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México sin Hernán Cortés. Nëëwenp

 Yásnaya Elena A. Gil

Publicado en El País el 9 de mayo del 2026


Sabemos que Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, no vino a México para apoyar el movimiento de sus aliados de la derecha mexicana. Si ese era el objetivo, ha fallado descomunalmente. Es más lógico pensar que, desde México, estaba hablándole a su base electoral, a la derecha española que tiene en Hernán Cortés uno de sus símbolos más importantes; como es su costumbre, su objetivo es obtener relevancia mediática, eso sí lo ha logrado. La mayor parte de la población mexicana no la conocía y la mayoría de esa población reprueba ahora sus dichos sobre Cortés y la Conquista. La presidenta Claudia Sheinbaum ha respondido sobre este asunto sin nombrar a Díaz Ayuso; voces desde España han condenado también sus declaraciones, tal es el caso de Manuela Bergerot en la Asamblea de Madrid.

Desapercibida no ha pasado Díaz Ayuso, incluso canceló el resto de su gira acusando al gobierno mexicano de boicotearla para continuar así con la polémica. Pero, recordemos, Díaz Ayuso no le habla a México, le habla a una base votante que intenta ensanchar por medio de una estrategia muy conocida, y en muchos casos exitosa: la polarización. Al reconocimiento timorato del rey de España y del gobierno español sobre los abusos cometidos durante las guerras de Conquista, Díaz Ayuso opone un relato en el que su país debe estar orgulloso de las atrocidades cometidas con el establecimiento de la colonización.

La derecha y la muy débil ultraderecha mexicana que arropó la visita de Díaz Ayuso lleva ya un tiempo considerable con absoluta falta de imaginación política, han querido importar recetas del exterior para ganar relevancia. Hace poco intentaron impulsar en México una réplica de la llamada Revolución One Piece protagonizada por la generación Z en Indonesia. Fracasaron como lo han hecho en cada intento de movilización social. Ahora han apostado por ampararse bajo la sombrilla discursiva de una provocadora nata que ha cobrado relevancia a base de declaraciones polémicas.

El discurso de Díaz Ayuso sobre Hernán Cortés no es una novedad en México. El terreno estaba previamente abonado; en 2025, Ricardo Salinas Pliego y su esposa María Laura Medina anunciaron que traerían a México el musical Malinche de Nacho Cano, gran amigo de Díaz Ayuso. Otro de los productores de este espectáculo es David Hatchwell, muy cercano también a la presidenta de la Comunidad de Madrid y conocido por haber sido uno de los principales donadores a la campaña de Benjamin Netanyahu en Israel.

En este relato de la derecha, celebrar a Hernán Cortés es necesario porque sin él el mestizaje no habría sucedido; para ellos, la existencia de México se debe a Cortés, como claramente lo dijo Nacho Cano en el evento que se llevó a cabo en el Frontón México. Díaz Ayuso por su parte declaró que “el mestizaje es esperanza y alegría”; llevó estas ideas a un extremo ridículo cuando dijo que lo que aquí ha pasado habían sido 500 años de amor.

Es interesante la manera en que el discurso del mestizaje está intentando ser capturado por la derecha cuando, durante muchas décadas, ha sido la base del nacionalismo mexicano posrevolucionario En el marco conceptual que plantean, las atrocidades asociadas al establecimiento del colonialismo fueron un precio a pagar para que el mestizaje pudiera existir. Sin embargo, como sucede en muchos casos, confunden mezcla con mestizaje. El mestizaje es un proceso político mediante el cual se desindigenizó a la población mexicana, esto se hizo mediante mecanismos racistas que arrebataron lengua y prácticas culturales a los pueblos originarios y afrodescendientes para convertirlos en mexicanos mestizos hablantes de español, mestizo es población que ha dejado de considerarse indígena o afrodescendiente con base en mecanismos violentos y estructurales.

Mestizaje no es sinónimo de mezcla cultural y genética, no tiene por qué serlo. Mestizaje es una operación ideológica y política para desindigenizar a la población nativa; mezcla cultural y genética es un rasgo de todas las sociedades humanas. Ninguna cultura es pura, no existen razas como categorías biológicas, por lo tanto mezcladas estamos todas las personas del mundo. Esto nos lleva a otro posible relato, una ucronía en la cual hubo intercambios culturales y genéticos entre los muchos mundos que habitaban este continente y los mundos que habitaban Europa, pudo existir mezcla sin conquista, pudo haber existido un intenso intercambio de conocimientos sin genocidio, pudo haber intercambios y mezclas musicales sin esclavitud, pudimos intercambiar y fusionar tradiciones culinarias sin el dominio de la corona española, pudimos tomar todos lo mejor de los mundos sin colonialismo.

Por lo tanto, no, México no debe su existencia a Hernán Cortés, sin él y la conquista, los muy diversos pueblos de estos territorios habrían continuado su devenir histórico, en algún punto se habrían encontrado con Europa, habrían existido encuentros y no devastación. México, este territorio, estos pueblos habrían vivido su destino sin Hernán Cortés, su existencia no condiciona la nuestra, su existencia no es condición sine qua non para los intercambios y las mezclas culturales y genéticas que, de todos modos, inevitablemente, habrían sucedido. Hernán Cortés no es el costo que tuvimos que pagar para existir, todo lo contrario, nuestros pueblos existen a pesar de él y su barbarie.

“¿Qué pasa con las que tenemos pareja hetero? ¿Estamos todas alienadas?”

 Raquel Peláez

Publicado en El País el 8 de mayo del 2026

Andrea García-Santesmases Fernández (Madrid, 37 años) estudió Antropología en la Complutense porque tenía claro que quería mirarlo todo con óptica política: “La Carlos III, donde hice Sociología, era una universidad más señorial, a pesar de ser pública”. Pronto se dio cuenta de que, dentro del movimiento estudiantil, las chicas siempre tenían roles secundarios. Acabó fundando un colectivo llamado Mantys, ese insecto que devora al macho después del sexo (aunque también acrónimo de Mujeres Antipatriarcales y Subversivas). Esta Doctora en Sociología, actual profesora de la UNED, llevea años investigando el deseo con perspectiva de género. En su último libro, ‘Un nuevo contrato sexual’ (Ariel, 2026) propone darle una vuelta a los roles en las relaciones heterosexuales. Y para hacerlo, entre otras cosas, se ha sentado muchas horas a hablar con gigolós.

Pregunta. Ha comentado que sus amigas bisexuales o lesbianas le han dicho que les aburre el tema del libro porque la heterosexualidad ya no le interesa a nadie…

Respuesta. Desde la izquierda se ha hablado de disputar el concepto de patria o de España. Pues yo creo que hay que disputar la heterosexualidad. Los jóvenes están romantizando las relaciones convencionales, casarse con veinte años, porque no les han hablado de una alternativa. Porque criticamos mucho al criptobro y al gymbro, pero ¿y sus novias? Hay una femesfera muy perversa también. A ellos les salen discursos misóginos cuando buscan vídeos de coches y a ellas los vídeos de yoga las conducen a contenido sobre la importancia de la energía femenina y donde les dicen: “Si estás muy cansada de los tíos es porque no te has hecho respetar, es porque no tienes un hombre que te valore, hay hombres de verdad esperándote, pero tú tienes que ser esa mujer femenina, de alto valor, que les merece”. Yo creo que no podemos dejar la heterosexualidad en manos de este conservadurismo. ¿Qué pasa entonces con las que tenemos pareja hetero? ¿Estamos todas alienadas? ¿O estamos haciendo negociaciones y acuerdos a las que no les estamos poniendo nombre?

P. Sostiene que la liberación sexual de las mujeres no puede venir por el consumo…

R. Hay una parte del consumo, de los viajes de ensueño a la ropa sexy pasando por el Satisfyer que ha ayudado, pero no podemos pensar que porque nos den cada vez más cachivaches lo tenemos todo solucionado. Por ejemplo, el mercado nos ofrece ahora infinitas opciones estéticas y de modificación corporal y, sin embargo, los cuerpos que vemos en redes sociales son todos idénticos. El mercado te propone experimentar tu placer en todos los sentidos y tener una sexualidad totalmente liberada, pero luego vemos que se reproduce lo de siempre. Una vez, visité un club para swingers y estaba lleno de señores con jovencitas, seguramente prostitutas de lujo. ¿Eso es intercambio de parejas liberadas o una fantasía masculina?

P. También sostiene que el posfeminismo ha convertido el deseo y una vida sexual activa en un símbolo de estatus.

R. Es que parece que si no la tienes te estás dejando y ya no eres una mujer liberada. La sexualidad femenina está imitando el discurso masculino de la sexualidad como una necesidad irrefrenable a la que hay que dar respuesta. Y que eso a la vez da derecho al placer. El nuevo mandato es “libérate, ten todo el sexo que quieras, no seas mojigata, rompe los tabúes, abre tu mente”. ¿Pero dónde está ese paraíso erótico? ¿En Tinder?

P. Que también es un terreno complicado para las mujeres. Menciona esa frase de Materialistas, la película sobre las citas, en la que dicen: “Tener citas siempre es un riesgo”.

R. La gran falacia es plantear que el riesgo es el mismo para hombres y mujeres. Pareciera que el riesgo en las apps de ligue es simplemente el ghosting o el mal sexo, pero en el caso de las mujeres también está presente el terror sexual.

P. Habló con 11 gigolos, dos masajistas tántricos y dos asistentes sexuales. Dice que a pesar de que todos son proveedores de servicios eróticos, y cobran por ello, ninguno dijo sentirse como un objeto pasivo.

R. A pesar de que son perfiles muy diferentes, que divido en tres arquetipos analíticos -el galán, el pornógrafo y el terapeuta-, mantienen todos una posición de saber-poder. Eso me llamó la atención, cómo lo consideraban una práctica elegida que, incluso, reforzaba su autoestima. Me decían “ yo lo hago, en primer lugar, porque quiero, por la remuneración económica que es alta, pero, sobre todo, porque soy el que sabe lo que necesita una mujer”

P. Cuenta que cobran tarifas muy elevadas por hora. O sea que también hay una brecha salarial entre hombres y mujeres en esto…

R. Es que son servicios de lujo. Cobran algo similar a lo que deben cobrar las prostitutas de lujo, solo que la diferencia aquí es que no hay prostitución de calle, no hay burdeles. Hay investigaciones etnográficas sobre prostitución masculina gay y explican que ahí sí hay todo tipo de tarifas. Pero no existe para mujeres porque no hay mucha demanda y las webs que funcionan son porque se presentan como un servicio muy profesional, exclusivo y excluyente.

P. ¿Pagar resuelve el problema del consentimiento?

R. El pago no nos hará sexualmente más libres, ni resolverá los problemas en las relaciones heterosexuales. Pagar un servicio no asegura que la práctica sea ni deseable ni placentera. Aunque el servicio se venda como “profesional”, los problemas habituales pueden seguir ahí: la brecha orgásmica, lo que se erotiza y lo que no, que los hombres vayan con un guion prefijado de lo que es el sexo. En el caso que yo investigué, en el que se recogen situaciones problemáticas que ponen en duda el consentimiento femenino, el problema es que lo entrevistados equiparaban automáticamente contratar y consentir. Y ahí acababa su reflexión. Hay un problema previo que va mucho más allá de los gigolós.

P. ¿El miedo a las denuncias falsas que ha promovido la manosfera les afecta?

R. Hasta tal punto que no es que tengan miedo a transgredir un límite por error y ser denunciados sino que el temor es: “Hacemos lo que ella quiere pero luego ella se puede arrepentir y me puede denunciar”. La manosfera ha hecho que chavales de 16 años que aún no han tenido sexo ya sienten miedo a una denuncia falsa, ha llegado aquí. Su temor no es ser violentados, es ser denunciados. Y ahí era interesante también el estereotipo de género que proyectaban, de las mujeres como seres irreflexivos que se dejan llevar por veleidades. Yo les preguntaba: “¿Pero por qué te van a denunciar si tú no has hecho nada mal?”. Y ellos me contestaban: “Pues porque se arrepienten o porque luego les da vergüenza o porque se quieren vengar del marido”.

P. Es curioso porque a pesar de ser tan íntimos, los temas de género y sexo se explican desde marcos teóricos con palabras muy difíciles de entender. ¿Cómo explicaría de forma muy simple qué es la heteronorma?

R. Es el sentido común en torno a la heterosexualidad, el consenso general que nos dice que lo habitual es ser heterosexual y, además, serlo con unos roles claros: las mujeres son las del cuidado emocional, las personas comprensivas que están ahí para sostener al varón, a la familia, las que saben cuál es el médico de los niños, si el marido tiene colesterol, cuál es el grado de dependencia de la abuela. Mientras que el varón tiene que mantener una fortaleza y, en el ámbito sexual, un rol activo. Dentro de la pareja, que él pierda el deseo se considera muy grave.

P. Y dentro de la heteronorma, en el plano sexual, ¿cuál es el rol de la mujer?

R. Hay una tensión constante entre la puta y la esposa, todas las mujeres tenemos que lidiar con esa esa dicotomía. Seguramente la mayor parte de la gente ya no espera que una mujer llegue virgen al matrimonio, pero tampoco que haya tenido mucho sexo. Tiene que tener suficiente experiencia para no ser una mojigata, pero sin haberse pasado, para no estar devaluada. De una mujer heterosexual se espera que sea cuidadora y sensible, pero también deseable. Eso es cada vez más importante, que mantenga la disponibilidad sexual, lo cual está estrechamente ligado a que mantenga una apariencia estética normativa a lo largo de los años. Y, además, que disfrute con esa posición de objeto.

P. En su libro explica que el deseo femenino tiene una relación problemática con la sumisión y el poder. ¿Cómo se desmonta eso?

R. La heteronorma erotiza la subordinación de la mujer. No es solo que los cuerpos femeninos y masculinos sean diferentes, o se hayan socializado diferente, y que eso pueda resultar erótico y ser parte del juego sexual, sino que lo que se erotiza es la desigualdad. De hecho, hay una vinculación entre feminización y devaluación que trasciende a las mujeres. Por ejemplo, en algunos contextos, donde la sodomía está castigada, solo se castiga al que es sodomizado, porque se considera que es el cuerpo feminizado y por tanto devaluado.

P. El otro día el New York Times publicó que cada vez más jóvenes buscan a mujeres mayores. ¿Cree que el hecho de que los jóvenes tengan acceso a porno donde ven a mujeres maduras ha influido en su deseo?

R. Yo creo que ha influido y también puede ser que sientan que con una mujer mayor no tienen que llevar la batuta, se lo pueden dejar a ella, es decir, puede ser un deseo relacionado con liberarse de una responsabilidad tradicionalmente masculina.

P. Entonces, están feminizándose, que es lo que reclamaba al principio

R. Puede ser. En los cuidados hemos evolucionado mucho. Se ha empezado a considerar guay ser buen padre y estar implicado, cuando antes había que fumarse un cigarrillo mientras veías a tu hijo revolcarse en la arena. En el ámbito sexual empezar a generar otras imágenes y otros relatos podría crear discursos en positivo. A mí a veces me dicen: “¿Pero cómo puedes decir que eres optimista con todo lo que has contado y has analizado?”. Y siempre contesto: bueno, es que si pensamos que los hombres son intrínseca e inexorablemente violentos, que solo les interesa un imaginario misógino y pornográfico y solo ven a las mujeres como objetos, entonces seamos consecuentes y dejemos de relacionarnos con los varones. Pero no lo hacemos, seguimos relacionándonos con ellos y susurrando que hay excepciones: ese amigo tan majo, ese ex al que no olvidas... Entonces, sí hay otras masculinidades y otras posibilidades de relacionarnos con ellas.

A tu imagen y semejanza

Irene Vallejo
Publicado el 5 de abril del  2026 - 


 A lomos de su rocín flaco, entre desagravios y entuertos, afirma don Quijote que la libertad es uno de los más preciosos dones, por encima de los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre. Aplaudimos esas palabras al unísono. Sin embargo, muchas de las voces que sacralizan la autonomía individual se enfurecen contra sus efectos. Añoran las ciudades sin inmigrantes, las tradiciones sólidas, el idioma único, la sangre sin mezcla. Cunde la ansiedad porque en este océano de posibilidades se diluyen nuestras costumbres de siempre, emergen valores nuevos y fluyen identidades líquidas. Los nostálgicos de la uniformidad parecen ignorar que la fuente de todas las diversidades es, precisamente, la libertad.

Nos gusta creer que somos imparciales, que nuestras opiniones brotan limpias de prejuicios, como manantiales cristalinos. En realidad, según la ciencia, el conocimiento humano tiende a resbalar por la pendiente de los sesgos. Uno de los más habituales es el de afinidad: más vale malo semejante que bueno por conocer. Numerosos estudios revelan que, si sentimos similitud con alguien, de forma inconsciente nos parecerá mejor persona. La misma ciudad o color de piel; orígenes, cualidades y trayectorias semejantes crean sigilosamente una predisposición favorable. Un resorte interno nos impulsa hacia esa constelación de rasgos compartidos, hacia el anhelo de un mundo homogéneo que resulte previsible, seguro, tranquilizador. En cambio, lo diferente o mestizo genera inquietud, incluso dentro de uno mismo. Así lo advierte el Lazarillo de Tormes, un clásico español poco sospechoso de veleidades inclusivas. Cuando el padre del niño Lázaro muere en la guerra, la madre viuda, viéndose sin marido ni abrigo, empieza a tener trato carnal con un hombre negro, trabajador en unas caballerizas, “porque traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños con que calentarnos”. Al principio Lázaro tenía miedo, pero empezó a encariñarse con el extraño cuando vio que mejoraba el comer. “Con tanta visita, mi madre vino a darme un hermano negrito muy bonito, al que yo brincaba en mis rodillas”. El pequeño, al ver a su padre tan distinto del resto de la familia, lo señaba con dedo miedoso y decía: “¡Madre, coco!”. Y así concluye el protagonista: “¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”.

Los sesgos cognitivos son atajos mentales para pensar rápido. Gracias a ellos encadenamos ideas sin demasiada lógica, con distorsiones, pero aprisa. Son herramientas evolutivas que tienen sentido cuando la supervivencia depende de una respuesta inmediata, no de un análisis profundo —es decir, rara vez en nuestras vidas actuales—. Esa misma velocidad nos arrastra hoy a equivocarnos, presa de tópicos o conclusiones apresuradas. En general no somos conscientes cuando circulamos por la ruta breve. Si queremos contrarrestar las pendientes deslizantes de nuestra percepción es preciso conocerlas —y reconocerlas—. En particular, ese gusto por lo afín es el origen de nuestro deseo, un tanto irracional, de rodearnos de personas a nuestra imagen y semejanza. Esta forma de pensar conduce a exagerar diferencias que no son decisivas. Ante la asombrosa variedad del mundo, el pensamiento rápido —y simple— acentúa lo dispar, mientras el razonamiento sosegado —y complejo— descubre lo compartido.

Los relatos fundacionales de las diversas culturas reflejan la curiosidad humana, siempre palpitante, por nuestros orígenes. Aunque fabulosamente variados, coinciden en un mensaje compartido: nos hicieron iguales, del mismo material. Dependiendo de la geografía de las narraciones será barro, maíz, nieve... Entre los más poéticos encontramos, en el antiguo Egipto, el mito heliopolitano del nacimiento de la humanidad. Cuenta que el dios Atum, creador de la tierra y todas las cosas, vivía aburrido en una tediosa colina rodeada de agua. Tan poderoso como soy —decía— y no tengo compañía. Cierta vez estornudó, y de sus espasmos nasales surgieron su hijo Shu y su hija Tefnut. Ambos jóvenes eran curiosos, querían ver mundo más allá del cerro natal. Partían y cada vez tardaban más en regresar, hasta que Atum, de nuevo solo, los perdió de vista por completo. Cuando un buen día los vio retornar a salvo, las primeras lágrimas del mundo rodaron por su rostro paterno. Al caer a la tierra se transformaron en pequeños seres, la especie humana, hija de un llanto de alegría.

En esas leyendas late la intuición de que somos muy semejantes. Como afirma el antropólogo Agustín Fuentes en su ensayo La chispa creativa, la ciencia ha probado que pertenecemos a una única raza de individuos muy afines. “Ni la genética, ni el comportamiento, ni la altura, ni la forma del cuerpo, la cara o la cabeza, ni el color de la piel, ni la nariz, ni el tipo de pelo ni ninguna otra medida biológica divide a los humanos modernos en subespecies”. A pesar de habernos extendido por todo el planeta, permanecemos extremadamente cohesionados desde el punto de vista genético. La idea de raza, explica, carece de base evolutiva, “es una categoría creada y mantenida en lo social, histórico y político”. El concepto de las diferencias irreconciliables ha sido, durante siglos, una herramienta útil para azuzar bandos y alentar el odio. Da resultado por los sesgos y la desconfianza alojada en nosotros hacia lo desconocido.

En los últimos tiempos, algunos líderes atizan el fuego del miedo y reviven el debate de la convivencia con los extranjeros. Afirman conocer lo que la ciudadanía quiere, cuando en realidad están intentando modelar sus percepciones. Nos dicen: “Os oímos”. Pero el sociólogo Hein de Haas, tras estudiar durante décadas los flujos de opinión, concluye en Los mitos de la inmigración que la gente piensa, en general, de forma mucho más matizada que sus líderes, contemplando pros y contras. Conscientes del valor emocional de las percepciones, políticos partidarios de la mano dura contra la inmigración espolean el sesgo de afinidad al servicio de sus intereses. Paralelamente, las redes sociales no solo complacen, sino acentúan esos mismos prejuicios para cautivar la atención. Unos y otras rentabilizan el señuelo del odio, fuente de errores y horrores.

Se suele pensar que la xenofobia aumenta en proporción a la presencia de forasteros, pero los estudios prueban que las sociedades con un historial más largo de acogida y mestizajes suelen ser más abiertas. Con frecuencia, las comunidades de frontera se muestran más hospitalarias, porque comparten un largo pasado de convivencia. Familiarizarse con extranjeros favorece la mutua confianza, y no a la inversa, sobre todo si hay mezcla y si las generaciones jóvenes se escolarizan de forma natural junto a niños inmigrantes. En cambio, la segregación por barrios y escuelas abre trincheras. A largo plazo, el racismo mengua cuando la gente se habitúa a convivir en tranquila vecindad, y contempla a los demás como individuos, no como epítomes andantes de la incompatibilidad cultural. Cuanto más se relacionan propios y ajenos, iguales y distintos, más claramente emergen las semejanzas que nos unen. Y ahí, en el encuentro cotidiano, se tejen las alianzas de lo humano compartido. Los egipcios creían que la prole de los dioses nació de un par de estornudos; nosotros, los mortales, algo más líricos, fuimos lágrimas. A fin de cuentas, todos, divinos y carnales, gotas en el mismo charco. Secreciones de la alergia o la alegría de Atum, no somos tan diferentes ni podemos permitirnos ser indiferentes.