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¿Y si en lugar de tener miedo, sentimos curiosidad?

 

Pilar Jericó
PUBLICADO EN EL PAÍS EL 5 DE AGOSTO DE 2025

Hubo un tiempo en el que metíamos las manos donde no debíamos. Hacíamos preguntas absurdas para los adultos o abríamos cajones para descubrir secretos escondidos. No porque esperáramos encontrar algo útil, sino porque la exploración era, en sí misma, una forma natural de estar en el mundo. Lo extraño no nos asustaba: nos atraía. Sin embargo, parece que crecer consiste en alejarnos de esa actitud despreocupada.

Nacimos curiosos, pero en algún momento del camino empezamos a cambiar las preguntas por certezas. Aprendimos que equivocarse tenía consecuencias, que era mejor controlar que explorar y que la incertidumbre era algo que había que reducir cuanto antes. Poco a poco, fuimos intentando ordenar la vida como si tuviera una forma de ser correcta: eficiente, previsible y sin margen para la sorpresa. El problema es que la vida nunca funciona así.

Cuando aparece un cambio inesperado, una pérdida o una dificultad, solemos preguntarnos: “¿y si todo sale mal?”. La mente busca protegernos anticipando amenazas, pero existe otra posibilidad: cambiar la pregunta. “¿Qué puedo aprender de esto?”, “¿qué alternativa no estoy viendo todavía?”. Ese pequeño movimiento interior es lo que denomino la intención curiosa: la decisión de acercarnos a lo desconocido no solo desde el miedo, sino también desde la exploración. No es una expectativa, que dependería de los otros, sino algo interno que nos orienta hacia la acción.

La curiosidad es mucho más que acumular información. Es una manera de relacionarnos con aquello que no controlamos. Como explicó en nuestra entrevista Teresa Viejo, periodista y doctoranda en Psicología, autora de Una niña que todo lo quería saber (HarperCollins, 2022): “La curiosidad se puede medir. Y cuando la desarrollamos vemos claramente que hay un cambio, primero en conducta y después en mentalidad, o a veces al revés. Pero siempre hay cambio”.

El psicólogo Todd Kashdan lleva años estudiando esa habilidad y ha identificado cinco grandes dimensiones de la curiosidad humana que nos recuerdan algo importante: no existe una única forma de ser curioso.

La primera es quizá la que más reconocemos en los niños y la que más olvidamos los adultos: la exploración alegre, aprender por puro placer. Leer sobre algo que no necesitamos, iniciar una conversación inesperada o probar algo nuevo sin exigirle inmediatamente un resultado. Es la curiosidad sin examen.

Existe también una curiosidad menos cómoda: la sensibilidad a la carencia que aparece cuando sentimos que nos falta una pieza del puzle para comprender mejor algo. Esa sensación puede llevarnos a darle vueltas una y otra vez a un problema. Sin embargo, cuando en lugar de quedarnos enganchados al “no sé” la convertimos en intención —“quiero entender mejor esto”—, se vuelve un motor de búsqueda sumamente motivador para profundizar en aquello que sentimos que nos falta.

Otra dimensión esencial es la tolerancia al estrés: nuestra capacidad para seguir explorando cuando sentimos incomodidad. Porque ser curioso no significa vivir sin miedo, significa poder sostener una pregunta abierta durante más tiempo sin salir corriendo hacia la primera respuesta disponible. Resulta especialmente valiosa ahora, cuando buscamos certezas rápidas para casi todo.

La curiosidad social es el interés genuino por lo que sienten y piensan los demás. Conviene distinguir dos formas: una de amplio espectro, orientada a conocer a muchas personas y entender qué los mueve; y otra más profunda, la curiosidad empática, centrada en comprender de verdad a quien tenemos enfrente.

Y existe una última curiosidad, la búsqueda de nuevas emociones, que nos empuja a cruzar fronteras: iniciar un proyecto, cambiar de rumbo, viajar solos o tomar una decisión que nos incomoda pero que sentimos necesaria. No es buscar riesgo por buscarlo. Es recordar que crecer implica, muchas veces, abandonar lugares conocidos.

A estas dimensiones, Teresa Viejo añade otra especialmente importante: la curiosidad con presencia. Es la capacidad de mirar lo cotidiano como si no lo conociéramos del todo.

La intención curiosa es una elección sobre cómo queremos relacionarnos con la incertidumbre. No elimina nuestros problemas ni hace desaparecer nuestras dificultades. Pero cambia nuestra posición frente a ellas.

Seis preguntas para despertar la curiosidad

— Exploración alegre: ¿cuándo fue la última vez que aprendiste algo sin buscar ningún resultado?

— Sensibilidad a la carencia: ¿qué pregunta pendiente te gustaría comprender mejor en lugar de evitarla?

— Tolerancia al estrés: ¿puedes permanecer ante la incertidumbre sin correr hacia una respuesta rápida?

— Curiosidad social: ¿qué podrías descubrir de alguien cercano si escucharas sin anticiparte?

— Búsqueda de emociones: ¿qué frontera necesitas atreverte a cruzar?

— Curiosidad y presencia: ¿qué cambiaría hoy si miraras lo cotidiano como si fuera la primera vez?

La culpa no se siente igual: por qué unas personas cargan con todo y otras no sienten remordimiento

Autora: Arola Poch

Imaginemos a Alicia y Juan, dos personas normales, signifique eso lo que signifique. Ambos tienen relaciones estables, pero, en un momento concreto, son infieles a sus respectivas parejas. Alicia pasa noches enteras sin dormir y acaba diciéndolo, buscando desesperadamente el perdón de su compañera. Juan, en cambio, sigue con su vida sin experimentar apenas malestar. ¿Por qué esta diferencia? Si la culpa fuera simplemente una reacción ante hacer algo “malo”, se sentiría con la misma intensidad.

Pero las cosas no son tan simples. Ante un engaño, una persona puede sentir una culpa intensa porque considera que ha traicionado un valor fundamental, como la honestidad o la fidelidad; mientras que otra puede interpretar que la relación ya estaba deteriorada, considerar que la exclusividad no es esencial o justificar su conducta atribuyéndola a las circunstancias. El hecho puede ser similar, pero la interpretación y el conflicto interno que genera no lo son. Es aquí, en la interpretación, donde se encuentra una primera explicación a por qué las personas sentimos la culpa de manera diferente.

La culpa es una emoción con una connotación moral que aparece cuando percibimos que hemos hecho, o dejado de hacer, algo que entra en conflicto con nuestros valores o que ha podido hacer daño a alguien. Cuando aparece en una intensidad adecuada y tolerable, ayuda a reparar, a aprender del error y a fortalecer los vínculos.

“La culpa también sirve para mantener el equilibrio dentro de las relaciones. Por ejemplo, en una familia, una persona comienza a expresar sus necesidades o a poner límites después de años complaciendo”, explica la psicóloga Ainhoa Cascales. Y añade: “Esto puede hacer que se sienta muy culpable y no porque haya hecho algo malo, sino porque está saliendo del rol que ha ocupado durante años y eso modifica el funcionamiento familiar”. Sentir culpa cuando se pone un límite acaba siendo una forma muy eficaz para no ponerlo, no necesariamente porque el límite sea injusto, sino porque la persona siente que le está quitando algo a alguien. Cuando además hay una reacción de enfado o frustración por parte de quien recibe una línea a no traspasar, la culpa se incrementa. Que alguien se sienta incómodo no convierte ese límite en incorrecto. La culpa, en estos casos, suele ser una señal de cambio, no de que la decisión sea incorrecta.

La personalidad es otro factor que influye en cómo se siente. Las personas muy empáticas, perfeccionistas o con una elevada tendencia a asumir responsabilidades suelen ser más vulnerables a esta emoción. En cambio, quienes tienden a minimizar las consecuencias de sus actos o a desplazar la responsabilidad pueden experimentarla de manera menos intensa.

La forma de relacionarse con otras personas también tiene su papel a la hora de sentir más o menos culpa. “Hay personas que están constantemente sintiendo culpa porque esa ha sido su manera de regularse en las relaciones interpersonales. Quizá en su experiencia de vida han aprendido que el enfado es peligroso (ambiente violento) o se han sentido invalidadas al expresarlo”, apunta el psicólogo Alejandro Piña. También explica que “hay quienes aprenden a complacer y cuidar compasivamente a los demás, como una manera de mantener la conexión. Esta experiencia tiene claramente un sesgo de género, siendo más frecuente en mujeres y personas LGTBIQ+”.

La intensidad con la que se experimenta esta emoción también influye en la manera en que cada persona ha aprendido a relacionarse con sus propios errores. Quienes crecieron en entornos donde equivocarse se asociaba con recibir críticas, castigos o perder la aprobación pueden desarrollar una mayor sensibilidad a la culpa y sentirse responsables incluso de situaciones que no controlan. Otros aprendieron a relativizar los errores, a justificarlos o a atribuir la responsabilidad a factores externos, por lo que pueden experimentar menos remordimiento.

¿Cómo se trabaja una culpa excesiva?

La culpa como emoción está presente en la vida, en las relaciones y en las consultas de psicología. Los extremos no acostumbran a ser buenos, y tanto sentir poca como excesiva culpa puede ser algo a trabajar. Por un lado, entre quienes la experimentan poco, puede haber diferentes motivos: “Desde aquellas personas que están desconectadas de lo que sienten a quienes básicamente no registran estas emociones”, indica Piña. Por su parte, Cascales añade que “la ausencia de culpa no implica necesariamente falta de empatía ni un trastorno de personalidad”. Ambos expertos coinciden en que en estos casos se puede llegar a hacer daño a los demás cuando la persona no reflexiona o aprende de sus comportamientos. De ahí, como explica Cascales, que más que en el grado de culpa es importante fijarse “en cómo repara, cómo entiende al otro y qué capacidad tiene para asumir las consecuencias de sus actos”.

En el extremo opuesto, están las personas que sienten culpa por casi todo, pudiendo caer en que esa emoción se convierta en disfuncional. Una culpa útil ayuda a asumir responsabilidades y a hacer cambios. Una problemática hace que la persona viva en una revisión constante de todo lo que hace, pida perdón continuamente, se responsabilice de emociones ajenas o deje de tomar decisiones por miedo a sentirse culpable.

La culpa excesiva no se trabaja intentando eliminarla por completo, sino aprendiendo a entender cómo influye esa emoción en la vida. Cascales plantea una pregunta para darse cuenta: ¿Estoy reparando algo que hice o estoy intentando evitar que alguien se enfade conmigo? “El objetivo final es que la persona aprenda a diferenciar cuándo esa emoción le está ayudando a vivir en consonancia con sus valores y cuándo, simplemente, le está alejando de la vida que quiere tener”.

Por su parte, Piña considera que el trabajo de la culpa incluye el trabajo con el cuerpo, “de forma que la persona pueda reconectar con lo que siente, interpretándolo con los ojos del presente y no con los de las experiencias que ha tenido”. “Es fundamental también que la persona se enfrente a la rabia — la propia y la ajena—, ya que es la manera en la que podemos defendernos y diferenciarnos de las demás”, sostiene. Como emoción, va a estar presente en mayor o menor medida en nuestras vidas y, tal y como concluye el psicólogo, “la relación con la culpa ha de dejar de sentirse como algo peligroso y comenzar a formar parte de nuestro repertorio de estrategias para relacionarnos y vivir”.


Del ‘scroll’ infinito a volver con un ex: ¿por qué el cerebro nos hace repetir conductas que no queremos?

 Autora Estefanía Grijota


Cada día repetimos muchos comportamientos de forma inconsciente y hasta involuntaria. Desde pequeños automatismos, como levantarnos por la mañana y desbloquear el móvil o hábitos como tomar café a la misma hora, hasta otras formas recurrentes de actuar, como dejar tareas importantes para el último momento o procrastinar. Si bien algunos son comportamientos saludables y ayudan, otros son nocivos y nos complican la vida y, sin embargo, los seguimos repitiendo. ¿Por qué? ¿Qué hace que repitamos lo mismo una y otra vez a sabiendas que no nos hace bien? Para el psicólogo clínico y forense Aleix Hildebrandt, la explicación cómoda es que entramos en piloto automático y que el cerebro nos arrastra sin que podamos hacer nada. “Esta es una idea tranquilizadora, pero, en buena parte, es mentira”, asegura.

Según este especialista, más que preguntar por qué actuamos en modo automático habría que reflexionar si, en el fondo, es lo que elegimos e, incluso, lo que nuestro cerebro ha aprendido. “La pregunta es más incómoda: ¿y si muchas veces no estuviéramos en piloto automático, sino eligiendo, una y otra vez, el alivio de ahora por encima del bienestar de mañana?”, comenta Hildebrand. “Un hábito es una asociación entre un contexto y una respuesta que se dispara sola con un coste mental mínimo, y que se ha vuelto casi indiferente a si todavía quieres el resultado, como coger el móvil en cuanto notas el bolsillo vibrar, encenderse un cigarro al salir del portal o morderse una uña cuando lees un correo tenso. Son gestos, no decisiones y te descubres haciéndolos”, comenta.

Un patrón de comportamiento, en cambio, es otra cosa mucho más amplia. “Incluye emociones, pensamientos, motivos y, muchas veces, a otras personas. Volver con quien te hace daño no es un hábito, es un patrón donde conviven el apego, el miedo a la soledad, la recompensa intermitente, esos días buenos que lo justifican todo, y toda una biografía”, explica el experto. Llamar “hábito” a volver con tu ex es como llamar “costumbre” a una herida que no cierra, según él: “Cabe en la misma frase, pero no es lo mismo, y tratarlo como un simple automatismo garantiza que no lo entiendes”.

El reciente estudio El comportamiento y los hábitos humanos, publicado en la plataforma Open Science Framework y llevado a cabo por investigadores españoles, analizó los principales protocolos sobre la formación de hábitos en humanos, y ha concluido que estos protocolos presentan limitaciones para demostrar que los comportamientos observados están realmente guiados por hábitos automáticos y no por procesos deliberativos. “Los hábitos empiezan como decisiones conscientes, pero la repetición constante en un mismo contexto hace que el cerebro automatice progresivamente esa conducta”, explica a EL PAIS Pablo Martínez, psicólogo experto en neurociencia cognitiva y conductual y uno de los autores principales del estudio.

Aunque solemos pensar que muchos comportamientos son completamente automáticos, la evidencia científica sugiere que la frontera entre las decisiones conscientes y los hábitos es más difusa de lo que parece. “Cuando no tenemos suficientes recursos cognitivos para evaluar cuál es la mejor conducta o decisión, nuestro cerebro dispara lo que había hecho anteriormente, porque seguramente eso era lo correcto o lo recompensado. Esto permite una gran adaptación si los hábitos que tenemos consolidados son adaptativos, pues seguramente estén alineados con nuestras metas y objetivos en ese momento”, argumenta Martínez. “Son conductas que hemos realizado muy a menudo en el pasado y el sistema neurocognitivo que los sustenta es permeable, por lo que son respuestas que se activan dados ciertos contextos”, prosigue David Luque, psicólogo investigador en neurociencia cognitiva y otro de los autores de la investigación.

Algunos ‘malos hábitos’ son intentos de regulación emocional

Rosa Molina, psiquiatra experta en salud y bienestar vinculada al estudio Bienestar Extendido 2040 de Espacio Futuro —que pone de manifiesto que la salud se ha convertido en una experiencia cada vez más condicionada por factores como el estrés sostenido, la falta de tiempo o la inseguridad económica—, asegura que muchas conductas que se etiquetan como “malos hábitos” son en realidad intentos de regulación emocional o nuestro termómetro emocional. “Mirar repetidamente el móvil o hacer scroll en redes sociales, procrastinar o volver a una relación dañina pueden proporcionar alivio inmediato frente al estrés, la ansiedad o la soledad”, sostiene esta experta.

Además, destaca un matiz importante que se desprende de la investigación sobre hábitos del Open Science. “La idea del estudio de que no siempre lo que llamamos ‘hábito automático’ es realmente un hábito en sentido estricto es cierta. La neurociencia experimental nos recuerda que muchas de estas conductas repetidas pueden estar más guiadas por la búsqueda de alivio emocional inmediato que por una automatización genuina del comportamiento”, asevera Molina.

Cuando una persona dice: “Sé que esto me hace daño, pero lo sigo haciendo”, estamos simplificando demasiado lo que ocurre en el cerebro. “Solemos pensar que saber algo debería bastar para cambiarlo, pero el cerebro no funciona así. La persona sabe perfectamente lo que le conviene, pero el problema es que aquello que racionalmente considera importante compite con señales que el cerebro ha aprendido a etiquetar como muy relevantes. El conocimiento compite con sistemas mucho más antiguos y complejos relacionados con la recompensa, el alivio emocional y la supervivencia”, explica Molina.

Hildebrandt recuerda que entender y hacer viven en sitios distintos del cerebro. “El conocimiento de que algo es malo es información; la conducta se ejecuta en un sistema mucho más ligado a la emoción y a la recompensa, y ese sistema no lee informes. Entender por qué fumas no apaga el cigarro, es decir, ese insight informa, pero no ejecuta”, espeta. “Además, el cerebro no distingue bien entre lo que te conviene y lo que te calma. Y en el momento decisivo casi siempre gana lo que te calma, no es un automatismo ciego, es un pulso entre dos relojes que marcan horas distintas”, expresa el experto.

“Los hábitos son más difíciles de controlar cuando estamos en situación de estrés, estamos cansados o tenemos que reaccionar muy rápidamente”, advierte Martínez. Y añade: “Son condiciones donde nuestros recursos cognitivos están disminuidos y eso hace que lo que se activa por defecto, que es el hábito, no lo podamos controlar”.