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Lo que la izquierda aún tiene que entender

 

Eliane Brum
Publicado en El País 17 JUN 2026 - 

“¿Se imagina que Flávio gana y también ganamos el Mundial?”. Sentada en uno de los bancos del restaurante del mercado para comerse un plato combinado, a la mujer le brillaban los ojos al mostrar las imágenes de la visita a su ciudad del precandidato de extrema derecha en las elecciones presidenciales de Brasil. Dos mujeres pobres, a ambos lados del mostrador, dos miradas llenas de esperanza. “Flávio” es el hijo mayor de Jair Bolsonaro, actualmente encarcelado por intento de golpe de Estado. También es hoy la principal oposición a la reelección del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT). Esta pequeña escena resume el dilema de quienes saben que la extrema derecha tiene posibilidades reales de volver al poder en Brasil, al igual que avanza en la mayoría de los países de Latinoamérica, como evidencian las recientes elecciones de Colombia y Perú. Una de las preguntas es: si las condiciones de vida mejoraron durante los gobiernos del PT, ¿por qué eso no se traduce en una aprobación holgada? O también: ¿por qué una parte de los más pobres se adhieren a las fuerzas responsables de perpetuar la desigualdad?

Lula ganó elecciones diciendo que su meta era que cada trabajador tuviera un coche en el garaje y chuletón y cerveza en la comida de los domingos. Hace varios años que esa aspiración ya no moviliza, pero Lula y parte de los candidatos tradicionales de izquierda no han sabido entender el cambio. Para quienes tienen las condiciones, aunque sean mínimas, para la reproducción de la vida, la subjetividad cobra un peso mayor a la hora de elegir. La adhesión ya no se debe (solo) a que se garantiza lo básico para la existencia o incluso bienes materiales utilitarios, como el fogón y la nevera, sino a que se logran vender sueños, sobre todo los relacionados con el consumo y el retorno a un pasado que nunca existió. Con el capitalismo inoculado día tras día, muchos de los más pobres están menos interesados en una distribución más equitativa de la riqueza y mucho más en ser ricos, en situarse ellos mismos en la cima de la pirámide; sus aspiraciones son más individuales que colectivas. Esta es una de las características del siglo XXI, cuya génesis se remonta a las últimas décadas del siglo anterior.

Pero los sueños por sí solos no bastan, la adhesión solo es eficaz y tiene muchas más posibilidades de convertirse en algo permanente cuando va acompañada de un enemigo. La creación y difusión de la figura del enemigo es el centro de la estrategia de la extrema derecha. A partir de este momento, la lógica es la de la guerra, y la historia demuestra que las democracias tienden a morir en las guerras, aunque sigan sobreviviendo nominalmente.

Fíjense en el caso de Jair Bolsonaro, padre del actual candidato. Durante su mandato, Brasil volvió al Mapa del Hambre y está demostrado que su retraso deliberado en la vacunación y su rechazo a las medidas de prevención fueron los responsables de gran parte de las más de 700.000 muertes por covid en Brasil. Aun así, Lula ganó las elecciones de 2022 por poco, con menos del 2% de diferencia respecto a Bolsonaro. ¿Por qué? Por la lógica de la guerra.

Si hay un enemigo, importa mucho menos lo que el gobernante haga o deje de hacer. Todas las desgracias y frustraciones ya tienen un culpable. En Brasil, el culpable es el petista. Si las promesas y los sueños no se hacen realidad, es por culpa de Lula, del PT, de los petistas. En Estados Unidos y algunos países europeos, puede ser el inmigrante, el refugiado, etc. Una vez establecido este mecanismo, el gobernante solo tiene que gobernar para los suyos: en el caso de la extrema derecha, las élites locales —especialmente las vinculadas a la producción de monocultivos—, las grandes corporaciones transnacionales y el mercado financiero. Todo lo que empeora la vida de los más pobres no se le tiene en cuenta, ya que no es responsabilidad de sus actos de gobierno, sino de la existencia del enemigo. La solución, una vez más, no son las políticas públicas, sino la destrucción del enemigo.

En este camino, hay dos fuerzas cruciales. Una son las iglesias evangélicas pentecostales y neopentecostales, que empezaron a expandirse en las últimas décadas del siglo XX y más recientemente se convirtieron en centros de influencia, con la mayoría de sus líderes vinculados a la extrema derecha. Desempeñan un papel fundamental al preparar las mentes para la lógica de la guerra bíblica, del bien contra el mal. Una parte de estas iglesias incluso incorpora la lógica militar en los programas de formación de los jóvenes. El fortalecimiento de la extrema derecha exige una adhesión a la política a través de la fe y no de los hechos, lo que hace que esta alianza sea muy valiosa.

La otra es la combinación de internet, inteligencia artificial y algoritmos, esencial para mantener viva la guerra y crear una realidad paralela. Como bien sabe Brasil y los países que ya han sido gobernados por la extrema derecha, esta gobierna generando crisis que se difunden y manipulan por las redes sociales. Vivir bajo el yugo de la extrema derecha es despertarse (si es que se consigue dormir) cada día en sobresalto. Para quienes mantienen el pensamiento crítico y el aprecio a los hechos, el reto consiste en resistirse a esta insanidad. Para quienes tienen un enemigo identificado y declarado, esto no hace más que reforzar la adhesión a la lógica de la guerra.

La extrema derecha parece haber encontrado la fórmula para alcanzar el poder. Pero hay un problema. Destruye el planeta, poniendo en peligro la reproducción de las condiciones necesarias para la existencia. Pronto, debido a la aceleración del colapso del clima, la realidad se impondrá y con el peor impacto posible: el aumento del miedo y la desesperación. Y entonces ya será demasiado tarde. Por eso, el desafío inmediato, no solo para los políticos que se oponen a la extrema derecha sino para todos los que se resisten a que se destruya la vida, es encontrar un camino para que la gente empiece a soñar otros sueños. Para Lula y para Brasil, ya en las elecciones de este año.

La Policía y el problema que no se nombra

Youssef Ouled

Publicado en El País el 16 JUN 2026 -
En Valencia, durante las protestas en defensa de la educación pública, una profesora jubilada de 68 años es empujada por la espalda por un agente de policía y acaba con fractura nasal. En Bilbao, un grupo de activistas que regresa tras haber denunciado malos tratos y vejaciones por parte de las autoridades israelíes es recibido en el aeropuerto con cargas policiales y detenciones. Las imágenes circulan y la conversación pública se centra en la brutalidad policial. Pero este debate, por necesario que resulte en cada caso concreto, a algunas personas de este país nos evoca una pregunta incómoda: por qué determinados episodios activan una alarma social mientras otros apenas se hacen visibles.

En España, la violencia policial aparece en el debate público como una sucesión de incidentes aislados. Cada caso se interpreta como excepción, posible error o desviación puntual. Sin embargo, existe una forma de violencia menos visible y más difícil de reconocer, una que no comienza en la intervención física, sino en la sospecha.

Esa violencia se expresa en forma de controles y actuaciones selectivas sobre personas que dan el perfil. No es excepcional sino cotidiana y, a pesar de ello, se presenta como algo rutinario o aleatorio. El problema es que esa rutina no se distribuye de manera uniforme. No todas las personas son paradas en la calle con la misma frecuencia, ni sus cuerpos son leídos del mismo modo por la autoridad.

Hablo de la perfilación racial, una forma de actuar sistemáticamente negada que consiste en la identificación de personas por lo que son, no por lo que hacen, denunciada por quienes la sufren, señalada por organismos internacionales como la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA, en sus siglas en inglés), la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI) o la ONU. Es una práctica presente en todo el territorio, como recogen investigaciones de la Universidad de Valencia, la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía o SOS Racisme Catalunya, que arrojan tasas de desproporcionalidad de hasta siete a uno. Es decir, siete personas racializadas controladas por cada persona blanca.

La dificultad no es solo empírica, sino política. España ha avanzado en el reconocimiento de desigualdades y discriminaciones en distintos ámbitos, pero persiste una fuerte resistencia a admitir que el racismo opera en las instituciones del Estado. En el mejor de los casos, se reconocen comportamientos individuales inadecuados. Es ahí donde se diluye la posibilidad de un debate serio sobre la violencia policial. Si todo se reduce a “casos aislados”, se evade la responsabilidad institucional.

Un ejemplo de ello es el caso de Abderrahim El Akkouh, ocurrido hace un año en Torrejón de Ardoz (Madrid), que evidenció cómo la muerte de una persona racializada desaparece con rapidez del espacio público. Reducido en la vía pública por un policía municipal fuera de servicio y otro jubilado, murió a causa de una asfixia violenta, según la autopsia. Aunque el caso ha seguido su recorrido judicial y ha generado protestas y peticiones de responsabilidad, su presencia en el debate público es mínima.

Algo similar sucede con Haitam Mejri, fallecido el 7 de diciembre de 2025 en un locutorio de Torremolinos (Málaga), tras una intervención policial en la que varios agentes utilizaron pistolas Taser y técnicas de inmovilización física. Si bien tras un informe forense del Instituto de Medicina Legal se archivó la investigación, al considerar que murió por “delirio agitado”, un informe de ampliación de autopsia encargado por la familia recoge 86 lesiones en el cuerpo de Haitam a consecuencia de la actuación policial y hasta 14 marcas compatibles con “al menos” siete aplicaciones de Taser. El archivo de la causa se encuentra recurrido ante la Audiencia Provincial de Málaga.

Akkouh y Mejri no son casos aislados; forman parte de una larga lista de hombres racializados fallecidos en el contexto de actuaciones policiales: Salim Traoré, Yoni Barrul, Harold Medina, Mahmoud Bakhoum, Abdoulie Bah, Ji Lin o Henry Carbonell son solo algunos recientes. Sin embargo, sus nombres aparecen de forma dispersa en el debate público, sin producirse una discusión sobre la relación entre Policía, racialización y uso de la fuerza.

Conociendo que lo visible genera mayor empatía y reacción, conviene mencionar que lo no visible no agota lo posible, pero sí puede reducir la violencia policial a lo excepcional y establecer una jerarquía entre violencias.

Hablar de racismo en este contexto implica reconocer que las instituciones no actúan en el vacío, que el control y la sospecha están sesgados. El debate, por tanto, no debe limitarse a si un caso es desproporcionado, sino a qué condiciones hacen posible que determinadas personas sean con más frecuencia objeto de intervención policial, a veces con un desenlace fatal.

Mientras esa pregunta esté fuera del debate, reaccionaremos con indignación selectiva, sin abordar las estructuras que determinan quiénes son más visibles para las autoridades y en qué condiciones. No es solo qué hace la Policía en Valencia o Bilbao, sino por qué seguimos necesitando una cámara para creer lo que para otros es una cotidianidad.

México sin Hernán Cortés. Nëëwenp

 Yásnaya Elena A. Gil

Publicado en El País el 9 de mayo del 2026


Sabemos que Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, no vino a México para apoyar el movimiento de sus aliados de la derecha mexicana. Si ese era el objetivo, ha fallado descomunalmente. Es más lógico pensar que, desde México, estaba hablándole a su base electoral, a la derecha española que tiene en Hernán Cortés uno de sus símbolos más importantes; como es su costumbre, su objetivo es obtener relevancia mediática, eso sí lo ha logrado. La mayor parte de la población mexicana no la conocía y la mayoría de esa población reprueba ahora sus dichos sobre Cortés y la Conquista. La presidenta Claudia Sheinbaum ha respondido sobre este asunto sin nombrar a Díaz Ayuso; voces desde España han condenado también sus declaraciones, tal es el caso de Manuela Bergerot en la Asamblea de Madrid.

Desapercibida no ha pasado Díaz Ayuso, incluso canceló el resto de su gira acusando al gobierno mexicano de boicotearla para continuar así con la polémica. Pero, recordemos, Díaz Ayuso no le habla a México, le habla a una base votante que intenta ensanchar por medio de una estrategia muy conocida, y en muchos casos exitosa: la polarización. Al reconocimiento timorato del rey de España y del gobierno español sobre los abusos cometidos durante las guerras de Conquista, Díaz Ayuso opone un relato en el que su país debe estar orgulloso de las atrocidades cometidas con el establecimiento de la colonización.

La derecha y la muy débil ultraderecha mexicana que arropó la visita de Díaz Ayuso lleva ya un tiempo considerable con absoluta falta de imaginación política, han querido importar recetas del exterior para ganar relevancia. Hace poco intentaron impulsar en México una réplica de la llamada Revolución One Piece protagonizada por la generación Z en Indonesia. Fracasaron como lo han hecho en cada intento de movilización social. Ahora han apostado por ampararse bajo la sombrilla discursiva de una provocadora nata que ha cobrado relevancia a base de declaraciones polémicas.

El discurso de Díaz Ayuso sobre Hernán Cortés no es una novedad en México. El terreno estaba previamente abonado; en 2025, Ricardo Salinas Pliego y su esposa María Laura Medina anunciaron que traerían a México el musical Malinche de Nacho Cano, gran amigo de Díaz Ayuso. Otro de los productores de este espectáculo es David Hatchwell, muy cercano también a la presidenta de la Comunidad de Madrid y conocido por haber sido uno de los principales donadores a la campaña de Benjamin Netanyahu en Israel.

En este relato de la derecha, celebrar a Hernán Cortés es necesario porque sin él el mestizaje no habría sucedido; para ellos, la existencia de México se debe a Cortés, como claramente lo dijo Nacho Cano en el evento que se llevó a cabo en el Frontón México. Díaz Ayuso por su parte declaró que “el mestizaje es esperanza y alegría”; llevó estas ideas a un extremo ridículo cuando dijo que lo que aquí ha pasado habían sido 500 años de amor.

Es interesante la manera en que el discurso del mestizaje está intentando ser capturado por la derecha cuando, durante muchas décadas, ha sido la base del nacionalismo mexicano posrevolucionario En el marco conceptual que plantean, las atrocidades asociadas al establecimiento del colonialismo fueron un precio a pagar para que el mestizaje pudiera existir. Sin embargo, como sucede en muchos casos, confunden mezcla con mestizaje. El mestizaje es un proceso político mediante el cual se desindigenizó a la población mexicana, esto se hizo mediante mecanismos racistas que arrebataron lengua y prácticas culturales a los pueblos originarios y afrodescendientes para convertirlos en mexicanos mestizos hablantes de español, mestizo es población que ha dejado de considerarse indígena o afrodescendiente con base en mecanismos violentos y estructurales.

Mestizaje no es sinónimo de mezcla cultural y genética, no tiene por qué serlo. Mestizaje es una operación ideológica y política para desindigenizar a la población nativa; mezcla cultural y genética es un rasgo de todas las sociedades humanas. Ninguna cultura es pura, no existen razas como categorías biológicas, por lo tanto mezcladas estamos todas las personas del mundo. Esto nos lleva a otro posible relato, una ucronía en la cual hubo intercambios culturales y genéticos entre los muchos mundos que habitaban este continente y los mundos que habitaban Europa, pudo existir mezcla sin conquista, pudo haber existido un intenso intercambio de conocimientos sin genocidio, pudo haber intercambios y mezclas musicales sin esclavitud, pudimos intercambiar y fusionar tradiciones culinarias sin el dominio de la corona española, pudimos tomar todos lo mejor de los mundos sin colonialismo.

Por lo tanto, no, México no debe su existencia a Hernán Cortés, sin él y la conquista, los muy diversos pueblos de estos territorios habrían continuado su devenir histórico, en algún punto se habrían encontrado con Europa, habrían existido encuentros y no devastación. México, este territorio, estos pueblos habrían vivido su destino sin Hernán Cortés, su existencia no condiciona la nuestra, su existencia no es condición sine qua non para los intercambios y las mezclas culturales y genéticas que, de todos modos, inevitablemente, habrían sucedido. Hernán Cortés no es el costo que tuvimos que pagar para existir, todo lo contrario, nuestros pueblos existen a pesar de él y su barbarie.

“¿Qué pasa con las que tenemos pareja hetero? ¿Estamos todas alienadas?”

 Raquel Peláez

Publicado en El País el 8 de mayo del 2026

Andrea García-Santesmases Fernández (Madrid, 37 años) estudió Antropología en la Complutense porque tenía claro que quería mirarlo todo con óptica política: “La Carlos III, donde hice Sociología, era una universidad más señorial, a pesar de ser pública”. Pronto se dio cuenta de que, dentro del movimiento estudiantil, las chicas siempre tenían roles secundarios. Acabó fundando un colectivo llamado Mantys, ese insecto que devora al macho después del sexo (aunque también acrónimo de Mujeres Antipatriarcales y Subversivas). Esta Doctora en Sociología, actual profesora de la UNED, llevea años investigando el deseo con perspectiva de género. En su último libro, ‘Un nuevo contrato sexual’ (Ariel, 2026) propone darle una vuelta a los roles en las relaciones heterosexuales. Y para hacerlo, entre otras cosas, se ha sentado muchas horas a hablar con gigolós.

Pregunta. Ha comentado que sus amigas bisexuales o lesbianas le han dicho que les aburre el tema del libro porque la heterosexualidad ya no le interesa a nadie…

Respuesta. Desde la izquierda se ha hablado de disputar el concepto de patria o de España. Pues yo creo que hay que disputar la heterosexualidad. Los jóvenes están romantizando las relaciones convencionales, casarse con veinte años, porque no les han hablado de una alternativa. Porque criticamos mucho al criptobro y al gymbro, pero ¿y sus novias? Hay una femesfera muy perversa también. A ellos les salen discursos misóginos cuando buscan vídeos de coches y a ellas los vídeos de yoga las conducen a contenido sobre la importancia de la energía femenina y donde les dicen: “Si estás muy cansada de los tíos es porque no te has hecho respetar, es porque no tienes un hombre que te valore, hay hombres de verdad esperándote, pero tú tienes que ser esa mujer femenina, de alto valor, que les merece”. Yo creo que no podemos dejar la heterosexualidad en manos de este conservadurismo. ¿Qué pasa entonces con las que tenemos pareja hetero? ¿Estamos todas alienadas? ¿O estamos haciendo negociaciones y acuerdos a las que no les estamos poniendo nombre?

P. Sostiene que la liberación sexual de las mujeres no puede venir por el consumo…

R. Hay una parte del consumo, de los viajes de ensueño a la ropa sexy pasando por el Satisfyer que ha ayudado, pero no podemos pensar que porque nos den cada vez más cachivaches lo tenemos todo solucionado. Por ejemplo, el mercado nos ofrece ahora infinitas opciones estéticas y de modificación corporal y, sin embargo, los cuerpos que vemos en redes sociales son todos idénticos. El mercado te propone experimentar tu placer en todos los sentidos y tener una sexualidad totalmente liberada, pero luego vemos que se reproduce lo de siempre. Una vez, visité un club para swingers y estaba lleno de señores con jovencitas, seguramente prostitutas de lujo. ¿Eso es intercambio de parejas liberadas o una fantasía masculina?

P. También sostiene que el posfeminismo ha convertido el deseo y una vida sexual activa en un símbolo de estatus.

R. Es que parece que si no la tienes te estás dejando y ya no eres una mujer liberada. La sexualidad femenina está imitando el discurso masculino de la sexualidad como una necesidad irrefrenable a la que hay que dar respuesta. Y que eso a la vez da derecho al placer. El nuevo mandato es “libérate, ten todo el sexo que quieras, no seas mojigata, rompe los tabúes, abre tu mente”. ¿Pero dónde está ese paraíso erótico? ¿En Tinder?

P. Que también es un terreno complicado para las mujeres. Menciona esa frase de Materialistas, la película sobre las citas, en la que dicen: “Tener citas siempre es un riesgo”.

R. La gran falacia es plantear que el riesgo es el mismo para hombres y mujeres. Pareciera que el riesgo en las apps de ligue es simplemente el ghosting o el mal sexo, pero en el caso de las mujeres también está presente el terror sexual.

P. Habló con 11 gigolos, dos masajistas tántricos y dos asistentes sexuales. Dice que a pesar de que todos son proveedores de servicios eróticos, y cobran por ello, ninguno dijo sentirse como un objeto pasivo.

R. A pesar de que son perfiles muy diferentes, que divido en tres arquetipos analíticos -el galán, el pornógrafo y el terapeuta-, mantienen todos una posición de saber-poder. Eso me llamó la atención, cómo lo consideraban una práctica elegida que, incluso, reforzaba su autoestima. Me decían “ yo lo hago, en primer lugar, porque quiero, por la remuneración económica que es alta, pero, sobre todo, porque soy el que sabe lo que necesita una mujer”

P. Cuenta que cobran tarifas muy elevadas por hora. O sea que también hay una brecha salarial entre hombres y mujeres en esto…

R. Es que son servicios de lujo. Cobran algo similar a lo que deben cobrar las prostitutas de lujo, solo que la diferencia aquí es que no hay prostitución de calle, no hay burdeles. Hay investigaciones etnográficas sobre prostitución masculina gay y explican que ahí sí hay todo tipo de tarifas. Pero no existe para mujeres porque no hay mucha demanda y las webs que funcionan son porque se presentan como un servicio muy profesional, exclusivo y excluyente.

P. ¿Pagar resuelve el problema del consentimiento?

R. El pago no nos hará sexualmente más libres, ni resolverá los problemas en las relaciones heterosexuales. Pagar un servicio no asegura que la práctica sea ni deseable ni placentera. Aunque el servicio se venda como “profesional”, los problemas habituales pueden seguir ahí: la brecha orgásmica, lo que se erotiza y lo que no, que los hombres vayan con un guion prefijado de lo que es el sexo. En el caso que yo investigué, en el que se recogen situaciones problemáticas que ponen en duda el consentimiento femenino, el problema es que lo entrevistados equiparaban automáticamente contratar y consentir. Y ahí acababa su reflexión. Hay un problema previo que va mucho más allá de los gigolós.

P. ¿El miedo a las denuncias falsas que ha promovido la manosfera les afecta?

R. Hasta tal punto que no es que tengan miedo a transgredir un límite por error y ser denunciados sino que el temor es: “Hacemos lo que ella quiere pero luego ella se puede arrepentir y me puede denunciar”. La manosfera ha hecho que chavales de 16 años que aún no han tenido sexo ya sienten miedo a una denuncia falsa, ha llegado aquí. Su temor no es ser violentados, es ser denunciados. Y ahí era interesante también el estereotipo de género que proyectaban, de las mujeres como seres irreflexivos que se dejan llevar por veleidades. Yo les preguntaba: “¿Pero por qué te van a denunciar si tú no has hecho nada mal?”. Y ellos me contestaban: “Pues porque se arrepienten o porque luego les da vergüenza o porque se quieren vengar del marido”.

P. Es curioso porque a pesar de ser tan íntimos, los temas de género y sexo se explican desde marcos teóricos con palabras muy difíciles de entender. ¿Cómo explicaría de forma muy simple qué es la heteronorma?

R. Es el sentido común en torno a la heterosexualidad, el consenso general que nos dice que lo habitual es ser heterosexual y, además, serlo con unos roles claros: las mujeres son las del cuidado emocional, las personas comprensivas que están ahí para sostener al varón, a la familia, las que saben cuál es el médico de los niños, si el marido tiene colesterol, cuál es el grado de dependencia de la abuela. Mientras que el varón tiene que mantener una fortaleza y, en el ámbito sexual, un rol activo. Dentro de la pareja, que él pierda el deseo se considera muy grave.

P. Y dentro de la heteronorma, en el plano sexual, ¿cuál es el rol de la mujer?

R. Hay una tensión constante entre la puta y la esposa, todas las mujeres tenemos que lidiar con esa esa dicotomía. Seguramente la mayor parte de la gente ya no espera que una mujer llegue virgen al matrimonio, pero tampoco que haya tenido mucho sexo. Tiene que tener suficiente experiencia para no ser una mojigata, pero sin haberse pasado, para no estar devaluada. De una mujer heterosexual se espera que sea cuidadora y sensible, pero también deseable. Eso es cada vez más importante, que mantenga la disponibilidad sexual, lo cual está estrechamente ligado a que mantenga una apariencia estética normativa a lo largo de los años. Y, además, que disfrute con esa posición de objeto.

P. En su libro explica que el deseo femenino tiene una relación problemática con la sumisión y el poder. ¿Cómo se desmonta eso?

R. La heteronorma erotiza la subordinación de la mujer. No es solo que los cuerpos femeninos y masculinos sean diferentes, o se hayan socializado diferente, y que eso pueda resultar erótico y ser parte del juego sexual, sino que lo que se erotiza es la desigualdad. De hecho, hay una vinculación entre feminización y devaluación que trasciende a las mujeres. Por ejemplo, en algunos contextos, donde la sodomía está castigada, solo se castiga al que es sodomizado, porque se considera que es el cuerpo feminizado y por tanto devaluado.

P. El otro día el New York Times publicó que cada vez más jóvenes buscan a mujeres mayores. ¿Cree que el hecho de que los jóvenes tengan acceso a porno donde ven a mujeres maduras ha influido en su deseo?

R. Yo creo que ha influido y también puede ser que sientan que con una mujer mayor no tienen que llevar la batuta, se lo pueden dejar a ella, es decir, puede ser un deseo relacionado con liberarse de una responsabilidad tradicionalmente masculina.

P. Entonces, están feminizándose, que es lo que reclamaba al principio

R. Puede ser. En los cuidados hemos evolucionado mucho. Se ha empezado a considerar guay ser buen padre y estar implicado, cuando antes había que fumarse un cigarrillo mientras veías a tu hijo revolcarse en la arena. En el ámbito sexual empezar a generar otras imágenes y otros relatos podría crear discursos en positivo. A mí a veces me dicen: “¿Pero cómo puedes decir que eres optimista con todo lo que has contado y has analizado?”. Y siempre contesto: bueno, es que si pensamos que los hombres son intrínseca e inexorablemente violentos, que solo les interesa un imaginario misógino y pornográfico y solo ven a las mujeres como objetos, entonces seamos consecuentes y dejemos de relacionarnos con los varones. Pero no lo hacemos, seguimos relacionándonos con ellos y susurrando que hay excepciones: ese amigo tan majo, ese ex al que no olvidas... Entonces, sí hay otras masculinidades y otras posibilidades de relacionarnos con ellas.

A tu imagen y semejanza

Irene Vallejo
Publicado el 5 de abril del  2026 - 


 A lomos de su rocín flaco, entre desagravios y entuertos, afirma don Quijote que la libertad es uno de los más preciosos dones, por encima de los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre. Aplaudimos esas palabras al unísono. Sin embargo, muchas de las voces que sacralizan la autonomía individual se enfurecen contra sus efectos. Añoran las ciudades sin inmigrantes, las tradiciones sólidas, el idioma único, la sangre sin mezcla. Cunde la ansiedad porque en este océano de posibilidades se diluyen nuestras costumbres de siempre, emergen valores nuevos y fluyen identidades líquidas. Los nostálgicos de la uniformidad parecen ignorar que la fuente de todas las diversidades es, precisamente, la libertad.

Nos gusta creer que somos imparciales, que nuestras opiniones brotan limpias de prejuicios, como manantiales cristalinos. En realidad, según la ciencia, el conocimiento humano tiende a resbalar por la pendiente de los sesgos. Uno de los más habituales es el de afinidad: más vale malo semejante que bueno por conocer. Numerosos estudios revelan que, si sentimos similitud con alguien, de forma inconsciente nos parecerá mejor persona. La misma ciudad o color de piel; orígenes, cualidades y trayectorias semejantes crean sigilosamente una predisposición favorable. Un resorte interno nos impulsa hacia esa constelación de rasgos compartidos, hacia el anhelo de un mundo homogéneo que resulte previsible, seguro, tranquilizador. En cambio, lo diferente o mestizo genera inquietud, incluso dentro de uno mismo. Así lo advierte el Lazarillo de Tormes, un clásico español poco sospechoso de veleidades inclusivas. Cuando el padre del niño Lázaro muere en la guerra, la madre viuda, viéndose sin marido ni abrigo, empieza a tener trato carnal con un hombre negro, trabajador en unas caballerizas, “porque traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños con que calentarnos”. Al principio Lázaro tenía miedo, pero empezó a encariñarse con el extraño cuando vio que mejoraba el comer. “Con tanta visita, mi madre vino a darme un hermano negrito muy bonito, al que yo brincaba en mis rodillas”. El pequeño, al ver a su padre tan distinto del resto de la familia, lo señaba con dedo miedoso y decía: “¡Madre, coco!”. Y así concluye el protagonista: “¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”.

Los sesgos cognitivos son atajos mentales para pensar rápido. Gracias a ellos encadenamos ideas sin demasiada lógica, con distorsiones, pero aprisa. Son herramientas evolutivas que tienen sentido cuando la supervivencia depende de una respuesta inmediata, no de un análisis profundo —es decir, rara vez en nuestras vidas actuales—. Esa misma velocidad nos arrastra hoy a equivocarnos, presa de tópicos o conclusiones apresuradas. En general no somos conscientes cuando circulamos por la ruta breve. Si queremos contrarrestar las pendientes deslizantes de nuestra percepción es preciso conocerlas —y reconocerlas—. En particular, ese gusto por lo afín es el origen de nuestro deseo, un tanto irracional, de rodearnos de personas a nuestra imagen y semejanza. Esta forma de pensar conduce a exagerar diferencias que no son decisivas. Ante la asombrosa variedad del mundo, el pensamiento rápido —y simple— acentúa lo dispar, mientras el razonamiento sosegado —y complejo— descubre lo compartido.

Los relatos fundacionales de las diversas culturas reflejan la curiosidad humana, siempre palpitante, por nuestros orígenes. Aunque fabulosamente variados, coinciden en un mensaje compartido: nos hicieron iguales, del mismo material. Dependiendo de la geografía de las narraciones será barro, maíz, nieve... Entre los más poéticos encontramos, en el antiguo Egipto, el mito heliopolitano del nacimiento de la humanidad. Cuenta que el dios Atum, creador de la tierra y todas las cosas, vivía aburrido en una tediosa colina rodeada de agua. Tan poderoso como soy —decía— y no tengo compañía. Cierta vez estornudó, y de sus espasmos nasales surgieron su hijo Shu y su hija Tefnut. Ambos jóvenes eran curiosos, querían ver mundo más allá del cerro natal. Partían y cada vez tardaban más en regresar, hasta que Atum, de nuevo solo, los perdió de vista por completo. Cuando un buen día los vio retornar a salvo, las primeras lágrimas del mundo rodaron por su rostro paterno. Al caer a la tierra se transformaron en pequeños seres, la especie humana, hija de un llanto de alegría.

En esas leyendas late la intuición de que somos muy semejantes. Como afirma el antropólogo Agustín Fuentes en su ensayo La chispa creativa, la ciencia ha probado que pertenecemos a una única raza de individuos muy afines. “Ni la genética, ni el comportamiento, ni la altura, ni la forma del cuerpo, la cara o la cabeza, ni el color de la piel, ni la nariz, ni el tipo de pelo ni ninguna otra medida biológica divide a los humanos modernos en subespecies”. A pesar de habernos extendido por todo el planeta, permanecemos extremadamente cohesionados desde el punto de vista genético. La idea de raza, explica, carece de base evolutiva, “es una categoría creada y mantenida en lo social, histórico y político”. El concepto de las diferencias irreconciliables ha sido, durante siglos, una herramienta útil para azuzar bandos y alentar el odio. Da resultado por los sesgos y la desconfianza alojada en nosotros hacia lo desconocido.

En los últimos tiempos, algunos líderes atizan el fuego del miedo y reviven el debate de la convivencia con los extranjeros. Afirman conocer lo que la ciudadanía quiere, cuando en realidad están intentando modelar sus percepciones. Nos dicen: “Os oímos”. Pero el sociólogo Hein de Haas, tras estudiar durante décadas los flujos de opinión, concluye en Los mitos de la inmigración que la gente piensa, en general, de forma mucho más matizada que sus líderes, contemplando pros y contras. Conscientes del valor emocional de las percepciones, políticos partidarios de la mano dura contra la inmigración espolean el sesgo de afinidad al servicio de sus intereses. Paralelamente, las redes sociales no solo complacen, sino acentúan esos mismos prejuicios para cautivar la atención. Unos y otras rentabilizan el señuelo del odio, fuente de errores y horrores.

Se suele pensar que la xenofobia aumenta en proporción a la presencia de forasteros, pero los estudios prueban que las sociedades con un historial más largo de acogida y mestizajes suelen ser más abiertas. Con frecuencia, las comunidades de frontera se muestran más hospitalarias, porque comparten un largo pasado de convivencia. Familiarizarse con extranjeros favorece la mutua confianza, y no a la inversa, sobre todo si hay mezcla y si las generaciones jóvenes se escolarizan de forma natural junto a niños inmigrantes. En cambio, la segregación por barrios y escuelas abre trincheras. A largo plazo, el racismo mengua cuando la gente se habitúa a convivir en tranquila vecindad, y contempla a los demás como individuos, no como epítomes andantes de la incompatibilidad cultural. Cuanto más se relacionan propios y ajenos, iguales y distintos, más claramente emergen las semejanzas que nos unen. Y ahí, en el encuentro cotidiano, se tejen las alianzas de lo humano compartido. Los egipcios creían que la prole de los dioses nació de un par de estornudos; nosotros, los mortales, algo más líricos, fuimos lágrimas. A fin de cuentas, todos, divinos y carnales, gotas en el mismo charco. Secreciones de la alergia o la alegría de Atum, no somos tan diferentes ni podemos permitirnos ser indiferentes.


Volver a casa

 Pilar Mera

24 MAR 2026 - 05:30 CET

Al son del bígaro, esa caracola marina convertida en instrumento de viento por el folclore cántabro, Cabezón de la Sal recibió este sábado a Matilde de la Torre. Ochenta años y dos días después de su muerte en el exilio mexicano, sus huesos reposan al fin en casa, cumpliendo su deseo. Volver para descansar en su tierra a la que, como tantos compatriotas expulsados de su patria, no pudo regresar antes de morir.

Para muchos, el nombre de Matilde de la Torre no dirá demasiado. Perder en el olvido nombres como el suyo es otro de los dramas de la guerra. O más bien, otro de los robos de la dictadura, cuya represión no sólo arrasó las vidas de miles de personas, asesinadas, encarceladas, exiliadas, víctimas de la hambruna y la miseria. También contribuyó a perder el recuerdo de tantos, diluido en el tiempo entre mentiras y silencio.

Este retorno es una oportunidad para recuperar a una de las primeras diputadas españolas. Elegida por Asturias en las elecciones republicanas de 1933 y 1936, fue periodista, escritora, pedagoga, feminista… En los años veinte, fundó una academia en Cabezón de la Sal, donde preparaba estudiantes para el Bachillerato bajo los principios de educación integral de la Institución Libre de Enseñanza. Y también en su pueblo impulsó Voces Cántabras, coro de músicas populares, donde realizó una importante labor de recopilación del folclore regional. En 1931, se afilió al PSOE de la mano de Fernando de los Ríos. Defensora de postulados democráticos, estuvo muy próxima a Juan Negrín, por lo que fue una de los 35 socialistas expulsados del partido junto a él en 1946, que no fueron readmitidos hasta 2008.

El homenaje a Matilde de la Torre ha sido una hermosa oportunidad de actuar con unión y respeto hacia un referente democrático de nuestro pasado reciente. Liderado por Voces Cántabras, el coro que fundó hace más de un siglo, en la inhumación estuvieron presentes el Ayuntamiento de Cabezón de la Sal, el Gobierno de Cantabria, el Congreso de los Diputados, el PSOE, la Fundación Matilde de la Torre… Instituciones de todos los niveles geográficos, representantes políticos de diferentes partidos e ideologías y agrupaciones sociales dejaron atrás el ruido para compartir la emoción, el recuerdo y la reivindicación del legado de una mujer excepcional y de una generación generosa, que trabajaron por mejorar su mundo y fueron castigados de manera brutal, arrancados de su hogar sin retorno.

Los bígaros callan su voz grave. Matilde ha vuelto a casa.

Delgadez extrema y otros estragos ultraconservadores en la vida cotidiana

 

Nuria Labari
Publicado en El País  el  21 de marzo del 2026 

“Ahí están, más delgadas que la semana pasada, más delgadas que el mes pasado, más y más y más como si hubiera una competición que nadie nombra, pero todas están jugando”, escribía esta semana la directora Chloé Wallace en su cuenta de Instagram sobre el resurgir de la delgadez extrema como ideal dominante en las alfombras rojas. Las actrices son referentes estéticos y culturales, capaces de crear moda (norma) y marcar tendencia. ¿A qué cultura representa este canon que impera en la industria? En el caso de los Oscar (EE UU), sabemos que el contexto político dominante es ultraconservador y como tal produce políticas identitarias cada vez más duras y cuerpos cada vez más normativos. Y en el caso de Europa, vamos por el mismo camino estético, que es también político.

Uno de los mitos de la ultraderecha es que hay que obedecer la ley, a pesar de que sus partidos la transgredan continuamente. Y el primer lugar donde los ciudadanos debemos cumplir la ley en sistemas ultraconservadores es el propio cuerpo. Así, un cuerpo delgado es más confiable que uno que no lo sea. Uno más blanco se considera más puro mientras que el más oscuro será percibido como peligroso. Igualmente, un cuerpo joven se considerará más valioso y un pectoral vigoréxico se juzgará más productivo. El autoritarismo corporal no admite disidencia y su triunfo es total. ¿Quiere esto decir que las personas más jóvenes, delgadas o de piel más clara son más conservadoras? Por supuesto que no. Lo ultraconservador es percibir los cuerpos que no cumplen con la norma como identidades deslegitimadas y esforzarnos íntima (o secretamente) en cumplir la ley.

Aunque no es fácil darnos cuenta de que vivimos en una cultura autoritaria que impone un control extremo del cuerpo. No lo es: los sistemas de coerción no son directos, sino que se nos meten dentro a través de un sofisticado sistema de pensamiento. Al final, todos cumplimos con la rigidez ultraconservadora en nuestra intimidad de forma más o menos flexible (hoy lo llaman “cuidarse”). Solo que, en los casos más extremos, la aspiración final de ciertos cuerpos es seguir el modelo sin permitirse incumplimientos de “la ley”, considerando todo espacio de libertad (comerse un torrezno) como una culpa que además merece castigo.

Lo peor del ultraconservadurismo corporal es que no hay escapatoria. Su ley es transtemporal y considera el mero paso del tiempo una forma de disidencia. Así el envejecimiento se empieza a percibir como una patología en sociedades ultraconservadoras donde la edad se convierte en una razón de apartamiento y marginación por sí misma. Esta semana, una amiga me escribió para decirme: “Estoy mal, me siento vieja”. ¿Pero qué es sentirse vieja? ¿Por qué debería ser algo malo? Mi amiga, que se ha pasado media vida peleando contra los regímenes normativos, se siente deslegitimada por el mero hecho de seguir viva.

Me pregunto si es posible desobedecer al poder, denunciar una guerra después de aceptar el sometimiento corporal más salvaje. Me lo pregunté viendo los Oscar y constaté que Hollywood es un despliegue de cuerpos y conciencias extremadamente mermadas. Así es la “cultura dominante”. Ojalá Europa y los europeos respondamos con todo lo que tenemos, empezando por el propio y disidente cuerpo.

¿Es libre una mujer velada?

 Autor: Santiago Alba Rico.

Publicado en El País el 25 de febrero del 2026

Hace unos días, tras una resolución judicial, una adolescente de 17 años, Eman Akram, volvió a su instituto de Logroño portando el hiyab cuyo uso le había prohibido la normativa escolar. Como cada vez hay más españolas de origen musulmán, esta polémica vuelve una y otra vez con creciente crispación en un país en el que la enseñanza reglada religiosa, de carácter privado o concertado, está reservada para los católicos o, en todo caso, para los cristianos. Un católico —quiero decir— puede llevar a sus hijos a una escuela del Opus Dei, una secta que impone la sumisión; un musulmán no puede llevarlos, en cambio, a una de los Hermanos Musulmanes. Como estoy a favor de la escuela pública, me gustaría que no hubiera ni privadas ni concertadas y ello con independencia de su filiación religiosa: no las quiero ni católicas ni musulmanas ni ateas.

Ahora bien, ¿qué es o qué debe ser la escuela pública? ¿Tiene cabida en ella el signo indumentario individual de una cultura específica? Es un asunto muy escurridizo que a menudo se despacha con una preocupante facilidad. No me refiero sólo a la ultraderecha, cuya islamofobia beligerante esconde el más fanático casticismo español. Me refiero también a un sector del feminismo que, en nombre de la Libertad en general, niega o cuestiona la libertad particular —la agencia, diríamos hoy— de mujeres concretas en una situación de vulnerabilidad. Tengo más amigas feministas que veladas (aunque también alguna amiga velada feminista) y, desde luego, me siento más cómodo con las primeras. Dentro del mundo árabe, donde vivo desde hace años, me identifico poco con los islamistas y mucho, por formación e instinto, con esa tradición ilustrada que, por ejemplo, llevaba al poeta iraquí Jamil Sidqi al-Zahawi a escribir ya en 1931 un poema titulado Velar y des-velar: “¿Cómo va a civilizarse un pueblo/ si una mitad está escondida de la otra?”.

No creo que sea discutible, por lo demás, que una de las batallas centrales de las mujeres en Irán o Arabia Saudí se libra contra el velo, objeto visible en el que se vuelca una apretada red invisible de opresiones totalitarias. El velo es, en efecto, tan visible que se nos olvida que esa batalla no es contra el hiyab sino en favor de la libertad; es decir, en favor de resignificar libre e individualmente las prendas que se eligen para ocultar o desnudar el propio cuerpo. En Túnez, antes de 2011, la dictadura de Ben Ali prohibía y perseguía el uso del hiyab y muchas mujeres se lo ponían a modo de protesta, con el riesgo de ser desnudadas violentamente y acabar en comisaría. Una vez derrocado el dictador, algunas que no se atrevían a usarlo comenzaron a hacerlo, pero otras que sólo se lo ponían para desafiar al régimen se lo quitaron.

El asunto es que no estamos ni en Irán ni en Arabia Saudí ni en el Túnez de 2011. España es un país democrático en el que la libertad indumentaria se da por sentada, salvo en el caso del hiyab, que asociamos no a la vulnerabilidad de las poblaciones inmigrantes sino al presunto fanatismo de la religión que practican. Hace unos meses, di una charla a alumnos de segundo de Bachillerato en un instituto de la periferia madrileña. Entre los oyentes había dos chicas veladas y, sin embargo, felizmente descaradas, empoderadísimas, que se mostraron muy duras con la islamofobia (“me dicen que me vaya a mi país, cuando yo soy española”), pero también con lo que llamaban el “feminismo blanco”, que las inhabilitaba para decidir libremente sobre su indumentaria: “Se nos considera libres si decidimos llevar escote, pero no si queremos llevar velo”. Ese feminismo que ellas llamaban “blanco” considera, en efecto, que sólo hay libertad en el acto de des-velarse, pero que el de velarse es siempre un acto de sumisión, de manera que, siguiendo este razonamiento, acabamos obligados a aceptar que mi libertad la decidan los demás: la normativa escolar, el Estado o una presunta regla universal. Es decir, en el caso de estas chicas musulmanas, a las que se supone adoctrinadas por sus familias, se sustituye a una figura patriarcal por otra. No se acepta la posibilidad de que decidan ellas mismas: el velo se lo ponen sus padres y se lo quitan sus profesores. ¿Y si ellas tuvieran algo que decir?

Ekram tiene 17 años. Es lo bastante joven como para cambiar muchas veces de opinión en los próximos años, también sobre el velo. Pero es lo suficientemente mayor para que, en el marco de una democracia liberal, se la juzgue ya madura para decidir si quiere o no tener relaciones sexuales y con quién, qué libros leer y qué grupos explorar y muy pronto a qué partido votar. ¿Quién y por qué una mujer se pone el velo? Depende, he dicho, del país y del contexto. ¿Se puede poner libremente? ¿Qué quiere decir libremente? ¿Quién es libre? Bien pensado, nadie lo es, ni siquiera los ricos, que tienen cuerpo, enferman, mueren. ¿Se es libre para aceptar un trabajo de cajera en el Carrefour? ¿O en la recogida de la fresa? ¿Se es más libre para desnudarse que para llevar velo? La gran feminista egipcia Nawal as-Sadawi, muerta en 2021, encarcelada por oponerse a la mutilación genital y juzgada por apóstata, se irritaba mucho con ese feminismo blanco que pretendía liberar a las mujeres musulmanas: “El maquillaje es el velo de las occidentales”, decía. La libertad es una ficción liberal incómodamente necesaria, sin la cual no se podría ni firmar un contrato ni juzgar a un asesino, títere también de sus circunstancias. Nos guste o no, tendremos que aceptar que una mujer es igualmente libre cuando va a una orgía y cuando va a misa, cuando hace nudismo y cuando se pone el velo. Se tratará, eso sí, de generar las condiciones materiales en las que las decisiones sean lo más libres posible y en las que los versos de Al-Zahawi (en el caso de las muchachas veladas) les parezcan, como a mí, hermosos y liberadores.

Porque, en definitiva, la verdadera libertad es la de rebelarse y desobedecer. Los hijos se rebelan contra los padres; los jóvenes contra la sociedad que los rechaza. Supongamos que las familias musulmanas son más doctrinarias que las del Opus Dei o las de padres militares votantes de Vox. Si queremos que Ekram se quite el velo, tendrá que rebelarse contra sus padres; y eso será más fácil si está socialmente integrada, lo que sólo puede hacerse a través de la escuela pública en condiciones de verdadera ciudadanía material. Según la noticia citada más arriba, muchas de las chicas a las que se prohíbe el uso del velo en las escuelas cambian de centro o dejan de estudiar. Si no van a la escuela, quedarán a merced de sus familias; si la escuela pública las rechaza, su libertad rebelde se activará contra la sociedad que las excluye, de modo que no serán libres quizás cuando se pongan el velo, pero sí cuando se nieguen a quitárselo, como ocurría bajo la dictadura tunecina y como ocurre en la Francia falsamente laica, donde se hacen leyes privadas para perseguir a una minoría cultural. Como ya explicó en 1818 uno de los padres del liberalismo, Benjamin Constant, toda persecución es “religiosa”, tanto la de la Iglesia contra los herejes como la del Estado contra los creyentes.

Así que yo no defendería el uso coyuntural del velo en nombre de la libertad religiosa sino en nombre del laicismo y del derecho a la educación, que es el derecho a la rebelión y a la transformación personal. España no debería permitir que nadie escapase a la escuela pública, ni ricos ni pobres, ni católicos ni musulmanes, ni veladas ni des-veladas. Es allí donde se vuelven a barajar las cartas que se querrían ya decididas para siempre en el hogar familiar.

La confusión entre pensamientos y sentimientos

Autor: Fernando Cembranos

Publicado en el País el 27 de febrero del 2026


Llamamos sentismo al fenómeno de ampliar el campo semántico de la palabra sentimiento en detrimento de otras palabras como pensamiento o idea, más precisas y con más posibilidades cognitivas. Consiste en llamar sentimientos a entes mentales que son pensamientos, tratándolos como sentimientos, lo que en muchas ocasiones tiene consecuencias contraproducentes.

Es un fenómeno social en la medida en que ha aumentado significativamente en las últimas décadas el número de personas, colectivos e instituciones que lo utilizan, y afecta cada vez a más ámbitos de nuestra experiencia. Es fácil de detectar porque se manifiesta en el lenguaje con el uso frecuente de expresiones como “siento que” o “me haces sentir” para comunicar una opinión o una idea.

En el origen, este fenómeno tenía buenos propósitos tales como criticar la prepotencia de la racionalidad, muchas veces reduccionista e ingenua, o incluir el sentimiento en ámbitos de los que había sido expulsado o en los que nunca se había incluido, como la producción, el activismo, el trabajo, la economía, la educación, la política o las tareas reproductivas. Se trataba de recuperar la integralidad de la persona. Asimismo, ha permitido poner el foco en malestares anteriormente ignorados e invisibilizados. Por otro lado, los sentimientos y las emociones (amor, ilusión, odio, rechazo, alegría, tristeza, miedo, ira, placer, malestar, etc.) son la base que da relieve a nuestras vivencias y son imprescindibles para vivir. El trabajo de revalorizar los sentimientos tiene que continuar, pero es preciso señalar algunos errores que hacen un flaco favor a los propósitos iniciales.

El campo semántico de la palabra sentimiento se ha ido expandiendo y apropiando del campo semántico de la palabra pensamiento hasta provocar un fatal error. Aunque desde hace mucho ha podido decirse me “siento culpable” (cuando en realidad es un pensamiento acompañado de un malestar), es más reciente que se pueda decir “siento que el grupo no me valora” o “siento que esta película es mala”. Hay un anuncio en internet que llega a decir “siento que la gente no me devuelve los libros”. En el límite podríamos oír “siento que este vaso es una grapadora”.

Cuando una persona codifica un pensamiento como sentimiento busca su consistencia en sus sensaciones emocionales internas y deja de contrastarlo con la realidad o con otras personas. “Me siento inferior” no deja de ser un pensamiento, muchas veces burdo o erróneo, que provoca un malestar innecesario. Pero al codificarse como sentimiento se valida por el propio malestar emocional y puede permanecer sin contraste incluso durante años. Los pensamientos por el contrario tienden a validarse con la realidad o con su consistencia con otros pensamientos. A los pensamientos se les pide que sean acertados, válidos o lógicos y si son erróneos se les puede rebatir o falsar. Pero a los sentimientos no se les pide nada de esto, no es necesario que sean acertados, son pura subjetividad, se legitiman por sí mismos.

Los sentimientos son poco controlables de forma directa mientras que los pensamientos y las conductas lo son mucho más. Al ampliar el campo que abarca el sentimiento en detrimento del pensamiento, aumenta la parte de realidad que no podemos controlar o de la que no podemos responsabilizarnos.

Entre los principales problemas que provoca el sentismo podemos destacar que nos hace más incompetentes, más individualistas, disminuye nuestra inteligencia vital, entorpece la comunicación interpersonal y en muchas ocasiones nos puede hacer sufrir innecesariamente.

Los pensamientos disponen de muchos más recursos cognitivos para ser desarrollados, rebatidos o verificados. Los pensamientos permiten la construcción social de la percepción de la realidad, la búsqueda de consenso, nos inducen a utilizar la inteligencia colectiva. Los sentimientos se “validan” por sí mismos. “Siento que la reunión ha sido una pérdida de tiempo” es poco discutible. De hecho, cuando alguien pone en cuestión esta idea camuflada de sentimiento solemos contestar “pues yo lo siento así”, y no hay nada más que hablar.

Las cogniciones casi siempre requieren de muchas más conexiones neurológicas para ser procesadas. Cuando confundimos un pensamiento con un sentimiento predisponemos a nuestro sistema nervioso a procesar estos sucesos mentales con menos conexiones neuronales, es decir, con menos inteligencia. Un pensamiento puede ser una hipótesis, una pregunta o una conclusión; un sentimiento no hace estas distinciones. “Siento que soy un impostor”. La cuestión es si lo eres o no. Formulado como una hipótesis o una pregunta, invita a la indagación, a la comprobación. Formulado como un sentimiento (que no lo es), se queda sin revisar. Los sentimientos no son falsables, lo siento así y punto. La verdad de nuestra afirmación dependerá más del estado de ánimo que de la realidad misma.

El sentismo nos separa y nos aísla. En cierta medida introduce el fenómeno de la posverdad en el ámbito micro de nuestras vidas. Con la expresión “siento que…” puedes decir lo que quieras a continuación: “Siento que no sirvo para nada”, “siento que este libro es una mierda”, ¿podrías argumentarlo? “Bueno, yo lo siento así”. La difícil y a veces hermosa tarea de la construcción social de la percepción de la realidad se clausura rápidamente, “yo lo siento así”, “son mis sentimientos”.

El sentismo pone el foco de atención en los sentimientos propios, difícilmente en los ajenos, lo que en cierta medida es lógico, ya que lo que atendemos son las señales de nuestro propio cuerpo. Esto nos convierte en más individualistas y autocentrados. A excepción de la empatía, los sentimientos velan más por el bienestar individual que por el interpersonal o el colectivo. La empatía no primaria, por ejemplo, la que sustenta la valoración de los derechos humanos, requiere de capacidades cognitivas y esfuerzo, ponerse en lugar de la otra persona, tener teoría de la mente (ver lo que ve el otro), pensar el efecto que producen nuestras conductas en otras personas, deducir la situación de los otros a partir de sus circunstancias. Todo ello requiere la intervención del lóbulo frontal, la racionalidad, el intelecto.

A menudo el sentismo es un modulador del lenguaje, se puede usar para disminuir la contundencia de una afirmación, pero otras veces puede convertirse en una trampa mortal. En el ámbito clínico es frecuente oírlo en las depresiones, en los conflictos intra e interpersonales, “siento que todos me desprecian”, incluso en las situaciones con riesgo de suicidio, “siento que no hay salida”.

La educación emocional ha puesto mucho énfasis en enseñar a nombrar las diferentes emociones y sentimientos, lo cual está muy bien, pero se ha olvidado de enseñar a nombrar los pensamientos y a distinguir la diferente naturaleza que éstos tienen con respecto a los sentimientos. Saber qué parte de pensamiento está influyendo en un sentimiento, en lugar de codificarlo sin más como sentimiento, es clave para entenderlo y abordarlo.

El ser humano vive en un diálogo constante entre su sistema límbico y su neocórtex, entre sus emociones y su intelecto. Si disminuimos la importancia de éste último en favor del primero nos hacemos más torpes, disminuimos nuestra libertad de elección, nuestra capacidad para actuar, para reflexionar, para responsabilizarnos, para usar el pensamiento complejo, que es más costoso, pero muy útil para la resolución de conflictos e incluso para la supervivencia.

Desde un punto de vista relacional y colectivo tenemos que superar esta confusión que nos aísla, nos incomunica y nos abandona a nuestra verdad sentimental individual y volver a tender puentes de comunicación para construir una percepción social de la realidad, que sin duda es compleja, pero también es más inteligente. Y realmente la necesitamos.