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La confusión entre pensamientos y sentimientos

Autor: Fernando Cembranos

Publicado en el País el 27 de febrero del 2026


Llamamos sentismo al fenómeno de ampliar el campo semántico de la palabra sentimiento en detrimento de otras palabras como pensamiento o idea, más precisas y con más posibilidades cognitivas. Consiste en llamar sentimientos a entes mentales que son pensamientos, tratándolos como sentimientos, lo que en muchas ocasiones tiene consecuencias contraproducentes.

Es un fenómeno social en la medida en que ha aumentado significativamente en las últimas décadas el número de personas, colectivos e instituciones que lo utilizan, y afecta cada vez a más ámbitos de nuestra experiencia. Es fácil de detectar porque se manifiesta en el lenguaje con el uso frecuente de expresiones como “siento que” o “me haces sentir” para comunicar una opinión o una idea.

En el origen, este fenómeno tenía buenos propósitos tales como criticar la prepotencia de la racionalidad, muchas veces reduccionista e ingenua, o incluir el sentimiento en ámbitos de los que había sido expulsado o en los que nunca se había incluido, como la producción, el activismo, el trabajo, la economía, la educación, la política o las tareas reproductivas. Se trataba de recuperar la integralidad de la persona. Asimismo, ha permitido poner el foco en malestares anteriormente ignorados e invisibilizados. Por otro lado, los sentimientos y las emociones (amor, ilusión, odio, rechazo, alegría, tristeza, miedo, ira, placer, malestar, etc.) son la base que da relieve a nuestras vivencias y son imprescindibles para vivir. El trabajo de revalorizar los sentimientos tiene que continuar, pero es preciso señalar algunos errores que hacen un flaco favor a los propósitos iniciales.

El campo semántico de la palabra sentimiento se ha ido expandiendo y apropiando del campo semántico de la palabra pensamiento hasta provocar un fatal error. Aunque desde hace mucho ha podido decirse me “siento culpable” (cuando en realidad es un pensamiento acompañado de un malestar), es más reciente que se pueda decir “siento que el grupo no me valora” o “siento que esta película es mala”. Hay un anuncio en internet que llega a decir “siento que la gente no me devuelve los libros”. En el límite podríamos oír “siento que este vaso es una grapadora”.

Cuando una persona codifica un pensamiento como sentimiento busca su consistencia en sus sensaciones emocionales internas y deja de contrastarlo con la realidad o con otras personas. “Me siento inferior” no deja de ser un pensamiento, muchas veces burdo o erróneo, que provoca un malestar innecesario. Pero al codificarse como sentimiento se valida por el propio malestar emocional y puede permanecer sin contraste incluso durante años. Los pensamientos por el contrario tienden a validarse con la realidad o con su consistencia con otros pensamientos. A los pensamientos se les pide que sean acertados, válidos o lógicos y si son erróneos se les puede rebatir o falsar. Pero a los sentimientos no se les pide nada de esto, no es necesario que sean acertados, son pura subjetividad, se legitiman por sí mismos.

Los sentimientos son poco controlables de forma directa mientras que los pensamientos y las conductas lo son mucho más. Al ampliar el campo que abarca el sentimiento en detrimento del pensamiento, aumenta la parte de realidad que no podemos controlar o de la que no podemos responsabilizarnos.

Entre los principales problemas que provoca el sentismo podemos destacar que nos hace más incompetentes, más individualistas, disminuye nuestra inteligencia vital, entorpece la comunicación interpersonal y en muchas ocasiones nos puede hacer sufrir innecesariamente.

Los pensamientos disponen de muchos más recursos cognitivos para ser desarrollados, rebatidos o verificados. Los pensamientos permiten la construcción social de la percepción de la realidad, la búsqueda de consenso, nos inducen a utilizar la inteligencia colectiva. Los sentimientos se “validan” por sí mismos. “Siento que la reunión ha sido una pérdida de tiempo” es poco discutible. De hecho, cuando alguien pone en cuestión esta idea camuflada de sentimiento solemos contestar “pues yo lo siento así”, y no hay nada más que hablar.

Las cogniciones casi siempre requieren de muchas más conexiones neurológicas para ser procesadas. Cuando confundimos un pensamiento con un sentimiento predisponemos a nuestro sistema nervioso a procesar estos sucesos mentales con menos conexiones neuronales, es decir, con menos inteligencia. Un pensamiento puede ser una hipótesis, una pregunta o una conclusión; un sentimiento no hace estas distinciones. “Siento que soy un impostor”. La cuestión es si lo eres o no. Formulado como una hipótesis o una pregunta, invita a la indagación, a la comprobación. Formulado como un sentimiento (que no lo es), se queda sin revisar. Los sentimientos no son falsables, lo siento así y punto. La verdad de nuestra afirmación dependerá más del estado de ánimo que de la realidad misma.

El sentismo nos separa y nos aísla. En cierta medida introduce el fenómeno de la posverdad en el ámbito micro de nuestras vidas. Con la expresión “siento que…” puedes decir lo que quieras a continuación: “Siento que no sirvo para nada”, “siento que este libro es una mierda”, ¿podrías argumentarlo? “Bueno, yo lo siento así”. La difícil y a veces hermosa tarea de la construcción social de la percepción de la realidad se clausura rápidamente, “yo lo siento así”, “son mis sentimientos”.

El sentismo pone el foco de atención en los sentimientos propios, difícilmente en los ajenos, lo que en cierta medida es lógico, ya que lo que atendemos son las señales de nuestro propio cuerpo. Esto nos convierte en más individualistas y autocentrados. A excepción de la empatía, los sentimientos velan más por el bienestar individual que por el interpersonal o el colectivo. La empatía no primaria, por ejemplo, la que sustenta la valoración de los derechos humanos, requiere de capacidades cognitivas y esfuerzo, ponerse en lugar de la otra persona, tener teoría de la mente (ver lo que ve el otro), pensar el efecto que producen nuestras conductas en otras personas, deducir la situación de los otros a partir de sus circunstancias. Todo ello requiere la intervención del lóbulo frontal, la racionalidad, el intelecto.

A menudo el sentismo es un modulador del lenguaje, se puede usar para disminuir la contundencia de una afirmación, pero otras veces puede convertirse en una trampa mortal. En el ámbito clínico es frecuente oírlo en las depresiones, en los conflictos intra e interpersonales, “siento que todos me desprecian”, incluso en las situaciones con riesgo de suicidio, “siento que no hay salida”.

La educación emocional ha puesto mucho énfasis en enseñar a nombrar las diferentes emociones y sentimientos, lo cual está muy bien, pero se ha olvidado de enseñar a nombrar los pensamientos y a distinguir la diferente naturaleza que éstos tienen con respecto a los sentimientos. Saber qué parte de pensamiento está influyendo en un sentimiento, en lugar de codificarlo sin más como sentimiento, es clave para entenderlo y abordarlo.

El ser humano vive en un diálogo constante entre su sistema límbico y su neocórtex, entre sus emociones y su intelecto. Si disminuimos la importancia de éste último en favor del primero nos hacemos más torpes, disminuimos nuestra libertad de elección, nuestra capacidad para actuar, para reflexionar, para responsabilizarnos, para usar el pensamiento complejo, que es más costoso, pero muy útil para la resolución de conflictos e incluso para la supervivencia.

Desde un punto de vista relacional y colectivo tenemos que superar esta confusión que nos aísla, nos incomunica y nos abandona a nuestra verdad sentimental individual y volver a tender puentes de comunicación para construir una percepción social de la realidad, que sin duda es compleja, pero también es más inteligente. Y realmente la necesitamos.

Falsas dicotomías

Hace algunos años, en Estados Unidos, me encontraba en un restaurante chino con un numeroso grupo de investigadores después de un congreso. Como es habitual en estos casos, estábamos pensando pedir varios platos para compartir. Las y los presentes empezaron a enumerar sus preferencias culinarias o sus alergias. Yo dije que a mí me gustaba todo menos la carne de cerdo. Al oírlo, uno de los participantes de más edad se volvió hacia mí y me preguntó: “¿Cómo es que no come carne de cerdo siendo alemana?”. El comentario me dejó tan perpleja que no se me ocurrió nada mejor que contestar: “Hoy en día hay hasta alemanes pacifistas, así que imagínese”.



Efectivamente, los esquemas simples forman parte del repertorio corriente del pensamiento o el discurso sobre las culturas o las personas. A todas y todos nos pasa alguna vez que, sin darnos cuenta, pensamos siguiendo cadenas de asociaciones preconcebidas y obedeciendo a resentimientos. Ahora bien, hay estereotipos consistentes en falsas dicotomías que no solo menoscaban la fantasía individual, sino que restringen fatalmente el espacio de los debates políticos, construyen trampas imaginarias que se nos presentan como lógicas pero no lo son, e insinúan que hay que elegir por fuerza entre opciones mutuamente excluyentes que, en realidad, no se excluyen en absoluto. En consecuencia, estos patrones de pensamiento nos confunden al presionarnos para que elijamos entre dos variantes que no nos convencen, o que ni siquiera son variantes.
Muchos debates internacionales están marcados por estas oposiciones falaces. Se supone que tenemos que dar prioridad a las necesidades de los emigrantes o a las de los trabajadores, como si fuese tan fácil distinguir ambos grupos sociales. ¿Qué planta industrial, qué fábrica de automóviles, qué cosecha agrícola de Europa o Latinoamérica no depende de la mano de obra venida de fuera? Nos dicen que no nos queda más remedio que decidir con quién nos solidarizamos, si con la población socialmente excluida del campo, de las regiones desfavorecidas, de los núcleos despoblados, o con los habitantes de las ciudades marginados a causa de su cultura o su religión. Al parecer, tenemos que optar por dar prioridad a los conflictos políticos o a los culturales. Sin embargo, ambos son inseparables. La redistribución social y el reconocimiento político y cultural no son asuntos que se puedan reducir a una cuestión de o lo uno, o lo otro.

La lista de ejemplos que pretenden presentarnos la realidad depurada de su complejidad moral o social ya sea en Latinoamérica, Europa, Estados Unidos u Oriente Próximo es asombrosa. Las falsas dicotomías empleadas deliberadamente no dejan de aumentar. Pretenden abreviar el discurso eliminando las ambivalencias incómodas, las laboriosas precisiones, los cuestionamientos minuciosos, y fomentan la ya pronunciada dinámica de la polarización en la esfera pública democrática. De este modo, los juicios particulares se conectan con otros supuestamente derivados de ellos, como si solo se pudiese pensar o sentir en amasijos indiferenciados. Se diría que la estructura del discurso se ha adaptado al modelo televisivo, que la lógica del sí o no de los concursos de la televisión ha truncado el pensamiento social y político. Tras décadas de programas de entrevistas que no tienen el menor interés en comprender de verdad los fenómenos sociales, económicos y culturales, la cultura de la ponderación se ha atrofiado.
Se insinúa que no es posible estar al mismo tiempo en contra de la extradición de Julian Assange a Estados Unidos y a favor del esclarecimiento en los tribunales de las acusaciones de violación por parte de Suecia. La compleja crónica de los activistas de WikiLeaks, que por un lado ha puesto a disposición de la opinión pública numerosos documentos sobre los crímenes de guerra de los soldados estadounidenses, mientras que por otra ha rehuido la investigación de la Fiscalía, constituye una historia ambivalente que se purga de todo lo que obstaculice un juicio simple. Algunos ideólogos quieren que el relato y las posiciones de nuestra época sean claros y escuetos, que no nos turben, que no nos exijan el esfuerzo de la reflexión. Se nos quiere empujar a las lealtades incondicionales, al “nosotros contra ellos”. El examen autocrítico, el debate incierto tienen que quedar cada vez más aletargados.
En una de sus Lecciones de Fráncfort, la poeta Ingeborg Bachmann habló en una ocasión de un “pensamiento que, al principio, no está preocupado aún por la dirección a seguir; un pensamiento que aspira al conocimiento y que, con el lenguaje y a través del lenguaje, quiere llegar a algo”. Prescindiendo de aquellos que no quieren llegar a algo con el lenguaje, sino con la violencia, el hecho es que ese pensamiento al que todavía no preocupa la dirección a seguir, que todavía no sabe, o afirma saber, qué está bien y qué está mal, que no tiene un juicio hecho antes de saber cómo podría formárselo, se ha vuelto cada vez más escaso. Cada vez es más infrecuente el pensamiento que aspira al conocimiento; el pensamiento curioso que se abre a las ideas, las informaciones y los argumentos de los que se puede aprender algo y con los que se puede comprender y descubrir.
Sin embargo, hoy en día hay numerosas cuestiones sociales, políticas y económicas acerca de las cuales cabe el disentimiento razonable, en relación con las cuales sería del todo obvia y legítima la incertidumbre sobre qué está bien y qué está mal, y en torno a las cuales la dirección del pensamiento no debe de ningún modo estar prefijada, porque la mayoría de las veces también los hechos, una vez establecidos, no hacen sino definir una tarea. El pensamiento al que se refería Bachmann es, sin duda, exigente y arriesgado; reclama de nosotros que estemos dispuestos a admitir los errores y a descubrir los puntos ciegos de la propia socialización o el propio entorno, así como que nos aventuremos a adoptar la perspectiva de otros para comprobar qué se puede ver o pensar desde allí.
Sin embargo, hoy por hoy, la esfera pública, cada vez más polarizada y fragmentada, está dominada por un pensamiento que quiere ser siempre acabado y cerrado, que permite la duda solo cuando se trata de las posiciones ajenas, pero no de las propias, que dicta a qué afirmaciones y a qué ideas adherirse de acuerdo exclusivamente con lo que siempre se ha creído y pensado.
Es urgente que volvamos a generar y utilizar espacios en los que se pueda practicar un pensamiento y un lenguaje que rechacen estas falsas dicotomías. Debemos crear zonas protegidas en nuestras casas, en las escuelas, en los teatros, en las plazas públicas, en las discotecas y en las iglesias, pero también en los periódicos y en las redes sociales, en las que volvamos a atrevernos a desechar el pensamiento que obedece a la lealtad a un clan y ensayemos otro sin barreras; zonas en las que también podamos equivocarnos y nos dejemos convencer por el contrario. En eso consiste la textura social de una democracia: en la búsqueda conjunta e incierta de un conocimiento, una experiencia y unas perspectivas que podamos compartir. Es una búsqueda que no admite precipitaciones ni menoscabos.
Autora: Carolin Emcke 
Publicado en El País el 3 de mayo de 2019