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¡¡Libertad para representar!!

JOSÉ LUIS PARDO


27 JUN 2020 - 

Bajo uno de los retratos de Walter Scott en la Galería Nacional de Edimburgo cuelga desde hace poco un aviso: su visión de Escocia estaba nublada por tintes románticos y muy alejada de la realidad. Como si bajo el (supuesto) retrato de Cervantes pintado por Jáuregui se advirtiera que los gigantes que Don Quijote creyó ver en La Mancha eran simples molinos de viento. Julio Camba decía (en broma) que ciertos discos deberían llevar un cartel como el que aparece en las cajetillas de tabaco: “Peligro. Contiene música romántica”. Pero hoy (en serio), la HBO va a añadir una explicación a Lo que el viento se llevó, y Disney ya ha creado la etiqueta “este programa puede contener representaciones culturales obsoletas”: el tipo de mensaje que se inserta en las llamadas (reflexiónese un momento sobre la denominación) “películas para adultos”. ¿Qué les ha pasado a los espectadores contemporáneos para que se hayan vuelto repentinamente tan menores de edad que haya que tutelarles para evitar que se lastimen?

Si pudiéramos dividir el mundo en realidades (como un niño, un caballo o un dolor de muelas) y representaciones (como un dibujo, una novela o una fotografía), habría que decir que la inmensa mayoría de lo que llamamos “arte” pertenece a la segunda categoría, aunque obviamente no toda representación es una obra de arte. Incluso aquellas obras de arte que deliberadamente cuestionan su carácter representativo, precisamente por ello son representaciones frustradas, defectivas o fallidas, pero representaciones al fin y al cabo.

Ambas categorías están íntimamente relacionadas, ya que las representaciones son representaciones de realidades. Ninguna representación puede serlo de toda la realidad, ni siquiera de todos los aspectos y dimensiones de una realidad singular elegida a tal efecto, puesto que, como dijo una vez Ortega y Gasset, la realidad se distingue del mito porque, a diferencia de este último, ella nunca está del todo acabada.




Pero, aunque la realidad no pueda estar nunca entera en su representación, sí que está en ella más o menos parcialmente en cuanto representada. Por lo cual, no tiene nada de particular que, si la realidad incluye datos como el racismo, el sexismo, la corrupción institucionalizada, la explotación económica o el avasallamiento político, estos datos pasen también a formar parte de la representación, incluso y en concreto cuando se trata de una representación artística. Es decir, que la función de la obra de arte no es proyectar una imagen de la realidad depurada de los factores que pudieran considerarse injustos o escandalosos.

No hace falta decir, pues, que quien se sienta moralmente incómodo con respecto al racismo, al sexismo, a la corrupción institucionalizada, a la explotación o al autoritarismo, ha de aplicarse a intentar cambiar la realidad que se caracteriza por esos rasgos. Lo cual, como la historia nos enseña sobradamente, a menudo, es, además de largo y difícil, muy costoso desde el punto de vista de sufrimiento personal y colectivo. Intentar cambiar las representaciones (y, en concreto, las representaciones artísticas más señaladas) en el sentido recién evocado de alterarlas o explicarlas para perfeccionarlas moralmente es más fácil y puede ser más rentable desde el punto de vista de negocio. Pero, además de totalmente ineficaz a efectos de mejorar la realidad, resulta contraproducente e injusto.

En primer lugar, es injusto culpar a la representación o al representante de los defectos inherentes a lo representado, como lo es el cliente que recrimina a su retratista el haber pintado la barriga o la verruga que efectivamente tiene. Sin duda, cuando el retrato se hace por encargo expreso del cliente y enteramente a su costa, quien paga tiene derecho a exigir retoques, pero, por una parte, eso no hará desaparecer las verrugas ni las barrigas, y por otra, lo que sí desaparecerá entonces será la autonomía del artista, como desaparecería la de un científico que retocase sus descubrimientos a las órdenes de sus patrocinadores o la de un periodista que reescribiese las noticias a instancias de los accionistas de su periódico.

En segundo lugar, cuando quienes se afanan en mejorar la representación de la realidad y no la propia realidad son precisamente aquellas organizaciones políticas cuya pretensión confesa es la de reducir las desigualdades sociales, se podría interpretar que tal desplazamiento significa que se han dado por vencidas en su lucha por transformar la realidad y que, para evitar que esta desagradable noticia llegue a los oídos de sus votantes (y se vea, por así decirlo, la viga que llevan en sus ojos), aumentan energuménicamente los decibelios de su protesta contra la representación (la paja en el ojo ajeno), que sin duda es mucho más fácil de transformar, aunque esa transformación no afecta para nada a la realidad ni, por tanto, contribuye en lo más mínimo a reducir las desigualdades, puesto que la representación no es la causa de la injusticia, sino la injusticia la causa de la representación.




Rasgarse las vestiduras ante el racismo, el sexismo, la corrupción institucionalizada, la explotación o el autoritarismo contenidos en las representaciones artísticas no solamente es mucho más barato que luchar contra las realidades representadas —como es más cómodo luchar contra la esclavitud cuando ya ha sido abolida que cuando estaba vigente y luchar contra el racismo norteamericano en España que en Norteamérica—, sino que, en lugar de servir para mejorar la realidad, únicamente contribuye a revestir al que protesta airado de una falsa apariencia de virtud que se agota en su mismo griterío y que desaparece una vez acallado este (razón por la cual se procura gritar sin parar).

Por último, esta política cultural atenta contra la libertad de expresión, que forma parte del corpus de libertades civiles que constituyen los derechos fundamentales de las democracias parlamentarias contemporáneas, y que en el terreno del arte se convierte en libertad de creación del artista y en libertad de juicio crítico del espectador. Pensar que es en algún sentido “progresista” forzar al artista a someterse al servicio de ciertas causas políticas (por nobles que aparentemente sean) o sustituir la crítica por un comisariado moral (aunque sus fines sean muy elevados) y tratar a los espectadores como menores de edad no sólo es, una vez más, equivocarse de enemigo —pues este reside en la realidad, no en la representación—, sino además dar la razón a quienes, a lo largo de la historia y durante siglos, por estar interesados en vender el mito de una realidad perfectamente acabada, pusieron el trabajo del artista al servicio del culto religioso o de la propaganda política, y persiguieron, censuraron, condenaron e incluso ejecutaron a quienes exigían libertad para representar el mundo; y ello aunque hoy esta condena se cumpla a menudo según el deseo manifiesto de algunos artistas, igual que Bujarin estuvo de acuerdo con los verdugos que lo ejecutaron en los procesos de Moscú.

No conviene olvidar que la dictadura de los justos (expresión que ya es una contradicción en los términos) es tan dictadura —o sea, tan mala— como la de los bribones.

José Luis Pardo es escritor.

¿Por qué no puede haber creatidigitalización?

La revolución no será digital

Aunque las herramientas creativas y la edición son hoy más accesibles que nunca, las condiciones que necesita un artista para poder desarrollar su visión y su talento están desapareciendo. Una persona que nunca está suficiente tiempo a solas, que nunca tiene ocasión de buscar a tientas en la oscuridad para encontrar una voz propia, poco podrá desarrollar aparte de la pasión por retuitear la cháchara y las opiniones de otros. El arte exige introspección.
Con sus promesas de entretenimiento y camaradería sin fin, el utopismo digital sigue arrastrándonos hacia el fondo de unas aguas cada vez más oscuras. ¿Hasta dónde nos vamos a hundir? ¿Cuánto de nuestras vidas y nuestra cultura vamos a entregar a nuestros nuevos señores digitales? Y, si le contamos todo a la Red, si no nos reservamos lo que amamos o lo que aún no está maduro, ¿qué nos impide confiar en esa Red más que en nosotros mismos? ¿Qué necesidad tenemos de intimidad?

Esta búsqueda de una conexión continua con la Red es la que impulsa la innovación. El smartphone es un dispositivo prehistórico en comparación con el futuro de unas superficies invisibles diseñadas para mantenernos conectados sin esfuerzo en todo momento. Y, si bien la conectividad constante puede representar la cúspide del progreso para los Gobiernos y las empresas, ¿cómo influirá en las artes y las letras? Pensamos que la innovación y el talento están relacionados con la libertad de pensamiento, pero ¿qué libertad hay si la mente colmena está observándonos siempre, si todos nuestros clics están vigilados, si nuestros pensamientos y nuestras emociones están controlados por algoritmos que nos conocen mejor que nosotros mismos? Las democracias se definen por aquellos que luchan a favor de la libertad. Por eso la revolución no se digitalizará.
Antes estaba más claro dónde terminaba el mercado y empezaban nuestras vidas personales. Aunque la historia está muy familiarizada con el autoritarismo, hubo un tiempo en el que la idea del dominio total de las corporaciones pertenecía al ámbito de las teorías de la conspiración y la ciencia ficción. Incluso en los peores momentos del capitalismo, suponíamos que el alcance del libre mercado tenía unos límites. Nunca habríamos podido imaginar que el mercado iba a acabar penetrando en todos los rincones de nuestras vidas. En nuestros hogares, nuestras universidades, nuestros venerados museos y bibliotecas, nuestros parques y aceras, los bosques, incluso el mar abierto; qué difícil se ha vuelto huir de los fríos brazos del comercio.

En este instante, millones de personas están confesando a sus dispositivos su miedo a envejecer y morir, y los dispositivos reaccionan ofreciendo música y descuentos. Hemos traspasado el umbral del absurdo y llegado a un momento crítico en el que tenemos que identificar qué partes de nuestra vida y nuestra cultura deben permanecer fuera de la Red, desconectadas del peligroso pensamiento colectivo y alejadas de las ignorantes perturbaciones que causa el capital de las tecnológicas.
Hace varios años, mis colegas y yo decidimos crear Analog Sea, una editorial y un instituto al margen de la Red. Defendemos el derecho de los seres humanos a desconectarse. Internet es una herramienta espectacular, pero creemos que es indispensable una cultura desconectada. Es primordial proteger la palabra impresa, así como los espacios físicos vitales en los que los humanos se miran a los ojos, en los que el diálogo civilizado y la total atención son prioritarios y las reflexiones y la imaginación tienen margen para vagar y deambular. Se trata de medidas imprescindibles para contrarrestar la locura pixelada que está apoderándose de nuestro mundo. Más que amigos sin rostro y memes virales, lo que necesitamos con urgencia son comunidades humanas llenas de empuje.
Nuestro trabajo en Analog Sea consiste en una misión de búsqueda y rescate para encontrar un tipo especial de persona, una especie en peligro, pero crucial para proteger la verdad y la belleza durante una nueva era oscurantista. Buscamos y cultivamos a quienes piensan que las raíces de la vida están firmemente plantadas en el mundo real, sin las ataduras de Internet y su goteo incesante de ruido y espectáculo. Queremos inspirar a los artistas, escritores y filósofos que mantienen nuestra capacidad colectiva de soñar. Una sociedad que no puede soñar carece de la imaginación necesaria para saber cómo es la libertad. Si eliminamos a los soñadores, la sociedad cae demasiado fácilmente en la trampa del fascismo y la guerra. Necesitamos desesperadamente la fuerza para soñar y a los artistas y pensadores para enseñarnos cómo.
De Jonathan Simons. Publicado en El País el 8 de marzo de 2020.

museoconsumo

Esta proliferación de obras de arte como signos identificables es parte del proceso general de abstracción y desmaterialización del valor en el capitalismo contemporáneo. En la esfera del museo barroco-financiero las obras no son consideradas por su capacidad para cuestionar los modos habituales de percibir y conocer, sino más bien por su intercambiabilidad sin fin. El arte se intercambia por signos y dinero no por experiencia o subjetividad. Aquí el signo consumible, su valor económico y mediático, se emancipa de la obra de arte, la posee, la vacía, la devora y, por decirlo con Benjamín, la destruye. Este es un museo en el que el arte como significante disidente, el espacio público y el público como agente crítico han muerto. Dejemos de llamarlo museo y llamémoslo necromuseo. Un archivo de destrucción de nuestra historia global.

Si queremos salvar el museo quizás tengamos que paradójicamente, elegir la ruina pública frente a la rentabilidad privada. Y si no es posible, entonces quizás haya llegado el momento de ocupar colectivamente el museo, vaciarlo de deuda y hacer barricadas de sentido. Apagar las luces para que, sin posibilidad alguna de espectáculo, el museo pueda empezar a funcionar como un parlamento de otra sensibilidad.



De la página 147,del libro Un apartamento en Urano. Paul B. Preciado. Editorial Anagrama.

Notre Dame de las ruinas (Paul B. Preciado): vs La inutilidad mas necesaria (Rosa Montero)

Dos opiniones  sobre un mismo hecho.

Notre Dame de las ruinas.

“Es una nave espacial. Una tecnología astronómica diseñada para medir el poder de la luz y de la sombra. Una máquina arquitectónica hecha para volar y llevar nuestras almas y nuestros sueños más allá de la Tierra”, me había dicho un día el artista Alejandro Jodorowsky hablando ensimismado sobre Notre Dame. Mirando la catedral desde atrás, Jodorowsky había comparado los contrafuertes a los brazos de una lanzadera que debían abrirse un día para dejar que la nave se alzara hacia el cielo. Entonces me había costado entender su teoría. Pero, de repente, estábamos allí, junto a otros cientos de personas posadas boquiabiertas sobre el puente de l’Archevêque, como si la isla de Saint Louis se hubiera convertido en cabo Cañaveral, viendo como la nave Notre Dame se alzaba utilizando sus propias vigas de madera como motor de combustión y como la flecha se desmaterializaba para transformarse en un tubo de propulsión a través del que eran lanzados a la atmósfera exterior los últimos vestigios del alma humana. Poco después del lanzamiento, la flecha se vino abajo como un Challenger que hubiera caído otra vez sobre la tierra tan solo 73 segundos después del despegue.

Rápidamente, sobre todas las pantallas, se sucedieron 1.001 imágenes diferentes, como si la catedral estuviera mutando bajo el efecto de la fusión del plomo y la madera. Las dos torres de Notre Dame se metamorfosearon en versiones medievales de las torres gemelas y la catedral misma fue vista como un nuevo World Trade Center mariano. Se dijo que era la civilización europea la que estaba siendo devorada por el fuego. La cruzada había alcanzado el corazón del reino. Las masas cristianas se arrodillaban en las calles parisinas mirando la radiación roja creciendo frente ellos como una transfiguración del cuerpo de la Virgen. La madre de Cristo ardía como habían ardido los arbustos frente a Moisés en el desierto para devolver a Europa la fe perdida. Los beatos tuiteaban con una mano y con la otra rezaban el rosario. Facebook explotaba de likes.




La chispa que encendió el fuego, dijeron, venía de mayo del 68. Algunos se arrodillaban y cantaban: "Con flores a María, con flores a porfía". Otros dijeron, al contrario, que el fuego era el castigo divino que caía sobre la Iglesia por haber encubierto cientos de miles de agresiones sexuales durante años. Se dijo que Satanás mismo en forma de llama estaba follándose a la madre Iglesia y que a ésta le estaba gustando. Se dijo que era la Virgen misma, caliente como una mecha y harta de ser violada por la Iglesia, la que ardía de deseo de acabar con sus opresores. Otros vieron en la caída de la flecha un signo de crítica al falocentrismo eclesiástico. Afirmaron que la flecha era un dildo ardiendo clavándose en el mismísimo ano de la Iglesia. Hubo incluso quien vio a la Virgen en llamas y a los bomberos eyaculando sobre su cuerpo. Los beatos se persignaban y se hacían selfies con la catedral de fondo. Algunos, al fotografiar la imagen de la catedral ardiendo, vieron en ella un resplandor denso idéntico al de un agujero negro. Otros dijeron que era el ojo de Sauron. Los más utópicos afirmaron que Notre Dame había querido vestirse frente al mundo con un chaleco amarillo incandescente.
No se había apagado todavía el fuego que, en medio de una lluvia ardiente de tuits, aparecieron los poderes eclesiásticos y políticos para comentar la parrillada en directo. El arzobispo de París afirmó que la que se quemaba era la casa de todos. No sabíamos que era la casa de todos, visto que hay cada noche miles de vagabundos que duermen en la calle y que los refugiados son expulsados constantemente de la ciudad. Pensábamos que era la casa del Opus Dei y del turismo. Los representantes políticos coincidieron en afirmar que la catedral era el lugar más visitado de París. La joya de la industria turística parisina estaba siendo transformada en escoria. Y entonces, como en una escena de ópera con decorado a escala real, surgió la figura del jefe del Estado, ahora ya descargado de la preocupación de hablar de los pequeños resultados del Gran Debate. Es una pena que el presidente no sepa cantar también como lo hacen los devotos puesto que sus palabras parecieron un himno nacional-católico. Allí, delante mismo de una catedral envuelta todavía en llamas, afirmó, lo oímos todos: "la reconstruiremos". El fuego era aún tan intenso sobre su cabeza que podrían hacérsele quemado algunos pelos. Antes de que se hubiera apagado el fuego, el jefe del Estado ya había decretado la reconstrucción, anunciado un llamamiento nacional a la donación y una exención de impuestos para los ricos donadores.
La quema y reconstrucción de Notre Dame era la mejor de las medidas políticas jamás anunciadas por el joven rey. Su primera medida verdaderamente convergente y nacional. No tardaron en afluir los euros como esclavos de Cristo y soldados patrióticos a rehacer el cuerpo de la madre: no habían apagado todavía el último fuego cuando las arcas del estado ya contaban casi 850 millones de euros. Una sola de estas donaciones hubiera bastado para construir un techo seguro para los vagabundos de París o para erigir una ciudad en la Jungla de Calais para acoger a los refugiados. Una sola de estas donaciones serviría para parar la masacre del Mediterráneo o acabar con la sangría de las clases trabajadoras. Pero no, es mejor, afirma el presidente, reconstruir Notre Dame, si es posible en 5 años, como los juegos olímpicos, y que no lo hagan los artesanos locales, que se haga un llamamiento internacional, que vengan las corporaciones arquitectónicas y que hagan con los euros una brillante pira financiera.

Al día siguiente, la catedral, aún humeante, amanecía más bella que nunca. La nave abierta y repleta de cenizas constituía un monumento iconoclasta a la historia cultural de Occidente. Una obra de arte no es obra de arte si no puede ser destruida y, por tanto, añorada, imaginada, fantaseada. Si no puede existir en la memoria y en el deseo colectivos. ¿Acaso aquellos que hablan de reconstrucción antes de apagar el fuego no pueden esperar ni un segundo a hacer el duelo? Destructores del planeta y aniquiladores de la vida, construimos sobre nuestras propias ruinas ecológicas. Por eso nos da miedo mirar Notre Dame en ruinas. Es preciso, contra el frente restaurador crear un frente para defender Notre Dame de las Ruinas.
No reconstruyamos Notre Dame. Honremos el bosque quemado y la piedra oscura. Hagamos de sus ruinas un monumento punk, el último de un mundo que acaba y el primero de otro mundo que comienza.
Notre Dame de los ricos, ruega por nosotros. Notre Dame de la violación, ruega por nosotros. Notre Dame del Antropoceno, ruega por nosotros. Notre Dame del capitalismo, ruega por nosotros. Notre Dame del patriarcado, ruega por nosotros. Notre Dame del turismo, ruega por nosotros. Notre Dame de la evasión fiscal, ruega por nosotros. Notre Dame de la corrupción política, ruega por nosotros. Notre Dame de la extinción ecológica, ruega por nosotros…
Paul B. Preciado es escritor. 
Publicado el 22 de abril de 2019 en El País.

VS

La inutilidad más necesaria.


Por una des esas curiosas coincidencias, mientras ardía Notre Dame yo estaba leyendo un libro sobre otro incendio devorador de bienes culturales: La biblioteca en llamas de Susan Orlean, un interesante texto que cuenta cómo un pirómano prendió fuego a la Biblioteca Central de Los Ángeles (EE UU) en abril de 1986. Cuatrocientos mil libros se carbonizaron, y setecientos mil más quedaron gravemente dañados por el humo y el agua. También desaparecieron todos los manuscritos sin encuadernar del departamento de Ciencias y cinco millones y medio de patentes registradas desde 1799, con dibujos y descripciones. La hoguera arrancó un bocado del patrimonio común y se llevó para siempre un pedacito de lo que somos. Porque el arte y el conocimiento nos pertenecen a todos.
Hubiera podido ser mucho peor. Podría haberse colapsado el edificio entero. Se temió lo mismo en Notre Dame y, si no sucedió, fue, en ambos casos, gracias a la heroicidad de los bomberos. En la biblioteca se metieron en los almacenes, verdaderas chimeneas de hormigón, y consiguieron así detener la catástrofe, aunque cincuenta bomberos resultaron heridos por el fuego o el humo. En Notre Dame, por fortuna, sólo hubo tres heridos leves. Pero diez hombres subieron a las torres, asumiendo un riesgo consentido, mientras el monstruo del fuego aullaba y siseaba. Ellos salvaron la fachada.
Interior de la Catedral de León

Pienso ahora en esas personas que, en Los Ángeles y en París, aceptaron la aterradora posibilidad de achicharrarse vivos, y me fascina que hicieran tal proeza no para rescatar a sus hijos, a sus conciudadanos, a personas chillando de dolor y miedo, sino para proteger un puñado de libros viejos y unas cuantas piedras medievales. Durante la ocupación de París por los nazis, las mejores piezas del Louvre fueron escondidas para evitar el expolio. Un conservador del museo se llevó La Gioconda a su casa, y allí la mantuvo oculta con evidente riesgo de su vida. Mientras a su alrededor el mundo se colapsaba y morían millones de personas, ese hombre dedicó su existencia a proteger una tabla vetusta manchada con pigmentos arcaicos. Y, sin embargo, le entendemos bien, y su compromiso nos emociona.
Emoción, esa es la palabra. Cuánto dolor produjo en casi todo el mundo la devastación de Notre Dame. Como si nos hubieran dañado algo nuestro. Algo esencial que nos permite vivir. Siempre me ha conmovido la necesidad que el ser humano tiene de la belleza. Hace ocho mil años, los trogloditas ya decoraban minuciosamente sus humildes cerámicas; en el Polo Norte gélido, los inuit han vivido en las condiciones más duras del planeta, sin árboles, sin tierra utilizable, sin apenas comida, pero desarrollaron un arte fabuloso tallando los huesos de las focas. Y no hay nadie más estúpido que un explorador inglés del XIX riéndose de los pueblos mal llamados primitivos porque adoraban las baratas cuentas de colores que les daba, sin advertir que ese amor por los preciosos vidrios era la prueba de su valía como humanos. Esa emoción estética es lo mejor que somos. La belleza es la inutilidad más necesaria que existe.
Y es una estética que implica una ética. “A la libertad se llega por la belleza”, decía el poeta romántico Friedrich Schiller, y me parece que le entiendo. Creo firmemente que la fealdad obscena de las zonas marginales favorece la violencia, mientras que lo hermoso nos rescata de nuestras propias miserias, permitiéndonos soñar con ser mejores. Eso le ocurrió a Droctulft, el bárbaro longobardo que, en el siglo VI, descendió sobre Italia junto a sus feroces compañeros arrasándolo todo como un viento de fuego (he aquí otro tipo de incendio). Pero al llegar a Rávena el joven guerrero quedó tan deslumbrado que, volviéndose contra sus amigos, defendió la ciudad hasta morir. Droctulft logró ver que había una realidad mucho más grande que su pequeño mundo de hierro, sangre y barro; murió para salvar Rávena, porque sabía que ese tesoro también le pertenecía a él y a sus camaradas. Cuanto mayor soy, mejor voy entendiendo (como Droctulft) que la belleza es la genuina esencia del ser humano. Ya lo dijo otro romántico, John Keats: “La belleza es verdad y la verdad belleza / Nada más / se sabe en esta tierra / y no más hace falta”.
Publicado el 5 de mayo de 2019 en El País.
Rosa Montero es columnista de El País.