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Por qué nuestros gobernantes no se parecen a la gente con la que compartimos ascensor?

Alejandro Cencerrado
Publicado en El País 01 ENE 2026 

En la comunidad en la que vivo hay una mujer cuyo novio presuntamente estafó 300.000 euros a Hacienda haciendo negocios en plena pandemia, y cuyo hermano se llevó otro tanto importando mascarillas desde China. No hablo de mi comunidad de vecinos, ya sabéis, ese tipo de cosas nunca le pasan a tu vecina, sino a esos que salen en la tele diciendo que son nuestros representantes, paradójicamente. Cuando muchos vemos a Mazón, a Miguel Ángel Rodríguez o a Ayuso, siempre pensamos lo mismo, ¿de dónde ha salido esta gente?, ¿cómo han llegado ahí? Si el objetivo de la democracia es sentirnos representados por los que nos gobiernan, algo estamos haciendo mal, porque no se parecen en nada a nosotros.

Algunos dicen que nuestros representantes no se parecen en nada a nosotros porque el poder corrompe, pero hay algo aún más profundo que suele pasar desapercibido, y es que para llegar arriba hace falta pasar por un filtro que selecciona a un tipo de personalidad muy concreta, y que deja fuera a todos los demás, algo que no solo ocurre en la derecha, sino en todo el rango político. Fui consciente de este proceso de expulsión natural recientemente, en el partido que mejor representa mis ideas, Más Madrid. Hace unos años me afilié y empecé a ir a las reuniones mensuales, porque quería ver cómo podía aportar mi granito de arena. Por desgracia, la hora a la que se hacían las reuniones coincidía con el horario de dormir de mis hijos, así que de forma natural la propia dinámica del grupo me expulsó, sin que nadie se diera cuenta ni lo hiciera adrede. Además de los horarios, el no conocer a la gente y ver que ellos sí tenían ya buenos lazos, me hizo sentir fuera de lugar desde el principio. Al final dejé de ir, y con el tiempo se hizo cada vez más extraño volver. Fue así como entendí que en los partidos se tienden a crear unas dinámicas que expulsan la heterogeneidad que hay en la calle, generando un tipo de personalidad y pensamiento muy homogéneo, casi sin darse cuenta.

Con el tiempo he ido aprendiendo que este era solo el primero de muchos filtros que los partidos aplican sin darse cuenta a los miembros que los componen. Una vez has logrado adentrarte en la dinámica del grupo, viene el segundo filtro, mucho más agresivo; conseguir llegar arriba. Y no siempre es el más empático, ni el más sensato el que llega arriba, sino el que mejor aguanta el barro. El que no se rompe ante las críticas continuas y los ataques personales. El que teje alianzas y acumula favores. Para eso no solo hace falta tener mucho tiempo y energía, también hay que ser ambicioso y competitivo. Esas no deberían ser las cualidades principales de un político de izquierdas, pero es así. De forma natural y sin que nadie lo haya montado así, los partidos se han convertido en máquinas de selección de un tipo humano muy concreto, que tiene muy poco que ver con la mayoría de la gente.

La lista de filtros maquiavélicos que colocan en el poder al que menos lo merece es infinita, y cuando uno pone el foco en ella empieza a verla por todas partes, desde las personas que lideran las asociaciones de padres hasta quien acaba siendo el presidente de la comunidad de vecinos. ¿Por qué tan habitualmente nos caen mal nuestros jefes, por ejemplo? Porque en las empresas opera el mismo filtro perverso que en los partidos: arriba no llega quien trabaja mejor, sino quien sabe jugar mejor al juego del poder. Lo llamamos meritocracia, pero habitualmente lo que opera en realidad es la traicionocracia, con algo de contactocracia y a veces también sobornocracia. Por eso me hizo tanta gracia escuchar a Milei decir recientemente en una entrevista que, si las mujeres de verdad cobraran menos por hacer el mismo trabajo, las empresas contratarían solo a ellas para ahorrar costes, y terminaríamos con los consejos de dirección llenos de mujeres. Cualquiera que haya trabajado en una empresa lo sabe, los que llegan arriba no son nunca los que mejor trabajan, sino los que mejor aparentan trabajar, los que en el momento de presentar los resultados hablan más alto, venden mejor sus logros y, en casos extremos, se adueñan del trabajo de otros sin remordimientos. En este contexto, las mujeres —educadas históricamente para no interrumpir ni alardear — parten con desventaja. Las empresas, como nuestras democracias, deberían tener más cuidado con estos filtro invisibles, ya que la razón principal por la que los trabajadores dejan sus trabajos son sus jefes, una gran pérdida de talento que se podría solucionar si tan solo se empezara a escuchar en las reuniones a los que nunca levantan la voz.

La paradoja de los filtros que seleccionan líderes tóxicos se da incluso en aquellas instituciones en las que parece que los filtros son objetivos, como las oposiciones a juez. Manuela Carmena lo contaba en su último libro, al mencionar la cantidad de personalidades cuadriculadas que había encontrado entre los miembros de su gremio, personas brillantes, sí, pero con una rigidez mental que a menudo les impedía ver más allá del texto literal de la ley. El primer filtro en este caso es el que ya todos conocemos; para ser juez hay que pasar años estudiando sin trabajar, algo que excluye a un sector enorme de la sociedad que no puede permitírselo. Pero hay un filtro extra que homogeneiza aún más a la judicatura, y es el hecho de tener que memorizar códigos y artículos por meses e incluso años, con una disciplina casi militar. El resultado es una élite judicial más parecida entre sí de lo que sería deseable, con poca comprensión del contexto social que hay detrás de cada delito. Debería ser condición necesaria que los jueces, además de conocer las leyes, entendieran también las vidas que hay detrás de las personas que han cometido un delito, para que la aplicación de las penas tenga el principal objetivo de evitar que esas personas vuelvan a cometerlo.

Estos filtros —partidarios, corporativos, judiciales— son diferentes en su forma, pero coinciden en el resultado: fabrican élites desconectadas del pueblo. Personas que creen que por haber llegado arriba son los más apropiados para ejercer el cargo, cuando los méritos que los hicieron llegar ahí son la dureza, la ambición o la capacidad de competir, nada que ver con lo que habitualmente se necesita de ellos. No es de extrañar así visto que los ciudadanos sintamos que nadie nos representa, ya que las propias instituciones están diseñadas para seleccionar perfiles que se alejan, por naturaleza, de la calle.

Un poco de azar para salvar la democracia

¿Hay solución? Parece que sí, pero para conseguir implantarla tendremos que quitarnos de encima un prejuicio muy arraigado en nuestra sociedad, la idea de que solo los que aprueban exámenes y demuestran logros tienen derecho a llegar arriba. El escritor holandés David Van Reybrouck, en su libro Contra las elecciones, propone una idea provocadora para solucionar el problema de la falta de representatividad real en nuestra democracia: volver a una forma moderna de sorteo, como se hacía en la antigua Atenas, para que el poder no sea monopolio único de quienes mejor sobreviven a los filtros. En otras palabras, introducir aleatoriedad entre las personas que llegan arriba en nuestras instituciones. Él pone como ejemplo los juicios populares. En estos elegimos a ciudadanos al azar para decidir si alguien es culpable o inocente. No saben de leyes, pero saben lo que se siente al vivir con un sueldo justo. No son jueces, pero añaden un soplo de aire fresco y humano a la mecánica aplicación literal de las leyes. No sustituyen plenamente a la judicatura, pero aportan un componente democratizador al sistema. Según Van Reybrouck, si ya lo hacemos en la justicia, ¿por qué no aplicarlo a la sociedad en su conjunto? De esta manera podríamos incluir en los parlamentos o en los ayuntamientos un cupo de ciudadanos elegidos por sorteo, vecinos y vecinas que no han pasado una oposición, pero puedan opinar mejor que nadie sobre las políticas que les afectarán directamente. No es cuestión de sustituir a los representantes, sino de equilibrar los filtros que hoy monopolizan el acceso al poder. No se trata de destruir los procesos de selección actuales, sino de abrirlas, para que pueda entrar al vecino tímido que tiene buenas ideas pero nunca se atreve a compartirlas, o el joven que no quiere hacer carrera política pero sí mejorar su barrio.

El mayor problema de nuestra democracia no es cómo votamos, sino a quién se permite llegar a ser votado. Si las instituciones solo dejan pasar a quienes cumplen con sus filtros invisibles, la pluralidad social nunca llegará a los órganos de decisión. Si cada cuatro años votamos, pero solo podemos elegir entre quienes han sobrevivido a un filtro muy estricto de favoritismos y alianzas, ¿estamos realmente eligiendo algo?

Una democracia donde los de arriba no se parecen en nada a los de abajo es una democracia frágil. Solo cuando los que deciden empiecen a parecerse más a los que se benefician de esas decisiones, podremos decir que vivimos en una democracia que nos representa de verdad. 

La olimpiada de las drogas

 JAVIER SAMPEDRO

Publicado en El País el 3 de enero del 2026
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Uno de los acontecimientos más espectaculares de este año que entra ocurrirá el 21 de mayo en Las Vegas: una competición deportiva en que los atletas irán hasta las cejas. Quizá no de cualquier sustancia, pero desde luego sí de las llamadas drogas para mejorar el rendimiento (PED, por performance-enhancing drugs), como por ejemplo los esteroides anabólicos, que imitan a la testosterona y promueven el crecimiento muscular, los estimulantes que mejoran la concentración y la eritropoyetina, una hormona que fomenta la producción de glóbulos rojos en la médula ósea y, por tanto, incrementa el aporte de oxígeno a los músculos.

El organizador de estos Enhanced Games (Juegos Aumentados), llamados a veces “la olimpiada de las drogas”, es el empresario australiano Aron D’Souza, que lleva varios años peleando para organizar el evento. Según él, se trata de defender la libertad de los deportistas. La mayor parte de los que se han apuntado son nadadores, aunque también hay levantadores de peso y algún otro atleta. Y la mayoría son hombres, aunque la nadadora colombiana Isabella Arcila y la levantadora de peso dominicana Beatriz Pirón se cuentan entre las mujeres que competirán. De momento no hay ningún español en la lista. No sé qué dice esto del país.

En vez de una medalla de oro, cada ganador se llevará medio millón de dólares, más otro millón si bate un récord de los gordos (100 metros lisos en la pista o 50 metros libres en la piscina). Recibir esa pasta en Las Vegas puede ser un riesgo si a uno le gusta la ruleta, pero, por lo demás, D’Souza se ha asegurado de no obligar a nadie a tomar ningún PED, y de que quienes los tomen lo hagan bajo una atenta supervisión médica. D’Souza es abogado además de empresario, y sin duda es consciente de la que se le podría liar si un atleta sufre un colapso en la pista, cosa que nunca es descartable con estas sustancias.

Las agencias reguladoras están que trinan. El Comité Olímpico Internacional, la Agencia Mundial Antidopaje y la Agencia Antidopaje de Estados Unidos han recordado en estos meses que permitir los PED es peligroso para la salud. Otros organismos han proclamado reservas de una índole más moral, como el posible blanqueo de estas sustancias ante la opinión pública y los deportistas más jóvenes. Puede haber un punto de hipocresía en ello, porque el atletismo de élite lleva décadas, si no siglos, jugando en la frontera de lo detectable. A nadie se le oculta que los médicos de los atletas y los de los reguladores se traen una discreta guerra de armamentos entre el a ver si cuela y el aquí te pillo. De los gimnasios de barrio mejor ni hablar, y de los influencers deportivos ya bastante hablan ellos mismos.

Con todo y ello, será interesante, por decir lo menos, observar lo que ocurrirá si algún nadador o corredor bate un récord de los del millón de dólares. En aras de la transparencia, la lista de drogas que ha tomado el vencedor o la vencedora será pública, y resulta francamente difícil imaginar una mejor campaña de publicidad para esas sustancias. De hecho, el nadador griego Kristian Gkolomeev ya ha batido el récord de 50 metros libres gracias a las sustancias dopantes, en una prueba de concepto sin valor oficial organizada el año pasado por D’Souza.

Es posible que el empresario australiano sea un visionario y que haya augurado correctamente un negocio colosal en que el deporte se despoje de la habitual murga sobre el espíritu olímpico y se revele como el espectáculo de lo desmesurado que ya es incluso sin ayudas químicas. Y los atletas de élite no suelen ser muy receptivos a los argumentos sobre su salud. Pronto lo sabremos.

Pacientes privados, enfermos públicos

 MARTÍN CAPARRÓS

Publicado en El País el 18  de diciembre del 2025
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Somos tontos. Somos rematadamente tontos; pelotudos, dirían en mi otro pueblo. Tenemos algo que casi todo el mundo envidia y estamos intentando destruirlo. No, claro que no es el sol; todavía no inventamos la tecnología necesaria para eso. Y además el sol lo tiene cualquiera; esto, nosotros y muy pocos más.

Yo no lo sabía. Cuando llegué a España por última vez, hace doce años, estaba preocupado: tenía que conseguir un seguro médico porque venía de la Argentina, un país donde la sanidad pública —que era excelente 60 años atrás— fue sistemáticamente destruida por diversos gobiernos liberales privatistas y ahora solo atiende a los pobres, esa mitad de la población que no puede pagarse otra cosa y que por eso, según la lógica actual, recibe una atención decididamente inferior —y vive menos.

Así que, aprensivo de mí, pijo de mí, enseguida me busqué un seguro. Tras tentativas fracasadas, alguien me dijo que la Asociación de la Prensa de Madrid tenía uno bueno; pensé que podría afiliarme y disfrutar de él. Cuándo al fin logré que me inscribieran —no fue fácil, no tengo diploma de periodista así que no debo serlo—, me mandaron a ver a un médico para contarle mi historia clínica y le hablé de mi stent y mis juanetes; dos días después me llamaron para decirme que no iban a aceptarme porque tenía “condiciones preexistentes”.

A los 60 años es difícil no haber preexistido aunque sea un poco. Monté ligeramente en cólera y alguien de la APM me organizó una cita con un gerente de la empresa que me negaba el seguro. El señor, muy atildado, muy amable, cuarentón en escritorio sin papeles, decidió explicarme la cuestión y fue muy claro: mire, aquí en España la medicina pública es muy buena, entonces nosotros para tener clientes tenemos que cobrar barato porque, si cobráramos más, todos se quedarían en la pública. Así que nuestras cuotas son bajas, pero entonces no podemos darnos el lujo de tener enfermos muy enfermos; si nuestros socios estuvieran enfermos no nos cerrarían las cuentas. La explicación me pareció intachable —sobre todo desde el punto de vista de las ratas de puerto.

En público, sus explicaciones suenan más presentables, más caritativas. Pero hay una cuenta simple e innegable: la pública, cuando te da cualquier servicio, no necesita ganar plata; la privada, sí. O sea que cada acto de la privada le cuesta al paciente, directa o indirectamente, más caro que el mismo acto en la pública, porque hay que sumarle la ganancia de los dueños, su razón de ser. Para contrarrestar esta evidencia inventaron aquel viejo mito de que la empresa privada hace las cosas mejor que la administración pública. A veces las hace, a veces no. En cualquier caso, el mito es bobo: ¿no confiamos en el Estado para sacarnos las amígdalas pero sí para manejar nuestros misiles, nuestras centrales atómicas y todo lo demás? El mito es bobo, y todavía más bobo cuando se refiere a la sanidad pública española, cuyo único gran problema es que las empresas privadas —y sus políticos más privados aún— quieren destruirla.

(Ahora argumentan que la sanidad privada cubre ese 30% que la pública no “alcanza” a cubrir. No alcanza porque las administraciones privatistas no le dan los presupuestos que necesitan. Sería fácil derivar los miles de millones que entregan a las empresas privadas hacia la mejora del servicio público y entonces esas privadas no tendrían siquiera la excusa de su supuesta necesidad.)

Aquel gerente, al fin, aceptó negociar: me harían un seguro que excluiría cualquier consecuencia de mi stent. Podría enfermarme un poco, pero no del corazón; no lo hice. Sí tuve problemas menores, algún huesito roto, el dolor de una hernia no muy grave hasta que, en 2021, empecé a sentir una debilidad inexplicada. Fui a mi hospital privado de referencia y me tuvieron muchos meses llevándome de aquí para allá sin entender o animarse a entender que tenía la famosa ELA. Hasta que al fin un día un doctor jovencito me dijo lo peor que me han dicho en mi vida y me dio una cita con un neurólogo en una clínica Quirón de los suburbios y este señor neurólogo rápidamente me transfirió a su consulta en un hospital público de la capital.

O sea: a la semana del diagnóstico de ELA, la sanidad privada dejó de atenderme, y durante estos tres o cuatro años la sanidad pública se ha ocupado de mí con un cuidado que nunca deja de maravillarme. Los privados, en cambio, desde ese día desaparecieron. Deben haber quedado muy satisfechos de poder aplicar una vez más su mecanismo habitual: si no estás muy enfermo, yo te atiendo; si estás enfermo en serio, vete a que te recoja papá Estado.

Lo quiero contar porque, por desgracia, es exactamente lo mismo que le pasó a la gran mayoría de mis compañeros de enfermedad: en cuanto cada uno de ellos fue diagnosticado de ELA, su seguro médico lo mandó a la Seguridad Social, y adiós muy buenas.

Y lo cuento como ejemplo de algo que todos sabemos aunque disimulemos: que la medicina privada española se deshace de ti cuando más la necesitas, que allí se acaba todo ese cuento de elegir. Ese debe ser el famoso concierto público-privado: el privado te cobra, el público te atiende. Y el problema se complica: ahora mismo varios gobiernos regionales están degradando la sanidad pública, con menos presupuesto y menos atención, para que estas empresas ocupen su lugar. Así quieren cargarse el mejor patrimonio —el mejor patrimonio— que tenemos los españoles: la certeza de que, cuando llegue la necesidad, seremos atendidos y cuidados: que todos seremos atendidos y cuidados. La sanidad pública solía ser el principal —si no el único— principio igualitario serio que teníamos: a la hora de la hora, el rico y el pobre entraban al mismo quirófano. Hay pocos vínculos que cohesionen una sociedad tanto como ese, y muy pocos países lo mantienen; no entiendo la indiferencia de millones ante la posibilidad de perderlo.

La cuestión es muy clara y, por una vez, es realmente política –no como los insultos y tonterías que suelen decirse esos señores y señoras para que no pensemos en asuntos como este. Digo, realmente política: cada partido hace su tarea. El partido de derechas trabaja sin descanso para aumentar las ganancias de las grandes empresas, que para eso están los partidos de derechas. Mientras tanto, se supone que el partido de centroizquierda defienda a los ciudadanos del abuso de esas grandes. Para eso están, pero no es seguro que siempre suceda. Y ese es el problema: con frecuencia, la derecha hace lo que debe hacer y no lo dice mientras la izquierda dice lo que debe decir y no lo hace.

Por eso, también, la despreocupación, este desinterés con que miramos cómo nos lo roban. Es brutal: no me gustan las grandes trompetas pero estoy convencido de que la subsistencia de la sanidad y la educación públicas —con todas sus consecuencias— será el tema más importante que nuestra sociedad enfrentará en los próximos años. Por eso, supongo, ya es momento de dejar de hacernos los tontos: quieren instalar una salud de primera para los ricos y una de segunda o tercera para los demás. Sería coherente: es lo que hacen con todo. ¿Seremos privados de nuestra sanidad? ¿O debo decir privatizados? ¿Nos privatizarán, nos privarán? Costó mucha lucha mantener estos espacios fuera del modelo capitalista despiadado; sería terrible que los dejáramos apoderarse también de eso –y creo que, por una vez, depende de nosotros. Nosotros, a veces, puede ser una palabra fuerte.

Hijos e hijas, nietos y nietas y demás entenados nos miran desde allá, 2050. Con las brumas del tiempo, no se alcanza a ver si sus caras son de agradecimiento o de desprecio.