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 EL RETORNO DEL OBJETIVISMO.



A mi modo de ver, existen dos tendencias opuestas y potentes en torno a lo político que subyacen a los ejes por medio de los cuales se han identificado habitualmente las opciones políticas en el mundo occidental contemporáneo. Desde la Revolución francesa, se ha entendido en términos generales que existían diferencias sustantivas respecto a la concepción del Estado y la orientación de las políticas públicas en el espectro izquierda-derecha; más recientemente, sobre todo gracias a los estudios del sociólogo Ronald Inglehart, este análisis se ha completado con nuevas variables que señalan posiciones diversas en el eje de los estilos de vida y los valores materialistas y postmaterialistas. No obstante, como han apuntado diversos filósofos políticos y politólogos, las corrientes de fondo en la configuración de la política se bifurcan en la actualidad entre populismo y tecnocracia. La tecnocracia, con su pretensión de ofrecer soluciones técnicas a problemas sociales o políticos, y el populismo, con el ánimo de recoger y canalizar lo más fielmente posible la voluntad popular, tienen en común el objetivo de hacer irrelevantes, o suprimir, las instituciones de intermediación, sean cívicas, políticas o judiciales, en democracia. 

No nos dejemos "modificar" la realidad.

 Nevenka Fernández y el precio de la verdad

La realidad es el resultado de un consenso del que solo te puedes excluir a  cambio de pagar el precio que corresponda y que, según la época o el asunto, puede ir desde la cárcel a la horca, pasando por la multa, el exilio, el aislamiento, el escarnio público o el desarraigo, etcétera. Galileo fue condenado a cadena perpetua por disentir del geocentrismo, que era la idea dominante de los años que le tocaron vivir. Es un ejemplo, pero la historia está salpicada de personas que, por inconsciencia o principios, se empeñaron en llevarle la contraria a la autoridad competente y sufrieron por ello.
Hace apenas 20 años, si eras cajera de Hipercor y el pan de tus hijos dependía de ello, te tenías que dejar tocar el culo por tus jefes. No lo digo yo, lo decía el fiscal jefe de León, es decir, un representante de la realidad consensuada del momento, uno de los miembros más respetados de nuestra comunidad, un señor con estudios, con poder, con corbata, con prosopopeya o empaque, con ética y autoridad: en resumen, con todo lo que hay que tener para soltar esa afirmación públicamente, en la mitad de un juicio con taquígrafos, con periodistas y con curiosos desocupados. Según este representante del ministerio público, era normal que los hombres con poder tocaran el culo a sus subordinadas. Formaba parte del contrato social. De ahí quizá que las mujeres prefirieran no ser cajeras de Hipercor ni cajeras en general.
En aquellos momentos, y gracias a los acuerdos históricos reinantes, el alcalde del PP de una ciudad como Ponferrada podía acosar sexual, sentimental y laboralmente a una de sus concejalas sin que la víctima pudiera defenderse a menos que estuviera dispuesta a romper el consenso acerca de lo que era y no era realidad y a pagar el precio que esa ruptura conllevaba. Tal fue el caso de Nevenka Fernández, responsable, a la sazón, de la Concejalía de Hacienda de la ciudad leonesa arriba mencionada. En 2001, tras una grave depresión por la que causó baja, Nevenka Fernández denunció a Ismael Álvarez, su acosador, primero en los juzgados y luego en una rueda de prensa que causó un estupor general porque rompía con las reglas del juego establecidas.
Aquella mujer se había atrevido a decir que la realidad no era como nos la contaban.
De ahí el título de mi libro sobre el caso, Hay algo que no es como me dicen, una frase que pronunció en uno de nuestros primeros encuentros:
—Yo notaba, desde pequeña, que había algo que no era como me decían.
—¿Por ejemplo? —preguntaba yo.
—En mi entorno siempre se había hablado de los homosexuales como del diablo. Pero cuando fui a estudiar a Madrid, uno de mis mejores amigos era homosexual y resultó que era muy buena persona.
El subtítulo del libro (El caso de Nevenka Fernández contra la realidad) viene dado también por esta circunstancia. Nevenka, al denunciar a Ismael Álvarez, estaba poniendo patas arriba toda la arquitectura del mundo al que había pertenecido y por el que sería inmediatamente repudiada debido a que el concepto de realidad dominante era el representado por Ismael Álvarez, todo un señor alcalde, y por García Ancos, todo un señor fiscal (el del culo de las cajeras de Hipercor). ¿Cómo se atrevía esa cría de 26 años a denunciar la doble moral de aquellos a quienes debía su trabajo, su sueldo, su estatus y casi, casi, pensarían ellos, su existencia?
Lo cierto es que se atrevió y que pagó por ello el alto precio de la disidencia. Si los suyos (la derecha política, por simplificar) la repudiaron, los ajenos (la izquierda, por continuar con la simplificación) trataron el asunto como un problema interno de un partido político conservador:
—Pero esa mujer ha sido víctima de un acoso brutal —intentabas explicarles.
—Pues que se joda, que no hubiera sido de derechas —venían a decirte.
¿Y el feminismo?
Tampoco hubo asociaciones feministas que se hicieran eco del caso, que le ofrecieran su ayuda. Nevenka, en fin, lo tenía todo en contra: era de derechas, era inteligente, era inmanejable, era guapa, había cursado con brillantez una carrera universitaria… Demasiadas cosas buenas para adoptarla como víctima. Ese papel, según las normas impuestas por la costumbre, estaba reservado para el acosador, pobre, al que aquella especie de femme fatale había destrozado la vida. Busquen en las hemerotecas las palabras de adhesión inquebrantable con las que lo apoyó Ana Botella, la esposa de José María Aznar, por citar solo una referencia moral de la derecha del momento.
Tras la rueda de prensa en la que, junto a su abogado, Adolfo Barreda, efectuó la denuncia pública, Nevenka desapareció literalmente del mapa. Tampoco eso jugaría a su favor. En teoría, debería haberse convertido en carne de programas de entretenimiento o de telerrea­lidad. Debería haber hecho caja con su sufrimiento, para lo que recibió ofertas muy, muy sustanciosas. Ello le habría costado algunas críticas, desde luego, aunque habría constituido a la vez una forma de sumisión por la que quizá habría sido perdonada.
Pero no: había roto amarras con la realidad y desde aquel instante hasta que comenzó el juicio, pero también a lo largo de él, atravesó unos meses infernales que se prolongarían incluso tras librar la batalla legal, que ganó a los puntos, aunque perdería por KO la social. Tenía un currículo brillante que en las empresas leían con admiración hasta que reconocían en aquella joven economista a la misma que se había atrevido a disentir de la verdad instituida. Pasado el tiempo, tras ser consciente de la repulsa general que provocaba, decidió hacer la maleta y marcharse de España.
Su acosador, entre tanto, se paseaba triunfalmente por Ponferrada, tomaba vinos aquí y allá, se le festejaban su hombría, su misoginia, su machismo, hasta el punto de que pocos años después, en 2011, volvió a presentarse a las municipales. Su partido, de nueva creación, obtuvo los votos suficientes como para convertirse en la tercera fuerza política. Faltaban aún seis o siete años para que el movimiento Me Too moviera un poco los cimientos del statu quo.

Yo empecé a escribir cuando me di cuenta de que había algo que no era como me decían. La escritura me servía para articular aquello que escuchaba con aquello que veían mis ojos, que tampoco solía coincidir. Sorteaba las contradicciones existentes entre la realidad hablada y la realidad perpetrada a base de sintaxis. De ahí mi identificación con la extrañeza en la que se sintió inmersa Nevenka, que, al ver cómo reaccionaban los suyos frente a la denuncia, parecía preguntarse: ¿cómo he podido ser una de ellos?
Hay algo que no es como me dicen nació, pues, del encuentro entre esas dos extrañezas, la suya y la mía. Pero había en la suya una rebeldía liberadora que yo había reprimido en la mía. De hecho, en muchas ocasiones, mientras tomaba nota de las peripecias que me contaba de su vida, y que afectaban para mal a personas de su propia familia, levantaba la cabeza del cuaderno y le decía:
—¿Estás segura de que me vas a permitir publicar esto?
—Tú ponlo, escríbelo —decía ella.
Y yo lo escribía temiendo que se volviera atrás cuando llegara el momento de la publicación del libro, temiendo que aquello jamás viera la luz, temiendo que todas aquellas horas y horas de trabajo se fueran por el desagüe de su vida y de la mía como el agua por el sumidero del lavabo.
Y mientras lo escribía no era raro que el asunto Nevenka saliera en la conversación de una cena de compañeros de trabajo, de amigos o simples conocidos. Entonces, al revelar yo que trabajaba en el caso, y del lado de la verdadera víctima, exclamaban:
—Pero esa chica…
—Pero esa chica, qué.
—Esa chica fue amante del alcalde.
—Y un día —respondía yo— decidió dejar de serlo, lo que al alcalde y a la sociedad ponferradina les resultó intolerable.
En ocasiones, la discusión se prolongaba con los argumentos reaccionarios de toda la vida, que no vale la pena enumerar. En ocasiones, la discusión se terminaba en ese punto y entonces me miraban con lástima como si también yo hubiera sido víctima de los enredos de aquella Mata Hari que medraba a costa de destruir a los idiotas.
El libro salió tal y como fue escrito. Era un libro a contracorriente, un libro desencajado respecto de su momento histórico, por lo que no fue ni bien ni mal ni todo lo contrario. Permaneció ahí, como un retal de insubordinación del que no recibí noticias demasiado buenas ni demasiado malas. “Finalmente”, decía el personaje de una novela en la que ahora no caigo, “todo conduce a un término medio en el que ni la felicidad resulta excesiva ni la desdicha insoportable”. Estos días, gracias a la miniserie de Netflix, he visto en las redes (entonces no existían) testimonios de personas que al parecer lo leyeron entonces con pasión (con la pasión, calculo, con la que se lee en la clandestinidad).
Nunca se sabe.
Jamás me arrepentí de haberlo escrito.

Autor: Juan José Millás. Publicado en El País semanal el 28/02/2021

"Los ricos" nos engañan.

 

La meritocracia y otros mecanismos psicológicos que sirven de excusa contra los impuestos

El cerebro humano está diseñado para favorecer la redistribución, pero la desigualdad genera prejuicios que ayudan a justificar actitudes más egoístas


Imagine el lector una partida de Monopoly amañada. Antes de empezar a jugar, se echa una moneda al aire que determina si usted será un jugador normal o un jugador privilegiado, que recibe el doble de dinero y tira dos veces el dado cada turno. Al final de la partida, sus ganancias se acumulan, y le preguntan cómo lo ha conseguido, ¿se acordará de la moneda que determinó su fortuna? Este experimento se realizó hace unos años en la Universidad de California y el resultado es revelador: ninguno de los ganadores mencionó su notable ventaja inicial, sino que lo atribuyeron a su estrategia, a las decisiones que tomaron, a los lances del juego que supieron gestionar.

Cuando la vida te sonríe, es fácil fijarse en los méritos y olvidar las ventajas que se disfrutan frente a quienes pierden. “Esto ayuda a explicar cómo la desigualdad económica ha podido crecer tanto”, explica Jonathan Mijs, de la Universidad de Harvard: “Cuando las personas entienden el éxito y el fracaso en términos meritocráticos, son el resultado merecido de un proceso justo y equitativo”.

En las últimas semanas, en España se ha debatido mucho sobre el pago de impuestos tras la marcha de algunos youtubers (jóvenes que ganan dinero con vídeos en plataformas de internet). En su discurso y el de quienes los defienden se deslizaba la idea de que es natural querer quedarse la mayor cantidad de dinero posible, pero esto no es cierto. Muchos estudios recientes —como este de Nature y este de Science— señalan una y otra vez que el cerebro humano está cableado para preferir, y disfrutar con, la redistribución de nuestra propia riqueza para corregir desigualdades.


Al contrario de lo que pudiera parecer, el pago de impuestos le resulta hoy más razonable que nunca a la ciudadanía española. Cuando el CIS preguntaba a los españoles en 1990 su opinión sobre los impuestos, el 27,5% opinaba que era algo que el Estado les obligaba a pagar, mientras un 51% dijo: “Son necesarios para que el Estado pueda prestar servicios”. En 2020, los que ven los impuestos como una obligación son solo el 18,7% y los que opinan que son necesarios han aumentado hasta el 63,6%, el máximo en décadas. Lo que ha ocurrido en los últimos meses (como publicó Luis Miller, sociólogo del CSIC) es que por primera vez se ha polarizado el debate sobre los impuestos. España siempre había disfrutado de cierto consenso, pero ahora el 43% de los votantes de Vox los ve esencialmente como una obligación, frente al 6,6% de Unidas Podemos. Solo el partido de ultraderecha ha respaldado a los nuevos andorranos.





Eso sí, hay determinadas condiciones en las que nos cuesta más pagar: cuanto más tenemos. “La evidencia empírica es relativamente clara: casi todos los estudios muestran que los ricos (en promedio) cumplen menos con los impuestos que los ciudadanos de clase media”, explica una revisión reciente sobre este fenómeno. Cuando los investigadores estudian la percepción sobre la redistribución, observan que a medida que la gente percibe que sube por la escalera social, los impuestos le generan más recelos. En uno de estos estudios, los participantes de alto estatus pensaban que quienes creen en una mayor redistribución están más sesgados por su propio interés (muy por encima del prejuicio que les atribuían a ellos los demás); los que se mueven por conveniencia son los pobres. En otro estudio, publicado hace unos meses, se destapó un mecanismo curioso: cuando se le muestran pruebas de sus privilegios a personas con ventajas sociales, tienden a responder a la defensiva, alegan las dificultades personales que han vivido y enfatizan sus propios esfuerzos.

Ahí es donde el concepto de meritocracia desempeña un papel fundamental, según muchos estudios. Por ejemplo, los que ha realizado Mijs, que muestran cómo la gente de los países occidentales se ha vuelto más creyente en la meritocracia en las últimas décadas. “España no es una excepción a esta tendencia. Mi investigación describe cómo las generaciones más jóvenes están más convencidas de que su sociedad es una meritocracia”, señala Mijs. Como se observa en los datos del investigador, la creencia en que el éxito viene determinado por el esfuerzo ha crecido de forma notable en las últimas décadas en España.

Es la gran explicación para la llamada paradoja de la desigualdad: cuanto más crece la brecha en la sociedad, más gente cree que se debe a que los de arriba se esfuerzan más. “Al estudiar las tendencias en la opinión pública sobre la desigualdad en los países occidentales y con el tiempo, descubrí que a medida que la desigualdad ha aumentado, también lo ha hecho la creencia en la meritocracia. De hecho, los ciudadanos de algunas de las sociedades más desiguales creen más firmemente en la meritocracia”, señala Mijs.

Un repaso reciente a todos los estudios científicos sobre este fenómeno llega a una conclusión clara: “En tales sociedades, la meritocracia como sistema de creencias socialmente compartido sirve como un pegamento social, mantiene la jerarquía basada en el estatus y, lo que es más importante, hace que las desigualdades sean más aceptables, promoviendo así la estabilidad dentro del sistema social estratificado”. En cambio, cuanto más se fija una sociedad en las causas estructurales de la riqueza y la pobreza, más interés se manifiesta por intentar corregirlo con políticas públicas. Algo que también se ha detectado en el contexto de la pandemia de covid.

La psicóloga social Alexandra Vázquez ha estudiado cómo funciona este sesgo: en un estudio recién publicado, mostraba cómo la sociedad le atribuye menos capacidad y peor criterio moral a una joven de clase baja. “La meritocracia es de gran ayuda para darle sentido a la jerarquía social: los de abajo no se lo han ganado y los de arriba son más competentes. Se sobrestima su autorrealización y se atribuyen sus éxitos a sus características personales y no al contexto que les han llevado hasta ahí”, señala Vázquez, de la UNED. En un estudio realizado en 27 países se observó que los ricos tienden a ser percibidos como competentes y fríos, mientras que los pobres son descritos como amables e incompetentes. Estos estereotipos, como el de que los pobres son felices y los ricos no, contribuyen a la percepción de que el sistema es justo en cierto modo: cada extremo tiene algo de bueno y algo de malo, así hay cierto equilibrio.

Mijs explica su hallazgo “desconcertante” por las consecuencias sociales de la creciente desigualdad: ricos y pobres viven sus vidas casi completamente desconectadas unas de otras. “Desde sus círculos sociales cada vez más aislados, el mundo parece más igualitario y más meritocrático de lo que realmente es. Cuando tus amigos, vecinos y colegas comparten el mismo conjunto de privilegios o desventajas, ya no se notan las fuerzas estructurales que lo frenan o lo impulsan”, resume este sociólogo. Muchos estudios han identificado que cada vez es más complicado para la población siquiera imaginar el verdadero calibre de la desigualdad: pensamos que el director cobra 30 veces el salario medio de su empresa, cuando en realidad ronda las 300.

En su libro La tiranía del mérito (Debate), el profesor de Harvard Michael Sandel expresa así una idea que bien puede aplicarse a los youtubers andorranos: “Ganar mucho dinero no es ningún indicador del mérito o la virtud de una persona, pues refleja simplemente la feliz casualidad de que las capacidades que una persona ofrece en el mercado son justamente aquellas para las que hay demanda en él”. Y añade: “Desde el momento en que una sociedad instaura una legislación fiscal justa, sus miembros tienen derecho a quedarse aquella parte de sus ingresos que la ley estipule, pero lo que no está justificado es que reclamen que la normativa sobre impuestos deba redactarse como si tuviera que pagar o recompensar sus méritos y logros”.

Una investigación sobre gestores de patrimonios en paraísos fiscales mostró que se consideran unos incomprendidos que únicamente se dedican a rescatar a sus clientes de las garras de codiciosos herederos o a evitar que arruinen sus vidas. Para Vázquez hay un factor esencial: “A nadie le gusta verse como un egoísta o un inmoral”. Se produce una disonancia cognitiva al mirarse al espejo y por eso se pone en tela de juicio la eficiencia del Estado, por ejemplo, como pretexto para no pagar. “Cuando cometemos una transgresión tenemos que reconstruir la realidad, buscamos justificarnos para no plantearnos nuestra propia inmoralidad y para proteger la autoestima”. Y de ahí muchas de las explicaciones que se dan. Como escribe Thomas Piketty en su célebre libro El capital del siglo XXI, a propósito de las desigualdades que motivaron la Revolución Francesa: “Al menos, nadie estaba tratando de representar la desigualdad del Antiguo Régimen como justa”

Autor: Javier Salas. Publicado en El País el 14 de febrero de 2021.