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“¿Qué pasa con las que tenemos pareja hetero? ¿Estamos todas alienadas?”

 Raquel Peláez

Publicado en El País el 8 de mayo del 2026

Andrea García-Santesmases Fernández (Madrid, 37 años) estudió Antropología en la Complutense porque tenía claro que quería mirarlo todo con óptica política: “La Carlos III, donde hice Sociología, era una universidad más señorial, a pesar de ser pública”. Pronto se dio cuenta de que, dentro del movimiento estudiantil, las chicas siempre tenían roles secundarios. Acabó fundando un colectivo llamado Mantys, ese insecto que devora al macho después del sexo (aunque también acrónimo de Mujeres Antipatriarcales y Subversivas). Esta Doctora en Sociología, actual profesora de la UNED, llevea años investigando el deseo con perspectiva de género. En su último libro, ‘Un nuevo contrato sexual’ (Ariel, 2026) propone darle una vuelta a los roles en las relaciones heterosexuales. Y para hacerlo, entre otras cosas, se ha sentado muchas horas a hablar con gigolós.

Pregunta. Ha comentado que sus amigas bisexuales o lesbianas le han dicho que les aburre el tema del libro porque la heterosexualidad ya no le interesa a nadie…

Respuesta. Desde la izquierda se ha hablado de disputar el concepto de patria o de España. Pues yo creo que hay que disputar la heterosexualidad. Los jóvenes están romantizando las relaciones convencionales, casarse con veinte años, porque no les han hablado de una alternativa. Porque criticamos mucho al criptobro y al gymbro, pero ¿y sus novias? Hay una femesfera muy perversa también. A ellos les salen discursos misóginos cuando buscan vídeos de coches y a ellas los vídeos de yoga las conducen a contenido sobre la importancia de la energía femenina y donde les dicen: “Si estás muy cansada de los tíos es porque no te has hecho respetar, es porque no tienes un hombre que te valore, hay hombres de verdad esperándote, pero tú tienes que ser esa mujer femenina, de alto valor, que les merece”. Yo creo que no podemos dejar la heterosexualidad en manos de este conservadurismo. ¿Qué pasa entonces con las que tenemos pareja hetero? ¿Estamos todas alienadas? ¿O estamos haciendo negociaciones y acuerdos a las que no les estamos poniendo nombre?

P. Sostiene que la liberación sexual de las mujeres no puede venir por el consumo…

R. Hay una parte del consumo, de los viajes de ensueño a la ropa sexy pasando por el Satisfyer que ha ayudado, pero no podemos pensar que porque nos den cada vez más cachivaches lo tenemos todo solucionado. Por ejemplo, el mercado nos ofrece ahora infinitas opciones estéticas y de modificación corporal y, sin embargo, los cuerpos que vemos en redes sociales son todos idénticos. El mercado te propone experimentar tu placer en todos los sentidos y tener una sexualidad totalmente liberada, pero luego vemos que se reproduce lo de siempre. Una vez, visité un club para swingers y estaba lleno de señores con jovencitas, seguramente prostitutas de lujo. ¿Eso es intercambio de parejas liberadas o una fantasía masculina?

P. También sostiene que el posfeminismo ha convertido el deseo y una vida sexual activa en un símbolo de estatus.

R. Es que parece que si no la tienes te estás dejando y ya no eres una mujer liberada. La sexualidad femenina está imitando el discurso masculino de la sexualidad como una necesidad irrefrenable a la que hay que dar respuesta. Y que eso a la vez da derecho al placer. El nuevo mandato es “libérate, ten todo el sexo que quieras, no seas mojigata, rompe los tabúes, abre tu mente”. ¿Pero dónde está ese paraíso erótico? ¿En Tinder?

P. Que también es un terreno complicado para las mujeres. Menciona esa frase de Materialistas, la película sobre las citas, en la que dicen: “Tener citas siempre es un riesgo”.

R. La gran falacia es plantear que el riesgo es el mismo para hombres y mujeres. Pareciera que el riesgo en las apps de ligue es simplemente el ghosting o el mal sexo, pero en el caso de las mujeres también está presente el terror sexual.

P. Habló con 11 gigolos, dos masajistas tántricos y dos asistentes sexuales. Dice que a pesar de que todos son proveedores de servicios eróticos, y cobran por ello, ninguno dijo sentirse como un objeto pasivo.

R. A pesar de que son perfiles muy diferentes, que divido en tres arquetipos analíticos -el galán, el pornógrafo y el terapeuta-, mantienen todos una posición de saber-poder. Eso me llamó la atención, cómo lo consideraban una práctica elegida que, incluso, reforzaba su autoestima. Me decían “ yo lo hago, en primer lugar, porque quiero, por la remuneración económica que es alta, pero, sobre todo, porque soy el que sabe lo que necesita una mujer”

P. Cuenta que cobran tarifas muy elevadas por hora. O sea que también hay una brecha salarial entre hombres y mujeres en esto…

R. Es que son servicios de lujo. Cobran algo similar a lo que deben cobrar las prostitutas de lujo, solo que la diferencia aquí es que no hay prostitución de calle, no hay burdeles. Hay investigaciones etnográficas sobre prostitución masculina gay y explican que ahí sí hay todo tipo de tarifas. Pero no existe para mujeres porque no hay mucha demanda y las webs que funcionan son porque se presentan como un servicio muy profesional, exclusivo y excluyente.

P. ¿Pagar resuelve el problema del consentimiento?

R. El pago no nos hará sexualmente más libres, ni resolverá los problemas en las relaciones heterosexuales. Pagar un servicio no asegura que la práctica sea ni deseable ni placentera. Aunque el servicio se venda como “profesional”, los problemas habituales pueden seguir ahí: la brecha orgásmica, lo que se erotiza y lo que no, que los hombres vayan con un guion prefijado de lo que es el sexo. En el caso que yo investigué, en el que se recogen situaciones problemáticas que ponen en duda el consentimiento femenino, el problema es que lo entrevistados equiparaban automáticamente contratar y consentir. Y ahí acababa su reflexión. Hay un problema previo que va mucho más allá de los gigolós.

P. ¿El miedo a las denuncias falsas que ha promovido la manosfera les afecta?

R. Hasta tal punto que no es que tengan miedo a transgredir un límite por error y ser denunciados sino que el temor es: “Hacemos lo que ella quiere pero luego ella se puede arrepentir y me puede denunciar”. La manosfera ha hecho que chavales de 16 años que aún no han tenido sexo ya sienten miedo a una denuncia falsa, ha llegado aquí. Su temor no es ser violentados, es ser denunciados. Y ahí era interesante también el estereotipo de género que proyectaban, de las mujeres como seres irreflexivos que se dejan llevar por veleidades. Yo les preguntaba: “¿Pero por qué te van a denunciar si tú no has hecho nada mal?”. Y ellos me contestaban: “Pues porque se arrepienten o porque luego les da vergüenza o porque se quieren vengar del marido”.

P. Es curioso porque a pesar de ser tan íntimos, los temas de género y sexo se explican desde marcos teóricos con palabras muy difíciles de entender. ¿Cómo explicaría de forma muy simple qué es la heteronorma?

R. Es el sentido común en torno a la heterosexualidad, el consenso general que nos dice que lo habitual es ser heterosexual y, además, serlo con unos roles claros: las mujeres son las del cuidado emocional, las personas comprensivas que están ahí para sostener al varón, a la familia, las que saben cuál es el médico de los niños, si el marido tiene colesterol, cuál es el grado de dependencia de la abuela. Mientras que el varón tiene que mantener una fortaleza y, en el ámbito sexual, un rol activo. Dentro de la pareja, que él pierda el deseo se considera muy grave.

P. Y dentro de la heteronorma, en el plano sexual, ¿cuál es el rol de la mujer?

R. Hay una tensión constante entre la puta y la esposa, todas las mujeres tenemos que lidiar con esa esa dicotomía. Seguramente la mayor parte de la gente ya no espera que una mujer llegue virgen al matrimonio, pero tampoco que haya tenido mucho sexo. Tiene que tener suficiente experiencia para no ser una mojigata, pero sin haberse pasado, para no estar devaluada. De una mujer heterosexual se espera que sea cuidadora y sensible, pero también deseable. Eso es cada vez más importante, que mantenga la disponibilidad sexual, lo cual está estrechamente ligado a que mantenga una apariencia estética normativa a lo largo de los años. Y, además, que disfrute con esa posición de objeto.

P. En su libro explica que el deseo femenino tiene una relación problemática con la sumisión y el poder. ¿Cómo se desmonta eso?

R. La heteronorma erotiza la subordinación de la mujer. No es solo que los cuerpos femeninos y masculinos sean diferentes, o se hayan socializado diferente, y que eso pueda resultar erótico y ser parte del juego sexual, sino que lo que se erotiza es la desigualdad. De hecho, hay una vinculación entre feminización y devaluación que trasciende a las mujeres. Por ejemplo, en algunos contextos, donde la sodomía está castigada, solo se castiga al que es sodomizado, porque se considera que es el cuerpo feminizado y por tanto devaluado.

P. El otro día el New York Times publicó que cada vez más jóvenes buscan a mujeres mayores. ¿Cree que el hecho de que los jóvenes tengan acceso a porno donde ven a mujeres maduras ha influido en su deseo?

R. Yo creo que ha influido y también puede ser que sientan que con una mujer mayor no tienen que llevar la batuta, se lo pueden dejar a ella, es decir, puede ser un deseo relacionado con liberarse de una responsabilidad tradicionalmente masculina.

P. Entonces, están feminizándose, que es lo que reclamaba al principio

R. Puede ser. En los cuidados hemos evolucionado mucho. Se ha empezado a considerar guay ser buen padre y estar implicado, cuando antes había que fumarse un cigarrillo mientras veías a tu hijo revolcarse en la arena. En el ámbito sexual empezar a generar otras imágenes y otros relatos podría crear discursos en positivo. A mí a veces me dicen: “¿Pero cómo puedes decir que eres optimista con todo lo que has contado y has analizado?”. Y siempre contesto: bueno, es que si pensamos que los hombres son intrínseca e inexorablemente violentos, que solo les interesa un imaginario misógino y pornográfico y solo ven a las mujeres como objetos, entonces seamos consecuentes y dejemos de relacionarnos con los varones. Pero no lo hacemos, seguimos relacionándonos con ellos y susurrando que hay excepciones: ese amigo tan majo, ese ex al que no olvidas... Entonces, sí hay otras masculinidades y otras posibilidades de relacionarnos con ellas.

La violencia sexual y los márgenes del Derecho

Paz Lloria García Fabiola Meco Tebar Ana Valero
Publicado en El País el 2 de noviembre del 2024.


Con ocasión de las denuncias realizadas contra Iñigo Errejón, en los últimos días se han realizado una serie de afirmaciones y declaraciones en diferentes ámbitos, periodísticos, políticos e incluso jurídicos, que llevan a confusión y mezclan ideas y conceptos en torno a la violencia sexual y los márgenes del Derecho. En el marco del Derecho encontramos el consentimiento sexual, la protección a la víctima; también la presunción de inocencia. No hay “presuntos” agresores, ni hay, por tanto, “presuntas” víctimas. Solo la inocencia es presunta. En los márgenes del Derecho se mueven a diario nuestros derechos.


En el ámbito de la libertad sexual, que haya o no delito depende del consentimiento. Llevamos años discutiendo sobre el valor de consentir en el ámbito sexual: si hay acuerdo entre quienes participan, es sexo; si no lo hay, es agresión. Defendemos una moral sexual que exige acuerdo, no una moral sexual que nos diga qué prácticas, con quién, cuándo, dónde y para qué.


El sexo consentido es aceptable en cualquiera de sus manifestaciones. Hablar de la libre voluntad a la hora de consentir implica que quienes intervienen en la relación están de acuerdo en cómo esta se desarrolla y, por lo tanto, ningún reproche ético, social ni desde luego jurídico debe realizarse. Solo cuando no existe consentimiento válido o este está viciado, puede intervenir el Derecho. No hubo consentimiento por parte de Gisèle Pelicot, ni de Nevenka Fernández. Tampoco lo hubo en los abusos en el seno de la Iglesia Católica.


No todo comportamiento machista o desconsiderado es violencia sexual. No todo sexo sin amor o que no nos satisfaga es violencia sexual. Ni siquiera todo sexo violento es violencia sexual. Tampoco todas las personas buscamos lo mismo en un encuentro o relación sexual. El sexo se expresa de maneras diversas. No queremos una sexualidad normativa porque nuestro feminismo no es moralizante, porque el sexo moralizante nos victimiza. No podemos volver a una concepción puritana de la sexualidad, poniendo de nuevo el acento en los peligros que el sexo tiene para las mujeres. No podemos permitirnos perder derechos conquistados.

Ponemos el acento en el consentimiento y en el acuerdo porque somos, pensamos y actuamos en tanto que seres autónomos, relacionales, con libertad de decidir sobre nuestra vida, nuestro cuerpo y nuestras relaciones sexuales. Decidimos a pesar de las limitaciones vitales a las que muchas de nosotras estamos sometidas; a pesar de los diferentes sistemas de dominio que nos afectan (el heteropatriarcado, el capacitismo, el racismo, la extranjería, el edadismo, el sistema de clases). A pesar de todo eso, o por encima de ello, las mujeres decidimos, resistimos, acordamos, vivimos, creamos. Precisamente porque somos sujetos de derecho, no somos objetos, ni somos por definición “víctimas” en un sentido psicológico o sociológico, aunque ocasionalmente podamos ser víctimas de delito. En el reconocimiento social y jurídico de nuestra agencia está el germen del cambio de las estructuras que nos oprimen.


Si en lugar de defender estas premisas optamos, como se está haciendo, por declarar a las mujeres siempre víctimas y a los hombres siempre agresores; si entramos a decidir qué prácticas sexuales son “buenas” en sí y cuáles son “machistas”; si entramos a juzgar los gustos, deseos y opciones sexuales de la gente, acabaremos reduciendo a objetos (objetos sexuales, objetos de tutela, objetos de dominio) a todas aquellas personas que disientan de la moral sexual establecida y decidida por unos pocos, cuya legitimidad sería además cuestionable. Si esa moral sexual se va a perfilar a golpe de tuit, desandaremos el camino que nos ha conducido hasta aquí y muchas personas nos quedaremos en los márgenes.


Un hecho puede ser reprochable ética y políticamente y no ser constitutivo de delito. Dicho eso, somos libres de buscar el reproche social, a través de redes sociales u otras vías, o el reproche penal de los actos contra nuestra libertad sexual. Tenemos derecho a tomarnos el tiempo que necesitemos, a desahogarnos, y a buscar apoyo personal o institucional para la denuncia. Podemos desear ser anonimizadas cuando se exponga nuestro relato, que no debe ser cuestionado, y preservar nuestra identidad para no ser revictimizadas, sin por ello ser anónimas.


Se lucha contra la violencia sexual reconociendo y reforzando nuestra capacidad de decidir, de alumbrar prácticas y señalar límites. Afirmamos que hay valor en la denuncia cuando el consenso se rompe, se impone la fuerza y la violencia del otro; y que hay voluntad de seguir avanzando libres y sin violencias, desde los márgenes del Derecho.

Sí hay alternativa

 Había una vez un cuento que decía que unos hombres libres, independientes, autónomos, autosuficientes, unos hombres que no necesitaban a nadie y que podían vivir tan solitarios como Robinson Crusoe, pactaron un día crear nuestra sociedad. ¿Qué tipo de mundo común pusieron en marcha aquellos fundadores? No debería de extrañarnos mucho que fuera un mundo en el que tanto los héroes como los perdedores son “hombres hechos a sí mismos”, unos merecedores de su propio éxito, otros culpables de su propio fracaso. ¿Dónde estaría la sorpresa? Al fin y al cabo, el cuento nos dice que nuestras “sociedades libres” las pusieron en pie unos hombres que ya eran libres antes de crear nuestra sociedad, es decir, que eran precisamente libres por no necesitar a los demás. La ideología neoliberal requiere de individuos absueltos de todo vínculo, y es precisamente esa negación de nuestra interdependencia la que encubre y legitima un orden social en el que estamos expuestos a formas extremas y violentas de desigualdad.

¿Otro mundo es posible? Hoy la izquierda parece sumida en un momento apático, impera la sensación de que estamos atrapados en un agotamiento ideológico, de que hace mucho que no damos debates de fondo, de que no sabemos cuál es nuestro programa, de que nos faltan (como se dice) “ideas nuevas”. ¿Estamos sabiendo defender otro modo de relacionarnos, otra noción de sujeto, otro horizonte de sociedad? ¿Estamos siendo capaces de demostrar, frente al realismo capitalista, que sí hay alternativa? Probablemente, una parte de esta izquierda está demasiado acostumbrada a pensar el feminismo como un asunto de mujeres y a entender que la política con mayúsculas siempre trató de asuntos más universales. Y, sin embargo, desde hace ya unos cuantos años, es en el territorio de los feminismos donde se están poniendo en juego algunos de los debates ideológicos de los que más depende que las izquierdas estén en condiciones o no de tener un proyecto alternativo de sociedad.

En los últimos tiempos, una serie de conceptos se han vuelto protagonistas en nuestras reflexiones feministas: “Vulnerabilidad” e “interdependencia” han sonado no solo en la Academia o en los libros de Judith Butler, sino también en nuestras asambleas y espacios de militancia. Una de las preguntas que quiero plantear en El sentido de consentir es qué significa hacerse cargo de eso en el terreno de la sexualidad. ¿Qué es comprometerse con la vulnerabilidad y la interdependencia al pensar la relación sexual? Si el sexo nos pone ante la vulnerabilidad de los cuerpos, si el deseo nos expone a nuestra interdependencia mutua, la relación sexual siempre comporta un riesgo: el riesgo de no saber algo sobre nosotras mismas, el riesgo de tener que descubrirlo a través de otros, el riesgo de necesitar a los demás. Es esa arriesgada incertidumbre la que tiene que ser negada para poner en marcha unas reglas del juego por las que el “riesgo” y la “libertad” tienen que ver con la adrenalina de Wall Street y por las que exponerse a la posibilidad de perderlo todo es parte de la aventura. Justamente para poder naturalizar los peligros más salvajes, nuestra sociedad precisa negar lo que se han encargado de negar nuestros mitos fundacionales: que más allá de toda forma de dependencia no hay ninguna libertad.


“El desconocimiento”, dice Judith Butler, “es inseparable de la sexualidad misma”. ¡Y menos mal! De hecho, “¿quién tendría sexo si realmente pudiera conocer por adelantado exactamente cómo va a ser?”. Quizás esa es justo la pregunta acertada para pensar esa inquietante tendencia que cada vez más estudios ponen sobre la mesa y que nos habla de una creciente pereza hacia la relación sexual incluso entre los jóvenes. ¿Tiene sentido un declive del sexo en una sociedad neoliberal donde el ideal del sexo “libre” es un sexo autárquico y masturbatorio y donde el “empoderamiento sexual” parece no depender de los demás? ¿Cómo pensar el sexo en una sociedad capitalista crecientemente securitaria en la que la relación social misma se convierte en un peligro del que protegernos? ¿Y qué aportación puede hacer el feminismo para defender otra noción de libertad fuera de las redes del neoliberalismo?


Cualquier abordaje de esta pregunta debe comenzar diferenciando el peligro y el riesgo y, por lo tanto, diferenciando la violencia sexual de las incertidumbres del sexo. La violencia debemos tratar de abolirla; la opacidad del deseo, no. El peligro de la violencia nos amenaza (muy fundamentalmente) a nosotras las mujeres y no queremos exponernos a él. El riesgo que implica el sexo lo corremos todos y todas, y me parece que el mundo es mejor mientras sigamos dispuestos a correrlo. Combatir lo primero nos lleva a un mundo menos violento, combatir lo segundo nos conduce a un mundo más securitario.


El gran reto que tenemos hoy los feminismos es enfrentar la violencia sexual sin aceptar que nuestra libertad sexual pasa por convertirnos en “mujeres hechas a sí mismas” que no necesitan a los demás, sin validar y restaurar el relato de los padres del contrato social. Y, sin embargo, nuestra sociedad lleva unos años abrazando con entusiasmo la idea de que la solución a la violencia contra las mujeres pasa por cargarnos a nosotras con la exigencia de tener que iluminar nuestro deseo, expresarlo, verbalizarlo, volverlo transparente… explicar lo que a veces no se puede o no se quiere explicar. Si se nos sigue haciendo responsables de aclarar lo que pertenece a la esfera del deseo y del inconsciente, en realidad se nos está diciendo que nosotras no podemos aspirar a explorar la incertidumbre, la vulnerabilidad y la interdependencia a las que nos expone la sexualidad. ¿Por qué sería feminista esa identificación de la “libertad sexual” con la total autonomía, la transparencia, la autoconciencia y el sujeto autónomo que va por el mundo solo sin dejarse afectar por los demás? ¿Quién quiere esa forma de “libertad”? ¿Y en qué sentido esa promesa cambia el mundo?

La libertad sexual de las mujeres está siendo atacada cuando se intenta que aceptemos y asumamos que la violación forma parte de los riesgos que debemos aceptar correr. No, no debemos aceptar eso. Como no debemos aceptar que, en nombre de nuestra seguridad, se nos niegue el derecho a correr el riesgo que implica no saber lo que deseamos. Al final, la disyuntiva es o bien tener que asumir la violencia o bien tener que protegernos del sexo mismo. Si no queremos tener que elegir, es preciso defender la necesidad jurídica del consentimiento, pero desde su imperfección y su finitud, desde su precariedad y sus límites. Me parece que vamos a tener que asumir que el consentimiento, necesario para poder legislar en el terreno de la sexualidad, no es una varita mágica que trae la luz al terreno del sexo. Por mucho que busquemos “definiciones claras”, “consentimientos explícitos” o “síes verbales”, nada nos librará de la posibilidad de consentir un sexo aburrido, anodino, decepcionante, insatisfactorio, desagradable, asqueroso, un sexo (incluso a veces) no deseado. Es también de esa ambigüedad de la que depende el riesgo —sí, el riesgo— de un sexo profundamente deseado que ningún pacto y ningún contrato es capaz de asegurar.


Es muy mala idea creer que eso que delimita jurídicamente la violencia —el concepto de consentimiento— nos librará de todo tipo de riesgo, incertidumbre, imprevisto, malentendido o conflicto que acompaña a la relación social. Algunos discursos nos prometen hoy eso pero, ¿era eso lo que nosotras pedíamos? Me parece que una de las preguntas de nuestro tiempo que le debe interesar hoy a todas las izquierdas es por qué y cómo estaría el feminismo en condiciones de rechazar los marcos del neoliberalismo securitario. ¿Por qué al defender nuestro derecho al sexo estamos defendiendo otra sociedad? ¿Qué es lo que estamos diciendo cuando luchamos por nuestra libertad sexual? Que otro mundo es posible: queremos un mundo sin violencia para sujetos interdependientes que se exponen a los demás. Que no queremos correr ciertos peligros. Pero, precisamente, para poder correr ciertos riesgos.

¿FOLLAR CON CONSETIMIENTO SIEMPRE?

 FANTASIAS DE VIOLACIÓN 

El deseo ocupa un lugar inestable en los discursos feministas. (Prueba de ello es La polisemia del deseo, serie de tribunas que Clara Serra ha publicado en este diario en los últimos meses). No es una cuestión nueva, pero sí una que muta con el tiempo y que necesita de constante revisión para tratar de llegar al verdadero núcleo, quid central: ¿cómo esbozar una ética sexual feminista?

Existen dos planteamientos principales en la concepción feminista del deseo, aparentemente opuestos aunque similares en su lógica de pensamiento. Ambos insisten en conjugarlo con la moralidad —el deseo es bueno o es malo—, y rara vez lo piensan en sí mismo, esto es, como espacio o sensación o experiencia, sino en tanto que vehículo o vía para lograr otra cosa, para hablar de otra cosa: consentimiento, agresión, igualdad, dominación.

A menudo llamado antisexo o radical, el primer planteamiento recela del deseo y lo aborda con alarmismo. Entiende el sexo como una práctica patriarcal, inherentemente violenta, y cree que los hombres están programados para desear la represión de las mujeres y para calentarse con su dolor. Las mujeres, a su vez, están condicionadas para someterse a su propio sufrimiento.

El feminismo prosexo, por el contrario, defiende la libertad sexual y rechaza la fiscalización y el puritanismo de las corrientes antisexo. Sin embargo, algunas de las derivadas prosexo que permean actualmente el escenario político conciben una libertad sexual más nominal que material (más preocupada por anunciarse que por experimentarse), y sujeta a determinadas condiciones. La más significativa: el sexo debe estar amparado bajo el imperativo del Bien. El placer femenino se convierte en un espacio de pureza moral. Como si la sexualidad femenina fuera una garantía de bienestar absoluto, de paz y justicia colectivas. Como si la sexualidad femenina pudiera definirse. Como si acaso existiera de forma fija o única.


El deseo se mueve constantemente y a menudo fluye por vías con las que no comulgamos sin que podamos evitarlo. Sería ingenuo afirmar que existimos (y que deseamos, soñamos) al margen de las normas que nos oprimen: no sólo limitan nuestra existencia, también la canalizan en cauces concretos. A veces deseamos cosas que, racionalmente, no querríamos desear. Un ejemplo paradigmático son las fantasías de violación, en las que una se imagina en escenas violentas, coercitivas, donde la anulación y la transgresión del espacio propio juegan un papel erotizante.


En Reinventar el amor. Cómo el patriarcado sabotea las relaciones heterosexuales (2022, Paidós), la ensayista Mona Chollet se plantea hasta qué punto fantasear con la agresión es sólo producto de un imaginario sexista, condena de la que no podemos escapar, o si puede entenderse también como una vía de escape de las mujeres, una subversión o conjura donde los miedos machistas que tragamos con embudo desde que nacemos pierden su capacidad de hacernos sufrir y se convierten en herramientas a nuestra merced. Su único propósito: regalarnos un orgasmo.

Puede que de vez en cuando, escribe Chollet, “necesitemos convertirnos mentalmente en cerditas bonitas que se revuelcan alegremente en el fango de la dominación masculina, porque es demasiado agotador estar todo el tiempo intentando evitar las salpicaduras.”


La fantasía no sólo es una fuente de entretenimiento, también es una práctica de consolidación y emancipación subjetiva. Nuestra percepción se desdobla: nos convertimos en sujetos múltiples, fragmentados, un Yo compuesto de muchos Otros que se ponen de acuerdo para escenificar un relato y divertirse. El Yo que fantasea entiende, mediante su fantasear, que el deseo no habla un lenguaje literal, ni indicativo. Las fantasías no muestran una escena que deba llevarse a cabo. Hay una diferencia abismal entre desear que te violen y desear imaginar que te violan. Entre desear la anulación y desear narrar la anulación. Entre desear cruzar un límite y desear preguntarse cómo sería cruzarlo, adónde llevaría.


Si puede hablarse de libertad (término peliagudo), o más concretamente de libertad sexual (más peliagudo todavía), ésta debe de residir en la capacidad de imaginar sin coacciones ni autocensuras.


Ahí es donde radica el principio básico de una ética sexual feminista. No en la negación de unos deseos malos, ni en la inducción de otros mejores, sino en la defensa de nuestra capacidad de reinvención, de reinterpretación, un imaginar absoluto y desbordante que nos coloca en distintas posiciones a la vez —autora y objeto, cuerpo y espectadora—, y que nos reafirma en nuestra potestad de narrar el mundo y de narrarnos dentro de él. El deseo es indócil y también opaco. Aprender a abordarlo, a sumergirnos en él y salir y volver a entrar (a revolcarnos alegremente en el barro que nos dé la gana) es la única manera de preguntarnos por sus formas y sus desvíos, por sus raíces y sus futuras expansiones. Y llegar, algún día, a imaginar de otra manera.

Amanda Mauri
Pubicado en El Pais el  de septiembre del 


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¿La distinción de hombre o mujer contiene ideología?

 

Cómo abolir el género sin que el feminismo muera en el intento.


Nos encontramos en una encrucijada entre la fragmentación y la persistencia del binarismo de género. Si la fragmentación avanza y consigue eliminar las categorías de género legales, las identidades y las presentaciones marcadas por el binarismo de género y las prácticas sociales de “mujeres” y “hombres”, se habrán sentado las bases para la igualdad, al menos por categoría de género. Deshacer el género nos permitiría avanzar significativamente en el camino hacia la eliminación de la diferenciación por géneros y de su consecuencia: la desigualdad de género. Deshacer el género implica que el sexo es biológico, fisiológico y reproductivo, pero que no es una buena base para la categorización social, que el deseo sexual es fluido y no está limitado por la oposición entre dos géneros, y que el género ya no es una manera válida de organizar las sociedades. En la medida en que el género es una institución, deshacer el género la fragmenta en sus componentes y arrebata la estructura binaria a muchos de ellos. La identidad, los rasgos, las competencias y la conducta de género se entienden entonces como espectros con los “opuestos” en sendos extremos. El género, entonces, ya no es una institución.

Sea como sea, de momento aún existen prácticas institucionales e interaccionales de desigualdad de género que hay que visibilizar y combatir. Y, para poder combatir la desigualdad de género, hay que poder distinguir a mujeres y a hombres como categorías legales y sociales. Si queremos visibilizar la desigualdad de género, tenemos que poder comparar a hombres y mujeres.


Y este es el origen de la nueva paradoja del género. Por un lado, necesitamos que el binarismo de género persista si queremos combatir la desigualdad de género que produce, pero, al mismo tiempo, necesitamos fragmentarlo cada vez más hasta que, al final, desaparezca. Es poco probable que estalle una revolución del género, porque la multiplicidad de identidades de las personas que cuestionan el binarismo de género y la diversidad de sus objetivos imposibilitan una acción política unitaria. Los distintos adversarios del dualismo de género no se han reconocido entre sí como aliados y la política de la identidad necesita una separación entre nosotros y ellos. Viven en la frontera entre los géneros binarios. Si se unieran, darían lugar a un tercer género, pero muchos quieren eliminar las identidades de género por completo.

Quizá no sea necesaria una revolución del género para conseguir la igualdad de género. Tanto la multiplicación como la minimización de las identidades de género tienen el potencial de erosionar el tratamiento diferencial de hombres y mujeres. Si no podemos determinar o no aludimos constantemente a qué género pertenece cada persona en las interacciones cara a cara, las mujeres y los hombres se convertirán en iguales socialmente. Cuanto más igualitarias sean las políticas organizacionales, sobre todo en lo que se refiere a los salarios y a los ascensos, menos relevancia tendrá el género. Si tenemos en mente este objetivo, todos deberíamos participar de forma consciente en la deconstrucción del género y actuar y hablar como si nadie tuviera género. Debería ser la revolución de todos, no solo de las personas que cuestionan el género deliberadamente. Sin embargo, esta deconstrucción del género también ha de suceder en las esferas legales y burocráticas, así como en políticas organizacionales igualitarias.


Sería revolucionario que los certificados de nacimiento, los documentos de identidad y los carnets de conducir no indicaran el género. Los cambios que hubo que aplicar a las licencias matrimoniales cuando se legalizó el matrimonio entre personas del mismo género son ejemplos de cómo las políticas legales se han de adaptar a los cambios en la vida real. Los “maridos y mujeres” se han convertido en “cónyuges”. Las personas que se ocupan equitativamente de criar a sus hijos deberían ser “progenitores” y no madres y padres. Las prácticas de deconstrucción del género son revolucionarias en muchos aspectos. Los progenitores que minimizan el género de sus hijos a la hora de criarlos y los hombres que atienden a sus hijos de forma cotidiana son revolucionarios. También lo es el tratamiento neutro de los niños y niñas durante los años escolares. Y las citas románticas igualitarias. Todos nosotros podemos erosionar con nuestras acciones, por pequeñas que sean, el binarismo de género.


Lo que podríamos perder es la valorización de las mujeres, de su historia, de sus logros y de sus culturas tan ricas y variadas que las feministas se han esforzado tanto en producir, mantener y visibilizar durante los últimos cincuenta años. Borraría el enfoque “femenino” sobre las cualidades que caracterizan a las mujeres: la relación que mantienen con su cuerpo y con su sexualidad, sus capacidades emocionales y afectivas, y su punto de vista especial en las sociedades y las culturas dominadas por los hombres.

Cuando las mujeres irrumpieron en los dominios de los hombres, tuvieron que emularlos. A su vez, los hombres emulan a las mujeres cuando cuidan de sus hijos. En la medida en que las diferencias entre el estilo de liderazgo de mujeres y hombres han hecho que las mujeres obtengan mejores resultados en situaciones de crisis, como la pandemia por la covid-19, los hombres podrían emular también a las mujeres a la hora de liderar.

Uno de los grandes problemas sociales que no se resolvería deshaciendo el género es el de la violencia contra las mujeres (maltrato físico y feminicidio machista), además del acoso sexual, la agresión sexual y la violación. El ostracismo al que se condena en la actualidad a los hombres que han explotado o violado a mujeres rutinariamente, y su eliminación de las posiciones de poder ha mejorado de manera significativa la capacidad de las mujeres para luchar contra su vulnerabilidad sexual. Sin embargo, para combatir la violencia contra la mujer es necesario que las mujeres apoyen a las mujeres. Cuando las mujeres minimizan su género mutuo, los resultados son desastrosos. Hay mujeres que han ayudado a hombres en su victimización sexual de otras mujeres. Aún más terrible, las mujeres de la familia en sociedades “de honor” han asesinado a sus propias hijas cuando han creído que estas habían deshonrado a la familia por su conducta sexual o incluso por haber sido víctimas de violación.


Es posible que mantener la identidad y la visibilidad de las mujeres no sea tan necesario en las sociedades donde las mujeres experimentan más igualdad con los hombres y donde estos han visto reducidos su poder y sus privilegios. La deconstrucción del género gradual podría acabar sustituyendo a las prácticas de género que ahora se dan por sentadas en la burocracia y en organizaciones laborales, además de en la interacción informal en la vida cotidiana. Pero antes hay que pasar por un periodo de atención consciente al género. Para poder deshacer el género, antes se ha de ser consciente del género.

Autora: Judith Lorber 

"Estás estupenda"

 

«¡Estás estupenda!»: manifiesto contra los piropos que en realidad son insultos

Hay una frase que, de verdad, confirma tu entrada en cierta edad: «¡Estás estupenda!». Quien la escuchó, lo sabe. «Estás estupenda», nos dicen cuando hace mucho que no nos ven, después de un disgusto amoroso o tras una crisis existencial por la edad cuando –como en el poema– una se da cuenta que la vida va en serio. Enunciamos ese «estás estupenda» desde el amor, el cariño y, quizá, también con algo de envidia y recelo. Lo escuchamos aliviadas. De lo que no somos tan conscientes es de que detrás de esa inocente frase que pretende halagar y animar a nuestras amigas está todo el peso de las ideas que sustentan el patriarcado.

Con ese cariñoso «estás estupenda» decimos estás envejeciendo pero -¡todavía!– eres sexy, guapa, atractiva. «Estás estupenda» significa siempre parecer más joven, aparentar menos edad de la que se tiene porque, sea la que sea, nunca eres lo suficientemente joven. Las mujeres, por lo que sea, cuanto más jóvenes, más atractivas. Con los años adquirimos experiencia, arrugas, conocimiento y la fuerza de la gravedad hace su trabajo con nuestras tetas…y eso no gusta. En las mujeres lo maduro no es atractivo. El mandato social es parecer más joven. Darlo todo en esa carrera inútil que es tratar de vivir sin envejecer. Se ha dejado, se ha abandonado, decimos cuando las mujeres descuidan sus quehaceres con la belleza, engordan, no se maquillan, tienen canas o le salen patas de gallo. Ojalá las mujeres utilizáramos ese dejarse y abandonarse a una misma cuando decidimos que es demasiado tarde para aprender italiano o dejamos las clases de dibujo, por ejemplo. Ojalá usar esa idea de abandonarse a una misma cuando nos perdemos en relaciones en las que nuestras necesidades y deseos son secundarios o ignorados. Ojalá, pero no. Vivimos en una sociedad en la que las mujeres se abandonan a sí mismas cuando descuidan su apariencia física.

Y es que existimos porque somos miradas. Existimos para ser miradas. Agradar es la principal función que tienen las mujeres en la sociedad patriarcal.  Somos educadas en la obligación de gustar, de no molestar, de encajar en los deseos de otros. Se espera de nosotras que estemos sonrientes, amables por no decir dóciles, delgadas por no decir a dieta. Estar guapa es un camino extenuante porque no tiene fin. Nunca se alcanza la tarea, siempre aparece algo nuevo que mejorar. Más que una apariencia que podamos alcanzar, estar guapas es una conducta que marca una forma de estar en el mundo: siempre insatisfechas, inseguras y en competición. Subordinadas bajo una mirada externa. Preocupadas por no ser suficiente mientras los problemas de autoestima consumen nuestro dinero, energía y alegría. Queremos estar guapas para encajar, para poder ser deseadas. Porque «estás estupenda» significa, sobre todo, que eres deseable para tu edad. Es un mensaje sobre nuestra posición y oportunidad –todavía– en el mercado del amor. Da igual la edad que se tenga, a las mujeres nos hacen creer que siempre vamos tarde.

Podría seguir escribiendo sobre el mito de la belleza y el mito del amor romántico desde ese espacio más cómodo y menos personal que me ofrece la teoría. Podría seguir escribiendo este texto como si a mí no me interpelara, como si yo no hubiera dicho nunca «¡Estás estupenda!», como si a mí no me preocuparan los kilos y las arrugas. Pero no es así. Tengo toda esta teoría feminista en la cabeza y el espejo me devuelve las mismas preocupaciones que todas las mujeres. Así de profundo anida el patriarcado. Ahora qué hacemos. Las feministas deberíamos pensar en estrategias desde la honestidad y con inteligencia. Desde la honestidad, porque podemos soltarnos a nosotras mismas la turra de lo poco que nos interesa el amor romántico, que ahí estarán nuestras horas en terapia para desmontarlo. Con inteligencia, porque el patriarcado es lo suficientemente hábil para hacernos creer que elegimos aquello que nos oprime. No debemos subestimar la capacidad de sistema que nos hace rivalizar para ver quien representa mejor nuestra propia dominación. A semejante desafío solo puedo imaginar una respuesta colectiva. Y con colectiva me refiero a todas las mujeres juntas, diferentes generaciones pactando, conscientes que tarde o temprano (y con suerte, porque la alternativa es estar en el cementerio) seremos ese cuerpo que no es mirado.

Vivir una vida feminista es una tarea agotadora y llena de contradicciones. ¿Tenemos credibilidad hablando de opresión con rostros rellenos de bótox? ¿Nuestros labios pinchados con ácido hialurónico cada seis meses pueden hablar con coherencia de libertad? Necesitamos pensar juntas y con urgencia estrategias que nos permitan envejecer con alegría, sin ansiedad y tener éxito. Poder ser miradas con todo lo que trae la edad, que no es otra cosa que el tiempo que hemos vivido. Estrategias que nos permitan ser viejas, parecerlo y ser visibles, no desaparecer. Desde la generosidad intergeneracional, pero también por interés personal, ninguna mujer debería aceptar un sistema donde la experiencia, el poder y el aspecto que dan los años reste valor social a las mujeres. Porque para observar el fracaso de cada una solo hace falta esperar.

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Follar sin mirar

Insatisfacción en la era del sexo exprés

Dice Helen Fisher que los mileniales son “los nuevos victorianos” de la austeridad sexual. Esta antropóloga, la científica más citada del mundo en materia de biología y química del amor, ha entrevistado durante más de una década a decenas de miles de solteros —5.000 por año— para el proyecto Singles in America, el mayor estudio global sobre las personas sin pareja. Año tras año, Fisher ha visto cómo el sexo iba saliendo del top cinco de prioridades de los más jóvenes, de donde también ha sido expulsado el atractivo físico de la pareja.

Los índices de actividad sexual han caído a su nivel más bajo desde hace 30 años. Y lo han hecho arrastrados por el desinterés de los adultos jóvenes, según reflejan cifras del Pew Research Center de 2020. El laboratorio de ideas estadounidense apunta además que casi la mitad de los adultos de EE UU —la mayoría, mujeres—sostiene que salir con alguien se ha vuelto “mucho más difícil” en los últimos 10 años y que la mitad de los adultos solteros decidió dejar de buscar una relación o, simplemente, renunció a salir con otras personas. La recesión sexual de la que ya se empezó a hablar en 2018 en círculos académicos estadounidenses impacta sobre todo en las relaciones heterosexuales.

Los datos habían hablado antes. En 2016 la revista Archives of Sexual Behavior publicó un estudio que mostraba que si en 1990 los estadounidenses practicaban sexo 61 veces al año, en 2010 la frecuencia había caído a 52. El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos. En 2019, investigadores de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres concluyeron, después de analizar datos de 34.000 personas, que los británicos estaban teniendo menos sexo que en cualquier momento de los 20 años anteriores. Similar descenso se ha observado en Australia y Turquía. Según estos números, no importa si uno tiene 18, 28 o 48 años, las estadísticas afirman que en todos esos casos se está practicando menos sexo que el que practicaban los que tenían esa edad en los años noventa.

España no es distinta. Si ponemos el foco en los más jóvenes, en la generación Z (nacidos entre mediados de los noventa y mediados de los dos mil), nos encontramos con que el 32,4% de los que respondieron en 2019 a la Encuesta nacional sobre sexualidad y anticoncepción, de la Sociedad Española de Contracepción, que entrevista a personas de entre 16 y 25 años, no había mantenido relaciones sexuales durante “los últimos meses”. Además, según un estudio de Sigma Dos para el Instituto de la Mujer, en el que se entrevistó a 1.500 mujeres de entre 18 y 25 años, el 57,7% dijo haber mantenido relaciones sexuales “sin ganas”, “por complacer” o “como sacrificio”. Algunas entrevistadas usaron el término “orgasmo por compromiso”. La fotografía corresponde a 2022.

La paradoja es que nunca había sido tan fácil tener sexo. Gracias a aplicaciones como Tinder —la más popular, pero no la única— existe la posibilidad, al menos teórica, de acceder a un volumen infinito de contactos sexuales, rápidos, geolocalizados y convenientes. La pornografía es moneda corriente —en España los hombres empiezan a consumirla a los 14 años y las mujeres a los 16, según el estudio Nueva pornografía y cambios en las relaciones interpersonales, de la Universidad de las Islas Baleares (2019)—, pero al mismo tiempo, y según los expertos consultados, estamos más aburridos que nunca, con más sexo mecánico que buenos amantes.


La cultura del sexo exprés

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Hace algo más de una década, los expertos empezaron a avistar los primeros signos de hastío en los campus universitarios, donde ya era habitual la práctica del sexo exprés, el llamado casual sex en el mundo anglosajón, el encontronazo casi instantáneo, sin consecuencias y apenas recorrido. El hookup —vocablo anglosajón cercano a nuestro “rollo de una noche”— ya era la norma y no la excepción. En la cultura del hookup todo discurre. La ligereza es la aspiración definitiva. Un contacto se considera exitoso si nadie sale con expectativas, y si ambas partes ejecutan con gracia y soltura los rituales del desapego: no preguntar si habrá una próxima vez, huir sin disimular y coger la puerta demostrando autonomía y poder.


La académica y escritora Donna Frei­tas entrevistó a miles de estudiantes en varias universidades de Estados Unidos para su libro The End of Sex: How Hookup Culture Is Leaving a Generation Unhappy, Sexually, Unfulfilled and Confused about Intimacy (el final del sexo: cómo la cultura del hookup está dejando a una generación infeliz, insatisfecha y confundida sobre su intimidad). Freitas consiguió superar su propia confusión y definir el hookup según tres criterios: uno, involucra alguna forma de intimidad sexual; dos, es breve, puede durar minutos o unas pocas horas; tres, y el más significativo para Freitas, el contacto aspira a ser puramente físico, para conseguirlo ambas partes intentan cortar cualquier comunicación que pueda desencadenar un vínculo emocional. En el libro, Freitas describe cientos de encuentros sexuales entre estudiantes totalmente borrachos. Para la académica, la peor consecuencia de estas prácticas es el aburrimiento. “Genera un sexo insignificante que nadie recuerda, un sexo sin deseo que a nadie le importa. Sexo porque todo el mundo hace lo mismo y sexo solo porque toca”, escribe.


“Es una transacción de servicios”, precisa la socióloga francoisraelí Eva Illouz. Para Illouz, autora a su vez de El fin del amor (Katz, 2021), la cultura del sexo exprés tiene una arista más peligrosa: todos los rituales que servían para interpretar las relaciones han saltado por los aires. “El sexo casual es un guion de la no relación”, escribe. Las conexiones se desarrollan en un marco tan incierto que dejan a todas las partes desconcertadas.


Los rollos de una noche no se inventaron en 2008, por supuesto, pero de repente la tecnología propició un aumento exponencial de su volumen y consolidó la creencia de que siempre habría otra opción, si no mejor, al menos nueva, con el siguiente swipe a la derecha (el gesto de deslizar fotos de posibles ligues en el teléfono). Este “atracón”, según las palabras de la antropóloga Helen Fisher, nos impide concentrarnos y está en el origen del tedio. “El cerebro humano”, explica, “solo es capaz de elegir bien si tiene entre cinco y nueve opciones. A partir de ahí se pierde y empieza a cometer errores”. Con las aplicaciones las opciones se disparan, se presupone que los errores también.


La ‘gamificación’ de las relaciones

Las aplicaciones de citas como Tinder han gamificado las interacciones personales: dar swipe a diestra y siniestra es parte del ocio moderno, muchas veces ni siquiera se pretende quedar con alguien. Y todo sería más divertido si en el mundo analógico se siguiera buscando pareja, pero hay al menos una generación, y más entre los más jóvenes, que considera “raro” ligar fuera del entorno digital. De tal manera han interiorizado que los ligues se preacuerdan vía online, que la mera existencia de las aplicaciones convierte en inapropiado abordar a alguien que te gusta en el mundo físico. Una de las expertas entrevistadas para este reportaje contó la historia de dos chicos que se conocieron en el colegio, se gustaron, pero no fueron capaces de decirse nada hasta que coincidieron en una app. Solo allí se sintieron cómodos para concertar una cita en el bar donde habían coincidido a diario durante los últimos seis meses.


Si en algún punto parecen encontrarse la cultura del hookup, la pornografía y el desinterés por el sexo es en unas prácticas abundantes en volumen, pero burdas y mecánicas. Eva Illouz señala que el sexo casual “debilita las reglas de la reciprocidad” y despoja al compañero de cama de su singularidad, así podrá ser rápidamente descartado y sustituido. Las posibilidades de repetir son tan inciertas que nadie se ocupa demasiado del otro. Es un encuentro unilateral.


Una de las conclusiones del estudio American Hookup: The New Culture of Sex on Campus (Hookup en Estados Unidos: La nueva cultura del sexo en las universidades), de la académica Lisa Wade, es que los hombres son los grandes beneficiados del sexo exprés. “El hookup está diseñado para el orgasmo masculino”, constata Wade. “Todo el contexto de las relaciones neoliberales, marcado por el volumen y la falta de compromiso, favorece a los hombres, les gratifica más”, opina la sexóloga Adriana Royo, autora de Falos y falacias (Arpa Editores). Sin embargo, en su consulta “casi el 100% de los pacientes” se queja de “no sentirse amado o amada”. “Digan lo que digan, buscan algo más: quieren sexo y luego hacer la cucharita. Es muy difícil desligar lo físico de lo emocional”, añade. Helen Fisher apoya esa tesis: “El sexo ocasional nunca es ocasional…, siempre queda algo. Nuestro cerebro busca el vínculo hace 3.000 millones de años y eso la tecnología no lo ha cambiado”.


La sexóloga Ana Sierra cree que el hookup hace muy evidente la brecha orgásmica entre hombres y mujeres heterosexuales: “Tras varios encuentros sexuales rápidos, muchas de ellas suelen creer que son anorgásmicas. Tenemos cuerpos y tiempos distintos, no es cierto que tardemos más en alcanzar el orgasmo, pero los protocolos tradicionales para conseguirlo, léase la penetración, no funcionan para la mayoría de las mujeres”. Sierra llama al hookup “aquí te pillo, aquí te mancillo”. “Las mujeres son menos protagonistas en esta cultura, es normal que sientan más frustración que ellos, que, dicho sea de paso, también salen perdiendo porque se los castra con esos formatos machistas. Ellos también se enamoran, pero su educación a veces no les permite mostrarse vulnerables”, razona.



Nadie quiere parecer débil. Ellas también se esfuerzan para ocultar su vulnerabilidad. “Si el sexo casual ha devenido una impronta de la política feminista”, dice Illouz en su libro, “es porque remeda el poder masculino a través del desapego emocional y la ausencia de expectativas que brindan sensación de poder y autonomía”. El empoderamiento por mandato social puede ser visto por algunas mujeres como una nueva esclavitud. “Las veo en mi consulta, temerosas de construir una relación y mostrarse vulnerables. Es una libertad opresiva. Sometidas todo el tiempo a estar empoderadas”, reflexiona Royo.


En otros tiempos el sexo se aprendía. Los adolescentes se entrenaban entre sí, crecían juntos personal y sexualmente. Pero en los encuentros esporádicos, suele haber poco tiempo para la pedagogía y es fácil que acabe siendo sexo de mala calidad. A ello se suma que algunos vienen de casa con sus referencias bien puestas tras muchas horas de porno. “Tengo chicos en mi consulta frustrados porque no tienen las erecciones espectaculares que ven en la pornografía. Es una primera referencia sexual que no ayuda porque no es realista”, comenta una psicoterapeuta de Madrid que prefiere no identificarse. Javier Sogue, estudiante de Medicina de 22 años, no niega la mayor, pero se defiende: “Ellas también imitan a las actrices porno”.


Modelar el desempeño sexual a través de lo que se ve en una pantalla puede conducir al spectatoring, un término anglosajón que describe la hiperatención a cómo uno mismo luce y suena durante el acto sexual, convertido en espectador de su propio coito. Una conducta que desde los años cincuenta se asocia a la disfunción sexual. Adriana Royo describe así una semana de vida sexual de una de sus pacientes de 29 años: “De cinco, uno. A tres no se les levantaba y el cuarto se quedó dormido”. “Ellas y ellos ven demasiado porno. Esperan tener unos orgasmos sonadísimos solo con la penetración y eso no va a suceder, falta educación sexual”, dice Royo.


Hacia el heteropesimismo


El desconcierto afecta sobre todo a los heterosexuales. En este caldo de cultivo ha nacido un nuevo término en el mundo académico: el heteropesimismo. Fue acuñado en 2019 por Asa Seresin, estudiante de doctorado de la Universidad de Pensilvania, para definir la frustración heterosexual ante los reiterados fracasos y malas experiencias. Heteropesimistas son los que piensan, y de vez en cuando formulan en voz alta, que su vida sería mejor si tuvieran otra orientación sexual. Ese mismo año el término entró en el Urban Dictionary como “la actitud negativa o de vergüenza hacia la propia heterosexualidad”.


Quejarse por la mala fortuna de ser heterosexual no es que sea un pesar nuevo. En su libro Reinventar el amor (Paidós, 2022), la ensayista y periodista Mona Chollet cita un artículo de Emmanuèle de Lesseps publicado en 1980 en la revista Questions Féministes: “Hace unos días conversaba con una feminista, y le pregunté si se definía como heterosexual. ¡Por desgracia, sí!, me contestó”. Para los expertos, la especificidad del heteropesimismo del siglo XXI es que la queja no aspira a ser resuelta, se mueve en una zona gris entre el meme y el activismo, y persiste a pesar de los cambios sociales y las olas feministas.


Seresin considera que se trata de un fenómeno de “sentimientos y emociones” intensificado con la crítica feminista al patriarcado, la crítica queer a la heterosexualidad y con los factores económicos que dificultan el acceso a la propiedad, al matrimonio y a tener hijos —que hacen menos atractivo el modelo de familia nuclear—.


Justamente otra académica de la Universidad de California, Jane Ward, ha creado el término seudoheterosexuales para definir a los hombres hetero que utilizan a las mujeres para impresionar a otros hombres, o a los que solo buscan “gratificación narcisista”. Lo hace en el libro The Tragedy of Heterosexuality (la tragedia de la heterosexualidad, 2020), desde donde no propone destruir la heterosexualidad, sino actualizarla. Ward, profesora de Estudios de Sexualidad y Género, reclama una “heterosexualidad profunda”: actualizar la heterosexualidad para liberarla de las estructuras patriarcales y así vivir su orientación sexual con todo su potencial, aprendiendo el funcionamiento del cuerpo y la sexualidad de las mujeres, disfrutando de mujeres más diversas y no solo de las que encajan en el canon normativo e interesándose realmente por los logros y las aspiraciones vitales y profesionales de sus parejas.


¿Qué buscan ahora los que aún buscan algo?, se pregunta en estos días Helen ­Fisher en sus trabajos académicos. Según sus encuestas, seguridad financiera y madurez emocional. En sus pesquisas solo el 11% de los solteros no estaba interesado en una relación duradera. “La estabilidad es el nuevo sexo”, constata la antropóloga. God save the Queen!