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La divina Ayuso

 Máriam Martínez-Bascuñán

Publicado el 15 FEB 2026 

La divina Ayuso aparece en vídeo en una gala donde los presentes han pagado hasta 50.000 euros por entrada en la residencia privada de Donald Trump. Voilà! Con impunidad pizpireta, equipara al Gobierno mexicano con la dictadura cubana. Por supuesto, la presidenta no tiene competencias en política exterior y lo que hace en Mar-a-Lago no es diplomacia: Ayuso construye su perfil internacional en la cloaca de la nueva derecha global, donde la libertad se define por lo que condenas. Cuando todo lo que no es liberalismo de mercado es dictadura o narcoestado, esas dos palabras se vacían de significado. Es su función: permitir que quien dice defender la libertad se alíe con Trump, el mismo que dispara contra ciudadanos, amenaza con invadir territorios aliados, deporta masivamente y desmantela instituciones sin que importe. La libertad, en boca de Ayuso, no es un principio sino una marca que aplica selectivamente: libertad para Milei, dictadura para Sheinbaum. El criterio no es democrático sino de bando.

Mientras, por aquí, la Comunidad cercena la subvención del Círculo de Bellas Artes. No es una anécdota cultural sino un método de gobierno. Cuando desde la Consejería de Cultura se dice “hacéis cosas que no nos gustan” no están opinando: es un aviso. El cambio de modelo de financiación ―de subvención fija a dinero por proyecto aprobado por la Consejería― no es una mera reforma administrativa, sino la introducción de un principio de condicionalidad que transforma la relación cultura-poder. Solo se financia lo que “casa con el interés institucional”, es decir, del Gobierno. No hace falta prohibir, basta con que se aprenda que la independencia tiene un precio. Es censura sin censura, disciplinamiento sin huella formal. Y es un patrón. La misma lógica opera en la sanidad pública, degradada mientras se impulsa la privada; o en la universidad pública, asfixiada mientras crecen centros para ricos y la educación que apunta al “pin parental”, la santa moral de vuelta a la familia.

Lo que conecta Mar-a-Lago con la calle de Alcalá no es hipocresía, sino coherencia. Es un proyecto que tiene dos brazos: el simbólico, que construye una identidad internacional alineada con la nueva derecha global; y el material, que desmantela los espacios donde se produce un lenguaje alternativo. Los dos brazos trabajan juntos: el primero ofrece una narrativa mientras el segundo elimina los lugares donde podrían producirse narrativas distintas. Los ataques a la universidad, la sanidad o la cultura producen el mismo efecto: borrar los sitios donde las personas se encuentran como ciudadanas, no como consumidoras; donde adquieren un lenguaje para pensar colectivamente; donde la desigualdad se hace visible como problema político y no como fracaso individual. Cuando esos espacios desaparecen, lo que queda son individuos aislados, sin vocabulario democrático, cuyo malestar solo puede canalizarse a través del resentimiento, la identidad o la moral tradicional. Es el electorado perfecto para la derecha que Ayuso representa. Y aquí está el giro más oscuro: Ayuso no necesita que la gente sea de derechas. Necesita que no tenga las herramientas para ser otra cosa. No necesita convencer sino vaciar. No necesita ganar el argumento sino destruir el espacio donde los argumentos alternativos se producen. Wendy Brown lo llama “desdemocratización”. No es la supresión de la democracia formal; es la eliminación de las condiciones materiales y culturales que posibilitan la práctica democrática. En Mar-a-Lago se llama “mundo libre”; en Madrid “cambio de modelo”, y esconde algo más peligroso que una dictadura declarada porque no tiene nombre, ni huella, y cuando quieres denunciarlo te responden: ¡Es la libertad, carajo!

Agustín Fuentes, bioantropólogo: “Decir que los seres humanos son binarios es un fracaso; no es biología, es filosofía”

 El estadounidense Agustín Fuentes recuerda con pasión los veranos en los que asistía entusiasmado al nacimiento de la Movida madrileña: “Me acuerdo de cuando era joven, allí en Madrid, tirando hacia el Rock-Ola, observando los cambios en el vestir, en el comportamiento, en el modo de bailar...”. No lo rememora por nostalgia, sino porque lo compara con la situación que vive hoy Estados Unidos, pero al revés: allí se está viviendo el camino inverso que vivió España al salir del franquismo, asegura este profesor de la Universidad de Princeton nacido hace 59 años en Santa Bárbara (EE UU). “Están intentando recortar las libertades, eliminar las posibilidades de ser para muchas personas. Mira la situación de las personas trans. Y lo siguiente va a ser eliminar el matrimonio de la gente gay, estoy seguro”, lamenta este profesor, hijo del hispanista madrileño Víctor Fuentes y articulista habitual de la prestigiosa revista Science.

Su formación como biólogo, zoólogo y antropólogo —incluso estudió los monos de Gibraltar— le permitió triunfar con el libro La chispa creativa (Ariel), en el que señalaba esa diferencia humana crucial con el resto de los grandes simios. Ahora acaba de publicar en inglés El sexo es un espectro. Los límites biológicos de lo binario (Princeton University Press), un libro que irrumpe con sus 200 páginas de complejidades biológicas en medio de un debate que muchos, empezando por Donald Trump, quieren crispar con brochas gordas. Fuentes, que quiere recuperar la nacionalidad española por temor a la degradación política de Estados Unidos, responde por videollamada desde el despacho de su casa en Princeton.

Pregunta. ¿Qué quería aportar con este libro?

Respuesta. En este momento hay una oleada de interés alrededor de este tema del sexo, pero también hay mucha confusión, conflicto, miedo, odio y dolor. Y también, desafortunadamente, hay un montón de malentendidos y de ignorancia sobre la biología, especialmente en este contexto que podemos llamar de biología sexual. Hay una falta de conciencia de cuán diversos y variables son los seres humanos, porque todo lo relacionado con nosotros es una mezcla supercomplicada de cultura y biología. Necesitamos buena información para llegar juntos a un nivel básico en esta conversación.

P. Asegura que el sexo es una cuestión biocultural, pero cualquiera que lea la entrevista pensará que el sexo es biología, no cultura.

R. Eso depende de cómo definas el sexo. Si estás hablando solamente de gametos, todo el mundo entiende que el óvulo no es una mujer y que el espermatozoide no es un hombre. Tenemos que repensar un poco sobre qué estamos hablando. Piensa en nuestros pies, que son rasgos biológicos. Pero al mismo tiempo, mira tu pie y mira el pie de una persona que nunca ha llevado zapatos. Los dos son casi distintos: cambia la estructura de los huesos, de los músculos, de la piel. Cuando hablo de contextos socioculturales estamos hablando no solamente de la encarnación de la cultura, sino los intercambios mutuos entre experiencia, percepción, huesos, músculos, sistemas digestivos, vasculares… Hay mucha interconexión entre nuestro cuerpo material y el mundo y las experiencias que tenemos. Siempre hay más mestizaje y un poco más de complejidad. Hablando del sexo biológico, ¿de qué estás hablando? ¿De la masculinidad o feminidad? ¿Estás hablando de genitales? ¿De la sexualidad o de la identidad? Todas estas cosas son distintas. En inglés tenemos las palabras male y female y también man y woman. En español tenemos hombre y mujer o masculino y femenino, pero no decimos macho y hembra cuando hablamos de seres humanos. En español, cuando hablas de personas, dices hombre y mujer, que son términos bioculturales, no biológicos.

P. Considera que el concepto de “sexo al nacer” es poco riguroso, porque eso puede significar muchas cosas distintas. Usted habla de las tres G.

R. En el contexto biológico, estamos hablando de agrupaciones típicas de tres factores: genes, gónadas y genitales, las tres G. Una mujer 3G sería aquella que tiene ovarios, clítoris/vagina/labios y cromosoma XX. Y un hombre 3G aquel que tiene testítulos, pene/escroto y XY. La importancia de usar el 3G es el rango de variación, un espectro de que tiene agrupaciones típicas. Asumimos que, mirando a los genitales, es seguro que tendrás las otras dos G. Y es verdad que están altamente correlacionadas, pero no absolutamente correlacionadas, no al 100%. Debemos entender biológicamente que esas agrupaciones no contienen toda la variación en los seres humanos, hay variación más allá. Y entre los 3G hay personas, más de las que pensamos, en las que una de esas G es un poco distinta. Si usamos solamente los genitales al nacer o los cromosomas o los genes, estamos dejando fuera un montón de información superrelevante.

P. Este 3G no refleja la realidad biológica del 1% de la humandidad, afirma en el libro, que son al menos 80 millones de personas. Pero si refleja la del 99%, ¿no es normal que mucha gente diga “bueno, un 99% es casi binario”?

R. ¿Pero qué es lo binario? No estoy diciendo que no hay cosas que son binarias en los seres humanos. Los gametos son binarios: espermatozoide y óvulo. Pero decir que los seres humanos son binarios es un fracaso. Porque nos limita demasiado al pensar todo el rango de variación entre los seres humanos. Una relación binaria es la del uno y el cero. Son completamente distintos, se utilizan en informática porque no tienen nada de superposición en ningún elemento: o tienes un uno o tienes un cero. Pero los seres humanos, nuestros cuerpos, nuestras maneras de ser, no son así. No hay nada entre los hombres y mujeres que los haga totalmente distintos como el uno y el cero, porque vienen de materias biológicas que se superponen en ese espectro de variación de nuestros cuerpos. Decir que somos binarios, eso es filosofía. No es biología. Es declararse esencialista: hay hombre y mujer, dos tipos de humano. Pero es que nuestra biología no valida esa posición. Sí, hay cosas binarias en nuestra biología, pero decir que los seres humanos vienen en dos tipos distintos es falso y podemos mostrarlo. Genitales, hormonas, cerebros, órganos… Cuando entiendes cuáles son estos rangos de variación entre nuestros cuerpos, queda muy claro que los seres humanos no vienen en binario, sino en agrupaciones típicas.

P. Argumenta que este concepto binario nació hace poco, con la obsesión por clasificar hombres y mujeres con un único factor científico.

R. Antiguamente, desde romanos y griegos, pensaban el sexo de forma jerárquica: está el cuerpo del hombre y la mujer es la degradación del hombre. Y entonces, desde el siglo XVII, empezaron a poner hombres y mujeres en distintas categorías, distintos tipos de ser humanos, y a buscar un verdadero rasgo binario entre ambos. Pero este pensamiento binario viene de un contexto filosófico, no de un contexto médico, ni biológico. Al principio optaron por los genitales, pero cuando ves los genitales, hay un espectro. Claro, hay genitales típicos: los hombres tienen pene, las mujeres no. Pero si ves millones de personas, hay un espectro enorme del desarrollo de los genitales: no son binarios, son un espectro. Entonces optaron por las gónadas: testículos y ovarios. Pero cuando lo analizas a fondo, tampoco son binarios porque hay un montón de superposiciones. Y entonces, por fin, a principio del siglo pasado encontraron el cromosoma 23, el XX y el XY. Pero hay varias versiones de eso también, un espectro de impacto, efecto y genes en ese contexto. Biológicamente, no hay un único rasgo que defina de forma binaria a los seres humanos. Es un concepto filosófico muy potente.

P. Escuchándole hablar de esa búsqueda de hace siglos de un único rasgo que sirva para sexar personas, se parece la búsqueda actual de las autoridades deportivas por dar con un rasgo para sexar a las mujeres atletas. Ahora están con la testosterona, que evidentemente no es un factor binario, antes fracasaron con los cromosomas, afortunadamente ya no obligamos a las deportistas a desnudarse…

R. Aquí sí, aquí sí, aquí en Estados Unidos ya empezaron otra vez con eso.

P. Es que estamos volviendo al siglo XIX en muchas cosas.

R. Por eso necesitamos mejorar estas narrativas. En el deporte, hicieron el mismo recorrido. Los genitales: no, no funciona. Entonces los genes: pues tampoco, hay muchas atletas mujeres con XY. Pues hormonas, la testosterona. Y no, tampoco sirve.

P. Pero el deporte parece la última batalla de la biología humana. Se convierte en el lugar en el que definimos lo que es una mujer y cómo tiene que ser una mujer. Le pasó a Imane Khelif en los Juegos Olímpicos y antes a Caster Semenya. Hay gente que dice: “No puede ser una mujer con ese cuerpo, con esa cara”.

R. Eso es la ignorancia del rango de distribución de cuerpos humanos. Mira Ilona Maher, una famosa jugadora de rugby [acosada en redes acusándola de trans]. ¿Qué cuerpo tiene, verdad? Es totalmente mujer, pero es más grande que yo. Si coges 1.000 personas, 500 mujeres y 500 hombres, y los pones alineados por altura, entre los más altos habrá más hombres y entre los más bajos habrá más mujeres. Y habrá mucha mezcla y esa distribución de la variación es lo importante. La gente que dice “ese cuerpo no es femenino” está diciendo una tontería, porque en los cuerpos femeninos hay un gran rango.

P. Hay una intención clara de imponer una manera de ser mujer y una manera de ser hombre. Cuando Donald Trump firmó su orden ejecutiva para prohibir competir a las niñas trans, estaba rodeado de muchas mujeres, pero solo había un tipo de mujer: pelo largo, falda, tacón…

R. Delgada, rubia…

P. ¿Se está tratando de invocar la ciencia para justificar un modelo de personas, un modelo de sociedad y un modelo de mujer?

R. Trump no está usando ciencia, todas sus órdenes ejecutivas son un fracaso total en lo científico. La ciencia, al señalar el rango de variación biológica en los seres humanos, nos muestra que sí hay varias maneras de ser humano con éxito, y eso es lo importante. En cualquier país, en cualquier cultura, hay un rango de variación de cuerpos, de sexualidad, pero nuestras culturas, nuestros gobiernos, disminuyen las posibilidades de expresar y de vivir en todo ese rango. Siempre estamos en el promedio, en pedacitos del rango completo de los seres humanos y lo fundamental es al menos conocer cuáles son las posibilidades de todo ese rango y entender que eso es ser humano: variación, no promedio. Nuestra cultura siempre está controlando dónde podemos expresar nuestros seres en un contexto cultural, porque somos organismos bioculturales, y siempre hay un rango más grande de variación de lo que es aceptado culturalmente. Y eso es lo difícil. Porque mucha gente tiene su certeza de ‘esto es una mujer y esto es un hombre’. Pero si empiezan a pensar ‘mi primo este tiene un cuerpo un poco distinto’, se dan cuenta de que hay más variación. Todos conocemos a gente que está fuera de la agrupación típica, en el comportamiento o en lo biológico, de lo que creemos que son las mujeres y los hombres.

P. ¿Teme que su libro le cause problemas en su carrera, que le cancelen programas?

R. Formo parte de uno de los grandes grupos de investigación a los que la Fundación Nacional de Ciencias ha congelado la beca, y son unos proyectos con un enorme éxito. El Gobierno no me va a apoyar en mis investigaciones, pero mi universidad, de momento, me está apoyando y los estudiantes tienen interés. Estoy en Princeton, una de las mejores universidades privadas del mundo, con un montón de dinero. Pero temo por todos mis colegas en las universidades públicas. Eso sí: siempre, cuando salgo de los Estados Unidos y regreso, tengo en mente lo que está pasando. Quiero tener la ciudadanía española por si tengo que ir a vivir a España.

P. ¿Esperaba tener que defender su libro en un contexto tan hostil?

R. Ya había un montón de problemas aquí en Estados Unidos hace mucho tiempo, desde que empecé a escribir el libro bajo Trump Uno. Pero es un poco extraño publicar un libro de divulgación y que en cuanto se publica, contradice cinco o seis órdenes ejecutivas. Todo lo que cuenta este libro muestra que lo que dice el Gobierno es falso. Ya tengo varios eventos de presentación cancelados. En EE UU hoy es un acto político publicar un libro sobre nuestra biología.


Publicado en El País 30 de julio

Entrevista por Javier Salas

Por qué nuestros gobernantes no se parecen a la gente con la que compartimos ascensor?

Alejandro Cencerrado
Publicado en El País 01 ENE 2026 

En la comunidad en la que vivo hay una mujer cuyo novio presuntamente estafó 300.000 euros a Hacienda haciendo negocios en plena pandemia, y cuyo hermano se llevó otro tanto importando mascarillas desde China. No hablo de mi comunidad de vecinos, ya sabéis, ese tipo de cosas nunca le pasan a tu vecina, sino a esos que salen en la tele diciendo que son nuestros representantes, paradójicamente. Cuando muchos vemos a Mazón, a Miguel Ángel Rodríguez o a Ayuso, siempre pensamos lo mismo, ¿de dónde ha salido esta gente?, ¿cómo han llegado ahí? Si el objetivo de la democracia es sentirnos representados por los que nos gobiernan, algo estamos haciendo mal, porque no se parecen en nada a nosotros.

Algunos dicen que nuestros representantes no se parecen en nada a nosotros porque el poder corrompe, pero hay algo aún más profundo que suele pasar desapercibido, y es que para llegar arriba hace falta pasar por un filtro que selecciona a un tipo de personalidad muy concreta, y que deja fuera a todos los demás, algo que no solo ocurre en la derecha, sino en todo el rango político. Fui consciente de este proceso de expulsión natural recientemente, en el partido que mejor representa mis ideas, Más Madrid. Hace unos años me afilié y empecé a ir a las reuniones mensuales, porque quería ver cómo podía aportar mi granito de arena. Por desgracia, la hora a la que se hacían las reuniones coincidía con el horario de dormir de mis hijos, así que de forma natural la propia dinámica del grupo me expulsó, sin que nadie se diera cuenta ni lo hiciera adrede. Además de los horarios, el no conocer a la gente y ver que ellos sí tenían ya buenos lazos, me hizo sentir fuera de lugar desde el principio. Al final dejé de ir, y con el tiempo se hizo cada vez más extraño volver. Fue así como entendí que en los partidos se tienden a crear unas dinámicas que expulsan la heterogeneidad que hay en la calle, generando un tipo de personalidad y pensamiento muy homogéneo, casi sin darse cuenta.

Con el tiempo he ido aprendiendo que este era solo el primero de muchos filtros que los partidos aplican sin darse cuenta a los miembros que los componen. Una vez has logrado adentrarte en la dinámica del grupo, viene el segundo filtro, mucho más agresivo; conseguir llegar arriba. Y no siempre es el más empático, ni el más sensato el que llega arriba, sino el que mejor aguanta el barro. El que no se rompe ante las críticas continuas y los ataques personales. El que teje alianzas y acumula favores. Para eso no solo hace falta tener mucho tiempo y energía, también hay que ser ambicioso y competitivo. Esas no deberían ser las cualidades principales de un político de izquierdas, pero es así. De forma natural y sin que nadie lo haya montado así, los partidos se han convertido en máquinas de selección de un tipo humano muy concreto, que tiene muy poco que ver con la mayoría de la gente.

La lista de filtros maquiavélicos que colocan en el poder al que menos lo merece es infinita, y cuando uno pone el foco en ella empieza a verla por todas partes, desde las personas que lideran las asociaciones de padres hasta quien acaba siendo el presidente de la comunidad de vecinos. ¿Por qué tan habitualmente nos caen mal nuestros jefes, por ejemplo? Porque en las empresas opera el mismo filtro perverso que en los partidos: arriba no llega quien trabaja mejor, sino quien sabe jugar mejor al juego del poder. Lo llamamos meritocracia, pero habitualmente lo que opera en realidad es la traicionocracia, con algo de contactocracia y a veces también sobornocracia. Por eso me hizo tanta gracia escuchar a Milei decir recientemente en una entrevista que, si las mujeres de verdad cobraran menos por hacer el mismo trabajo, las empresas contratarían solo a ellas para ahorrar costes, y terminaríamos con los consejos de dirección llenos de mujeres. Cualquiera que haya trabajado en una empresa lo sabe, los que llegan arriba no son nunca los que mejor trabajan, sino los que mejor aparentan trabajar, los que en el momento de presentar los resultados hablan más alto, venden mejor sus logros y, en casos extremos, se adueñan del trabajo de otros sin remordimientos. En este contexto, las mujeres —educadas históricamente para no interrumpir ni alardear — parten con desventaja. Las empresas, como nuestras democracias, deberían tener más cuidado con estos filtro invisibles, ya que la razón principal por la que los trabajadores dejan sus trabajos son sus jefes, una gran pérdida de talento que se podría solucionar si tan solo se empezara a escuchar en las reuniones a los que nunca levantan la voz.

La paradoja de los filtros que seleccionan líderes tóxicos se da incluso en aquellas instituciones en las que parece que los filtros son objetivos, como las oposiciones a juez. Manuela Carmena lo contaba en su último libro, al mencionar la cantidad de personalidades cuadriculadas que había encontrado entre los miembros de su gremio, personas brillantes, sí, pero con una rigidez mental que a menudo les impedía ver más allá del texto literal de la ley. El primer filtro en este caso es el que ya todos conocemos; para ser juez hay que pasar años estudiando sin trabajar, algo que excluye a un sector enorme de la sociedad que no puede permitírselo. Pero hay un filtro extra que homogeneiza aún más a la judicatura, y es el hecho de tener que memorizar códigos y artículos por meses e incluso años, con una disciplina casi militar. El resultado es una élite judicial más parecida entre sí de lo que sería deseable, con poca comprensión del contexto social que hay detrás de cada delito. Debería ser condición necesaria que los jueces, además de conocer las leyes, entendieran también las vidas que hay detrás de las personas que han cometido un delito, para que la aplicación de las penas tenga el principal objetivo de evitar que esas personas vuelvan a cometerlo.

Estos filtros —partidarios, corporativos, judiciales— son diferentes en su forma, pero coinciden en el resultado: fabrican élites desconectadas del pueblo. Personas que creen que por haber llegado arriba son los más apropiados para ejercer el cargo, cuando los méritos que los hicieron llegar ahí son la dureza, la ambición o la capacidad de competir, nada que ver con lo que habitualmente se necesita de ellos. No es de extrañar así visto que los ciudadanos sintamos que nadie nos representa, ya que las propias instituciones están diseñadas para seleccionar perfiles que se alejan, por naturaleza, de la calle.

Un poco de azar para salvar la democracia

¿Hay solución? Parece que sí, pero para conseguir implantarla tendremos que quitarnos de encima un prejuicio muy arraigado en nuestra sociedad, la idea de que solo los que aprueban exámenes y demuestran logros tienen derecho a llegar arriba. El escritor holandés David Van Reybrouck, en su libro Contra las elecciones, propone una idea provocadora para solucionar el problema de la falta de representatividad real en nuestra democracia: volver a una forma moderna de sorteo, como se hacía en la antigua Atenas, para que el poder no sea monopolio único de quienes mejor sobreviven a los filtros. En otras palabras, introducir aleatoriedad entre las personas que llegan arriba en nuestras instituciones. Él pone como ejemplo los juicios populares. En estos elegimos a ciudadanos al azar para decidir si alguien es culpable o inocente. No saben de leyes, pero saben lo que se siente al vivir con un sueldo justo. No son jueces, pero añaden un soplo de aire fresco y humano a la mecánica aplicación literal de las leyes. No sustituyen plenamente a la judicatura, pero aportan un componente democratizador al sistema. Según Van Reybrouck, si ya lo hacemos en la justicia, ¿por qué no aplicarlo a la sociedad en su conjunto? De esta manera podríamos incluir en los parlamentos o en los ayuntamientos un cupo de ciudadanos elegidos por sorteo, vecinos y vecinas que no han pasado una oposición, pero puedan opinar mejor que nadie sobre las políticas que les afectarán directamente. No es cuestión de sustituir a los representantes, sino de equilibrar los filtros que hoy monopolizan el acceso al poder. No se trata de destruir los procesos de selección actuales, sino de abrirlas, para que pueda entrar al vecino tímido que tiene buenas ideas pero nunca se atreve a compartirlas, o el joven que no quiere hacer carrera política pero sí mejorar su barrio.

El mayor problema de nuestra democracia no es cómo votamos, sino a quién se permite llegar a ser votado. Si las instituciones solo dejan pasar a quienes cumplen con sus filtros invisibles, la pluralidad social nunca llegará a los órganos de decisión. Si cada cuatro años votamos, pero solo podemos elegir entre quienes han sobrevivido a un filtro muy estricto de favoritismos y alianzas, ¿estamos realmente eligiendo algo?

Una democracia donde los de arriba no se parecen en nada a los de abajo es una democracia frágil. Solo cuando los que deciden empiecen a parecerse más a los que se benefician de esas decisiones, podremos decir que vivimos en una democracia que nos representa de verdad.