanos, porque todo lo relacionado con nosotros es una mezcla supercomplicada de cultura y biología. Necesitamos buena información para llegar juntos a un nivel básico en esta conversación.

P. Asegura que el sexo es una cuestión biocultural, pero cualquiera que lea la entrevista pensará que el sexo es biología, no cultura.

R. Eso depende de cómo definas el sexo. Si estás hablando solamente de gametos, todo el mundo entiende que el óvulo no es una mujer y que el espermatozoide no es un hombre. Tenemos que repensar un poco sobre qué estamos hablando. Piensa en nuestros pies, que son rasgos biológicos. Pero al mismo tiempo, mira tu pie y mira el pie de una persona que nunca ha llevado zapatos. Los dos son casi distintos: cambia la estructura de los huesos, de los músculos, de la piel. Cuando hablo de contextos socioculturales estamos hablando no solamente de la encarnación de la cultura, sino los intercambios mutuos entre experiencia, percepción, huesos, músculos, sistemas digestivos, vasculares… Hay mucha interconexión entre nuestro cuerpo material y el mundo y las experiencias que tenemos. Siempre hay más mestizaje y un poco más de complejidad. Hablando del sexo biológico, ¿de qué estás hablando? ¿De la masculinidad o feminidad? ¿Estás hablando de genitales? ¿De la sexualidad o de la identidad? Todas estas cosas son distintas. En inglés tenemos las palabras male y female y también man y woman. En español tenemos hombre y mujer o masculino y femenino, pero no decimos macho y hembra cuando hablamos de seres humanos. En español, cuando hablas de personas, dices hombre y mujer, que son términos bioculturales, no biológicos.

P. Considera que el concepto de “sexo al nacer” es poco riguroso, porque eso puede significar muchas cosas distintas. Usted habla de las tres G.

R. En el contexto biológico, estamos hablando de agrupaciones típicas de tres factores: genes, gónadas y genitales, las tres G. Una mujer 3G sería aquella que tiene ovarios, clítoris/vagina/labios y cromosoma XX. Y un hombre 3G aquel que tiene testítulos, pene/escroto y XY. La importancia de usar el 3G es el rango de variación, un espectro de que tiene agrupaciones típicas. Asumimos que, mirando a los genitales, es seguro que tendrás las otras dos G. Y es verdad que están altamente correlacionadas, pero no absolutamente correlacionadas, no al 100%. Debemos entender biológicamente que esas agrupaciones no contienen toda la variación en los seres humanos, hay variación más allá. Y entre los 3G hay personas, más de las que pensamos, en las que una de esas G es un poco distinta. Si usamos solamente los genitales al nacer o los cromosomas o los genes, estamos dejando fuera un montón de información superrelevante.

P. Este 3G no refleja la realidad biológica del 1% de la humandidad, afirma en el libro, que son al menos 80 millones de personas. Pero si refleja la del 99%, ¿no es normal que mucha gente diga “bueno, un 99% es casi binario”?

R. ¿Pero qué es lo binario? No estoy diciendo que no hay cosas que son binarias en los seres humanos. Los gametos son binarios: espermatozoide y óvulo. Pero decir que los seres humanos son binarios es un fracaso. Porque nos limita demasiado al pensar todo el rango de variación entre los seres humanos. Una relación binaria es la del uno y el cero. Son completamente distintos, se utilizan en informática porque no tienen nada de superposición en ningún elemento: o tienes un uno o tienes un cero. Pero los seres humanos, nuestros cuerpos, nuestras maneras de ser, no son así. No hay nada entre los hombres y mujeres que los haga totalmente distintos como el uno y el cero, porque vienen de materias biológicas que se superponen en ese espectro de variación de nuestros cuerpos. Decir que somos binarios, eso es filosofía. No es biología. Es declararse esencialista: hay hombre y mujer, dos tipos de humano. Pero es que nuestra biología no valida esa posición. Sí, hay cosas binarias en nuestra biología, pero decir que los seres humanos vienen en dos tipos distintos es falso y podemos mostrarlo. Genitales, hormonas, cerebros, órganos… Cuando entiendes cuáles son estos rangos de variación entre nuestros cuerpos, queda muy claro que los seres humanos no vienen en binario, sino en agrupaciones típicas.

P. Argumenta que este concepto binario nació hace poco, con la obsesión por clasificar hombres y mujeres con un único factor científico.

R. Antiguamente, desde romanos y griegos, pensaban el sexo de forma jerárquica: está el cuerpo del hombre y la mujer es la degradación del hombre. Y entonces, desde el siglo XVII, empezaron a poner hombres y mujeres en distintas categorías, distintos tipos de ser humanos, y a buscar un verdadero rasgo binario entre ambos. Pero este pensamiento binario viene de un contexto filosófico, no de un contexto médico, ni biológico. Al principio optaron por los genitales, pero cuando ves los genitales, hay un espectro. Claro, hay genitales típicos: los hombres tienen pene, las mujeres no. Pero si ves millones de personas, hay un espectro enorme del desarrollo de los genitales: no son binarios, son un espectro. Entonces optaron por las gónadas: testículos y ovarios. Pero cuando lo analizas a fondo, tampoco son binarios porque hay un montón de superposiciones. Y entonces, por fin, a principio del siglo pasado encontraron el cromosoma 23, el XX y el XY. Pero hay varias versiones de eso también, un espectro de impacto, efecto y genes en ese contexto. Biológicamente, no hay un único rasgo que defina de forma binaria a los seres humanos. Es un concepto filosófico muy potente.

P. Escuchándole hablar de esa búsqueda de hace siglos de un único rasgo que sirva para sexar personas, se parece la búsqueda actual de las autoridades deportivas por dar con un rasgo para sexar a las mujeres atletas. Ahora están con la testosterona, que evidentemente no es un factor binario, antes fracasaron con los cromosomas, afortunadamente ya no obligamos a las deportistas a desnudarse…

R. Aquí sí, aquí sí, aquí en Estados Unidos ya empezaron otra vez con eso.

P. Es que estamos volviendo al siglo XIX en muchas cosas.

R. Por eso necesitamos mejorar estas narrativas. En el deporte, hicieron el mismo recorrido. Los genitales: no, no funciona. Entonces los genes: pues tampoco, hay muchas atletas mujeres con XY. Pues hormonas, la testosterona. Y no, tampoco sirve.

P. Pero el deporte parece la última batalla de la biología humana. Se convierte en el lugar en el que definimos lo que es una mujer y cómo tiene que ser una mujer. Le pasó a Imane Khelif en los Juegos Olímpicos y antes a Caster Semenya. Hay gente que dice: “No puede ser una mujer con ese cuerpo, con esa cara”.

R. Eso es la ignorancia del rango de distribución de cuerpos humanos. Mira Ilona Maher, una famosa jugadora de rugby [acosada en redes acusándola de trans]. ¿Qué cuerpo tiene, verdad? Es totalmente mujer, pero es más grande que yo. Si coges 1.000 personas, 500 mujeres y 500 hombres, y los pones alineados por altura, entre los más altos habrá más hombres y entre los más bajos habrá más mujeres. Y habrá mucha mezcla y esa distribución de la variación es lo importante. La gente que dice “ese cuerpo no es femenino” está diciendo una tontería, porque en los cuerpos femeninos hay un gran rango.

P. Hay una intención clara de imponer una manera de ser mujer y una manera de ser hombre. Cuando Donald Trump firmó su orden ejecutiva para prohibir competir a las niñas trans, estaba rodeado de muchas mujeres, pero solo había un tipo de mujer: pelo largo, falda, tacón…

R. Delgada, rubia…

P. ¿Se está tratando de invocar la ciencia para justificar un modelo de personas, un modelo de sociedad y un modelo de mujer?

R. Trump no está usando ciencia, todas sus órdenes ejecutivas son un fracaso total en lo científico. La ciencia, al señalar el rango de variación biológica en los seres humanos, nos muestra que sí hay varias maneras de ser humano con éxito, y eso es lo importante. En cualquier país, en cualquier cultura, hay un rango de variación de cuerpos, de sexualidad, pero nuestras culturas, nuestros gobiernos, disminuyen las posibilidades de expresar y de vivir en todo ese rango. Siempre estamos en el promedio, en pedacitos del rango completo de los seres humanos y lo fundamental es al menos conocer cuáles son las posibilidades de todo ese rango y entender que eso es ser humano: variación, no promedio. Nuestra cultura siempre está controlando dónde podemos expresar nuestros seres en un contexto cultural, porque somos organismos bioculturales, y siempre hay un rango más grande de variación de lo que es aceptado culturalmente. Y eso es lo difícil. Porque mucha gente tiene su certeza de ‘esto es una mujer y esto es un hombre’. Pero si empiezan a pensar ‘mi primo este tiene un cuerpo un poco distinto’, se dan cuenta de que hay más variación. Todos conocemos a gente que está fuera de la agrupación típica, en el comportamiento o en lo biológico, de lo que creemos que son las mujeres y los hombres.

P. ¿Teme que su libro le cause problemas en su carrera, que le cancelen programas?

R. Formo parte de uno de los grandes grupos de investigación a los que la Fundación Nacional de Ciencias ha congelado la beca, y son unos proyectos con un enorme éxito. El Gobierno no me va a apoyar en mis investigaciones, pero mi universidad, de momento, me está apoyando y los estudiantes tienen interés. Estoy en Princeton, una de las mejores universidades privadas del mundo, con un montón de dinero. Pero temo por todos mis colegas en las universidades públicas. Eso sí: siempre, cuando salgo de los Estados Unidos y regreso, tengo en mente lo que está pasando. Quiero tener la ciudadanía española por si tengo que ir a vivir a España.

P. ¿Esperaba tener que defender su libro en un contexto tan hostil?

R. Ya había un montón de problemas aquí en Estados Unidos hace mucho tiempo, desde que empecé a escribir el libro bajo Trump Uno. Pero es un poco extraño publicar un libro de divulgación y que en cuanto se publica, contradice cinco o seis órdenes ejecutivas. Todo lo que cuenta este libro muestra que lo que dice el Gobierno es falso. Ya tengo varios eventos de presentación cancelados. En EE UU hoy es un acto político publicar un libro sobre nuestra biología.


Publicado en El País 30 de julio

Entrevista por Javier Salas

Por qué nuestros gobernantes no se parecen a la gente con la que compartimos ascensor?

Alejandro Cencerrado
Publicado en El País 01 ENE 2026 

En la comunidad en la que vivo hay una mujer cuyo novio presuntamente estafó 300.000 euros a Hacienda haciendo negocios en plena pandemia, y cuyo hermano se llevó otro tanto importando mascarillas desde China. No hablo de mi comunidad de vecinos, ya sabéis, ese tipo de cosas nunca le pasan a tu vecina, sino a esos que salen en la tele diciendo que son nuestros representantes, paradójicamente. Cuando muchos vemos a Mazón, a Miguel Ángel Rodríguez o a Ayuso, siempre pensamos lo mismo, ¿de dónde ha salido esta gente?, ¿cómo han llegado ahí? Si el objetivo de la democracia es sentirnos representados por los que nos gobiernan, algo estamos haciendo mal, porque no se parecen en nada a nosotros.

Algunos dicen que nuestros representantes no se parecen en nada a nosotros porque el poder corrompe, pero hay algo aún más profundo que suele pasar desapercibido, y es que para llegar arriba hace falta pasar por un filtro que selecciona a un tipo de personalidad muy concreta, y que deja fuera a todos los demás, algo que no solo ocurre en la derecha, sino en todo el rango político. Fui consciente de este proceso de expulsión natural recientemente, en el partido que mejor representa mis ideas, Más Madrid. Hace unos años me afilié y empecé a ir a las reuniones mensuales, porque quería ver cómo podía aportar mi granito de arena. Por desgracia, la hora a la que se hacían las reuniones coincidía con el horario de dormir de mis hijos, así que de forma natural la propia dinámica del grupo me expulsó, sin que nadie se diera cuenta ni lo hiciera adrede. Además de los horarios, el no conocer a la gente y ver que ellos sí tenían ya buenos lazos, me hizo sentir fuera de lugar desde el principio. Al final dejé de ir, y con el tiempo se hizo cada vez más extraño volver. Fue así como entendí que en los partidos se tienden a crear unas dinámicas que expulsan la heterogeneidad que hay en la calle, generando un tipo de personalidad y pensamiento muy homogéneo, casi sin darse cuenta.

Con el tiempo he ido aprendiendo que este era solo el primero de muchos filtros que los partidos aplican sin darse cuenta a los miembros que los componen. Una vez has logrado adentrarte en la dinámica del grupo, viene el segundo filtro, mucho más agresivo; conseguir llegar arriba. Y no siempre es el más empático, ni el más sensato el que llega arriba, sino el que mejor aguanta el barro. El que no se rompe ante las críticas continuas y los ataques personales. El que teje alianzas y acumula favores. Para eso no solo hace falta tener mucho tiempo y energía, también hay que ser ambicioso y competitivo. Esas no deberían ser las cualidades principales de un político de izquierdas, pero es así. De forma natural y sin que nadie lo haya montado así, los partidos se han convertido en máquinas de selección de un tipo humano muy concreto, que tiene muy poco que ver con la mayoría de la gente.

La lista de filtros maquiavélicos que colocan en el poder al que menos lo merece es infinita, y cuando uno pone el foco en ella empieza a verla por todas partes, desde las personas que lideran las asociaciones de padres hasta quien acaba siendo el presidente de la comunidad de vecinos. ¿Por qué tan habitualmente nos caen mal nuestros jefes, por ejemplo? Porque en las empresas opera el mismo filtro perverso que en los partidos: arriba no llega quien trabaja mejor, sino quien sabe jugar mejor al juego del poder. Lo llamamos meritocracia, pero habitualmente lo que opera en realidad es la traicionocracia, con algo de contactocracia y a veces también sobornocracia. Por eso me hizo tanta gracia escuchar a Milei decir recientemente en una entrevista que, si las mujeres de verdad cobraran menos por hacer el mismo trabajo, las empresas contratarían solo a ellas para ahorrar costes, y terminaríamos con los consejos de dirección llenos de mujeres. Cualquiera que haya trabajado en una empresa lo sabe, los que llegan arriba no son nunca los que mejor trabajan, sino los que mejor aparentan trabajar, los que en el momento de presentar los resultados hablan más alto, venden mejor sus logros y, en casos extremos, se adueñan del trabajo de otros sin remordimientos. En este contexto, las mujeres —educadas históricamente para no interrumpir ni alardear — parten con desventaja. Las empresas, como nuestras democracias, deberían tener más cuidado con estos filtro invisibles, ya que la razón principal por la que los trabajadores dejan sus trabajos son sus jefes, una gran pérdida de talento que se podría solucionar si tan solo se empezara a escuchar en las reuniones a los que nunca levantan la voz.

La paradoja de los filtros que seleccionan líderes tóxicos se da incluso en aquellas instituciones en las que parece que los filtros son objetivos, como las oposiciones a juez. Manuela Carmena lo contaba en su último libro, al mencionar la cantidad de personalidades cuadriculadas que había encontrado entre los miembros de su gremio, personas brillantes, sí, pero con una rigidez mental que a menudo les impedía ver más allá del texto literal de la ley. El primer filtro en este caso es el que ya todos conocemos; para ser juez hay que pasar años estudiando sin trabajar, algo que excluye a un sector enorme de la sociedad que no puede permitírselo. Pero hay un filtro extra que homogeneiza aún más a la judicatura, y es el hecho de tener que memorizar códigos y artículos por meses e incluso años, con una disciplina casi militar. El resultado es una élite judicial más parecida entre sí de lo que sería deseable, con poca comprensión del contexto social que hay detrás de cada delito. Debería ser condición necesaria que los jueces, además de conocer las leyes, entendieran también las vidas que hay detrás de las personas que han cometido un delito, para que la aplicación de las penas tenga el principal objetivo de evitar que esas personas vuelvan a cometerlo.

Estos filtros —partidarios, corporativos, judiciales— son diferentes en su forma, pero coinciden en el resultado: fabrican élites desconectadas del pueblo. Personas que creen que por haber llegado arriba son los más apropiados para ejercer el cargo, cuando los méritos que los hicieron llegar ahí son la dureza, la ambición o la capacidad de competir, nada que ver con lo que habitualmente se necesita de ellos. No es de extrañar así visto que los ciudadanos sintamos que nadie nos representa, ya que las propias instituciones están diseñadas para seleccionar perfiles que se alejan, por naturaleza, de la calle.

Un poco de azar para salvar la democracia

¿Hay solución? Parece que sí, pero para conseguir implantarla tendremos que quitarnos de encima un prejuicio muy arraigado en nuestra sociedad, la idea de que solo los que aprueban exámenes y demuestran logros tienen derecho a llegar arriba. El escritor holandés David Van Reybrouck, en su libro Contra las elecciones, propone una idea provocadora para solucionar el problema de la falta de representatividad real en nuestra democracia: volver a una forma moderna de sorteo, como se hacía en la antigua Atenas, para que el poder no sea monopolio único de quienes mejor sobreviven a los filtros. En otras palabras, introducir aleatoriedad entre las personas que llegan arriba en nuestras instituciones. Él pone como ejemplo los juicios populares. En estos elegimos a ciudadanos al azar para decidir si alguien es culpable o inocente. No saben de leyes, pero saben lo que se siente al vivir con un sueldo justo. No son jueces, pero añaden un soplo de aire fresco y humano a la mecánica aplicación literal de las leyes. No sustituyen plenamente a la judicatura, pero aportan un componente democratizador al sistema. Según Van Reybrouck, si ya lo hacemos en la justicia, ¿por qué no aplicarlo a la sociedad en su conjunto? De esta manera podríamos incluir en los parlamentos o en los ayuntamientos un cupo de ciudadanos elegidos por sorteo, vecinos y vecinas que no han pasado una oposición, pero puedan opinar mejor que nadie sobre las políticas que les afectarán directamente. No es cuestión de sustituir a los representantes, sino de equilibrar los filtros que hoy monopolizan el acceso al poder. No se trata de destruir los procesos de selección actuales, sino de abrirlas, para que pueda entrar al vecino tímido que tiene buenas ideas pero nunca se atreve a compartirlas, o el joven que no quiere hacer carrera política pero sí mejorar su barrio.

El mayor problema de nuestra democracia no es cómo votamos, sino a quién se permite llegar a ser votado. Si las instituciones solo dejan pasar a quienes cumplen con sus filtros invisibles, la pluralidad social nunca llegará a los órganos de decisión. Si cada cuatro años votamos, pero solo podemos elegir entre quienes han sobrevivido a un filtro muy estricto de favoritismos y alianzas, ¿estamos realmente eligiendo algo?

Una democracia donde los de arriba no se parecen en nada a los de abajo es una democracia frágil. Solo cuando los que deciden empiecen a parecerse más a los que se benefician de esas decisiones, podremos decir que vivimos en una democracia que nos representa de verdad.