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Soledad y aislamiento.

NO VIVIMOS EN UN CUADRO DE HOPPER

¿Se acuerdan del cuadro Los noctámbulos, de Hopper? Es una composición en tonos verdes fríos, donde se ve una cafetería sin puerta y cuatro figuras: una pareja, un camarero rubio y un hombre solo sentado de espaldas. Nadie habla, ninguno se mira, todos están ensimismados. El borde derecho del lienzo impide ver una salida, produciendo una sensación de encierro. Un bar que recluye y protege; una alegoría sobre el aislamiento y la incomunicación, pero también sobre la invisibilidad de los solitarios.

Hopper era inigualable mostrando la atomización social y el desamparo, quizá por ello no sorprende el titular de un artículo de The Guardian: “Todos vivimos hoy en día en un cuadro de Hopper”. A pesar de la indudable fuerza de la frase que nos traslada al Nueva York de 1942, mezclar aislamiento y soledad genera confusión e impide ver y analizar realidades muy diferentes.
En este momento, todos estamos más o menos aislados, pero no necesariamente solos. Lo dijo Epicteto: “No por estar el hombre solo se siente solitario; mientras que no por estar entre muchos deja de sentirse solitario”. Estar aislado tiene que ver con la pérdida de conexión social, con la distancia física o psicológica a nuestra red social (familiares, amigos). El aislamiento es la pérdida de la relación con los otros, en nuestro caso temporal, pero la soledad es otra cosa.

La soledad es subjetiva y está relacionada con nuestros pensamientos, necesidades sociales, emociones y percepciones. Cuando hablas con una persona que sufre soledad lo primero que surge es el “dolor psicológico” que ocasiona, las emociones y sentimientos que la componen: añoranza, tristeza, abandono, vacío, desesperanza, vulnerabilidad, incertidumbre...
Otra huella de la soledad son las “necesidades sociales” que no se consiguen cubrir: la ausencia de relaciones de intimidad, la falta de pertenencia a un grupo, la carencia de integración social, la añoranza de relaciones significativas, el sentimiento de estar uno “existencialmente” aislado.



La soledad también tiene que ver con la evaluación que cada persona hace de sus relaciones, y más en concreto, con la discrepancia entre las relaciones que uno tiene y las que esperaba tener. La distancia entre expectativas y realidad es la marca cognitiva de la soledad. No hablamos de insatisfacción con una relación (uno puede estar insatisfecho y no sentirse solo), sino de un juicio que cada persona realiza con enorme influencia en los sentimientos.

Cuando hablas con personas en situación de soledad es fácil escuchar que se sienten aisladas porque no consiguen comunicarse, o que no logran “contactar” con otros, o que se sienten “existencialmente aislados”… El “aislamiento” como percepción y sentimiento es otro de los elementos centrales de la soledad.

La soledad es además un fenómeno chocante. Hermana de la pérdida, a veces proviene de la falta de compromiso e implicación personal en nuestras relaciones; otras es el anhelo de integración, la necesidad de “sentirnos completos”, la convicción de que no estamos unidos a ninguna persona o grupo, lo que la genera. La soledad es además acumulativa y tiende a perpetuarse.

Suele, la soledad, mostrar insólitos mecanismos. Robert Weiss decía que la soledad inhibe la empatía, al inducir una especie de amnesia protectora, y cuando una persona deja de estar sola, se empeña en olvidar que lo estuvo. Olivia Laing escribió que a veces los solitarios acaparan espacio personal creando una barrera contra una intimidad que les aterra; otras, la soledad produce vergüenza y miedo, y algunos solitarios optan por el aislamiento, ante el temor de que se descubra su realidad. Creo que sería factible aminorar el dolor que produce la soledad si no tuviéramos tanta obligación de ocultar lo que no es bello, si pudiéramos exponernos como somos, mostrando nuestra vulnerabilidad.

Los que trabajamos con personas en situación de soledad sabemos muy bien que la palabra no basta para reconectar y que el “amor” no siempre es suficiente para “sacarle” a alguien de la soledad. Hay veces en las que la soledad no es relacional, porque lo que me faltan no son personas, sino una vida con significado. Hay soledades cuyo ingrediente principal es la incertidumbre, y en otras, la tristeza; hay soledades que están teñidas de pérdida y otras de “cansancio existencial”; a veces de fragilidad humana y necesidad de cuidados, otras de incomunicación.

No estamos por el confinamiento viviendo en un cuadro de Hopper; sino una situación de aislamiento temporal, complicada, sí, pero con un objetivo: volver a estar juntos. ¡Decir a los que sufren soledad que, por estar confinados, todos vivimos en la misma soledad es un agravio, porque nosotros volveremos a la normalidad y ellos seguirán solos! Una última cosa: volvamos un momento al cuadro. Se ve la cafetería llena de luz, la calle está oscura. Se aprecia la soledad de los clientes del bar, pero se puede percibir que también están solos los que están encerrados fuera del bar, mirando a la gente sola dentro del mismo. La soledad también va con ellos.

Autor : Javier Yanguas
Publicado en El País el 18 de mayo de 2020.

¿La felicidad de la infedilicidad?

Fragmento de State of Affairs, de Esther Perel, publicado en El País el 25 de agosto de 2018
He mantenido conversaciones sobre aventuras amorosas no solo entre las seguras paredes de mi consulta de psicoterapeuta, sino también en aviones, cenas, congresos, mientras me hacían las uñas, con colegas, con el que vino a instalar el cable y, por supuesto, en las redes sociales. Desde Pittsburgh hasta Buenos Aires, desde Delhi hasta París, siempre estoy estudiando la infidelidad.
El adulterio existe desde que se inventó el matrimonio, pero, a pesar de ser un comportamiento de lo más corriente, sigue conociéndose muy mal. Las respuestas que obtengo en todo el mundo cuando menciono la infidelidad van desde la condena más amarga hasta el entusiasmo desatado, pasando por la aceptación resignada y una compasión llena de cautela. En París, el tema aporta inmediatamente cierto cosquilleo a cualquier conversación de sobremesa, y veo cuánta gente ha estado en los dos lados de la situación. En Bulgaria, unas mujeres con las que hablé parecían pensar que las correrías de sus maridos eran una desgracia inevitable. En México, las mujeres a las que he preguntado piensan con orgullo que el aumento de las aventuras femeninas es una forma de rebelión social contra una cultura machista en la que siempre ha habido margen para que los hombres tuvieran “dos hogares”, la casa grande y la casa chica, una para la familia y otra para la amante. La infidelidad está seguramente en todas partes, pero el sentido que le damos —cómo la definimos, la experimentamos y hablamos sobre ella— está asociado al lugar y el momento concretos en los que se desarrolla el drama.
Una cara de la moneda es el daño que hace la infidelidad al cónyuge engañado. Durante siglos, cuando se aprobaba tácitamente que los hombres tuvieran aventuras, ese daño no se tenía en cuenta, porque lo sufrían sobre todo las mujeres. La cultura contemporánea tiene el mérito de ser más comprensiva con el engañado. Sin embargo, para saber más sobre uno de nuestros comportamientos más antiguos, debemos examinarlo desde todos los puntos de vista. Con toda la atención que se presta al trauma y la recuperación, se da demasiado poca a los significados y los motivos de las aventuras amorosas, a lo que podemos aprender de ellas. Por extraño que parezca, las aventuras pueden enseñarnos muchas cosas sobre el matrimonio: nuestras expectativas, las cosas que creemos querer y las cosas a las que creemos tener derecho. Revelan nuestras actitudes personales y culturales sobre el amor, el deseo y el compromiso, unas conductas que han cambiado por completo en los últimos 100 años.
Las aventuras amorosas no son como las de antes porque el matrimonio no es como antes. Durante gran parte de la historia, y todavía hoy en muchas zonas del mundo, el matrimonio era una alianza práctica que garantizaba la estabilidad económica y la cohesión social. Nunca habían sido tan descomunales nuestras expectativas sobre el matrimonio. Seguimos queriendo todo lo que se supone que proporciona la familia tradicional —seguridad, respetabilidad, propiedad e hijos—, pero ahora queremos además que nuestra pareja nos quiera y nos desee. Queremos ser los mejores amigos, fieles confidentes y amantes apasionados.
El pequeño círculo del anillo de casados contiene unos ideales contradictorios. Queremos que la persona escogida nos ofrezca estabilidad, y seguridad, que sea previsible y fiable. Y, al mismo tiempo, queremos que esa misma persona sea una fuente de asombro, misterio, aventura y riesgo. Esperamos comodidad y audacia, familiaridad y novedad, continuidad y sorpresa. Evocamos un nuevo Olimpo en el que el amor es siempre incondicional, la intimidad es fascinante y el sexo es arrebatador, siempre con la misma persona y durante mucho tiempo. Y ese tiempo es cada vez más largo.
Además, vivimos en la era de los derechos; estamos convencidos de que uno de esos derechos es la satisfacción personal. En Occidente, el sexo es un derecho unido a nuestra individualidad, nuestra realización y nuestra libertad. Hoy en día, en general, llegamos al altar después de años de ser nómadas sexuales. Para cuando nos casamos, ya nos hemos acostado con varias personas, hemos tenido parejas, hemos cohabitado y hemos roto relaciones. Antes, no teníamos relaciones sexuales hasta después de casarnos. Ahora nos casamos y dejamos de acostarnos con otras personas. Nuestra decisión consciente de restringir nuestra libertad sexual es prueba de la seriedad de nuestro compromiso. Al dar la espalda a otros amantes estamos confirmando: “Este es el amor de mi vida. No tengo que seguir buscando”. Se supone que el deseo que pudiéramos sentir por otras personas se evapora como por arte de magia, vencido por el poder de esa atracción única.
La evolución de las relaciones estables nos ha llevado a un punto en el que creemos que no debería haber infidelidad, puesto que han desaparecido todas las razones para su existencia y se ha logrado el equilibrio perfecto entre libertad y seguridad. Y, sin embargo, sí hay infidelidades. Las hay en matrimonios que van mal y en matrimonios que van bien. Las hay incluso en relaciones abiertas en las que el sexo extraconyugal se negocia con sumo cuidado antes. La libertad de romper y divorciarse no ha dejado obsoleto el engaño. ¿Por qué? ¿Por qué engaña a su pareja una persona? ¿Y por qué engaña a su pareja una persona feliz?
Si tenemos todo lo que necesitamos en casa —tal como promete el matrimonio moderno—, no deberíamos tener motivos para ir a buscar nada fuera. Por tanto, la infidelidad debe de ser síntoma de que una relación se ha torcido.
Esta teoría del síntoma tiene varios inconvenientes. En primer lugar, refuerza la idea de que existe una cosa llamada matrimonio perfecto, que nos vacuna contra cualquier deseo de “ver mundo”. Pero nuestro nuevo ideal conyugal no ha reducido el número de hombres y mujeres que tienen aventuras. De hecho, es muy posible que, por cruel que parezca, sea la expectativa de felicidad doméstica lo que nos empuja a ser infieles. En otro tiempo, teníamos aventuras porque, en teoría, el matrimonio no tenía nada que ver con el amor y la pasión. Hoy tenemos aventuras porque el matrimonio no proporciona el amor y la pasión que esperábamos. No es que hoy tengamos deseos diferentes, sino que creemos que tenemos el derecho —incluso la obligación— de hacerlos realidad.
La infidelidad no siempre coincide con problemas matrimoniales. En muchos casos, sí es cierto que una aventura compensa carencias o sirve para preparar la ruptura. La inseguridad en la relación, el querer evitar conflictos, la falta prolongada de sexo, la soledad o simplemente años de tener una y otra vez las mismas discusiones: muchos adúlteros están motivados por las desavenencias domésticas. Y luego están los que caen siempre en lo mismo, los narcisistas que engañan impunemente solo porque pueden.
Sin embargo, los especialistas nos encontramos a diario con situaciones que contradicen estos argumentos. Me encuentro en muchas sesiones a personas que me aseguran: “Quiero a mi mujer/marido. Somos los mejores amigos y somos muy felices juntos”. Y añaden: “Pero tengo una relación con otra persona”.
Muchas de esas personas han sido fieles durante años e incluso décadas. Parecen personas equilibradas, maduras, atentas y muy comprometidas con su relación. Pese a ello, un día, cruzaron una línea que nunca habían imaginado traspasar. ¿Para tener un atisbo de qué?
Cuanto más oigo estas historias de transgresiones impensables —desde una aventura de una noche hasta apasionadas historias de amor—, más busco otras explicaciones. Una vez que remite la crisis inicial, es importante que, junto al dolor que causa una aventura amorosa, se explore cómo la experimentan sus protagonistas. Con ese fin, he animado a distintos cónyuges infieles a que me cuenten su caso. Quiero comprender qué significa la aventura para ellos. ¿Por qué lo hicieron?


Una de las verdades más incómodas de una aventura amorosa es que lo que para el amante A puede ser una traición angustiosa, para el amante B puede ser una experiencia trascendental. Las aventuras extraconyugales son dolorosas y desestabilizadoras, pero también pueden proporcionar sensación de libertad y poder. Es crucial comprender a las dos partes, tanto si la pareja decide poner fin a su relación como si decide permanecer unida.
Al adoptar una doble perspectiva sobre un tema tan polémico, soy consciente de que me arriesgo a que digan que soy “proaventuras” o me acusen de tener averiada mi brújula moral. Les aseguro que no me parecen bien los engaños ni me tomo las traiciones a la ligera. En mi consulta soy testigo a diario de los estragos que causan. Pero las complejidades del amor y el deseo no se prestan a categorizaciones simplistas de buenos y malos, víctimas y pecadores.
A veces, cuando buscamos la mirada de otra persona, no estamos apartándonos de nuestra pareja, sino de la persona en la que nos hemos convertido. Más que otro amante, lo que buscamos es otra versión de nosotros mismos. El ensayista mexicano Octavio Paz definía el erotismo como “un ansia de otredad”. Y, a menudo, el “otro” más embriagador que descubre uno en una aventura no es su nueva pareja, sino a sí mismo.
Aislado de las responsabilidades de la vida cotidiana, el universo paralelo de la aventura suele idealizarse. Para algunos, es un mundo lleno de posibilidades, una realidad alternativa en la que pueden reinventarse. Ahora bien, si se vive como algo sin límites es precisamente porque está contenido y delimitado por su carácter clandestino. Es un interludio poético en una vida prosaica. Las historias de amores prohibidos son utópicas por naturaleza, sobre todo en contraste con las vulgares restricciones del matrimonio y la familia. Una característica fundamental de este universo en nebulosa —y la clave de su poder irresistible— es que es inalcanzable. Las aventuras son por definición precarias, esquivas y ambiguas. La indefinición, la incertidumbre y el no saber cuándo volveremos a vernos —unos sentimientos que nunca toleraríamos en nuestra relación central—, en una relación a escondidas, son la chispa que enciende la ilusión. Como no podemos tener a nuestro amante, lo deseamos sin cesar. Esa sensación de que el otro está fuera del alcance da a las aventuras su mística erótica y mantiene la llama del deseo. A esa separación entre la aventura y la realidad contribuye el hecho de que muchas personas escogen amantes a los que no podrían o no querrían tener como parejas estables. Cuando nos enamoramos de alguien de una clase, cultura o generación diferente, jugamos con unas posibilidades que no se nos ocurrirían en la realidad.
Estos tipos de aventuras no suelen soportar el descubrimiento. Se podría pensar que una relación por la que se ha arriesgado tanto debería sobrevivir la transición a la luz del día. En los momentos de pasión, los amantes hablan con añoranza de todas las cosas que podrán hacer cuando, por fin, puedan estar juntos. Sin embargo, cuando se levanta la prohibición, cuando se materializa el divorcio, cuando lo sublime se mezcla con lo ordinario y la aventura entra en el mundo real, ¿qué sucede? Algunos emprenden una vida feliz y legítima, pero son muchos más los que no. En mi experiencia, la mayoría de las aventuras terminan mal, aunque también termine el matrimonio. Por muy genuinos que fueran los sentimientos amorosos, el devaneo solo tenía el propósito de ser una bella ficción. La aventura vive a la sombra del matrimonio, y el matrimonio ocupa el centro de la aventura. Sin la emoción de la ilegitimidad, ¿puede seguir siendo atractiva la relación con el amante?
La búsqueda del yo desconocido es un factor importante en el relato del adúltero, con numerosas variantes. Algunos se sienten atraídos por el recuerdo de la persona que fueron en otro tiempo. Hay otros cuyos sueños los llevan a la oportunidad perdida, el amor que dejaron marchar, la persona que podrían haber sido. El sociólogo Zygmunt Bauman habla de nuestra nostalgia por las vidas no vividas, las identidades no exploradas, los caminos no emprendidos. De niños, tenemos la oportunidad de jugar a que somos otros; de adultos, a menudo, nos encontramos encerrados en los papeles que nos han asignado o que hemos escogido. Cuando elegimos a una pareja, nos comprometemos con una historia, pero seguimos teniendo curiosidad: ¿de qué otras historias podríamos haber formado parte? Las aventuras extramaritales nos ofrecen un atisbo de esas otras vidas, del desconocido que llevamos dentro. El adulterio es la venganza de las posibilidades desechadas.
A mis pacientes les digo muchas veces que, si pudieran aportar a su matrimonio la décima parte del atrevimiento y el entusiasmo que aportan a su aventura, su vida familiar sería muy distinta. Nuestra imaginación y nuestra creatividad parecen más ricas en nuestras transgresiones que en nuestros compromisos. Pienso en una escena conmovedora de la película A Walk on the Moon (La tentación). El personaje de Diane Lane ha emprendido una aventura con un vendedor de blusas que es un espíritu libre. Su hija adolescente le pregunta: “¿Le quieres más que a todos nosotros?”. “No”, contesta la madre, pero “a veces es más fácil ser distinta con una persona diferente”.
Cada aventura amorosa redefine el matrimonio, y cada matrimonio determina qué herencia va a dejar la aventura. La infidelidad se ha convertido en una de las principales causas de divorcio en Occidente, pero conozco a muchas parejas que permanecen unidas después de que salga a la luz una aventura. En estos tiempos, muchas personas tienen dos o tres matrimonios o relaciones importantes y de larga duración. A menudo, cuando viene a verme una pareja después de que uno de los dos haya tenido una aventura, tengo claro que su primer matrimonio se ha terminado. Entonces les pregunto: “¿Estáis dispuestos a construir un segundo matrimonio juntos?”.


Creer vs reflexionar.

En España la enseñanza se ha basado principalmente en creer, memorizar, aprobar, tener en cuenta los resultados, etc. más que en reflexionar, analizar, dudar, criticar.... Esto ha dado y sigue dando a un pensamiento mágico más que a un pensamiento lógico y crítico.

A la hora de elegir algo o a alguien, si nos han educado en la creencia, nos guiamos más por nuestras emociones que por la reflexión.

Un pensamiento reflexivo es menos manipulable que un pensamiento mágico.

Crear un hábito.

Para aquellas personas que no creen que se puede cambiar de actitud, de comportamiento, de ideas, etc. es muy recomendable que lean el artículo publicado en el dominical de El País del 5 de julio de 2015: 66 días para cambiar un hábito.


30 junio 2007


Pensamiento optimista.

El sábado día 5 de abril me encontré este artículo que me hizo reflexionar sobre la tendencia de nosotros los psicólogos de convencer a todos de tener un pensamiento positivo.

Solo  dejo algún párrafo que me ha llamado la atención y que cuestiona nuestra manera de actuar.

De todas partes nos llega una formidable presión para “ser positivos”. Según los más supersticiosos, ello nos conviene porque pensar positivamente puede conducirnos al éxito (y ellos suponen que es allí adonde todos queremos ir) o a la superación de las adversidades. Estos supersticiosos, en general, saben por supuesto que tal cosa es mentira, es decir, no pueden ignorar que no existe relación de causalidad entre nuestro pensamiento y los hechos, propicios o desafortunados, que nos ocurren, aunque hagan circular —volando muy bajo— “teorías” que pretenden extraer del psiquismo una presunta “energía” capaz de detener las ruedas de un coche o el crecimiento de un tumor, y que son a la pobreza de espíritu lo que la “comida rápida” es a la miseria material, es decir, una manera muy poco eficaz y bastante dañina, aunque también muy barata, de engañar a la necesidad. Pero la ineficacia, como bien sabemos, nunca ha sido motivo suficiente como para desactivar la superstición.

(...) El oficial que, para cumplir la orden de tomar una colina en una guerra, grita: “¡Adelante!” al pelotón que se dirige a una muerte segura, ¿qué podría contestar a la tropa que objetase que si avanzan les matarán? “¿No seáis negativos?”. “¿Pensad positivamente?”. “¿Yes, we can?”. “¿Sí se puede?”. En una época que se dice tan poco heroica como la nuestra, no conseguimos desembarazarnos del prejuicio épico que convierte en la peor de las vergüenzas el darse por vencido y “tirar la toalla”, incluso cuando la victoria es imposible o inmoral. Y como antaño sucedía con los magos y los augures, en situaciones desesperadas o insufribles —o sea, cuando ya nada se puede hacer— aparecen, invariablemente, los hechiceros del psiquismo (no necesariamente psicólogos o psiquiatras en el sentido serio de la palabra) para conjurar ese tabú socialmente inaceptable: que no se pueda hacer nada.

(:::) ¿Cuántos desempleados, desahuciados o trabajadores autónomos arruinados habrán acabado por creer en esta crisis que son su “falta de personalidad”, su “pesimismo”, su poca “agresividad” en las relaciones humanas, su escasez de ilusión y, en suma, su “negatividad” lo que ha forjado su fatal destino? ¿Cuántas víctimas de la injusticia o de la casualidad se habrán convertido en culpables con este falaz argumento que “psicologiza” su fracaso y les hace más manejables? ¿Cuántas veces hemos oído que en materia económica todo es cuestión de “psicología”, que es el “pensamiento negativo” lo que lleva al empobrecimiento y a la ruina, como si hubiera bastado que, en lugar de la malhadada “educación para la ciudadanía”, se hubiera ofertado en la ESO una buena asignatura de “pensamiento positivo” que fomentase el espíritu emprendedor con las armas de la terapia cognitiva para haber evitado la “falta de alegría” en el consumo interno y en el crédito bancario que tanto daño nos ha hecho?

Para ver el artículo completo pinchar aquí.

José Luis Pardo, Pensamiento negativo, Babelia. El País, 05/04/2014   



Cultura audiovisual e impulsividad


Buscando actividades para los tutores me ha llamado la atención los siguientes párrafos del libro "Ser persona y relacionarse" de Manuel Segura Morales.

"El pensamiento consecuencial es la capacidad cognitiva de prever las consecuencias de un dicho o un hecho. Supone lanzar el pensamiento hacia adelante y prever lo que probablemente pasará, si hago esto, o si le digo esto a tal persona. Son muchas las personas, en nuestra cultura audiovisual, que carecen de este pensamiento. Siempre lamentan o padecen las consecuencias que no fueron capaces de prever: en la vida de familia, en no estudiar a tiempo, en gastar más de lo que deben, en decir lo que no debieron decir, en consumir drogas..."

"No es fácil el pensamiento consecuencial: nunca lo ha sido para los impulsivos irreflexivos y ahora se ha hecho difícil para todos, en esta cultura audiovisual que vivimos, llena de posibilidades, pero con el efecto secundario de que muchos piensen con los ojos, en vez de con la cabeza; no pueden pensar en lo que no ven. Por eso les cuesta pensar en las consecuencias de algo, antes de hacerlo, y por eso se buscan problemas, con la droga, con la delincuencia o en su trato con los demás. Es importantísimo, el pensamiento consecuencial, y es difícil".

Entiendo que hay que trabajar el pensamiento consecuencial, de la que carecen los alumnos impulsivos, y según los textos anteriores, la mayoría de los jóvenes que están inmersos cada vez más en la cultura audiovisual, para fortalecer la inteligencia emocional.

Paisaje desde la carretera Humada a Villadiego.

Emociones.

¿Qué son las emociones?
Las emociones son programas complejos de acciones, en amplia medida automáticos, confeccionados por la evolución. Las acciones se complementan con un programa cognitivo que incluye ciertas ideas y  modos de cognición, pero el mundo de acciones que se llevan a cabo en nuestros cuerpos, desde las expresiones faciales y las posturas, hasta los cambios en las vísceras y el medio interno.

¿Cómo funcionan las emociones?
Las emociones funcionan haciendo que las imágenes procesadas en el cerebro pongan en acción una serie de regiones desencadenantes de las emociones, por ejemplo la amígdala, o regiones concretas de la corteza del lóbulo frontal.

¿Cuál son las consecuencias una vez que estas zonas sensibles (amígdala, regiones concretas de la corteza del lóbulo frontal u otras) son activadas?
1.- Las glándulas endocrinas y los núcleos subcorticales secretan moléculas químicas tanto en el cerebro como en el cuerpo (ej: el cortisol en el caso del miedo).
2.- Se emprenden ciertas acciones (ej.: echar a correr para huir, quedarse inmóvil o contracción de los  intestinos)
3.- Se adoptan expresiones (ej.: una cara o postura de terror).
4.- La más importante. Se hacen conscientes ciertas ideas y planes. Una emoción negativa como la tristeza, por ejemplo, conduce a recordar ideas de hechos negativos.

¿Cómo se desencadenan las emociones?
De una manera bastante sencilla, por medio de imágenes de objetos o de acontecimientos, que están realmente sucediendo en el momento o bien que, al haber sucedido en el pasado, son ahora evocadas y recordadas. (...) Ya sean "en vivo", reconstruidas en el cerebro, o creadas de la nada en la propia imaginación, las imágenes inician una cadena de acontecimientos. Las señales procedentes de las imágenes procesadas quedan puestas a disposición de varias regiones del cerebro.





En cuestión de unos centenares de milésimas de segundo la cascada emocional consigue transformar:
- El estado de varias vísceras.
- El medio interno.
- La musculatura estriada del rostro y la postura.
- El ritmo de nuestra mente.
- Los temas de nuestros pensamientos.

Extractos textuales  obtenidos del libro "Y el cerebro creó al hombre", cuyo autor el Antonio Damasio. ISBN: 978-84-233-2216-9. Lo empecé a leer estando hospitalizado en mayo de 2013 y hoy 4 de diciembre del mismo año voy por la página 185. Un manual científico, duro de leer pero muy recomendable.

¿Qué aplicación para los alumnos impulsivos tiene el control de las emociones y que tanto distorsiona el funcionamiento de la enseñanza y el aprendizaje en las aulas?

El alumno debe aprender, o alguien debe enseñarle, a diferenciar entre, pensamiento y acción (verbal o motórica). Dicho de otra manera entre respuesta interna y respuesta externa.

El pensamiento no es observable fácilmente por el profesor ni por compañeros y por ello no te castigan.

La acción verbal o motórica,  por ejemplo decir una "gracia", levantarse, tirar un papel, etc. es fácilmente observable por cualquier persona y suele tener una consecuencia: parte, castigo, enfado por la otra parte, etc.

El alumno debe aprender a leer su pensamiento antes de entrar en acción y ver las consecuencias que va a tener para la otra parte su acción.

Si lo que se le ocurre es tirar un papel (acción), debe conocer cuál son las consecuencias de dicha acción. Que casi seguro será un parte y una falta leve. Pero si el alumno es capaz de pararse a pensar en las consecuencias, (falta leve) casi seguro que no tirara el papel.

¿Cómo el alumno debe aprender a leer su pensamiento y tener tiempo de ver sus consecuencias si lo lleva a poner en acción? Y todo esto de una manera rápida.

Varias técnicas:
- Inspirar aire durante 5 segundos, retenerlo 10 segundos y expulsarlo durante 5 segundos.
- Contar hasta cinco.
- Cambiar pensamiento negativo por pensamiento positivo.
- Decir interiormente lo que voy a hacer.

Todas ellas van dirigidas a que el alumno antes de entrar en acción, tenga tiempo de ver las consecuencias que va a tener poner en acción su pensamiento y decidir si lo hace o no lo hace, o responder adecuadamente.

Ejemplo. El profesor está describiendo a  un chico de 18 años. Esta imagen provoca a un alumno una emoción  y  se le ocurre, es decir está pensando en ese momento, gritar "y además será muy feo". El alumno debe aprender a decírselo en voz interiormente y rápidamente ver las consecuencias. En este caso gritar va a tener la consecuencia segura de molestar e interrumpir y a su vez tendrá un parte.

El alumno debe aprender:
a) que no debe gritar, porque tiene la consecuencia de molestar o interrumpir
b)  o levantar la mano y cuando le dé el profesor permiso, preguntar tranquilamente  por ejemplo ¿Cómo era el chico físicamente?



Control de sentimientos: ¿Represión o disfrute?


"El control de la manifestación de los sentimientos no debe
entenderse como una represión sino como el aprendizaje de técnica que permitan su manifestación de un modo socialmente hábil y aceptado".

 
La frase está obtenida de un libro sobre actividades de tutoría para trabajar la inteligencia emocional editado por la Generalitat Valenciana.
ISBN: 84-482-3341-7





 

Educar con emoción

Un artículo de gran interés publicado el 29 de noviembre de 2013 titulado "Emociones para encarar lo inesperado".

La enseñanza y el aprendizaje debe tener en cuenta las emociones. No sólo debemos enseñar conceptos. A los alumnos hay que enseñarles a tener en cuenta sus emociones y las de los demás, saber trabajar en grupo, ser creativo, saber comunicar y convencer, tomar iniciativa, etc..

Destaco  del artículo las cuatro claves para el éxito emocional:
1.- Se aprende más en grupo que solo.
2.- En muchas profesiones disminuye la preparación académica.
3.- Las experiencias de instrucción recordadas con más cariño son fuera del aula.
4.- Los más felices en aprender son quienes lo hacen porque están motivados internamente, no los que buscan la recompensa de otros.