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La maravillosa mente de Nadal, y un método no tan simple. / Te admiro, Rafael

Primer artículo 

La maravillosa mente de Nadal, y un método no tan simple. 

Alejandro Ciriza

Publicado el 13 de octubre del 2024 en El País
El método Nadal ha sido inspirador para escuelas y universidades, aplicado también en sesiones de formación de empresas e investigado por aquellos que intuían detrás de todo una fórmula sofisticada y compleja, delicados equilibrios, teorías enrevesadas. Nada más lejos de la realidad. Suele simplificar su tío Toni, mentor del campeón y origen de la epopeya: “El secreto es que no hay secreto; el tenis consiste, básicamente, en pasar una bola más que el rival”. Y de ese modo, partiendo de esa premisa tan aparentemente simple —que de eso nada—, su sobrino fue interiorizando un ideario tan pragmático como exigente que ha ejecutado a rajatabla hasta la recta final. “A nosotros nos funcionó, pero eso no significa que sea válido para los demás”, precisa el preparador, que percibió en ese niño dócil e “hiperactivo” una capacidad fuera de lo normal para hacer frente a la hostilidad, sobreponerse a las adversidades y aceptar el mensaje: a mayor sufrimiento, mayor gloria.

“Rafael tenía la obligación, inculcada por mí al principio, asumida por él después, de no quejarse jamás”, detallaba el técnico en un artículo publicado en este periódico en 2022, titulado La imprescindible escuela de la dificultad. En el texto, el tío ofrecía las líneas maestras de su metodología; esto es, trabajar más de lo previsto, hacerlo con buena cara, tener paciencia y siendo el alumno consciente de que las cosas no tenían por qué salir necesariamente bien. “El que haya habido esta persona que me ha exigido tanto siempre ha sido decisivo para mí”, contaba Nadal en un encuentro con EL PAÍS, en 2017. “Pero, luego, él también se ha encontrado con una persona que ha aguantado muchas cosas que quizá otras no hubieran podido, porque yo respondía”, matizaba el tenista, muy agresivo en su etapa de desarrollo y más contemporizador después, conforme iba escribiendo la leyenda.


“Su pelota te arrollaba, era muy pesada. No había forma de contener ese golpe y desde el punto de vista mental fue comiéndome. Era un crío serio, pero ese día ya conectó con la grada y no pude hacer nada”, describe Ramón Delgado, la primera víctima del mallorquín en el circuito profesional. Se inclinó en Mallorca, 2002. El paraguayo habla de un “portento físico” que discutía todos los puntos e imponía una velocidad de bola impropia de su edad, 15 años; de la “sensación de impotencia” que experimentaron muchos otros. Ninguno como Nadal en el territorio de lo psicológico. En cualquier caso, su relieve como jugador va mucho más allá de lo mental, porque a la coraza y el dinamismo exhibido hasta la treintena, le añadió después un registro rico en matices y una evolución técnica y táctica evidente. Cerebral y estratégico, muy inteligente, debatió de la primera a la última bola con sobrados argumentos y supo aclimatarse a un entorno de pistoleros pese a ser un tenista de corte más bien clásico.


A lo largo de su trayectoria, Nadal ha tenido que lidiar con el mito del pasabolas y la idea de que era un jugador reservón que prefería ceder la iniciativa y confiar en que la erosión terminara decidiendo los partidos. Sin embargo, su tenis no ha dejado de enriquecerse y con el paso de los años ha ido exponiendo una versión más punzante y definitiva, más acorde a lo que demanda el patrón moderno. “¿Pasabolas? Me importa un bledo; nadie en su sano juicio puede decir tal barbaridad. Me río más que me molesto. Si pasas una bola más, al final ganas. Decir eso es una descalificación, y si te dicen que eres un cañonero y que solo sabes sacar, también lo es. Esto es deporte y el objetivo final es llegar a tu máximo, ya sea jugando agresivo, defensivo, al contrataque o haciendo saque y red”, respondía a este medio durante una charla en 2018, al día siguiente de su undécima conquista en Roland Garros.

Aunque la tierra sea indiscutiblemente su hábitat ideal, Nadal se amoldó con maestría al cemento —la superficie dominadora, el 80% de la temporada— y acabó disfrutando del césped, donde hizo gala de un magnífico despliegue en la malla, especialmente en su veteranía. A su fuerza en el tiro, su movimiento de pies, su potencia para abarcar terreno y su temible drive —hasta 5.000 revoluciones, el doble que el promedio habitual— le incorporó una mejora muy reseñable con el revés y un agudo sentido táctico en la interpretación de los encuentros. Contribuyó durante esa etapa final la valiosa aportación de Carlos Moyà, el ídolo, el amigo, el confidente. Asistente de buen olfato. El exnúmero uno supo cuándo forzar más o menos, asesorar con acierto —frenando cuando procedía, pese a las ganas y el ímpetu— y acompañar al hombre que ya había dejado atrás al veinteañero. Nadal ya no era aquel Rafel. Ni mejor ni peor, sencillamente distinto.

“Enseguida te das cuenta de la grandeza de Rafa, y de todo lo que conlleva estar con él”, contestaba poco antes de relevar a Toni en el banquillo. Lo ocupó oficialmente en 2018 y, junto al nuevo entrenador, Nadal perfiló su servicio para amortiguar el daño en las rodillas y continuó ganando repertorio. La templanza de Moyà, su profundo conocimiento de los rivales y de las circunstancias físicas y emocionales que envolvían a su jugador —tuvo que retirarse a los 34 años, en gran medida por una artrosis que arrastraba en el pie izquierdo desde los 20— supusieron un refugio ideal en dirección a este irremediable adiós que ahora, 23 años después de alzar el vuelo, se confirma.

Segundo artículo

Te admiro, Rafael


Ha llegado el irremediable momento que uno desearía que no llegara nunca. Finalmente, este pasado jueves a las once de la mañana, Rafael publicó un vídeo en el que comunicaba su decisión de dejar la competición y, por tanto, poner fin a su trayectoria profesional en el mundo del tenis. Informó, además, de que el marco elegido para despedirse de su larga carrera sería la eliminatoria final de la Copa Davis que se celebrará este próximo mes de noviembre en Málaga.


Durante meses él fue retrasando esta decisión, aun sabiendo que debía tomarla más pronto que tarde, porque no le resultaba nada fácil dar por concluida una etapa tan importante de su vida y dejar de hacer aquello que ha venido haciendo con éxito desde muy temprana edad, desde que tuvo uso de razón. En su caso, además, se ha dado otra circunstancia particular que lo ha llevado a prolongar su despedida.


ó dominarlo en muchas ocasiones y vio cómo, a pesar de las dudas e incertidumbres, a veces salía no solo victorioso, sino además fortalecido. Esa fue una de las razones que le hizo aplazar una y otra vez su meditada decisión. De todos es conocido que él está acostumbrado a apurar su lucha hasta el final, tal y como lo hizo en muchos partidos cuando la situación le era claramente adversa y le costaba lo indecible dar su brazo a torcer. En estos dos últimos años, simplemente ha seguido con su tónica de siempre, la de darse todas las oportunidades, más por fe que por razonamiento y, finalmente, solo ha accedido a aceptar la evidente realidad cuando ha tenido la indiscutible constatación de que su cuerpo no da para más.

Hoy puedo afirmar con rotundidad que Rafael ha cumplido con lo que me prometió hace unos años en una conversación que mantuvimos en un apartado de un club. Le conté que un conocido extenista me había confesado la insatisfacción que le producía su carrera tenística. Con notable sinceridad se había lamentado, no por no haber logrado más títulos, sino por su falta de perseverancia. Por temor propio, insté a mi sobrino a que no cayera en ese error y, con más ahínco del que yo me esperaba, Rafael me contestó: “Tranquilo, Toni. Cuando me vaya de aquí será con la tranquilidad de haberlo intentado todo”.


Ahora, pasados unos días, cuando se me encomienda la imposible tarea de volcar en este escrito mis sentimientos en su despedida, se me ha llenado la mente de nostálgicas imágenes, de recuerdos, de momentos vividos y compartidos al lado de Rafael.

Lo que ha significado para mí lo ocurrido desde sus inicios en el tenis, cuando yo lo observaba con su raqueta enfundada, merodeando por el Club de Tenis de Manacor esperando inquieto su turno para entrar en la pista y entrenar conmigo, hasta sus últimos raquetazos, esos que observé con cierta preocupación al ver que ni sus golpes ni sus piernas respondían ya con la misma frescura y fuerza de antaño, ciertamente, no lo sé expresar con palabras. Todo lo que ha ocurrido entre esos lejanos años y el presente punto final, desde sus primeras victorias en los torneos alevines e infantiles que nos hicieron presagiar lo que más adelante sucedería hasta sus últimos grandes triunfos en Melbourne o París, es la manifestación de un sueño casi perfecto.


Fueron años intensos en los que, junto a él, tuve la oportunidad de vivir grandes momentos: su primera final de Copa Davis en Sevilla como debutante algo inesperado, su primer Roland Garros en 2005 o su victoria en Wimbledon en 2008, en una aclamada final contra Roger Federer que ha sido considerada como la mejor de la historia. Pero también, el diagnóstico de su lesión congénita en 2005, una espada de Damocles que lo obligó a convivir con el dolor y la incertidumbre. Unos compañeros de viaje que le ayudaron a forjar más fuertemente su carácter y que le han acarreado gran sufrimiento, si bien sólo en muy puntuales ocasiones han sido motivo de decaimiento o queja. En nuestro caso, hubiera sido gran desagradecimiento caer en lo uno o en lo otro. En momentos complicados, yo solía repetirle una frase que ya he escrito aquí: “Rafael, la vida nos ha tratado mejor de lo que esperábamos y mucho mejor de lo que merecíamos”.


La carrera de Rafael ha sido muy exitosa, excediendo ampliamente mis expectativas por mucho que siempre haya tenido una fe inquebrantable en él. Y este éxito, su increíble palmarés, lo ha llevado a contar con la amplia admiración y valioso apoyo de los aficionados. Pero, sin duda, lo que le ha hecho ser merecedor de un respeto y reconocimiento tan extendidos también fuera de las gradas, no ha sido exclusivamente el número de títulos conseguidos, sino haberlos fundamentado sobre una estricta escala de valores y su capacidad de mantenerlos durante toda su trayectoria: su corrección, su comportamiento ejemplar tanto en las victorias como en las derrotas, la pasión con la que ha afrontado cada uno de sus partidos, el compromiso que ha mantenido siempre con el deporte mismo y con todo lo que lo rodea, la aceptación de la adversidad y su forma de sobreponerse a ella y, por encima de todo, el respeto que siempre ha sabido mostrar por cada uno de sus rivales, independientemente de su entidad y a pesar de que alguno de ellos le infligió algunas de las derrotas más dolorosas de su carrera.


Hay deportistas que por sus grandes capacidades han logrado ser referentes en su disciplina; otros cuantos que han conseguido engrandecer e incluso trascender su propio deporte; y solo unos pocos, que por su actitud y forma de proceder han trascendido el mero ámbito deportivo y se han convertido en referentes para la sociedad. Creo, sin miedo a equivocarme y aceptando abiertamente las críticas que puede acarrearme afirmar esto siendo yo su tío, que mi sobrino, al igual que su máximo rival durante muchos años, Roger Federer, entra dentro de esta última categoría.

A partir de noviembre, los trofeos que reposan en las vitrinas del museo de su Academia en Manacor, paulatinamente irán perdiendo brillo y esplendor, pero no me cabe duda de que Rafael siempre disfrutará y valorará enormemente su más preciada recompensa: el inmenso cariño y aprecio de la gente de nuestro país y de muchos lugares del mundo.

A mí sólo me queda despedirle con la admiración que siempre ha despertado en mí por su forma rayana en lo heroico de luchar, por cómo ha encarado siempre las adversidades y los retos, y por gestionar con igual normalidad las victorias y las derrotas. Y deseo, por encima de todo, expresarle un inmenso agradecimiento por haberme permitido acompañarle en una etapa de su vida que me hizo profundamente feliz.










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