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La tristeza es normal, pero la depresión es invalidante

Entrevista, a Camilla Nord neurocientífica especialista en el sistema nervioso, dirige el Laboratorio de Salud Mental de la Universidad de Cambridge,  realizada por Álex Vicente publicada en El País el 11 de noviembre del 2025.

P. Esta mañana he visto en la Tate Britain un cuadro de Ithell Colquhoun, titulado Depresión: un manojo de hilos tensado y enredado. ¿Le dice algo?

R. Me dice mucho. Describe la jaula de la depresión: la sensación de no poder escapar. Pero esa puerta puede abrirse. Siempre hay salidas, aunque no sean iguales para todos.

P. A diferencia de otros expertos, usted no elige bando: admite múltiples tratamientos y considera que todos son válidos.

R. Un único tratamiento no sirve para todo el mundo. La investigación demuestra lo contrario: los trastornos son diversos, las causas son múltiples y, por tanto, deben existir varias maneras de tratarla. Los científicos ya hemos pasado esa pantalla. Ahora toca explicarlo mejor al público.

P. Algunos usan depresión como sinónimo de tristeza. ¿Cómo lo rebate?

R. La depresión es una alteración profunda de la experiencia emocional, y en parte física, que deteriora nuestras funciones vitales. Hay que distinguir las variaciones normales de la salud mental, porque no tenemos que estar siempre felices, de la enfermedad, que exige tratamiento para recuperar esas funciones. Estar triste es normal, pero deprimirse es invalidante.

P. Existe mucha desconfianza sobre la relación entre los científicos y la industria farmacéutica.

R. Es una preocupación legítima, nacida de sesgos, ocultación de resultados adversos y de la promoción injusta de algunos fármacos. Yo no colaboro con la industria, aunque conozco trabajos sólidos financiados por farmacéuticas. No hay que excluir los fármacos, pero tampoco convertirlos en la única vía. La biología también se modifica con experiencias y hábitos.

P. Defiende que tomar un café al sol o reír con una película pueden actuar sobre el cerebro de forma comparable a un fármaco.

R. Nuestras experiencias cambian el funcionamiento cerebral. Hay estudios preciosos: ver una comedia con amigos activa el sistema opioide endógeno y eleva el umbral del dolor. Su efecto recuerda, a menor escala, al de un analgésico. Demuestra que puede haber raíces biológicas comunes a través de rutas distintas: la farmacológica, claro, pero también la experiencial.

P. España figura entre los países europeos con más diagnósticos de salud mental. ¿Por qué hay países con más depresión que otros?

R. Existen grandes variaciones geográficas y temporales. Parte se explica por el acceso a la atención: a más acceso, siempre hay más diagnósticos. Pero, a igualdad de acceso, influyen factores ambientales —la pobreza, quizá la contaminación—, pequeñas diferencias genéticas y, sobre todo, las distintas expresiones culturales de las emociones. Cada cultura expresa malestar de maneras distintas y eso afecta también a los trastornos psiquiátricos. Y también pesa el estigma: donde hay más vergüenza, siempre hay menos diagnósticos.

P. ¿Hoy somos más depresivos o solo hablamos más del tema?

R. No hay una respuesta definitiva. Parte del aumento visible de casos se debe a ese mejor acceso. Pero también hay indicios de ligero deterioro del bienestar, sobre todo en los jóvenes. Tener mayor conciencia del problema tiene un reverso: fomenta vigilar los síntomas y atribuirlos a lo clínico, cuando a veces son los vaivenes normales de la vida. Por otra parte, el estado del mundo influye. La pandemia dañó la salud mental y también lo vemos con la crisis climática o la proximidad de la guerra, especialmente en jóvenes, aunque falta confirmarlo a escala poblacional.

P. Usted estudia el equilibrio del sistema nervioso. ¿Qué es un cerebro estable y cómo se consigue?

R. El cerebro se reajusta continuamente. Es un órgano predictivo que alinea lo vivido y lo esperado con el entorno para mantener la homeostasis, la capacidad del organismo de mantener condiciones internas estables pese a los cambios externos. No alcanzamos el equilibrio cerebral una vez y ya. Estamos obligados a reajustarlo durante toda la vida.

P. Los electroshocks tienen mala fama. Usted dice que, por desgracia, funcionan.

R. Dudé en incluir la terapia electroconvulsiva en mi libro por su negra historia, pero los datos muestran gran eficacia en depresiones gravísimas. El problema son los efectos secundarios, sobre todo en la memoria. Aun así, los modelos no apuntan a un daño cerebral e incluso se han observado aumentos celulares en áreas concretas. Pero si alguien sufre pérdidas de memoria, hay que tomarlo muy en serio. Por eso se reserva para casos en los que ninguna otra solución ha funcionado, siempre con consentimiento y un seguimiento estrecho.

P. La hipótesis de que los fármacos compensan un déficit de serotonina está desacreditada, pero usted defiende que los antidepresivos funcionan en cerca de la mitad de los pacientes. ¿Cómo se explica?

R. Durante la segunda mitad del siglo XX hubo marketing engañoso: se habló de corregir ese supuesto déficit sin suficientes pruebas y se minimizaron los efectos adversos. Aun así, a muchas personas esa medicación les funciona, sin que haya una explicación clara. Yo no la descartaría, pero no porque corrijan un supuesto déficit, sino porque alteran cómo procesamos la ambigüedad de algunas emociones, que podemos decodificar como buenas o malas.

P. ¿Cómo actúan los antidepresivos si no corrigen un déficit?

R. Al cambiar los niveles de serotonina —sin necesidad de que exista un déficit previo—, alteran el procesamiento de señales emocionales y nos desplazan hacia una posición más neutra o positiva. No suben el ánimo de golpe, sino que ajustan el sesgo con el que interpretamos esas interacciones y señales ambiguas. Es como cambiar el filtro con el que miras.

P. ¿Qué responde a quien se opone a la sobremedicación y diagnósticos rápidos?

R. Lo entiendo: con sistemas sanitarios tan saturados, recetar es más inmediato que ofrecer psicoterapia, que requiere tiempo y recursos. Yo también preferiría decisiones más adaptadas, pero excluir la medicación no es la solución. Hay personas que, tras intentarlo todo, salen del pozo con un fármaco. Yo creo que deben poder acceder a él.

P. Dedica el libro a su hija y a su mujer, y lo abre con una escena de su boda. ¿Por qué exponerse tanto, algo que muchos científicos evitan?

R. En mis artículos científicos nunca hablo de mí. En el libro quería abrir también el mundo de quienes hacemos ciencia: por qué pensamos lo que pensamos, de dónde nace la vocación y cuándo cambiamos de idea. Si quería enseñar a mirar el mundo como científica, debía mostrar un poco a quién mira.

P. ¿Usted ha sufrido una depresión?

R. Yo no, pero personas muy cercanas sí. Quizá por eso me obsesiona entenderla. Una eminencia del campo, Nolan Williams, se suicidó recientemente. Fue devastador. Eso nos recuerda que, por cerca que estemos de las soluciones de la ciencia, nada es suficiente para enfrentarse a una depresión.

P. ¿Sería mejor científica si hubiera estado deprimida?

R. Sería peor científica si no trabajara codo a codo con quienes sí la han vivido o si no los escuchara.

P. Y la última: me chivan que es una gran fan de Buffy, cazavampiros. ¿Le influyó?

R. Para mí es un modelo ético: hacer lo correcto y pensar en el bien común, incluso cuando no te beneficia. En el mundo académico puedes avanzar a costa de otros. Dirigir un laboratorio implica recibir crédito por trabajos que siempre son corales. Procuro no anteponerme nunca al equipo. Puedes ser, a la vez, una persona exitosa y solidaria.

Y si estoy mal por culpa del entorno? La crisis climática y la polarización son también un reto de salud mental

 Lo que nos rodea, nos atraviesa. El contexto socioeconómico tiene un impacto muy significativo sobre la salud psicológica de la comunidad y de los individuos que la conformamos y todos, en mayor o menor medida, somos vulnerables a los eventos importantes que suceden en nuestro entorno. El discurso imperante suele poner el foco en la individualización de las vivencias a través de eslóganes del tipo “si quieres, puedes”, “es cuestión de actitud”, o “tienes que ser fuerte”. Sin embargo, frente a un año marcado por la inestabilidad política, los conflictos globales, los fenómenos climáticos extremos o los problemas de empleo y vivienda, entre otros, no hay “fuerza de voluntad” que mitigue la influencia colectiva que tiene el contexto sobre nosotros.

En España, la dana no solo ha causado un desastre natural que se ha cobrado vidas y destrozado viviendas, lugares de empleo o espacios públicos. También ha supuesto una situación traumática para la sociedad valenciana y gran parte de la sociedad española, provocando secuelas psicológicas importantes: ansiedad, estrés postraumático y sentimientos profundos de desesperanza y tristeza.


Al mismo tiempo, gran parte de la población mundial experimenta cada vez mayores niveles de ecoansiedad, esto es, angustia creciente por la crisis climática, que afecta especialmente a los jóvenes, el colectivo más sensibilizado. Como plantea la psicóloga Jean Twenge, los jóvenes son siempre un altavoz de la salud psicológica colectiva y, a su vez, tienen una influencia determinante en el sentir de la comunidad. En nuestro país, es la población más afectada por la situación económica y de vivienda, lo que provoca un clima de incertidumbre frente al futuro y una dificultad para proyectarse a medio plazo, inhibiendo las posibilidades de desarrollar un arraigo a los propios proyectos personales y teniendo que vivir forzosamente al día.


Todos estos fenómenos elevan la temperatura de la olla a presión social y cada vez sus humos son más visibles, humos que son amplificados por la letal combinación entre los algoritmos de las redes sociales, las campañas mediáticas estratégicamente diseñadas para desinformar, polarizar y provocar burbujas informativas y la falta de competencias para hacer un consumo consciente y crítico.


El año 2024 ha puesto de manifiesto que estamos atravesando un auge de división ideológica y un aumento de posturas radicales que tienen su manifestación más extrema en las guerras. En este momento, el mundo enfrenta un récord histórico de 56 conflictos armados activos, la mayor cantidad registrada desde la II Guerra Mundial.


Este fenómeno no es aleatorio, vuelve a ser otro humo proveniente de un caldero con ingredientes diversos: la mencionada inseguridad económica, la desigualdad social, el miedo a los movimientos migratorios y a la rápida consecución de derechos de algunos colectivos junto con los retos que esto plantea o la desconfianza que muchas personas sienten hacia instituciones o hacia el propio sistema político, entre otros.


Esta fragmentación social tiene verdadero impacto negativo en la salud psicológica de la población porque hace más accesible deshumanizar al otro, etiquetarlo y convertirlo en adversario. De esta manera, se va dinamitando el sentido de comunidad y de pertenencia, necesidades afectivas que todas las personas buscamos cubrir.


¿Cuál es el resultado? Una sociedad que experimenta elevados niveles de aislamiento y soledad, lo que impide desarrollar un apego seguro con nuestra comunidad y, por tanto, con nosotros mismos. Esta alerta psicológica constante puede desencadenar involuntariamente mecanismos mentales más primitivos que se manifiestan en una narrativa presente en la sociedad occidental y de la que ciertos grupos políticos se han apropiado: distorsiones cognitivas, generalización, dicotomización del pensamiento y sesgo endogrupo (“los inmigrantes son el problema”, “el colectivo LGBTIQ+ acabará con nuestros valores”, “el feminismo no es necesario”, “solo hay una forma correcta de pensamiento”, “ya todo vale…”). Estos discursos son un gran termómetro social y, cuando estamos asustados, el miedo nos separa.


La salud mental individual es inextricable de la situación sociocultural. Si estamos atravesando un momento de crisis colectiva de salud mental no es porque nuestra sociedad actual sea intrínsecamente más vulnerable, menos fuerte. Ese debate está vacío. Deberíamos hablar sobre la manera en que la salud psicológica y mental de nuestra sociedad nos está informando sobre una realidad: nos olvidamos de la importancia de abrazar al otro, de disentir con serenidad, de valorar la diversidad como riqueza, de afrontar los retos complejos de esta sociedad plural con sentido de unidad, sin posturas restrictivas, punitivas o negadoras. Perdemos de vista que los humos que observamos no se disiparán, a menos que las personas aprendamos a reducir la temperatura de la olla.


Aceptar y afrontar el cambio, con todo lo que conlleva, a escala individual y grupal, es costoso. Pero no hay otro camino, y nos necesitamos unidos para recorrerlo.


Autor: Kike Esnaola 

Publicado en El país el 9 de enero del 2025