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¿Vacunas anticovid = Negocio?

 

Las empresas farmacéuticas de vacunas para combatir el COVID no levantan las patentes porque dejarían de ganar más dinero al poder fabricarlas a menos costo los países subdesarrollados. Esto está claro. Pero principalmente lo hacen porque al no poder vacunarse la mayoría de la  gente de estos países hay más posibilidades que el virus mute y  así hay que generar otra vacuna nueva o aconsejar un nuevo pinchazo, que van a comprar los países desarrollados.  Negocio perfecto. Y así sucesivamente. No es de extrañar que haya más  personas, que es que no crean en la ciencia, que no crean en los políticos que son los que tienen que tomar decisiones para que esto no se perpetúe.

Cuando uno no consigue algo que se propone, no siempre es responsabilidad suya.

 «Si luchas por ellos, conseguirás todos tus sueños»: cuando los lemas positivos son dañinos para la salud mental


Te levantas por la mañana y miras esa frase motivadora de tu taza de desayuno: “Si luchas por tus sueños, puedes conseguir lo que te propongas”. Pero la realidad es que después de años de formación, años de becaria, de trabajos gratis, de trabajos basura mientras trabajabas gratis, decidiste que ya valía de luchar por tus sueños, que tocaba luchar por vivir con un poco más de dignidad. Has pasado por la frustración, la ira, la ansiedad, la angustia, la tristeza, la apatía y ahora te das cuenta de que todas esas películas que viste de pequeña en las que el niño conseguía todo lo que se proponía con un poco de esfuerzo, quizás daban un mensaje un tanto equivocado. ¿La idea de que luchando por tus sueños estos se consiguen es el engaño de la generación millennial o en realidad siempre lo fue?

“No ha cambiado nada, este mensaje siempre ha sido un falso mito”, responde tajante el psicólogo Miguel Ángel Rizaldos. Hay que aceptar que “existe una parte injusta en la vida por la que a veces nos tocan cosas negativas sin que hagamos nada para que vengan y, al contrario, cosas positivas por las que luchamos que no acaban de llegar nunca”. Es verdad que, si te esfuerzas aumenta la probabilidad de conseguir aquello que tú quieres «pero no es garantía absoluta. Muchas de las cosas por las que peleamos no dependen solo de nosotros, aunque la sociedad nos ha transmitido que es así”, insiste el psicólogo.




Un lema para vendedores de humo

Decimos que los jóvenes, o ya no tan jóvenes, de la llamada “generación perdida” son aquellos que más han tenido que manejar la frustración de no poder acceder a sus expectativas laborales. Y es cierto. Pero también lo es que quizás anteriores generaciones ni siquiera tuvieron la capacidad o la oportunidad de plantearse ciertos
sueños o expectativas.

Esa es una de las claves en la que insiste el experto. No es que anteriores generaciones sí consiguieran todo lo que se proponían (más allá de una nada desdeñable mayor estabilidad familiar y laboral), sino que el mensaje de “luchar por tus sueños” ha vivido su auge, precisamente, con la generación milénica, que además es la que más se ha dado de bruces con una compleja realidad. Lo peor es que parece que este tipo de lemas motivacionales sigue estando de moda, y no siempre con la mejor de las intenciones.

“Esta idea resulta muy motivadora y, de hecho, es muy usada por muchos vendedores de humo, porque la compramos con mucha facilidad”, argumenta Rizaldos. Vídeos en YouTube que prometen hacerte rico trabajando por libre desde tu casa, libros de autoayuda que prometen que puedes ser un empresario de éxito solo siguiendo cinco pasos o incluso personas que te hacen llegar a creer que puedes curarte de una enfermedad solo con pensamientos positivos. El hecho de que, pese a la frustración generada, se siga difundiendo esta idea, tiene un fondo de puro marketing.

“Existe una gran corriente al respecto, propiciada sobre todo por algunos gurús motivacionales, que no dejan de ser charlatanes que tratan de vender su producto”, relata Rizaldos. El resultado de esto es que “en consulta, los profesionales de la salud mental habitualmente vemos a personas que consideran no están haciendo lo suficiente para conseguir aquello que quieren y esto no siempre es así. Este tipo de pensamiento fomenta una baja tolerancia a la frustración”.

Un exceso de responsabilidad

Otro de los problemas de fondo de estas ideas es que nos hace responsables de todo lo que nos pasa en la vida. Lo bueno y lo malo. Por suerte y por desgracia. “Esto puede generar un narcisismo exacerbado”, advierte por su parte la también psicóloga Verónica Vivero. Es decir, que la persona realmente crea que todo lo que se proponga en la vida, será capaz de lograrlo, ya que tiene el control total de la situación y todo depende de ella. “Algo totalmente falso, que genera grandes frustraciones y problemas inter e intrapersonales, cuando esto no resulta de esta forma”.

Por otro lado, la experta valora que este tipo de ideas también puede dar lugar a personalidades que interioricen la responsabilidad, haciendo que se sometan a la autocrítica dañina. “Esto los lleva a cuestionarse cosas como: ¿Qué habré hecho mal? o ¿Qué habrá mal en mí?”. La respuesta a esas preguntas acaba por ser un sentimiento de culpa difícil de sobrellevar.

“Los psicólogos hablamos de locus de control para explicar donde sitúa el grado de responsabilidad de las situaciones las personas”, precisa Vivero. “Hablamos de locus de control interno vs locus de control externo. En el primer caso (locus interno) la persona atribuye sus éxitos a su persona, su capacidad de trabajo y dedicación, en el segundo (locus externo) los éxitos son más una cuestión de contexto, recurriendo al azar o al factor suerte”.

¿Y cuál sería la respuesta correcta? La realidad, según la psicóloga, es que “en la mayoría de las ocasiones es una combinación de ambas”. Además, “en muchos casos lograrlo o no hacerlo, no depende tanto del talento de uno, sino que es una cuestión de oportunidades y que esta se dé o no”. Al final no es igual de fácil ser actriz viviendo de una familia de actores famosos, que de un pueblo perdido en la estepa. El problema es que siempre nos comparamos con los casos de éxito, porque pocas veces no conocemos a la gran mayoría que se quedó por el camino.



Reformular el mensaje y ajustar expectativas

¿Entonces eliminamos el mensaje sin más? Esa tampoco parece ser la solución. Esforzarse por las cosas que queremos no es algo negativo.  Tener sueños y pelear por ellos tampoco. Lo negativo es pensar que todo el esfuerzo siempre tendrá una recompensa. Lo frustrante es intentar luchar por los sueños hasta el punto de acabar con nuestra salud mental, sin aceptar que hay sueños que se cumplen y otros que nunca se alcanzarán, pero nos habrán traído un bagaje del que podemos aprender. Por eso no se trata tanto de eliminar toda la idea, sino de ser capaces de matizarla.

“Sería interesante reformular el lema por: ‘Si luchas por tus sueños, tendrás más posibilidades de alcanzarlos’. Es una cuestión de perspectiva, que puede ayudar a interiorizar la persecución de ese sueño de una forma más saludable”, propone Vivero.

Al final, el lanzar este tipo de mensajes desde la infancia también tiene objetivos positivos, que tampoco debemos perder de vista por nuestras frustraciones como adultos. “En la cultura de la inmediatez, donde todo se quiere ya y ahora, está bien inculcar a nuestros hijos que no todo en esta vida se consigue de manera rápida, que hay cosas que cuestan y que necesitan de tiempo y dedicación”, insiste Vivero. No debemos olvidar que la cultura del esfuerzo es una cosa y la idealización del mismo es otra.

En cuanto a los sueños, no se trata de cortar alas antes de tiempo, sino de aprender a gestionar expectativas. “Luchar por los sueños, da la capacidad a la persona de soñar, de creer y de crear, algo imprescindible para su felicidad”, insiste la experta. Sin embargo, es clave dar contexto a los mismos.

Como concluye Miguel Ángel Rizaldos, “es importante seguir potenciando el esfuerzo, pero a la vez hay que fomentar la tolerancia a la frustración de nuestros pequeños. Hay que ajustar las expectativas y ser muy realista”. Sin embargo, a veces son los sueños frustrados de los padres, los que acabarán pesando a los más pequeños. “Un Messi aparece entre millones, que tu hijo juegue bien al futbol no quiere decir que vaya a ser un jugador de primera división”. A lo mejor es más sencillo dejar que disfrute del fútbol, y lo que tenga que ser, será.

LA DESIGUALDAD DE OPORTUNIDADES

 

LA DESIGUALDAD DE OPORTUNIDADES


Casi la mitad (el 44%) de las diferencias de renta entre personas en España es explicable directamente por las desigualdades de origen de los ciudadanos y por factores que nada tienen que ver con los esfuerzos que hagan en la vida: la posición social y económica de los padres, el entorno cultural, el tipo de educación, etcétera. Son causas que no se eligen ni se pueden evitar. La otra mitad (el 56%) es un residuo heterogéneo en el que entran otros elementos más difíciles de determinar, entre ellos el empeño personal o la suerte. Con estos porcentajes es difícil hablar de igualdad de oportunidades en nuestro país.


Son datos correspondientes al estudio Desigualdad de oportunidades. Nuevas visiones a partir de nuevos datos, de cuatro profesores de la Universidad Complutense y de La Laguna (Salas-Rojo, Rodríguez, Cabrera y Marrero), hecho público hace unos meses. Ahora que se incorpora de nuevo la desigualdad al frontispicio de la política, conviene recordar que la igualdad de oportunidades es el principio fundamental en las sociedades inclusivas. Significa que los logros de cualquiera no deben depender de la situación socioeconómica de los antecesores ni de razones de género, raza, etcétera. Es la posibilidad de que los ciudadanos puedan ocupar cualquier posición social en función del principio meritocrático, evitando las discriminaciones que lo obstaculizan. Se está hablando de movilidad social.


El gran economista experto en la economía política de la desigualdad, Anthony Atkinson, lamentablemente fallecido (el que se hizo la pregunta trascendental de cuánta desigualdad es aceptable), distinguió entre la desigualdad de oportunidades y la desigualdad de resultados, y las relacionó. La primera es un concepto ex ante (todas las personas deben tener un punto de partida igual) mientras que gran parte de la actividad redistributiva (impuestos y gasto público) se ocupa de los resultados ex post. Quienes consideran que la preocupación por la desigualdad de resultados es ilegítima y creen que una vez que se ha establecido la igualdad de oportunidades para el curso de la vida se ha acabado el problema, se olvidan, por ejemplo, de que la desigualdad de resultados afecta directamente a la desigualdad de oportunidades de la siguiente generación. Los beneficiarios de la desigualdad de resultados de hoy pueden transmitir una ventaja injusta a sus hijos en el futuro (para corregir esto nació el impuesto de sucesiones). Según esta tesis de Atkinson y tantos otros de sus discípulos, si se reduce la desigualdad de resultados, ello contribuiría a mejorar la igualdad de oportunidades. Scott Fitzgerald dijo que “los ricos no son como tú y yo”. Y tampoco sus hijos.


Dar credibilidad a la idea de que vivimos en una sociedad meritocrática por excelencia, que recompensa el esfuerzo y el talento natural, no solo supone faltar a la realidad, sino que refuerza una ideología que legitima el privilegio y bloquea la nivelación social. Alan Krueger, presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca con Obama, popularizó la “curva del Gran Gatsby” (denominada así por Jay Gatsby, el personaje de Scott Fitzgerald, que pasó de ser contrabandista a líder de la sociedad de Long Island), que explica la probabilidad de que alguien herede la posición relativa de sus padres. Krueger predijo así que “la persistencia de las ventajas y desventajas de los ingresos pasará de padres a hijos”. Ello sucede de diferente modo en cada sociedad: los países nórdicos son los que presentan menores desigualdades de origen y mayor movilidad social, mientras que en el caso de EE UU significa el fin del sueño americano. En Dinamarca, sólo el 15% de los ingresos de un adulto joven dependen de los ingresos de sus padres, mientras que en Perú dos terceras partes de lo que gana una persona se relaciona con lo que sus padres lograron en el pasado.



El chiste final: un ejecutivo editorial detrás de la mesa de su despacho llama a su asistente: “Señorita ­Smith, compre los derechos de la Biblia y haga que cambien la parte donde habla de los ricos y el ojo de la aguja”.

Autor: Joaquín Estefanía. Publicado en El País el 7 de noviembre de 2021.