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La maravillosa mente de Nadal, y un método no tan simple. / Te admiro, Rafael

Primer artículo 

La maravillosa mente de Nadal, y un método no tan simple. 

Alejandro Ciriza

Publicado el 13 de octubre del 2024 en El País
El método Nadal ha sido inspirador para escuelas y universidades, aplicado también en sesiones de formación de empresas e investigado por aquellos que intuían detrás de todo una fórmula sofisticada y compleja, delicados equilibrios, teorías enrevesadas. Nada más lejos de la realidad. Suele simplificar su tío Toni, mentor del campeón y origen de la epopeya: “El secreto es que no hay secreto; el tenis consiste, básicamente, en pasar una bola más que el rival”. Y de ese modo, partiendo de esa premisa tan aparentemente simple —que de eso nada—, su sobrino fue interiorizando un ideario tan pragmático como exigente que ha ejecutado a rajatabla hasta la recta final. “A nosotros nos funcionó, pero eso no significa que sea válido para los demás”, precisa el preparador, que percibió en ese niño dócil e “hiperactivo” una capacidad fuera de lo normal para hacer frente a la hostilidad, sobreponerse a las adversidades y aceptar el mensaje: a mayor sufrimiento, mayor gloria.

“Rafael tenía la obligación, inculcada por mí al principio, asumida por él después, de no quejarse jamás”, detallaba el técnico en un artículo publicado en este periódico en 2022, titulado La imprescindible escuela de la dificultad. En el texto, el tío ofrecía las líneas maestras de su metodología; esto es, trabajar más de lo previsto, hacerlo con buena cara, tener paciencia y siendo el alumno consciente de que las cosas no tenían por qué salir necesariamente bien. “El que haya habido esta persona que me ha exigido tanto siempre ha sido decisivo para mí”, contaba Nadal en un encuentro con EL PAÍS, en 2017. “Pero, luego, él también se ha encontrado con una persona que ha aguantado muchas cosas que quizá otras no hubieran podido, porque yo respondía”, matizaba el tenista, muy agresivo en su etapa de desarrollo y más contemporizador después, conforme iba escribiendo la leyenda.


“Su pelota te arrollaba, era muy pesada. No había forma de contener ese golpe y desde el punto de vista mental fue comiéndome. Era un crío serio, pero ese día ya conectó con la grada y no pude hacer nada”, describe Ramón Delgado, la primera víctima del mallorquín en el circuito profesional. Se inclinó en Mallorca, 2002. El paraguayo habla de un “portento físico” que discutía todos los puntos e imponía una velocidad de bola impropia de su edad, 15 años; de la “sensación de impotencia” que experimentaron muchos otros. Ninguno como Nadal en el territorio de lo psicológico. En cualquier caso, su relieve como jugador va mucho más allá de lo mental, porque a la coraza y el dinamismo exhibido hasta la treintena, le añadió después un registro rico en matices y una evolución técnica y táctica evidente. Cerebral y estratégico, muy inteligente, debatió de la primera a la última bola con sobrados argumentos y supo aclimatarse a un entorno de pistoleros pese a ser un tenista de corte más bien clásico.


A lo largo de su trayectoria, Nadal ha tenido que lidiar con el mito del pasabolas y la idea de que era un jugador reservón que prefería ceder la iniciativa y confiar en que la erosión terminara decidiendo los partidos. Sin embargo, su tenis no ha dejado de enriquecerse y con el paso de los años ha ido exponiendo una versión más punzante y definitiva, más acorde a lo que demanda el patrón moderno. “¿Pasabolas? Me importa un bledo; nadie en su sano juicio puede decir tal barbaridad. Me río más que me molesto. Si pasas una bola más, al final ganas. Decir eso es una descalificación, y si te dicen que eres un cañonero y que solo sabes sacar, también lo es. Esto es deporte y el objetivo final es llegar a tu máximo, ya sea jugando agresivo, defensivo, al contrataque o haciendo saque y red”, respondía a este medio durante una charla en 2018, al día siguiente de su undécima conquista en Roland Garros.

Aunque la tierra sea indiscutiblemente su hábitat ideal, Nadal se amoldó con maestría al cemento —la superficie dominadora, el 80% de la temporada— y acabó disfrutando del césped, donde hizo gala de un magnífico despliegue en la malla, especialmente en su veteranía. A su fuerza en el tiro, su movimiento de pies, su potencia para abarcar terreno y su temible drive —hasta 5.000 revoluciones, el doble que el promedio habitual— le incorporó una mejora muy reseñable con el revés y un agudo sentido táctico en la interpretación de los encuentros. Contribuyó durante esa etapa final la valiosa aportación de Carlos Moyà, el ídolo, el amigo, el confidente. Asistente de buen olfato. El exnúmero uno supo cuándo forzar más o menos, asesorar con acierto —frenando cuando procedía, pese a las ganas y el ímpetu— y acompañar al hombre que ya había dejado atrás al veinteañero. Nadal ya no era aquel Rafel. Ni mejor ni peor, sencillamente distinto.

“Enseguida te das cuenta de la grandeza de Rafa, y de todo lo que conlleva estar con él”, contestaba poco antes de relevar a Toni en el banquillo. Lo ocupó oficialmente en 2018 y, junto al nuevo entrenador, Nadal perfiló su servicio para amortiguar el daño en las rodillas y continuó ganando repertorio. La templanza de Moyà, su profundo conocimiento de los rivales y de las circunstancias físicas y emocionales que envolvían a su jugador —tuvo que retirarse a los 34 años, en gran medida por una artrosis que arrastraba en el pie izquierdo desde los 20— supusieron un refugio ideal en dirección a este irremediable adiós que ahora, 23 años después de alzar el vuelo, se confirma.

Segundo artículo

Te admiro, Rafael


Ha llegado el irremediable momento que uno desearía que no llegara nunca. Finalmente, este pasado jueves a las once de la mañana, Rafael publicó un vídeo en el que comunicaba su decisión de dejar la competición y, por tanto, poner fin a su trayectoria profesional en el mundo del tenis. Informó, además, de que el marco elegido para despedirse de su larga carrera sería la eliminatoria final de la Copa Davis que se celebrará este próximo mes de noviembre en Málaga.


Durante meses él fue retrasando esta decisión, aun sabiendo que debía tomarla más pronto que tarde, porque no le resultaba nada fácil dar por concluida una etapa tan importante de su vida y dejar de hacer aquello que ha venido haciendo con éxito desde muy temprana edad, desde que tuvo uso de razón. En su caso, además, se ha dado otra circunstancia particular que lo ha llevado a prolongar su despedida.


ó dominarlo en muchas ocasiones y vio cómo, a pesar de las dudas e incertidumbres, a veces salía no solo victorioso, sino además fortalecido. Esa fue una de las razones que le hizo aplazar una y otra vez su meditada decisión. De todos es conocido que él está acostumbrado a apurar su lucha hasta el final, tal y como lo hizo en muchos partidos cuando la situación le era claramente adversa y le costaba lo indecible dar su brazo a torcer. En estos dos últimos años, simplemente ha seguido con su tónica de siempre, la de darse todas las oportunidades, más por fe que por razonamiento y, finalmente, solo ha accedido a aceptar la evidente realidad cuando ha tenido la indiscutible constatación de que su cuerpo no da para más.

Hoy puedo afirmar con rotundidad que Rafael ha cumplido con lo que me prometió hace unos años en una conversación que mantuvimos en un apartado de un club. Le conté que un conocido extenista me había confesado la insatisfacción que le producía su carrera tenística. Con notable sinceridad se había lamentado, no por no haber logrado más títulos, sino por su falta de perseverancia. Por temor propio, insté a mi sobrino a que no cayera en ese error y, con más ahínco del que yo me esperaba, Rafael me contestó: “Tranquilo, Toni. Cuando me vaya de aquí será con la tranquilidad de haberlo intentado todo”.


Ahora, pasados unos días, cuando se me encomienda la imposible tarea de volcar en este escrito mis sentimientos en su despedida, se me ha llenado la mente de nostálgicas imágenes, de recuerdos, de momentos vividos y compartidos al lado de Rafael.

Lo que ha significado para mí lo ocurrido desde sus inicios en el tenis, cuando yo lo observaba con su raqueta enfundada, merodeando por el Club de Tenis de Manacor esperando inquieto su turno para entrar en la pista y entrenar conmigo, hasta sus últimos raquetazos, esos que observé con cierta preocupación al ver que ni sus golpes ni sus piernas respondían ya con la misma frescura y fuerza de antaño, ciertamente, no lo sé expresar con palabras. Todo lo que ha ocurrido entre esos lejanos años y el presente punto final, desde sus primeras victorias en los torneos alevines e infantiles que nos hicieron presagiar lo que más adelante sucedería hasta sus últimos grandes triunfos en Melbourne o París, es la manifestación de un sueño casi perfecto.


Fueron años intensos en los que, junto a él, tuve la oportunidad de vivir grandes momentos: su primera final de Copa Davis en Sevilla como debutante algo inesperado, su primer Roland Garros en 2005 o su victoria en Wimbledon en 2008, en una aclamada final contra Roger Federer que ha sido considerada como la mejor de la historia. Pero también, el diagnóstico de su lesión congénita en 2005, una espada de Damocles que lo obligó a convivir con el dolor y la incertidumbre. Unos compañeros de viaje que le ayudaron a forjar más fuertemente su carácter y que le han acarreado gran sufrimiento, si bien sólo en muy puntuales ocasiones han sido motivo de decaimiento o queja. En nuestro caso, hubiera sido gran desagradecimiento caer en lo uno o en lo otro. En momentos complicados, yo solía repetirle una frase que ya he escrito aquí: “Rafael, la vida nos ha tratado mejor de lo que esperábamos y mucho mejor de lo que merecíamos”.


La carrera de Rafael ha sido muy exitosa, excediendo ampliamente mis expectativas por mucho que siempre haya tenido una fe inquebrantable en él. Y este éxito, su increíble palmarés, lo ha llevado a contar con la amplia admiración y valioso apoyo de los aficionados. Pero, sin duda, lo que le ha hecho ser merecedor de un respeto y reconocimiento tan extendidos también fuera de las gradas, no ha sido exclusivamente el número de títulos conseguidos, sino haberlos fundamentado sobre una estricta escala de valores y su capacidad de mantenerlos durante toda su trayectoria: su corrección, su comportamiento ejemplar tanto en las victorias como en las derrotas, la pasión con la que ha afrontado cada uno de sus partidos, el compromiso que ha mantenido siempre con el deporte mismo y con todo lo que lo rodea, la aceptación de la adversidad y su forma de sobreponerse a ella y, por encima de todo, el respeto que siempre ha sabido mostrar por cada uno de sus rivales, independientemente de su entidad y a pesar de que alguno de ellos le infligió algunas de las derrotas más dolorosas de su carrera.


Hay deportistas que por sus grandes capacidades han logrado ser referentes en su disciplina; otros cuantos que han conseguido engrandecer e incluso trascender su propio deporte; y solo unos pocos, que por su actitud y forma de proceder han trascendido el mero ámbito deportivo y se han convertido en referentes para la sociedad. Creo, sin miedo a equivocarme y aceptando abiertamente las críticas que puede acarrearme afirmar esto siendo yo su tío, que mi sobrino, al igual que su máximo rival durante muchos años, Roger Federer, entra dentro de esta última categoría.

A partir de noviembre, los trofeos que reposan en las vitrinas del museo de su Academia en Manacor, paulatinamente irán perdiendo brillo y esplendor, pero no me cabe duda de que Rafael siempre disfrutará y valorará enormemente su más preciada recompensa: el inmenso cariño y aprecio de la gente de nuestro país y de muchos lugares del mundo.

A mí sólo me queda despedirle con la admiración que siempre ha despertado en mí por su forma rayana en lo heroico de luchar, por cómo ha encarado siempre las adversidades y los retos, y por gestionar con igual normalidad las victorias y las derrotas. Y deseo, por encima de todo, expresarle un inmenso agradecimiento por haberme permitido acompañarle en una etapa de su vida que me hizo profundamente feliz.










La violencia sexual y los márgenes del Derecho

Paz Lloria García Fabiola Meco Tebar Ana Valero
Publicado en El País el 2 de noviembre del 2024.


Con ocasión de las denuncias realizadas contra Iñigo Errejón, en los últimos días se han realizado una serie de afirmaciones y declaraciones en diferentes ámbitos, periodísticos, políticos e incluso jurídicos, que llevan a confusión y mezclan ideas y conceptos en torno a la violencia sexual y los márgenes del Derecho. En el marco del Derecho encontramos el consentimiento sexual, la protección a la víctima; también la presunción de inocencia. No hay “presuntos” agresores, ni hay, por tanto, “presuntas” víctimas. Solo la inocencia es presunta. En los márgenes del Derecho se mueven a diario nuestros derechos.


En el ámbito de la libertad sexual, que haya o no delito depende del consentimiento. Llevamos años discutiendo sobre el valor de consentir en el ámbito sexual: si hay acuerdo entre quienes participan, es sexo; si no lo hay, es agresión. Defendemos una moral sexual que exige acuerdo, no una moral sexual que nos diga qué prácticas, con quién, cuándo, dónde y para qué.


El sexo consentido es aceptable en cualquiera de sus manifestaciones. Hablar de la libre voluntad a la hora de consentir implica que quienes intervienen en la relación están de acuerdo en cómo esta se desarrolla y, por lo tanto, ningún reproche ético, social ni desde luego jurídico debe realizarse. Solo cuando no existe consentimiento válido o este está viciado, puede intervenir el Derecho. No hubo consentimiento por parte de Gisèle Pelicotni de Nevenka Fernández. Tampoco lo hubo en los abusos en el seno de la Iglesia Católica.


No todo comportamiento machista o desconsiderado es violencia sexual. No todo sexo sin amor o que no nos satisfaga es violencia sexual. Ni siquiera todo sexo violento es violencia sexual. Tampoco todas las personas buscamos lo mismo en un encuentro o relación sexual. El sexo se expresa de maneras diversas. No queremos una sexualidad normativa porque nuestro feminismo no es moralizante, porque el sexo moralizante nos victimiza. No podemos volver a una concepción puritana de la sexualidad, poniendo de nuevo el acento en los peligros que el sexo tiene para las mujeres. No podemos permitirnos perder derechos conquistados.

Ponemos el acento en el consentimiento y en el acuerdo porque somos, pensamos y actuamos en tanto que seres autónomos, relacionales, con libertad de decidir sobre nuestra vida, nuestro cuerpo y nuestras relaciones sexuales. Decidimos a pesar de las limitaciones vitales a las que muchas de nosotras estamos sometidas; a pesar de los diferentes sistemas de dominio que nos afectan (el heteropatriarcado, el capacitismo, el racismo, la extranjería, el edadismo, el sistema de clases). A pesar de todo eso, o por encima de ello, las mujeres decidimos, resistimos, acordamos, vivimos, creamos. Precisamente porque somos sujetos de derecho, no somos objetos, ni somos por definición “víctimas” en un sentido psicológico o sociológico, aunque ocasionalmente podamos ser víctimas de delito. En el reconocimiento social y jurídico de nuestra agencia está el germen del cambio de las estructuras que nos oprimen.


Si en lugar de defender estas premisas optamos, como se está haciendo, por declarar a las mujeres siempre víctimas y a los hombres siempre agresores; si entramos a decidir qué prácticas sexuales son “buenas” en sí y cuáles son “machistas”; si entramos a juzgar los gustos, deseos y opciones sexuales de la gente, acabaremos reduciendo a objetos (objetos sexuales, objetos de tutela, objetos de dominio) a todas aquellas personas que disientan de la moral sexual establecida y decidida por unos pocos, cuya legitimidad sería además cuestionable. Si esa moral sexual se va a perfilar a golpe de tuit, desandaremos el camino que nos ha conducido hasta aquí y muchas personas nos quedaremos en los márgenes.


Un hecho puede ser reprochable ética y políticamente y no ser constitutivo de delito. Dicho eso, somos libres de buscar el reproche social, a través de redes sociales u otras vías, o el reproche penal de los actos contra nuestra libertad sexual. Tenemos derecho a tomarnos el tiempo que necesitemos, a desahogarnos, y a buscar apoyo personal o institucional para la denuncia. Podemos desear ser anonimizadas cuando se exponga nuestro relato, que no debe ser cuestionado, y preservar nuestra identidad para no ser revictimizadas, sin por ello ser anónimas.


Se lucha contra la violencia sexual reconociendo y reforzando nuestra capacidad de decidir, de alumbrar prácticas y señalar límites. Afirmamos que hay valor en la denuncia cuando el consenso se rompe, se impone la fuerza y la violencia del otro; y que hay voluntad de seguir avanzando libres y sin violencias, desde los márgenes del Derecho.

La pobreza es causa de esquizofrenia, pero también consecuencia, según un nuevo estudio

 Adrián Cordellat

Publicado el 26 de octubre del 2024 en El País.


La relación entre un determinante social como la pobreza con la salud mental ha protagonizado no pocos debates científicos y políticos. ¿La pobreza conduce a trastornos mentales o son estos últimos los que empujan a la pobreza? ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? El más reciente de estos debates fue el protagonizado por la comisionada de salud mental del Ministerio de Sanidad, Belén González, que aseguraba que en España el diagnóstico de esquizofrenia es 12 veces más frecuente en rentas bajas que en rentas altas, o que el uso de antidepresivos es aproximadamente cuatro veces mayor según la clase social. “Con frecuencia identificamos que lo que realmente necesita un paciente no es un psicólogo, sino un abogado laboralista. Frente a la impotencia de no hacer nada y la falta de tiempo para generar un relato más ajustado a los problemas sociales, se opta por la prescripción de psicofármacos”, señalaba González antes de reivindicar grupos de deporte en lugar de rubifén, asociaciones feministas en lugar de sertralina, o un sindicato en lugar de lorazepam.

La respuesta de algunos psiquiatras no se hizo esperar. Celso Arango, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, alertaba en una columna publicada por EL PAÍS del reduccionismo del discurso de la comisionada y le afeaba el hecho de “interesarse solo por algunos factores de riesgo —dejando a un lado, por ejemplo, el cannabis— o simplificar hasta lo ridículo los trastornos mentales como consecuencia del sistema capitalista o de los problemas sociales”.


Un estudio publicado este verano en la prestigiosa revista científica Nature Human Behaviour con datos del Biobanco del Reino Unido se ha sumado al intenso debate al descubrir una relación bidireccional entre pobreza y determinados trastornos mentales. Concretamente, de los nueve trastornos mentales analizados, los autores hallaron que la pobreza contribuye al trastorno depresivo mayor y a la esquizofrenia; mientras que, por su parte, la esquizofrenia y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) incrementan el riesgo de pobreza.

“Por primera vez, presentamos evidencia de que la pobreza es un factor causal de los trastornos de salud mental. Aunque desde hace tiempo sabemos que están asociados, estos datos respaldan la afirmación de que ser pobre es perjudicial para la salud y conduce a enfermedades mentales”, explica a EL PAÍS Marco P. Boks, miembro del Departamento de Psiquiatría del Amsterdam University Medical Center y uno de los autores del estudio. Según este experto, no está claro qué ocurre primero, si los problemas de salud mental o la pobreza, pero lo cierto, según los resultados de la investigación, es que la relación funciona en ambos sentidos.

“La evidencia es contundente: la desigualdad y la pobreza sí contribuyen a las enfermedades mentales. Es cierto que la predisposición genética influye en el riesgo para la salud mental, pero la evidencia reciente sugiere que la contribución del trasfondo genético a la salud mental podría haber sido sobreestimada, y la contribución del entorno es mayor de lo que se pensaba anteriormente. Además, el trasfondo genético no es modificable, mientras que la pobreza es en gran medida un problema creado por el hombre”, argumenta Boks.

Xavier Miranda, coordinador del Grado de Trabajo Social de la Universitat de Lleida e investigador en el ámbito de la intervención social en salud mental, hace referencia a la metáfora de la curva peligrosa. Según esta, de la misma manera que en una curva peligrosa se van a registrar a largo plazo más accidentes y muertes que en una recta, en salud mental aparecerán más patologías en aquellos grupos de población que sufren la presencia acumulada de factores de riesgo —como una nutrición deficiente, un bajo nivel educativo, desocupación laboral o la acumulación de deudas y desahucios—. “Esa exposición, combinada con la falta de factores de protección, predispone a las personas a experimentar situaciones de mayor vulnerabilidad ante este tipo de problemas”, sostiene Miranda.

El contexto social y la genética

Según Néstor Szerman, psiquiatra del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Gregorio Marañón de Madrid y presidente de la Fundación Patología Dual, la situación se agrava en el caso de las personas que sufren una adicción y otro trastorno mental, lo que se conoce como patología dual, que en su opinión “incrementa la severidad, la marginación, la discriminación y el estigma, factores todos ellos asociados a la pobreza”.

Miranda, no obstante, aboga por no caer en tentaciones simplificadoras y reduccionistas: “Venimos de una tradición histórica en la que las patologías mentales se han entendido de manera aislada del contexto social y cultural, focalizando la atención en las disfuncionalidades neuroquímicas del cerebro. Hoy sabemos que ese abordaje era claramente reduccionista. Es conveniente aprender de ello y no caer en el mismo error y situarnos en el otro extremo. El contexto social es muy importante, y la genética también”.

Su opinión la comparte el psiquiatra Celso Arango, que recuerda que, si se analizan los datos del estudio, se puede concluir también que la pobreza no parece tener relación con la mayor parte de los trastornos mentales estudiados. Además, según el director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, la mayor parte de la causalidad entre pobreza y salud mental no vendría determinada únicamente por la situación de vulnerabilidad económica. “No es que la pobreza per se cause la esquizofrenia. Si no que la pobreza, lo que causa es que esas personas se expongan más a una serie de factores de riesgo. Por ejemplo, el estrés, el cannabis… Además, el hecho de que las personas pobres tengan menos posibilidades de recibir factores protectores, como peor atención temprana o peor atención médica, también puede incrementar la posibilidad de tener esquizofrenia”, argumenta Arango.

Según este psiquiatra, además, también existen factores muy difíciles de controlar, como el estigma de los profesionales médicos. Arango cita, por ejemplo, varias investigaciones realizadas en el Reino Unido que han demostrado en los últimos años que, ante los mismos síntomas, es más fácil que una persona emigrante afroamericana o caribeña —por regla general con una peor situación socioeconómica— reciba un diagnóstico de esquizofrenia que uno de trastorno bipolar o depresión mayor. “Es decir, que el estigma racial también hace que sea más fácil recibir un peor diagnóstico de salud mental”, afirma Arango.

Prevenir pobreza y trastornos mentales

Que algunos trastornos mentales conducen a situaciones de mayor precariedad, como demuestra el estudio publicado en Nature Human Behaviour, también es una realidad ampliamente investigada. No en vano, según el último informe El empleo de las personas con discapacidad, realizado por el Istituto Nacional de Estadística (INE) con datos del año 2022, la discapacidad mental es la que peor tasa de inserción laboral presenta. Concretamente, solo el 18,9% de las personas diagnosticadas con trastorno mental grave en España tiene un empleo. Y según un estudio publicado en 2023 en la revista The Lancet Psychiatry con datos de Dinamarca, las personas diagnosticadas con un trastorno mental trabajan 10,5 años menos en comparación con la población general, aunque hay trastornos como la esquizofrenia que hacen perder de media 24 años de vida laboral a quienes la sufren.

“La situación es aún peor en España, que es un país en el que la filosofía es: o estás perfectamente para trabajar o no trabajas. Hay muy poco empleo para personas con discapacidad, lo que explica por qué, con la misma discapacidad, aquí en España hay mucha menos gente trabajando que en otros países como Suecia”, argumenta Celso Arango. Una opinión que comparte Xavier Miranda, que considera que las medidas de discriminación positiva en el mercado de trabajo ordinario “son insuficientes y las existentes, como la Ley General de Discapacidad, no terminan de funcionar”. Para el investigador de la Universidad de Lleida, en el caso de las personas que ya están situadas en la vivencia de un trastorno mental grave, sería necesario “aumentar el número de programas específicos de recuperación en el ámbito comunitario, que pasen por incidir positivamente en la dimensión laboral, de vivienda, ocio, etc., para que estas personas puedan alcanzar una vida lo más satisfactoria posible”.

Néstor Szerman considera que las políticas públicas en el campo de la salud mental deberían adoptar el modelo biopsicosocial y dirigirse directamente a las personas vulnerables a sufrir trastornos mentales. “Esta prevención primaria debería identificar desde edades tempranas a familias con alta densidad de trastornos mentales graves, incluyendo los trastornos adictivos. Estas familias ya sufren en muchas ocasiones una situación de adversidad socioeconómica que supone un auténtico desafío para la prevención”, expone el presidente de la Fundación Patología Dual. En estos grupos de población vulnerables y en situación de riesgo, Xavier Miranda aboga por desarrollar acciones de prevención secundaria que promuevan el mantenimiento de la salud y el fortalecimiento de factores de protección. “Por ejemplo, en personas con deudas o problemas para el pago de la hipoteca o dificultades financieras, puede ser muy efectiva una intervención social de acompañamiento y ayuda en la gestión de dicha situación”, afirma Miranda, que considera que, en términos más generales, todas aquellas políticas dirigidas a reducir la inseguridad económica de la población y a apoyar a las familias en la crianza de los niños y niñas “tendrán un impacto positivo a largo plazo en clave de salud mental”.



Meludio, el título del blog, es el nombre de un bar de una novela de Luis Mateo Díez. Es un homenaje a un libro: Fantasmas de invierno.

El fin de este blog es conocer por conocer, como los clásicos, cualquier aspecto del hombre consigo mismo o con los demás.



La democracia de la migración


Hemos pensado mucho acerca del cambio social que produce la migración y nos ha preocupado muy poco el cambio que resulta del rechazo a la migración. Creemos entender el perjuicio que nos causa el fenómeno migratorio y no acabamos de entender hasta qué punto nos daña el rechazo de los migrantes. Valdría la pena preguntarse por los costes de la no-migración (no solo en términos económicos sino también democráticos). ¿Por qué no invertimos la mirada y pensamos también qué efectos tiene sobre nuestras democracias el rechazo a las personas migrantes?


Enfocadas las cosas de este modo, lo que se constata es que los muros rompen las reglas de la democracia que los erige. El actual régimen restrictivo de las democracias en materia migratoria tiene consecuencias en esa forma de vida que supuestamente quieren defender. Si la Unión Europea limita los derechos en sus fronteras exteriores, erosiona también los valores que dice defender; el hecho de enviar a los migrantes a otros países que no respetan los derechos humanos dice muy poco de los estándares que considera compatibles con la dignidad humana. ¿Quién nos asegura que lo que es considerado aceptable para otros no termine siendo considerado inevitable para nosotros? ¿Qué proyecto de sociedad tiene valor cuando se consigue fomentando o tolerando un ejercicio de violencia sin ley en la frontera? No es compatible la violencia en la frontera con la imagen idílica de una democracia liberal en el interior. “Nosotros” somos afectados por el trato que damos a “otros”. Wendy Brown lo formula de la siguiente manera: cuanto más militantes son los límites de los Estados al defender un interior bueno y ordenado frente a un exterior malo y caótico, tanto más entra el caos en esas sociedades.

Si hay violencia, racismo y exclusión en las fronteras, también los habrá dentro de ellas. La seguridad de las fronteras exteriores conseguida a través de la violencia se convierte en violencia en el interior. Se podría decir que de algún modo la frontera se extiende hacia dentro. El racismo en las fronteras implica también racismo dentro de ellas, sobre todo contra quienes comparten raza o religión con quienes vienen de fuera. La discriminación en las fronteras se reproduce dentro de ellas. No hay exclusión hacia fuera que no tenga efectos de exclusión también hacia dentro.

La suspensión de derechos en las zonas limítrofes se traduce en normalización de la violencia policial y los comportamientos autoritarios. Los muros disciplinan también el interior de las sociedades. Se genera dentro de las fronteras una opinión pública que o no se entera de la violencia ejercida sobre civiles inocentes o que la acepta y apoya. Todo esto no deja de tener repercusiones en el Estado de derecho, la calidad de la conversación pública y la cultura política. El problema comienza en el momento en el que se justifica que haya un grupo de seres humanos que no tienen derechos. De este modo, además de hacer un daño a los pertenecientes a ese grupo, se erosiona el mismo principio de universalidad de los derechos. Con el rechazo a la migración comienza un deterioro progresivo que consigue, en primer lugar, instalar el marco de que los amenazados somos “nosotros” y, en segundo lugar, continúa estableciendo que hay más grupos sociales que constituyen una amenaza para quienes somos “normales”. Cuando se intercambian los papeles de víctima y victimario acaban siendo objeto de la violencia no solo los migrantes y quienes les apoyan, sino también quienes son identificados como “extraños”, las personas trans, los sin techo, etcétera.


Detrás de esta manera de actuar en las fronteras hay una idea cerrada de la sociedad y una concepción homogénea de la nación que tiende a infravalorar su propia pluralidad. Las operaciones en la frontera son rechazos inmunitarios de un cuerpo que reacciona ante las amenazas exteriores ejercidas contra una nación que se supone indefensa. Con el discurso de la nación impermeable se pierde de vista el hecho de que las culturas y las identidades, lejos de ser inmutables, son de naturaleza histórica y se transforman constantemente por la incorporación de nuevos elementos. Por eso la exclusión en las fronteras, que se justifica por una idea homogénea del nosotros, suele venir acompañada por una represión de la diversidad interior.


Una de las consecuencias más inquietantes de este modo de operar en los límites exteriores es la legitimación de la desigualdad. El rechazo a la migración pone de manifiesto hasta qué punto hemos renunciado a la incondicionalidad de los derechos, en este caso en función de la nacionalidad. Hay un núcleo de incondicionalidad en la idea misma de tener unos derechos (el “derecho a tener derechos”, según la expresión de Hannah Arendt), que se neutraliza cuando son considerados como una concesión en función de las propiedades personales (nacionalidad) o el comportamiento (meritorio). El lugar común que afirma que no hay derechos sin sus correspondientes deberes es una obviedad que en ocasiones implica pensar que los derechos no son propiedades de las personas, de cualquier persona, sino concesiones de la autoridad o recompensas que solo merecen quienes se han esforzado. Esta manera de pensar suele venir acompañada de hacer depender los derechos, en lo que se refiere a las prestaciones sociales, del buen comportamiento o de la disponibilidad de recursos. Los derechos ya no se dan por supuestos, sino que hay que merecerlos. Se establece una división entre quienes los merecen y quienes no. Aquí se inscribe la lógica meritocrática que postula que las desigualdades no son injustas cuando sancionan la pereza o recompensan la creatividad. La extrema derecha realiza a este respecto una nueva legitimación de la desigualdad: obtiene los votos de ciertos desfavorecidos porque consigue convencerles de que las desigualdades que padecen no provienen de una dominación injusta, sino de una desigualdad entre los territorios o por culpa de los que han venido de fuera. El deterioro de los servicios públicos no se debería a los recortes de los gobiernos sino a la presión migratoria. El lugar completamente desproporcionado que ocupa hoy la cuestión migratoria en el debate político se explica por la estrategia de imponer este marco mental.


Los años de políticas de la austeridad han conseguido convencernos de que el bien común es un bien concurrencial y de que en un contexto de limitaciones presupuestarias no hay para todo el mundo. El debate sobre cómo financiar la solidaridad se ha deslizado hacia imponer el marco mental de que se trata de algo condicionado al comportamiento de quienes la reclaman y a que haya recursos, es decir, a negar su carácter incondicional y universal. Una de las tareas intelectuales y políticas más acuciantes es combatir este lugar común que ha conseguido instalarse en la mentalidad y en las prácticas políticas. La paradoja inquietante es que la extrema derecha sea más convincente quitando las ayudas médicas a los extranjeros que la izquierda cuando promete revertir los recortes sanitarios. ¿Cómo es posible que en aquellos lugares donde se ha producido un mayor deterioro de los servicios públicos aumente el voto a la extrema derecha (que no propone ningún programa en la materia) y no a la izquierda (que es quien se presenta como defensora de lo público)? Si la extrema derecha puede presumir hoy de alguna victoria cultural es de haber convencido a muchos de que no hay futuro sin recortar los derechos de algunos, de “otros”, ocultando el hecho de que nosotros también podemos convertirnos en otros y que la dinámica de reducción de derechos termina inevitablemente por afectar a aquellos que se pensaban protegidos. Cuando alguien asegura que no hay para todos y que primero hay que proteger a los de aquí, puede uno estar seguro de que está pensando en desproteger a los de aquí.

El autoritarismo libertario

 Si nos está resultando difícil de entender la sociedad contemporánea es porque aparecen en ella ideas, prácticas y estilos de gobierno que no estaban en el repertorio convencional con el que la cartografiábamos. Una de las figuras más desconcertantes es la de ese “autoritarismo libertario” representado por personajes como Trump o Milei.

¿En qué consistiría este autoritarismo libertario y, concretamente, cómo es posible que una concepción extrema del liberalismo adopte formas autoritarias? La explicación está en el concepto que tienen de la libertad, una idea de libertad puramente negativa por la que el individuo se afirma en contraposición a los demás. El autoritarismo libertario procede de una concepción del individuo como ser autosuficiente, competitivo, desvinculado. Se trata de una idea de libertad que rechaza su dimensión colectiva; su carácter autoritario procede del desprecio a cualquier forma de vinculación. El individuo que se opone a las limitaciones cuestiona, implícita o explícitamente, las protecciones mediante las cuales el Estado impide que se ejerzan imposiciones sobre aquellos que son más vulnerables, que se convierten así en el motivo del malestar de los libertarios: mujeres, pobres, migrantes.


La pulsión autoritaria procede del potencial destructivo y excluyente de su concepción negativa de la libertad. La libertad incondicionada que reivindican impide que haya una soberanía democrática, compartida y universal sobre las condiciones en las que esa libertad podría desplegarse para todos y sin potenciales destructivos (exclusiones sociales, destrucción del medio ambiente, daño de la conversación pública). Sin esas condiciones que permiten el despliegue de la libertad de todos, sin el entorno ecológico que posibilita la supervivencia de nuestra especie, sin alguna idea de una realidad que pudiera funcionar como medida objetiva de contraste de nuestras afirmaciones, ni siquiera podría gozarse en última instancia de aquella libertad individual que se desea.


El concepto de libertad de los libertarios tiene distintas versiones. Puede referirse a la libertad de expresión ilimitada en las redes (Musk), puede ser un anti-estatismo radical (Milei) o una forma de desprecio a cualquier norma (Trump). En todos los casos se trata de entender la libertad como un valor incondicionado, que no quieren ver limitado por nada, sea una realidad objetiva, obligaciones respecto de los otros, regulaciones o deberes ecológicos.


La libertad no es para ellos un espacio social, una propiedad estructural, sino un atributo individual; es una libertad en su dimensión más individualista y que considera que la causa de todos los malestares está en el Estado, es decir, en aquellos procedimientos públicos diseñados para que unas libertades no se ejerzan a costa de otras y que puedan gozar de ellas también quienes solo las tendrán si disponen de una especial protección. Como muchos conservadores, en nombre de la igual libertad critican los subsidios o las políticas feministas, pero no lo hacen para posibilitar la igualdad real sino para defender una igualdad meramente formal que saben que les beneficia.


La pandemia fue un momento en el que, a la vez que se vivían experiencias insólitas de solidaridad y se revalorizaba la intervención pública, también se fortalecieron los impulsos individualistas. Una de sus manifestaciones más extremas fue lo que se ha podido llamar “el secesionismo epistémico” (Amlinger / Nachtwey): una profusión de hechos alternativos, negacionismo, conspiracionismo, la consideración de los enunciados científicos como un atentado a la libertad. El libertarismo encontró allí un terreno abonado para las ensoñaciones de una subjetividad completamente desvinculada de la realidad. Desde entonces no han dejado de crecer esas “grandes negaciones”: desde la inminente desaparición de la democracia, de la nación y el orden constitucional, el cambio climático cuestionado, golpes de Estado por todas partes, la sede papal vacante... Se disfruta así de una absoluta soberanía epistémica: las opiniones giran en el vacío, sin ninguna instancia que pueda contrastarlas o desmentirlas, y la contradicción es interpretada como un ataque personal.


Solo en una realidad arbitraria es el sujeto absolutamente soberano. Se produce así un vacío semántico donde no hay frustraciones y el individuo soberano es confirmado en todo momento en sus opiniones e intereses. El conspiracionismo, por ejemplo, es una manera de entender el mundo que nos libera de tener que confrontar nuestras opiniones con la realidad, donde nada contradice ninguna teoría y todo confirma gratamente los propios prejuicios. El conspiracionismo proporciona a sus defensores muchas ventajas subjetivas: les dispensa de sus obligaciones hacia los migrantes porque “vienen a reemplazar nuestra civilización”; a quien señala un aspecto de la realidad que le contradice se le adjudican las peores intenciones y el principio de realidad queda así suspendido; las exigencias medioambientales son desenmascaradas como una disculpa para recortar la libertad; criticar la cultura de la cancelación se convierte en una coartada para mantener incluso aquellas opiniones que sería muy razonable dejar de emitir... Es difícil concebir una mejor manera de ejercer nuestra narcisista soberanía sobre la realidad y mantenerse fuera de su alcance menos grato, como resistencia o desmentido.


La crítica a “lo políticamente correcto” les exonera de respetar ciertas evoluciones de la opinión pública que una gran mayoría de la sociedad considera avances democráticos, como la pluralización de nuestros modos de vida, la emancipación de las mujeres o esas normas de respeto y buena educación que desprecian como resultado del miedo a decir lo que se piensa.

El sentido común al que apelan es para ellos la ocurrencia propia o lo que favorece el interés individual y no un sentido común compartido. Las democracias amparan el derecho de cualquiera a expresar libremente sus opiniones, pero no promueven que los individuos desarrollen sus vidas sin referencias compartidas. El libertarismo es una posición antipolítica porque le falta la relación a un mundo compartido, compatible con el mayor pluralismo de concepciones acerca de la realidad, que es siempre la misma y común realidad.


Los humanos solo somos libres en sociedad, pero eso quiere también decir que solo somos individuos en sociedad, que solo en ella desarrollamos aquella personalidad que los libertarios creen incompatible con la convivencia en un mundo común. Vivir en una realidad compartida no es incompatible con el ideal de autorrealización subjetiva, sino con su versión narcisista e individualista. Entender esto es fundamental para desactivar esa apropiación del valor de la libertad que están llevando a cabo quienes tienen una concepción de ella muy disminuida, excluyente y potencialmente autoritaria. Hemos de volver a pensar cómo se articulan individuo, entorno, público, realidad, inclusión y Estado.


Solo habrá libertad para todos si hay un buen medio ambiente, servicios públicos de calidad, seguridad física y laboral, un Estado que atempere los riesgos que amenazan a los individuos, respeto a las decisiones ajenas, es decir, bienes comunes que requieren intervenciones de las instituciones democráticas. Si queremos que la libertad sea algo más que una libertad negativa (como no interferencia, el derecho a ser dejado en paz o la de los más poderosos), la libertad debe tener una fuerte imbricación social. La libertad se apoya en un conjunto de derechos y presupuestos institucionales que la hacen real y universal. La libertad solo existe verdaderamente donde hay un reconocimiento de las dependencias recíprocas.


Autor: Daniel Innerarity

Publicado en El País: !6 septiembre 2024