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Diferencia entre Nacionalismo y autodeterminación

Cataluña y el derecho a la autodeterminación
Al día siguiente del mensaje navideño del Rey, el presidente de la Generalitat, Quim  Torra, aludió al mismo: “Ayer oíamos que Cataluña era una seria preocupación. No, lo que es una seria preocupación es el Estado español en Europa. Un Estado que vulnera los derechos humanos, que incumple las resoluciones de los tribunales de justicia europeos y que niega a los catalanes su derecho inalienable a ejercer la autodeterminación”.Naturalmente, todas estas acusaciones son un disparate sin fundamento alguno aunque por razones de espacio no vamos a refutarlas. Solo pondré en cuestión el último inciso, que he destacado en cursiva: ¿Cataluña tiene derecho a la autodeterminación?
El separatismo catalán reivindicaba hace unos años el “derecho a decidir” de Cataluña pero en los últimos años, con Puigdemont y Torra, se ha recuperado la terminología clásica: dicen pretender ejercer el “derecho de autodeterminación”. ¿Por qué este cambio?
Probablemente por la inconsistencia teórica del concepto “derecho a decidir”, una improvisada invención española de los últimos años, primero del nacionalismo vasco y luego del catalán, sin ningún arraigo más allá de nuestras fronteras ni reconocimiento alguno en el derecho interno de ningún país y tampoco en el derecho internacional. Sin embargo, la utilización del término derecho de autodeterminación ofrece todavía más problemas, tiene un encaje jurídico mucho más difícil. Precisamente para eludirlo los nacionalistas catalanes optaron por el confuso, e infundado, derecho a decidir.
El problema obvio para que el derecho de autodeterminación le sea reconocido a Cataluña es que no reúne, ni de lejos, las condiciones que le permitirían invocarlo. Ir por el mundo reclamándolo es hacer el ridículo, ningún Estado atenderá las peticiones del Gobierno catalán porque éste confunde y mezcla dos conceptos muy diferentes: el principio de las nacionalidades y el derecho de autodeterminación. Veamos ambos conceptos y llegaremos a la conclusión de que su naturaleza es distinta: uno es ideológico y el otro jurídico.
El principio de las nacionalidades es común a los movimientos nacionalistas que se iniciaron a principios del siglo XIX. Su formulación es muy sencilla: toda “nación identitaria” tiene derecho a dotarse de un Estado independiente y soberano. Por nación identitaria —en contraposición a nación jurídico-política— se entiende aquel pueblo que está determinado por elementos que se pretenden objetivos, por ejemplo, entre los más habituales, la lengua, la historia, la religión, la raza, la cultura, la tradición o las costumbres. De acuerdo con este concepto, todos o algunos de estos elementos configuran una “identidad colectiva” al establecer un vínculo sentimental entre sus habitantes. Según el principio de las nacionalidades, este tipo de nación tiene derecho a constituirse en Estado y debe ser reconocido como sujeto de derecho dentro del concierto de los demás Estados que constituyen la comunidad internacional.
Esta conversión de las naciones identitarias en Estados, más o menos factible al desintegrarse los imperios (por ejemplo, el alemán, el austrohúngaro y el otomano tras la I Guerra Mundial), ofrece numerosas dificultades prácticas cuando se pretende ejercer dentro de Estados ya constituidos al dar lugar a peligrosos conflictos que frecuentemente, si no se llega a acuerdos, se resuelven mediante el empleo de la violencia física, normalmente militar.
Tras las dos sangrientas guerras mundiales, un objetivo básico del nuevo derecho internacional, cuyo origen está en la Carta de las Naciones Unidas de 1945, fue reafirmar como elemento básico para la convivencia pacífica el principio de integridad territorial de los Estados. Lo que pretendía este derecho internacional era conseguir la paz y la seguridad entre las naciones mediante las reglas del Estado de derecho y la garantía de los derechos humanos. Por esta razón establecía como fundamental el principio de integridad territorial de cada Estado ya constituido, admitiendo, sin embargo, como excepción y por justificadas razones, el derecho de autodeterminación de uno de sus territorios.
¿Cuáles eran estas razones excepcionales por las que se legitimaba el ejercicio de este derecho a la autodeterminación? La negación o desigualdad en la titularidad y ejercicio de los derechos humanos y las libertades fundamentales entre los miembros de una parte del Estado. En ningún caso, en ninguno, el fundamento del derecho a la autodeterminación se ha justificado por una (supuesta) “identidad nacional” sino siempre, siempre, en la discriminación entre ciudadanos, es decir, en la desigualdad de derechos fundamentales entre sus habitantes.
En definitiva, en el derecho internacional, son sujetos del derecho de autodeterminación aquellos miembros de un Estado residentes en un territorio determinado cuyos derechos sean distintos y de peor condición al de aquellos otros que habitan en otras partes del mismo Estado. Es el caso de los miembros de los pueblos coloniales respecto de los de la metrópoli.
Pongamos un ejemplo, ya lejano en el tiempo, entre los muchos que podríamos traer a colación. Los habitantes nativos de Kenia cuando esta era una colonia británica tuvieron derecho a la autodeterminación, y lo ejercieron, porque sus derechos no eran equiparables a los de los ingleses, las leyes por las que se regían unos y otros —todas aprobadas por el Parlamento británico— eran muy distintas y discriminaban claramente a los keniatas. Lo relevante no era que Kenia fuera una nación identitaria —por razón de raza, idioma, cultura o religión— sino que los colonizados keniatas no tenían ni mucho menos los mismos derechos que los metropolitanos británicos.
Esta es la base jurídica del derecho de autodeterminación, como hemos dicho una excepción al principio de integridad territorial. Este último, ya implícito o vagamente expresado en normas internacionales anteriores, está reconocido expresamente en el punto 6 de la muy trascendente Resolución 1514 (1960) de la Asamblea General de la ONU, denominada comúnmente Carta Magna de la Descolonización: “Todo intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de la Carta de Naciones Unidas”.
En España se habla con frivolidad y desconocimiento del derecho a la autodeterminación. Unos, como Pablo Iglesias y su partido, lo utilizan en el sentido leninista; otros, como es el caso de los independentistas catalanes —sean los de Torra o los de Junqueras— lo confunden con el principio ideológico de las nacionalidades. En el derecho internacional vigente —al que están sujetos los actuales Estados— el derecho a la autodeterminación es una excepción al de unidad e integridad territorial de los Estados solo aplicable por motivos de desigualdad de derechos, de discriminación entre ciudadanos, no por razones identitarias de tipo ideológico.
Así pues, tanto unos como otros, lasciate ogni speranza: Cataluña no tiene derecho a la autodeterminación.
Francesc de Carreras es profesor de Derecho Constitucional y fundador de Ciudadanos.
Publicado en El País el 8 de enero de 2020.

Calalunya y/o Cataluña


Federalismo o catalanismo

Ha dicho el presidente González que la única salida seria de nuestra crisis política pasa por la federalización del país. Es algo con lo que tiendo a estar de acuerdo, bien entendido que —en la sintética fórmula de Joaquim Coll— no es lo mismo federalizar España que  de afederar España a Cataluña. Se trata de un equívoco frecuente que proviene, a mi entender, del hecho de que en democracia el federalismo se ha querido vender a los españoles amalgamado con otra doctrina, el catalanismo, con la que hay razones para pensar que ha llegado a ser incompatible. Corro a explicarme.

Existe en Cataluña la creencia convencional de que el catalanismo es algo distinto del nacionalismo catalán, y que por tanto puede ser lugar de encuentro de catalanes nacionalistas y no nacionalistas. Siempre he creído que esta tesis es falsa, lo sepan o no sus proponentes. La praxis de los gobiernos tripartitos liderados por el PSC en nada se distinguió de la nacionalista ortodoxa: presentar a Cataluña como una sociedad agraviada a la que el Estado siempre debe algo. Se logra así instalar a los catalanes en una frustración colectiva autoinducida: en lugar de vivir sin agobios su doble condición de español y catalán, a través de su educación catalanista el catalán vive su parte española como algo problemático y necesitado de permanente revisión, lo que pudo tener sentido en el pasado pero no en la España democrática del 78. Tras haber creado el malestar que denuncia, el catalanismo se presenta como su remedio, sin reparar en que, como en los trastornos que los médicos llaman facticios, los síntomas son reales pero la enfermedad no.
Desde esta actitud hipocondriaca y recelosa no puede construirse la identidad dual, resuelta y robusta, necesaria para producir una lealtad federal, del tipo que acepta sin problemas que una parte del poder se ejerce por uno mismo (self rule) y otra en común (shared rule). Esto se ve bien en el hecho de que los federalistas de tipo catalanista jamás informan de los poderes que desean que retenga el nivel federal; los quieren todos para ellos. Recordemos que Pasqual Maragall ya presumió de que el Estatut hacía la presencia del Estado en Cataluña “residual”. Muy bien, pero eso no es federalismo, como tampoco la ofuscada negativa a que en Cataluña se pueda estudiar en ambas lenguas.
Tengo amigos catalanistas con los que discuto estas cosas. Han sido opositores del procés, pero son la excepción. Lo normal ha sido pasar del catalanismo al independentismo. Parece lógico, porque es difícil hacer construcción nacional sin que la gente te pida un Estado independiente. Yo llevaría a gala en mi biografía un pasado catalanista. Fue militancia en otro tiempo necesaria. Pero el espíritu que trajo el autogobierno no es el mismo que se precisa para traer la España federal y pluralista: las comunidades de referencia son distintas; en un caso Cataluña, en otro España como comunidad ampliada.
Publicado el 9 de abril.

Pluralismo o plurinacionalidad



En un artículo reciente (Federalismo o catalanismo, 16 de mayo 2019) intenté explicar por qué federalismo y catalanismo, que en el zoco español se venden emparejados como cerezas, son en realidad doctrinas inconciliables que apuntan a metas opuestas. La clave de la incompatibilidad es: el federalismo, por definición, promueve un equilibrio entre los poderes del gobierno federal y los del gobierno federado, entre el shared y el self rule; el catalanismo, en cambio, y se nos repite constantemente, aspira al refuerzo indefinido del autogobierno de Cataluña, que en buena lógica tenderá a dejar sin margen al gobierno federal para intervenir en esa parte del territorio. Bajo esta divergencia programática late una disonancia profunda: el catalanismo es, hoy por hoy, la problematización del hecho de que Cataluña esté en España. Esta problematización tuvo su sentido en el pasado, pero en el presente solo es una hipocondría que impide crear un espíritu federal, a gusto en su doble condición española y catalana, entre los catalanes.


Podemos ahora tirar del hilo para cortar la niebla que envuelve otra nebulosa conceptual: la plurinacionalidad. Lo que importa es subrayar que, aunque los defensores de la plurinacionalidad crean estar haciendo un favor a la diversidad del país, en realidad hacen lo contrario: disecarla. Porque aquí la contradicción se da entre pluralismo y plurinacionalidad. España es pluralista cuando permite que de modo libre se vivan, mezclen y aprendan las diversas identidades culturales y lingüísticas que la componen. Una España plurinacional es otra cosa: una yuxtaposición de uniformidades nacionales, reguladas por los gobiernos de turno, en la que la mínima diferenciación intragrupal se conjuga con la máxima diferenciación intergrupal. Un triste archipiélago de pequeñas identidades donde a cada uno se nos pide uncirnos a una filiación nacional preferente y quedar sometidos a sus códigos. Una España, como dice Josu de Miguel, donde se pueda ser español de varias formas, sí, pero catalán o vasco de una sola: nacionalista.

Piénsese esto si no: ¿era más plural la monarquía austro-húngara formando un todo o el rimero de naciones centroeuropeas en que se descompuso por separado? Por la misma razón será siempre más plural la nación política española, inclusiva y plurilingüe, que el mosaico de naciones etnolinguísticas e individuales que se nos sugiere como solución a la crisis territorial. Porque la condición de posibilidad de que algo sea plural es que forme un conjunto. E pluribus unum. O también: para ser plurales hay que estar unidos, y es cuando nos separamos que nos volvemos monolíticos, confinados en nuestra particular nación hispana, sin zonas de intersección y sin estímulos para hacer de nuestra personalidad algo heterogéneo. No solo habremos entonces arruinado la pluralidad, sino también imposibilitado el federalismo, que necesita identidades mixtas. Como una trama de elementos propios sin la urdimbre de los elementos comunes, el tapiz de la España federal se habrá quedado sin tejer.

Publicado el 11 de junio

Plurinacionalidad o federalismo


En otra fecha quise explicar por qué catalanismo y federalismo representan ideales a la larga incompatibles: en esencia, porque el federalismo quiere un reparto equilibrado de poderes con el nivel central o federal de gobierno; el catalanismo, en cambio, acrecer eternamente el autogobierno catalán, dejando sin margen ni sentido la existencia de lo federal (Federalismo o catalanismo, 9 de abril). También, que plurinacionalidad es lo contrario que pluralismo: si este invita a la mezcla, aquella nos convierte en un archipiélago de identidades uniformes y yuxtapuestas (Pluralismo o plurinacionalidad, 11 de junio). Triangulemos ahora y abordemos un último malentendido: que el federalismo debe abrazar la plurinacionalidad. Lo contrario es lo correcto.


Empecemos por algo en lo que parece haber acuerdo: para que haya federalismo, tiene que haber lealtad. Pero ¿qué es la lealtad, cabe preguntarse, sino la nación? La nación política que inventa la modernidad sirve para saber a qué instituciones, como ciudadanos, debemos lealtad, y quienes son los otros que merecen nuestro afecto y solidaridad de conciudadano. Es decir, para saber a qué comunidad política pertenecemos (y hubo un tiempo en que la izquierda creía que el progreso era ampliar, y no reducir, el radio de esa comunidad). Declarar la plurinacionalidad es sembrar la duda sobre a qué comunidad política se debe lealtad, hacia dónde se debe redistribuir la riqueza, a quién daremos voz y voto en el debate. Una receta para la discordia y la desintegración.


Pero es que, además, la plurinacionalidad trabaja en contra de la idea federal de distribuir los poderes. Porque el poder solo puede repartirse a fondo allí donde la comunidad no está en duda. Por eso los Estados federales más avanzados se apoyan en una idea de nación unitaria (Estados Unidos, Alemania) y los que se declaran retóricamente plurinacionales (Bolivia, Rusia) no conocen un reparto real del poder. Si en España se quisiera profundizar en el federalismo y dar, por ejemplo, plenas competencias educativas a las autonomías, sólo podría hacerse si hay certeza de que el nuevo poder conferido no se usará para educar en una conciencia de pertenencia separada, cosa difícil si hemos dado como válido que vivimos en comunidades nacionales distintas.

Esto es así porque modernamente nación no es un dato de geografía humana, sino un concepto normativo que equipara al conjunto de ciudadanos con el conjunto de nacionales, constituyéndolos en comunidad de derecho (igualdad), decisión (soberanía) y reparto (redistribución). Estado-Nación no es el “Estado que contiene una nación”, sino el que ha tejido su propia nación política y que —exigencias de la democracia— la ha hecho inclusiva de sus diferencias ideológicas y culturales. Sin ese ideal integrador no hay comunidad y el Estado solo aguanta unido lo que disponga la inercia. Y si los españoles hemos dejado de ser una nación, la tarea, si queremos permanecer unidos, es trabajar para volver a serlo: he ahí el verdadero ideal federal.



Publicado en El País el 10 de diciembre de 2019

Nacionalismo y protestantismo

Martín Lutero: mitos y realidades

Las celebraciones en torno al quinto centenario del cisma luterano, que impulsó el monje agustino, obvian los aspectos más oscuros de su figura y legado. El manto religioso oculta un conflicto político y nacionalista.

Dice la leyenda que el 31 de octubre de 1517 el monje agustino Martín Lutero (1483-1546), escandalizado por el vergonzoso espec­táculo que la Iglesia ofrecía e indignado por la venta de indulgencias, clavó en las puertas de la iglesia de Wittenberg las 95 tesis que desafiaban el poder de Roma. Se cumplen por tanto 500 años y Alemania está celebrando con fasto este aniversario. Merkel y Obama homenajearon el 25 de mayo a Lutero en la puerta de Brandeburgo y por las mismas fechas se inauguró una espectacular exposición en Wittenberg. Esto, por citar sólo alguno de los eventos más destacados. Desde que acabó la II Guerra Mundial los aniversarios luteranos (nacimiento, muerte, 95 tesis, iluminación divina durante la tormenta de 1505…) apenas revestían relevancia. Pero ahora esto ha cambiado. ¿Por qué?

El gesto descrito a las puertas de la iglesia de Wittenberg es la representación mítica y ritual de lo que significó Martín Lutero para el entonces llamado Sacro Imperio Germánico. Hace mucho que se duda de que clavara sus tesis; las menciones al acto desafiante aparecen mucho después conforme se va adornando y mitificando al personaje Lutero y al cisma que trajo consigo. Pero, si non è vero, è ben trovato. Resulta mucho menos heroico mandar por correo —que es lo que con toda probabilidad sucedió— el texto de protesta al obispo de Maguncia. Así que el gesto simbólico conserva hoy toda su prosopopeya teatral pero era mucho más épico en aquel tiempo, porque el hombre del siglo XVI sabía que este era el modo en que se daban a conocer los llamados carteles de desafío, con los que un caballero insultaba públicamente a otro y le retaba a duelo. Había que responder, si no, quedaba deshonrado para siempre. Hay en la figura de Lutero un componente de heroísmo a toro pasado muy interesante para comprender su significado en la historia de Alemania y sí, no se sorprenda el lector, en la de España.
El cisma luterano es la manifestación de un problema político, y haberlo mantenido en el orbe de lo religioso enturbia completamente su comprensión. A través de él se expresa el nacionalismo germánico de la primera hora y por eso Martín Lutero es celebrado y exaltado en Alemania cada vez que a ese nacionalismo le sube la temperatura. Desde la II Guerra Mundial no se ha conmemorado de manera significativa ninguna efemérides luterana. En 1983 pasó sin pena ni gloria en la RFA el quinto centenario del nacimiento de Martín Lutero que tan festejado fue en tiempos de Bismarck. Así, por ejemplo, el 10 de noviembre de 1883, el emperador Guillermo I encabezó el desfile del cuarto centenario del nacimiento de Martín Lutero en Eisleben.
En Historia del año 1883 Emilio Castelar escribe: “Los pueblos protestantes han celebrado el cuarto centenario de Lutero con universales jubilaciones”; y también que aunque “los católicos y los protestantes de Alemania no han podido acordarse para celebrar al creyente, se han acordado para celebrar al patriota”. Pero lo más interesante es el colofón: “Nosotros, que no pertenecemos a la religión luterana ni a la raza germánica, españoles y católicos de nacimiento, podemos celebrar sin escrúpulo al que, iniciando la libertad de pensamiento y examen, ha iniciado las revoluciones modernas, a cuya virtud hemos roto nuestras cadenas de siervos y proclamado la universalidad de la justicia y del derecho”. No necesitamos por tanto ir a Wittenberg y leer los textos que comentan la espectacular exposición. Lo que allí se cuenta es exactamente lo mismo que Castelar nos dice: Lutero, el padre de la libertad religiosa en Europa; Lutero, el héroe por cuyo esfuerzo sin par este continente se libró de las tinieblas y de la esclavitud. Dice Castelar que “hemos roto nuestras cadenas”. A Lutero le debemos nada menos que “la justicia y el derecho”, porque resulta evidente que los españoles no teníamos. Qué simpático resulta esto de que los hijos de Roma desconozcan el Derecho, los pobres.
Y, claro está, si Lutero rompe cadenas es que había cadenas que romper y alguien las había puesto. Si trae la libertad de pensamiento es que tal cosa no existía, ¿y quién lo impedía? No hace falta ni nombrarlo pero está ahí, constantemente presente: el oscuro y siniestro Imperio español y católico. Para que el héroe Lutero exista tiene que haber un monstruo al que él se enfrente. Si no hay monstruo, no hay héroe. Quien visita hoy Wittenberg o cualquiera de las muchas exposiciones y celebraciones que pueden verse en Alemania, incluso si es español y católico —especialmente si es español y católico— no ve el decorado que hace posible el brillo germánico. Cuando digo católico no quiero decir creyente. La fe es irrelevante en este contexto. Nos referimos a quienes han nacido en un país de cultura católica. Porque ese relumbrón germánico ha necesitado siglo tras siglo como condición sine qua non para su exaltación que el sur mediterráneo sea oscuro y atrasado, inmoral y decadente, vago y poco fiable. Es en tiempos de Lutero cuando el adjetivo welsch —una denominación geográfica poco precisa para referirse al sur— pasó a significar latino o románico, y malvado e inmoral al mismo tiempo.
La “libertad luterana” no resiste una mirada cercana y libre de prejuicios. Comenzó provocando una guerra espantosa que se llamó la Guerra de los Campesinos y que dejó más de 100.000 muertos en los campos del Sacro Imperio. Porque los campesinos se creyeron de verdad aquellas exaltadas predicaciones en boca de Lutero y de otros que clamaban contra las riquezas acumuladas por los poderosos de la tierra con Roma como garante de tales injusticias. Esto provocó una convulsión social como no se ha conocido otra en Europa hasta la Revolución Francesa. Los príncipes alemanes, cuyo propósito era básicamente oponerse al emperador, no pensaron que alentar aquella efervescencia antisistema (Carlos V y el catolicismo) pudiera volverse contra ellos, pero tuvieron que enfrentarse a una revuelta de proporciones gigantescas. Algunos clérigos revolucionarios como Müntzer, llamado el teólogo de la revolución, se mantuvieron fieles a sus principios hasta el final y fueron ejecutados, pero Lutero decidió sobrevivir. Desde comienzos de 1525, tras la muerte de Hutten y Sickingen, los dos cabecillas revolucionarios que lo habían amparado, Lutero se pone al servicio de los príncipes alemanes y alienta la violencia brutal con que los grandes señores germánicos acabaron con estas rebeliones de campesinos: “contra las hordas asesinas y ladronas mojo mi pluma en sangre, sus integrantes deben ser estrangulados, aniquilados, apuñalados, en secreto o públicamente, como se mata a los perros rabiosos”.


Desde entonces Lutero se convierte en el gran valedor de las oligarquías señoriales, en el garante teológico de un feudalismo tardío que mantuvo a Alemania en un estado de pobreza y atraso ya superado en España y en la mayor parte del sur. El enquistamiento por la vía religiosa de estas oligarquías impidió la unificación de Alemania e hizo posible una supervivencia anómala del sistema feudal en esa parte de Europa. Casi todo el mundo sabe que el régimen de los siervos duró en Rusia hasta el siglo XIX, pero se ignora que en Alemania también, notablemente en las zonas protestantes. Uno de los primeros estados en abolir las leyes de servidumbre fue la católica Baviera en 1808, pero el proceso no culminó hasta mediados del siglo en la zona oriental. Bien. Esto por lo que respecta a Lutero como libertador social. Vamos ahora a Lutero como libertador mental.
Libertad religiosa o libre examen son dos iconos lingüísticos acuñados por Lutero que no tuvieron nunca un reflejo en la realidad, como demuestra primero la lógica y luego la historia.
Supuestamente el libre examen significa que el cristiano debe entenderse con Dios directamente a través de los textos sagrados, sin intermediarios gravosos e inmorales como “los romanos” (así llamaba Lutero al clero católico, aunque fuesen tan alemanes como él). Si esto es así, hay una consecuencia inmediata: la desaparición del clero por innecesario. La evidencia demuestra que esto jamás sucedió, porque Lutero no operó la destrucción de las iglesias, sino que creó otra. Ni Lutero dejó de ser clérigo, ni disminuyó el número de ellos en el Sacro Imperio. Simplemente se formó un nuevo cuerpo sacerdotal que también condujo al rebaño hacia donde debía ir. Solo que ahora ese cuerpo de pastores sirve únicamente al señor del territorio (y no a un papa extranjero y a un emperador aliado con el mundo welsch) que es el que le da de comer. Si le sirve bien, como hizo Lutero, vivirá bien. Vivirá incluso mejor que con los “romanos” y, así, Lutero recibió del príncipe de Sajonia, como primera prueba de gratitud, el que había sido su antiguo convento en Wittenberg. Es un muy bello palacio, donde se instaló con su nueva esposa, sus parientes y sus criados. Había nacido en el seno de una familia muy humilde y estos lujos, como monje agustino, no se los hubiera podido permitir nunca. Y no tocaremos aquí más el asunto de las críticas feroces contra los lujos del clero “romano”.
La libertad religiosa es probablemente el tótem lingüístico más afortunado de Martín Lutero. Ha sido y es ininterrumpidamente esgrimido frente a las tinieblas del catolicismo y de su nación defensora por antonomasia, España. No hace falta siquiera pensar mucho para ver a dónde va a parar la libertad luterana. Si tal cosa hubiera existido alguna vez, siquiera teóricamente, también los católicos u otras facciones protestantes hubieran tenido derecho a ella. Si el cristiano es libre para interpretar los textos sagrados, entonces, también la interpretación católica es posible y debe ser aceptada. Y debería haber sido respetada en consonancia con la “libertad religiosa” que Lutero y sus diáconos predicaban. Si la lógica humana no es una patraña desde su misma raíz, esto es así. Pero lo cierto es que el nuevo clero creó una versión del cristianismo que fue la única aceptable y todas las demás fueron proscritas y perseguidas; la católica por supuesto, pero también los anabaptistas, calvinistas, menonitas, etcétera.
Sin embargo, siglo tras siglo, Lutero se ha paseado por la historia de Europa inmune a la verdad, a los hechos y a la lógica. Puede el lector teclear en Internet en algún buscador la secuencia “Lutero libertad religiosa” y verá. Si lo hace en inglés y alemán, se quedará pasmado. Podríamos llevar este juego perverso con las palabras un poco más lejos y exasperar los argumentos históricos habitualmente aceptados. Porque aplicar la “libertad religiosa” en sentido luterano es lo que hicieron los Reyes Católicos en España, a saber, que todos los súbditos deben tener la misma religión que su señor terrenal. Este es el principio conocido como cuius regio, eius religio, y dio cobertura legal a los príncipes alemanes para obligar a las poblaciones de sus territorios a hacerse protestantes, lo quisieran o no, y no siempre con persuasivos y pacíficos sermones. Pero es evidente que los Reyes Católicos no pueden ser padres de la libertad religiosa, aunque hicieron exactamente lo mismo, porque, como dice Castelar, nosotros no somos luteranos ni pertenecemos a la raza germánica.
A estas alturas ya estará preguntándose ¿pero por qué tenían este empeño los príncipes alemanes en hacerse protestantes? Pues no es difícil tampoco de explicar, pero para eso, como señalamos más arriba, hay que salirse del terreno religioso, de la superioridad moral y de las palabras totémicas donde empeñosamente ha insistido todo el protestantismo en situar aquel sangriento conflicto. Casi una cuarta parte de los bienes raíces del Sacro Imperio cambiaron de manos, entre las confiscaciones de propiedades eclesiásticas y las de aquellos que abandonaron los territorios protestantes por negarse a acatar la conversión forzosa. Hasta la Revolución Rusa no ha habido latrocinio comparable en Occidente. Pero, claro está, no los llamamos así, porque el uno tenía una cobertura teológica y el otro una cobertura ideológica. En definitiva: una justificación moral. Esto naturalmente no se lo van a contar al visitante en la magna exposición de Wittenberg.

Lutero fue no solamente anti-latino sino furiosamente antisemita. El filósofo alemán Karl Jaspers escribió que el programa nazi está prefigurado en Martín Lutero, que dedicó a los judíos párrafos espeluznantes: “Debemos primeramente prender fuego a sus sinagogas y escuelas, sepultar y cubrir con basura a lo que no prendamos fuego, para que ningún hombre vuelva a ver de ellos piedra o ceniza”. El primer gran pogromo de 1938, la noche de los Cristales Rotos, fue justificado como una operación piadosa en honor de Martín Lutero, por su 450 cumpleaños. A las elecciones de 1933 concurrió Hitler con un soberbio cartel donde la imagen de Lutero y la cruz gamada aparecen juntas. Las celebraciones luteranas de los nazis fueron espectaculares. Con idéntica ferocidad alentó y justificó Lutero la quema de brujas, que dejó en Alemania no menos de 25.000 víctimas, según Henningsen. Llevamos tantos miles, millones de muertos con este asunto que es mejor no hacer cuentas.
Pero no hay de qué avergonzarse. Alemania celebra sin disimulo a Martín Lutero porque se siente bien, porque Lutero es el padre del nacionalismo alemán y de su iglesia y tiene por lo tanto… indulgencia teológica. Desde que se produjo la reunificación y vino luego el euro como mágico elixir, Alemania está en un tiempo nuevo y afronta sin sombras una hegemonía europea incontestada. Gran Bretaña ha desertado del barco de la Unión y Francia no está en condiciones de enfrentarse a la indiscutible supremacía germánica. Ni España ni Italia parecen darse mucha cuenta de cuán necesarias son para compensar esta hegemonía y andan perdidas, sin poder superar el complejo de inferioridad que asumieron hace siglos. Porque con todo esto llegamos al gran asunto que aquí se ventila: el de la superioridad moral frente al porcino mundo no protestante, en el cual vivimos y que ha sido tan absolutamente asumida que muchos de nuestros periódicos, como en tiempos de Castelar, se han sumado gozosos a la celebración luterana, tan ciegos y tan perdidos en el laberinto de su propia inferioridad hoy como hace 100 años.
María Elvira Roca Barea es filóloga y autora de ‘Imperiofobia y Leyenda Negra’ (Siruela).
Publicado el 23 de julio de 2017


Sacrificio y nacionalismo.

El yo narrador es la estrella del cuento de Jorge Luis Borges "Un problema". El cuento versa sobre don Quijote de la Mancha, el héroe epónimo de la famosa novela de Miguel de Cervantes Don Quijote crea para sí un mundo imaginario en el que él es un campeón legendario que está dispuesto a luchar contra gigantes y salvar a doña Dulcinea del Toboso. En realidad, don Quijote es Alonso Quijano, un anciano caballero rural, la noble Dulcinea es una ordinaria muchacha pueblerina de una aldea cercana y los gigantes son molinos de viento. ¿Qué ocurriría, se pregunta Borges, si a la parte de su creencia en tales fantasías don Quijote atacara y matara a una persona real? Borges se plantea una pregunta fundamental acerca de la condición humana: ¿qué ocurre cuando los relatos que teje nuestro yo narrador nos causan gran daño o lo causan a los que nos rodean? Hay tres posibilidades principales, sostiene Borges.

Una opción es que no ocurra nada. Don Quijote no se preocupará en absoluto por haber matado a un hombre real. Sus delirios son tan abrumadores que es incapaz de ver la diferencia entre este incidente y su duelo imaginario con los gigantes que son los molinos de viento. Otra opción es que después de adoptar una vida real, don Quijote se sienta tan horrorizado que acabe saliendo de sus delirios. Esto sería equiparable al joven recluta que va a la guerra creyendo que es bueno morir por su país, pero que acaba completamente desilusionado por las realidades de la guerra.





Y hay una tercera opción, mucho más compleja y profunda. Mientras luchaba contra gigantes imaginarios, don Quijote simplemente actuaba, pero una vez que haya matado a alguien, se aferrará con todas sus fuerzas a sus fantasías, porque serán lo único que dará sentido a su terrible crimen. Paradójicamente, cuantos más sacrificios hacemos para construir un relato imaginario, tanto más fuerte se vuelve el relato, porque deseamos con desesperación dar sentido a esos sacrificios y al sufrimiento que hemos causado.

Del libro Homo Deus de Yuval Noah Harari