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¿Vuelve la religión?

 Daniel Innerarity

Publicado en El País 20 FEB 2026 


Circulan últimamente canciones, películas, videojuegos, eventos musicales de temática religiosa que son interpretados como la vuelta de algo que había desaparecido. Por supuesto que nada de ello tiene la densidad y coherencia de una cosmovisión religiosa completa, pero suscita diversos interrogantes en cuanto a su sentido y, sobre todo, acerca de nuestra condición humana. En el fondo se trata de símbolos descontextualizados que hoy sirven más de adorno que para simbolizar aquella totalidad que significaban en otros momentos de religiones omniabarcantes.

Con la religión desprovista de su antiguo simbolismo totalizador, como alusión u ornamento, ¿vuelve la religión en su tradicional formato? Mi tesis es que no nos encontramos ante un retorno de la creencia en su función estructuradora de la sociedad; no vuelven las religiones con la pretensión de recuperar la antigua función de regular el espacio social en su totalidad.

Propongo interpretar este fenómeno no como retorno o supervivencia, sino como la circulación ecléctica de algunos de sus elementos, lo que permite a cualquiera hacer una selectividad personal sin asumir ninguna tradición completa ni obligación de coherencia. En las sociedades tradicionales uno nacía, por así decirlo, con contexto incluido (y buena parte de él era religioso); pero la modernización implica que lo social deja de ser dado como un destino, la inventiva personal se sobrepone a la herencia inmodificable y la religión tiene menos que ver con la tradición que con la elección. El individuo ya no recibe kits de supervivencia moral, paquetes preparados para la vida correcta (que le protegerían frente al error y le asegurarían identidad y certidumbre). Por eso tenemos que estipular continuamente reglas, normas, fines y procedimientos. La religión no es un fenómeno ajeno a esta nueva lógica y de ahí que en el mundo actual, además de muchas religiones, haya tantas versiones de lo religioso, que podríamos interpretar como resultado de los diversos modos de apropiación de lo religioso o como incoherencias interesadas y de conveniencia.

Hay quien se siente reconfortado por la Navidad, pero no le inquieta el pecado; a ciertos ateos les gustó Francisco y a los cristianos progresistas les desagradó Benedicto XVI; la religión proporciona gentes de orden, pero también un horizonte de rebeldía. Pienso que no exagero ni falto al respeto si aseguro que hay autoridades religiosas que realmente no creen en Dios y ateos o agnósticos que creen en Dios más de lo que piensan. El teólogo Karl Rahner hablaba de “cristianos anónimos” para referirse a este segundo tipo de personas. ¿Qué significa la devoción ortodoxa en un Putin o las evocaciones a Dios por parte de Trump, dos personajes a los que interesa un determinado efecto social de la religión, pero que —me permito suponer— no tienen la menor experiencia religiosa?

En las sociedades secularizadas no ha desaparecido la religión, sino que la sociedad ha dejado de tener formato religioso, ya no es estructurada por una religión a la que correspondería unificar la totalidad de sus dimensiones, desde la identidad nacional hasta la conciencia personal. Las religiones ya no pueden reclamar un estatuto de oficialidad sin poner en peligro el pluralismo; lo que pueden aportar a las sociedades ya no se presenta bajo el signo de la autoridad, sino que se ofrece en un contexto de pluralidad. Que las religiones se hayan privatizado significa que ya no pueden ser consideradas más que como una parte del espacio público, distintas en cualquier caso del principio de autoridad pública; incluso para alcanzar sus fines específicos las religiones han de aprender a vivir desconectadas del orden político y de su función de marco social.

Para ilustrar este paradójico efecto de algo que desaparece y aparece, Marcel Gauchet definió el cristianismo como “la religión de la salida de la religión”, es decir, el motor que permitió a ciertas sociedades superar la estructuración religiosa total. Al separar la religión del poder social y ubicar lo sagrado de manera más individual, el cristianismo posibilita el surgimiento de la democracia moderna. Su elemento más emancipador, cuyo despliegue estaría todavía por completar, tiene que ver con el hecho de que desvincula lo político de lo divino, abandona su vieja centralidad como poder estructurante de la sociedad y permite así la autonomía de la esfera pública y la primacía de la voluntad individual.

Desde este punto de vista, lo que vuelve no tiene nada que ver con lo que constituye el núcleo de la experiencia religiosa y que ningún proceso de secularización puede disolver completamente. Decía Friedrich Kambartel que la religión es el lugar donde se cultiva nuestra relación con lo indisponible. La religión dirige nuestra mirada hacia unas condiciones fundamentales de la vida en relación con las cuales sería absurdo suponer que pudieran un día ser suprimidas con el esfuerzo de la acción o el avance del progreso. Si no fuera así, la religión tendría el carácter de un núcleo privado de incompetencia que iría disminuyendo con el avance de la civilización. Se podría formular esto de la siguiente manera: la religión no es competente para todos los asuntos de la vida sino para el todo, para la totalidad contingente de nuestra vida. Esto que ahora vuelve lo hace de diversas maneras pero sin aquellas propiedades de la vivencia religiosa que caracterizan todo aquello que no está a nuestra plena disposición: creación, gracia, gratuidad, don, deuda, dependencia, misterio.

Muchas celebraciones del supuesto retorno de ciertos elementos religiosos esperan que las sociedades funcionen así mejor, aumente la confianza social, el respeto a las normas y las buenas costumbres. Esta obsesión por resultar útil puede hacer de la religión algo más irrelevante que proteger su especificidad. De entrada, muchas funciones ejercidas por las instituciones religiosas han sido, son y pueden ser sustituidas por equivalentes funcionales de las instituciones seculares, de lo que es una buena muestra el Estado de bienestar. Por eso es tan importante determinar qué función de la religión no puede ser desempeñada por un equivalente ideológico, científico o asistencial. Si la religión olvida su originalidad y se hace perdonar por sus utilidades sociales, podría terminar perdiendo ambas cosas, su valor propio y el reconocimiento social.

Volvamos a la pregunta por el valor de lo que vuelve. El problema no es si la gente seguirá o no creyendo en Dios, sino saber cuál es el lugar de esa creencia en el mundo social de hoy. Lo que se ha terminado no es la religión, sino la organización religiosa de la sociedad. Se ha desvanecido lo que sostenía la fe religiosa desde el exterior, aquello que la inscribía en el círculo de lo plausible y le procuraba una suerte de objetividad sociológica. Con la secularización estamos entrando en la época de una religión liberada de sus connotaciones políticas y sociales, más libre y personal, donde los obispos no necesitan reclamar que se convoquen elecciones y los políticos no deberían predicar. Tal vez ahora pueda concebirse la experiencia y la práctica religiosa de otra manera más acorde con la realidad democrática e incluso con la naturaleza de la religión. Me atrevería incluso a afirmar que más acorde con lo que Dios quiere, pero eso es mucho suponer.

La divina Ayuso

 Máriam Martínez-Bascuñán

Publicado el 15 FEB 2026 

La divina Ayuso aparece en vídeo en una gala donde los presentes han pagado hasta 50.000 euros por entrada en la residencia privada de Donald Trump. Voilà! Con impunidad pizpireta, equipara al Gobierno mexicano con la dictadura cubana. Por supuesto, la presidenta no tiene competencias en política exterior y lo que hace en Mar-a-Lago no es diplomacia: Ayuso construye su perfil internacional en la cloaca de la nueva derecha global, donde la libertad se define por lo que condenas. Cuando todo lo que no es liberalismo de mercado es dictadura o narcoestado, esas dos palabras se vacían de significado. Es su función: permitir que quien dice defender la libertad se alíe con Trump, el mismo que dispara contra ciudadanos, amenaza con invadir territorios aliados, deporta masivamente y desmantela instituciones sin que importe. La libertad, en boca de Ayuso, no es un principio sino una marca que aplica selectivamente: libertad para Milei, dictadura para Sheinbaum. El criterio no es democrático sino de bando.

Mientras, por aquí, la Comunidad cercena la subvención del Círculo de Bellas Artes. No es una anécdota cultural sino un método de gobierno. Cuando desde la Consejería de Cultura se dice “hacéis cosas que no nos gustan” no están opinando: es un aviso. El cambio de modelo de financiación ―de subvención fija a dinero por proyecto aprobado por la Consejería― no es una mera reforma administrativa, sino la introducción de un principio de condicionalidad que transforma la relación cultura-poder. Solo se financia lo que “casa con el interés institucional”, es decir, del Gobierno. No hace falta prohibir, basta con que se aprenda que la independencia tiene un precio. Es censura sin censura, disciplinamiento sin huella formal. Y es un patrón. La misma lógica opera en la sanidad pública, degradada mientras se impulsa la privada; o en la universidad pública, asfixiada mientras crecen centros para ricos y la educación que apunta al “pin parental”, la santa moral de vuelta a la familia.

Lo que conecta Mar-a-Lago con la calle de Alcalá no es hipocresía, sino coherencia. Es un proyecto que tiene dos brazos: el simbólico, que construye una identidad internacional alineada con la nueva derecha global; y el material, que desmantela los espacios donde se produce un lenguaje alternativo. Los dos brazos trabajan juntos: el primero ofrece una narrativa mientras el segundo elimina los lugares donde podrían producirse narrativas distintas. Los ataques a la universidad, la sanidad o la cultura producen el mismo efecto: borrar los sitios donde las personas se encuentran como ciudadanas, no como consumidoras; donde adquieren un lenguaje para pensar colectivamente; donde la desigualdad se hace visible como problema político y no como fracaso individual. Cuando esos espacios desaparecen, lo que queda son individuos aislados, sin vocabulario democrático, cuyo malestar solo puede canalizarse a través del resentimiento, la identidad o la moral tradicional. Es el electorado perfecto para la derecha que Ayuso representa. Y aquí está el giro más oscuro: Ayuso no necesita que la gente sea de derechas. Necesita que no tenga las herramientas para ser otra cosa. No necesita convencer sino vaciar. No necesita ganar el argumento sino destruir el espacio donde los argumentos alternativos se producen. Wendy Brown lo llama “desdemocratización”. No es la supresión de la democracia formal; es la eliminación de las condiciones materiales y culturales que posibilitan la práctica democrática. En Mar-a-Lago se llama “mundo libre”; en Madrid “cambio de modelo”, y esconde algo más peligroso que una dictadura declarada porque no tiene nombre, ni huella, y cuando quieres denunciarlo te responden: ¡Es la libertad, carajo!

Agustín Fuentes, bioantropólogo: “Decir que los seres humanos son binarios es un fracaso; no es biología, es filosofía”

 El estadounidense Agustín Fuentes recuerda con pasión los veranos en los que asistía entusiasmado al nacimiento de la Movida madrileña: “Me acuerdo de cuando era joven, allí en Madrid, tirando hacia el Rock-Ola, observando los cambios en el vestir, en el comportamiento, en el modo de bailar...”. No lo rememora por nostalgia, sino porque lo compara con la situación que vive hoy Estados Unidos, pero al revés: allí se está viviendo el camino inverso que vivió España al salir del franquismo, asegura este profesor de la Universidad de Princeton nacido hace 59 años en Santa Bárbara (EE UU). “Están intentando recortar las libertades, eliminar las posibilidades de ser para muchas personas. Mira la situación de las personas trans. Y lo siguiente va a ser eliminar el matrimonio de la gente gay, estoy seguro”, lamenta este profesor, hijo del hispanista madrileño Víctor Fuentes y articulista habitual de la prestigiosa revista Science.

Su formación como biólogo, zoólogo y antropólogo —incluso estudió los monos de Gibraltar— le permitió triunfar con el libro La chispa creativa (Ariel), en el que señalaba esa diferencia humana crucial con el resto de los grandes simios. Ahora acaba de publicar en inglés El sexo es un espectro. Los límites biológicos de lo binario (Princeton University Press), un libro que irrumpe con sus 200 páginas de complejidades biológicas en medio de un debate que muchos, empezando por Donald Trump, quieren crispar con brochas gordas. Fuentes, que quiere recuperar la nacionalidad española por temor a la degradación política de Estados Unidos, responde por videollamada desde el despacho de su casa en Princeton.

Pregunta. ¿Qué quería aportar con este libro?

Respuesta. En este momento hay una oleada de interés alrededor de este tema del sexo, pero también hay mucha confusión, conflicto, miedo, odio y dolor. Y también, desafortunadamente, hay un montón de malentendidos y de ignorancia sobre la biología, especialmente en este contexto que podemos llamar de biología sexual. Hay una falta de conciencia de cuán diversos y variables son los seres humanos, porque todo lo relacionado con nosotros es una mezcla supercomplicada de cultura y biología. Necesitamos buena información para llegar juntos a un nivel básico en esta conversación.

P. Asegura que el sexo es una cuestión biocultural, pero cualquiera que lea la entrevista pensará que el sexo es biología, no cultura.

R. Eso depende de cómo definas el sexo. Si estás hablando solamente de gametos, todo el mundo entiende que el óvulo no es una mujer y que el espermatozoide no es un hombre. Tenemos que repensar un poco sobre qué estamos hablando. Piensa en nuestros pies, que son rasgos biológicos. Pero al mismo tiempo, mira tu pie y mira el pie de una persona que nunca ha llevado zapatos. Los dos son casi distintos: cambia la estructura de los huesos, de los músculos, de la piel. Cuando hablo de contextos socioculturales estamos hablando no solamente de la encarnación de la cultura, sino los intercambios mutuos entre experiencia, percepción, huesos, músculos, sistemas digestivos, vasculares… Hay mucha interconexión entre nuestro cuerpo material y el mundo y las experiencias que tenemos. Siempre hay más mestizaje y un poco más de complejidad. Hablando del sexo biológico, ¿de qué estás hablando? ¿De la masculinidad o feminidad? ¿Estás hablando de genitales? ¿De la sexualidad o de la identidad? Todas estas cosas son distintas. En inglés tenemos las palabras male y female y también man y woman. En español tenemos hombre y mujer o masculino y femenino, pero no decimos macho y hembra cuando hablamos de seres humanos. En español, cuando hablas de personas, dices hombre y mujer, que son términos bioculturales, no biológicos.

P. Considera que el concepto de “sexo al nacer” es poco riguroso, porque eso puede significar muchas cosas distintas. Usted habla de las tres G.

R. En el contexto biológico, estamos hablando de agrupaciones típicas de tres factores: genes, gónadas y genitales, las tres G. Una mujer 3G sería aquella que tiene ovarios, clítoris/vagina/labios y cromosoma XX. Y un hombre 3G aquel que tiene testítulos, pene/escroto y XY. La importancia de usar el 3G es el rango de variación, un espectro de que tiene agrupaciones típicas. Asumimos que, mirando a los genitales, es seguro que tendrás las otras dos G. Y es verdad que están altamente correlacionadas, pero no absolutamente correlacionadas, no al 100%. Debemos entender biológicamente que esas agrupaciones no contienen toda la variación en los seres humanos, hay variación más allá. Y entre los 3G hay personas, más de las que pensamos, en las que una de esas G es un poco distinta. Si usamos solamente los genitales al nacer o los cromosomas o los genes, estamos dejando fuera un montón de información superrelevante.

P. Este 3G no refleja la realidad biológica del 1% de la humandidad, afirma en el libro, que son al menos 80 millones de personas. Pero si refleja la del 99%, ¿no es normal que mucha gente diga “bueno, un 99% es casi binario”?

R. ¿Pero qué es lo binario? No estoy diciendo que no hay cosas que son binarias en los seres humanos. Los gametos son binarios: espermatozoide y óvulo. Pero decir que los seres humanos son binarios es un fracaso. Porque nos limita demasiado al pensar todo el rango de variación entre los seres humanos. Una relación binaria es la del uno y el cero. Son completamente distintos, se utilizan en informática porque no tienen nada de superposición en ningún elemento: o tienes un uno o tienes un cero. Pero los seres humanos, nuestros cuerpos, nuestras maneras de ser, no son así. No hay nada entre los hombres y mujeres que los haga totalmente distintos como el uno y el cero, porque vienen de materias biológicas que se superponen en ese espectro de variación de nuestros cuerpos. Decir que somos binarios, eso es filosofía. No es biología. Es declararse esencialista: hay hombre y mujer, dos tipos de humano. Pero es que nuestra biología no valida esa posición. Sí, hay cosas binarias en nuestra biología, pero decir que los seres humanos vienen en dos tipos distintos es falso y podemos mostrarlo. Genitales, hormonas, cerebros, órganos… Cuando entiendes cuáles son estos rangos de variación entre nuestros cuerpos, queda muy claro que los seres humanos no vienen en binario, sino en agrupaciones típicas.

P. Argumenta que este concepto binario nació hace poco, con la obsesión por clasificar hombres y mujeres con un único factor científico.

R. Antiguamente, desde romanos y griegos, pensaban el sexo de forma jerárquica: está el cuerpo del hombre y la mujer es la degradación del hombre. Y entonces, desde el siglo XVII, empezaron a poner hombres y mujeres en distintas categorías, distintos tipos de ser humanos, y a buscar un verdadero rasgo binario entre ambos. Pero este pensamiento binario viene de un contexto filosófico, no de un contexto médico, ni biológico. Al principio optaron por los genitales, pero cuando ves los genitales, hay un espectro. Claro, hay genitales típicos: los hombres tienen pene, las mujeres no. Pero si ves millones de personas, hay un espectro enorme del desarrollo de los genitales: no son binarios, son un espectro. Entonces optaron por las gónadas: testículos y ovarios. Pero cuando lo analizas a fondo, tampoco son binarios porque hay un montón de superposiciones. Y entonces, por fin, a principio del siglo pasado encontraron el cromosoma 23, el XX y el XY. Pero hay varias versiones de eso también, un espectro de impacto, efecto y genes en ese contexto. Biológicamente, no hay un único rasgo que defina de forma binaria a los seres humanos. Es un concepto filosófico muy potente.

P. Escuchándole hablar de esa búsqueda de hace siglos de un único rasgo que sirva para sexar personas, se parece la búsqueda actual de las autoridades deportivas por dar con un rasgo para sexar a las mujeres atletas. Ahora están con la testosterona, que evidentemente no es un factor binario, antes fracasaron con los cromosomas, afortunadamente ya no obligamos a las deportistas a desnudarse…

R. Aquí sí, aquí sí, aquí en Estados Unidos ya empezaron otra vez con eso.

P. Es que estamos volviendo al siglo XIX en muchas cosas.

R. Por eso necesitamos mejorar estas narrativas. En el deporte, hicieron el mismo recorrido. Los genitales: no, no funciona. Entonces los genes: pues tampoco, hay muchas atletas mujeres con XY. Pues hormonas, la testosterona. Y no, tampoco sirve.

P. Pero el deporte parece la última batalla de la biología humana. Se convierte en el lugar en el que definimos lo que es una mujer y cómo tiene que ser una mujer. Le pasó a Imane Khelif en los Juegos Olímpicos y antes a Caster Semenya. Hay gente que dice: “No puede ser una mujer con ese cuerpo, con esa cara”.

R. Eso es la ignorancia del rango de distribución de cuerpos humanos. Mira Ilona Maher, una famosa jugadora de rugby [acosada en redes acusándola de trans]. ¿Qué cuerpo tiene, verdad? Es totalmente mujer, pero es más grande que yo. Si coges 1.000 personas, 500 mujeres y 500 hombres, y los pones alineados por altura, entre los más altos habrá más hombres y entre los más bajos habrá más mujeres. Y habrá mucha mezcla y esa distribución de la variación es lo importante. La gente que dice “ese cuerpo no es femenino” está diciendo una tontería, porque en los cuerpos femeninos hay un gran rango.

P. Hay una intención clara de imponer una manera de ser mujer y una manera de ser hombre. Cuando Donald Trump firmó su orden ejecutiva para prohibir competir a las niñas trans, estaba rodeado de muchas mujeres, pero solo había un tipo de mujer: pelo largo, falda, tacón…

R. Delgada, rubia…

P. ¿Se está tratando de invocar la ciencia para justificar un modelo de personas, un modelo de sociedad y un modelo de mujer?

R. Trump no está usando ciencia, todas sus órdenes ejecutivas son un fracaso total en lo científico. La ciencia, al señalar el rango de variación biológica en los seres humanos, nos muestra que sí hay varias maneras de ser humano con éxito, y eso es lo importante. En cualquier país, en cualquier cultura, hay un rango de variación de cuerpos, de sexualidad, pero nuestras culturas, nuestros gobiernos, disminuyen las posibilidades de expresar y de vivir en todo ese rango. Siempre estamos en el promedio, en pedacitos del rango completo de los seres humanos y lo fundamental es al menos conocer cuáles son las posibilidades de todo ese rango y entender que eso es ser humano: variación, no promedio. Nuestra cultura siempre está controlando dónde podemos expresar nuestros seres en un contexto cultural, porque somos organismos bioculturales, y siempre hay un rango más grande de variación de lo que es aceptado culturalmente. Y eso es lo difícil. Porque mucha gente tiene su certeza de ‘esto es una mujer y esto es un hombre’. Pero si empiezan a pensar ‘mi primo este tiene un cuerpo un poco distinto’, se dan cuenta de que hay más variación. Todos conocemos a gente que está fuera de la agrupación típica, en el comportamiento o en lo biológico, de lo que creemos que son las mujeres y los hombres.

P. ¿Teme que su libro le cause problemas en su carrera, que le cancelen programas?

R. Formo parte de uno de los grandes grupos de investigación a los que la Fundación Nacional de Ciencias ha congelado la beca, y son unos proyectos con un enorme éxito. El Gobierno no me va a apoyar en mis investigaciones, pero mi universidad, de momento, me está apoyando y los estudiantes tienen interés. Estoy en Princeton, una de las mejores universidades privadas del mundo, con un montón de dinero. Pero temo por todos mis colegas en las universidades públicas. Eso sí: siempre, cuando salgo de los Estados Unidos y regreso, tengo en mente lo que está pasando. Quiero tener la ciudadanía española por si tengo que ir a vivir a España.

P. ¿Esperaba tener que defender su libro en un contexto tan hostil?

R. Ya había un montón de problemas aquí en Estados Unidos hace mucho tiempo, desde que empecé a escribir el libro bajo Trump Uno. Pero es un poco extraño publicar un libro de divulgación y que en cuanto se publica, contradice cinco o seis órdenes ejecutivas. Todo lo que cuenta este libro muestra que lo que dice el Gobierno es falso. Ya tengo varios eventos de presentación cancelados. En EE UU hoy es un acto político publicar un libro sobre nuestra biología.


Publicado en El País 30 de julio

Entrevista por Javier Salas