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Toma de decisiones

Artículo publicado en El País sobre toma de decisiones muy sencillo, aclarador y con sentido del humor por Fernando Trias de Bes.

Tengo un conocido que tras salir varios años con una chica se enfrentaba a dar el difícil paso de pedirle matrimonio. Yo siempre he sostenido que casarse es una decisión irracional porque, si uno lo piensa detenidamente, lo más probable es que no lo haga. Sin embargo, este conocido, que es economista y que aprendió a decir números antes que papá, es profundamente racional, metódico y cuadricu­lado. Así que, para ayudar a decantarse, procedió exactamente del mismo modo que cuando se había de enfrentar a la compra de un automóvil o un inmueble. Abrió una hoja de cálculo en su ordenador, la tituló “matrimonio” y anotó todos aquellos parámetros que tenían que determinar su dictamen personal. Entre todos ellos había aspectos relacionados con la convivencia, la atracción física, la satisfacción sexual, los aspectos económicos, sociales… A cada una de esas variables les otorgó un peso determinado según la importancia que tenían para él y, a renglón seguido, puntuó del 0 al 10 cada uno de los atributos, según él mismo consideró. Le aseguro que esta historia es absolutamente cierta. Cuando la cuento, la mayoría de personas, especialmente las del sexo femenino, se llevan las manos a la cabeza. A las del masculino les suele divertir mucho. Las mujeres son mucho más emocionales; para ellas, los sentimientos prevalecen sobre las razones.

La toma de decisiones en cuestiones trascendentales es un asunto muy complejo que ha sido abordado por investigadores sociales, psicólogos y neurólogos. Se sabe desde hace mucho tiempo que a la hora de elegir actúan dos tipos de fuerzas. Por un lado, las racionales, basadas en los hechos y en las probabilidades. En el caso de mi conocido, es el equivalente a la hoja de cálculo. En otros ámbitos, como por ejemplo el laboral, los elementos puramente lógicos serían el salario, el horario o la solvencia de la empresa. Por otra parte están las fuerzas no racionales, que incluyen aspectos tan ignotos e insondables como las emociones, la intuición, el miedo o el deseo. Los investigadores no cuestionan estos dos elementos, sino que dirigen su atención a comprender cómo interactúan, se retroalimentan, y sobre todo, la manera de proceder de nuestra inteligencia para resolver las contradicciones que se producen entre lo racional y lo emocional. Los argumentos a favor y en contra de una decisión funcionan a base de gradientes: por ejemplo, valorar si esa persona me gusta algo, poco, mucho, bastante o nada. Sin embargo, las decisiones son binarias. Lo compro o no lo compro. Me caso o no. Acepto este empleo o lo rechazo. Ahí radica la dificultad. Decidir consiste en convertir una variable continua en otra dicotómica. ¿Quién se ocupa de ello?
Pues según el filósofo José Antonio Marina, lo hace la llamada inteligencia ejecutiva, encargada de combinar toda la información disponible (racional o irracional) para tomar la mejor decisión y dirigir nuestras vidas hacia la máxima felicidad y satisfacción. Para la inteligencia ejecutiva no existe esta separación entre argumentos racionales e irracionales. La memoria, los recuerdos, los hechos y las probabilidades adquieren tanto peso como la imaginación, el deseo o el miedo. Todos son elementos que aventuran el posible futuro que desencadena una decisión determinada. De ahí emana la intuición, tachada durante mucho tiempo de superstición, prejuicio o falta de fundamento y que en la actualidad es ya objeto de estudio como un tipo de pensamiento inductivo que, si bien carece del llamado objeto de prueba o demostración, no está exento de razones.
Recientemente se han descubierto células neuronales en los intestinos que se han dado a conocer como el tercer cerebro. Los dos primeros son el cerebro propiamente dicho y el corazón, donde también se hallan neuronas. Bajo mi punto de vista, y aunque no lo haya probado científicamente, creo que razón y corazón se combinan del siguiente modo: la razón actúa como un guardián. Es decir, utilizamos los elementos lógicos para descartar las peores alternativas que se nos presentan y seleccionar únicamente unas pocas entre las que finalmente tomar una decisión. El pensamiento racional actúa como un filtro: descarta variables y coloca las opciones en un determinado ranking de preferencias: digamos que determina los finalistas. A partir de ahí, la elección se toma con el corazón, la intuición o las entrañas. Y esto es así porque el ser humano decide proyectándose hacia el futuro y no mirando hacia el pasado. Es decir, se decanta por una opción porque piensa que va a serle más provechosa o a hacerle más feliz. Y ahí intervienen más factores intuitivos que racionales. La imaginación proyecta; la memoria recuerda. Y pienso que decidimos, principalmente, proyectando.
Incluso en el caso de mi conocido, estoy seguro de que, cuando su hoja de cálculo arrojó la cifra final, tuvo que apagar el ordenador y volver a preguntarse: ¿qué hago? Entonces pensó en el futuro e imaginó cómo sería la vida al lado de su novia. Por cierto, sigue casado con ella. Dos décadas después, tienen varios hijos y son felices. Lo que nunca le contó fue cómo tomó aquella decisión porque estoy convencido de que no le hubiese hecho mucha gracia. Pero funcionó. Caramba si funcionó.

¿Qué prohibimos?

Queda prohibido odiar. Artículo sobre los límites de expresión. Muy interesante.

Carta al director sobre dicho artículo:


odiar no es delito


En el artículo Queda prohibido odiar, publicado el pasado domingo en las págnias de Opinión, el autor se pregunta por qué las críticas y los mensajes de menosprecio a los políticos no reciben el mismo tratamiento que los comentarios insultantes respecto a minorías étnicas o sexuales. En la facultad de Derecho nos enseñan que uno de los límites a la libertad de expresión se fundamenta en el carácter público de las personas, en la posición de privilegio que ostentan en el seno de la sociedad, que también tiene sus desventajas. Caso distinto es de los ciudadanos de a pie. Los llamados “delitos de odio” no castigan el odio en sí mismo. El Código Penal busca proteger una serie de bienes jurídicos que nos interesan a todos: la vida, la libertad, la dignidad. Cuando se castigan comentarios homófobos, cuando se prohíben autobuses con mensajes de odio, no se castiga una emoción, porque, como bien dice José María Ruiz Soroa, eso le está “vedado al derecho”. Se castiga un ataque contra la dignidad de un colectivo. Se castiga que, con la publicación de este tipo de mensajes, sea aceptable agredir, insultar o menospreciar a una persona por el simple hecho de ser diferente. Y esto nunca le debería estar vedado al derecho.— Aitana Bellido Íscar. Salamanca. 14 marzo de 2017.


Sobre el secreto y la intimidad.

 Articulo muy interesante: ¿Cuánta verdad es deseable? Publicado el 29 de enero de 2017. Firmado por Fernando Trias de Bes

Destaco algunas frases:

Conocerse es en realidad el proceso a través del cual dos personas deciden ir descubriendo sus enigmas al otro:sus deseos, sus manías, sus intimidades, sus fobias, sus adicciones, sus defectos y sus virtudes. En ese transcurso, uno decide libremente cuánto desnudarse ante el otro, hasta qué nivel de confianza entregarse. Se trata de un viaje sin final hacia el conocimiento mutuo que también puede permitir descubrir más sobre uno mismo.

" (...) el erotismo precisa del secreto porque, cuando este desaparece, también lo hace el interés, la seducción, el juego y el enigma. Si el erotismo requiere de la existencia de secretos y este es la cultura del deseo, se podría afirmar que sin secretos desaparece el deseo.

(...) igual que guardar un secreto es un deber y una exigencia, también lo es el respeto a la no transparencia del otro.Podemos pedir que no haya engaño, pero no una sinceridad absoluta. Se trata -tan fácil y tan difícil- de encontrar a la persona que nos atraiga lo suficiente para adentrarnos en sus secretos y seguir queriéndola. Y confiarle los nuestros sin sentir vergüenza. en eso consiste la transparencia. No es un destino ni un objetivo, sino un viaje.