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La maravillosa mente de Nadal, y un método no tan simple. / Te admiro, Rafael

Primer artículo 

La maravillosa mente de Nadal, y un método no tan simple. 

Alejandro Ciriza

Publicado el 13 de octubre del 2024 en El País
El método Nadal ha sido inspirador para escuelas y universidades, aplicado también en sesiones de formación de empresas e investigado por aquellos que intuían detrás de todo una fórmula sofisticada y compleja, delicados equilibrios, teorías enrevesadas. Nada más lejos de la realidad. Suele simplificar su tío Toni, mentor del campeón y origen de la epopeya: “El secreto es que no hay secreto; el tenis consiste, básicamente, en pasar una bola más que el rival”. Y de ese modo, partiendo de esa premisa tan aparentemente simple —que de eso nada—, su sobrino fue interiorizando un ideario tan pragmático como exigente que ha ejecutado a rajatabla hasta la recta final. “A nosotros nos funcionó, pero eso no significa que sea válido para los demás”, precisa el preparador, que percibió en ese niño dócil e “hiperactivo” una capacidad fuera de lo normal para hacer frente a la hostilidad, sobreponerse a las adversidades y aceptar el mensaje: a mayor sufrimiento, mayor gloria.

“Rafael tenía la obligación, inculcada por mí al principio, asumida por él después, de no quejarse jamás”, detallaba el técnico en un artículo publicado en este periódico en 2022, titulado La imprescindible escuela de la dificultad. En el texto, el tío ofrecía las líneas maestras de su metodología; esto es, trabajar más de lo previsto, hacerlo con buena cara, tener paciencia y siendo el alumno consciente de que las cosas no tenían por qué salir necesariamente bien. “El que haya habido esta persona que me ha exigido tanto siempre ha sido decisivo para mí”, contaba Nadal en un encuentro con EL PAÍS, en 2017. “Pero, luego, él también se ha encontrado con una persona que ha aguantado muchas cosas que quizá otras no hubieran podido, porque yo respondía”, matizaba el tenista, muy agresivo en su etapa de desarrollo y más contemporizador después, conforme iba escribiendo la leyenda.


“Su pelota te arrollaba, era muy pesada. No había forma de contener ese golpe y desde el punto de vista mental fue comiéndome. Era un crío serio, pero ese día ya conectó con la grada y no pude hacer nada”, describe Ramón Delgado, la primera víctima del mallorquín en el circuito profesional. Se inclinó en Mallorca, 2002. El paraguayo habla de un “portento físico” que discutía todos los puntos e imponía una velocidad de bola impropia de su edad, 15 años; de la “sensación de impotencia” que experimentaron muchos otros. Ninguno como Nadal en el territorio de lo psicológico. En cualquier caso, su relieve como jugador va mucho más allá de lo mental, porque a la coraza y el dinamismo exhibido hasta la treintena, le añadió después un registro rico en matices y una evolución técnica y táctica evidente. Cerebral y estratégico, muy inteligente, debatió de la primera a la última bola con sobrados argumentos y supo aclimatarse a un entorno de pistoleros pese a ser un tenista de corte más bien clásico.


A lo largo de su trayectoria, Nadal ha tenido que lidiar con el mito del pasabolas y la idea de que era un jugador reservón que prefería ceder la iniciativa y confiar en que la erosión terminara decidiendo los partidos. Sin embargo, su tenis no ha dejado de enriquecerse y con el paso de los años ha ido exponiendo una versión más punzante y definitiva, más acorde a lo que demanda el patrón moderno. “¿Pasabolas? Me importa un bledo; nadie en su sano juicio puede decir tal barbaridad. Me río más que me molesto. Si pasas una bola más, al final ganas. Decir eso es una descalificación, y si te dicen que eres un cañonero y que solo sabes sacar, también lo es. Esto es deporte y el objetivo final es llegar a tu máximo, ya sea jugando agresivo, defensivo, al contrataque o haciendo saque y red”, respondía a este medio durante una charla en 2018, al día siguiente de su undécima conquista en Roland Garros.

Aunque la tierra sea indiscutiblemente su hábitat ideal, Nadal se amoldó con maestría al cemento —la superficie dominadora, el 80% de la temporada— y acabó disfrutando del césped, donde hizo gala de un magnífico despliegue en la malla, especialmente en su veteranía. A su fuerza en el tiro, su movimiento de pies, su potencia para abarcar terreno y su temible drive —hasta 5.000 revoluciones, el doble que el promedio habitual— le incorporó una mejora muy reseñable con el revés y un agudo sentido táctico en la interpretación de los encuentros. Contribuyó durante esa etapa final la valiosa aportación de Carlos Moyà, el ídolo, el amigo, el confidente. Asistente de buen olfato. El exnúmero uno supo cuándo forzar más o menos, asesorar con acierto —frenando cuando procedía, pese a las ganas y el ímpetu— y acompañar al hombre que ya había dejado atrás al veinteañero. Nadal ya no era aquel Rafel. Ni mejor ni peor, sencillamente distinto.

“Enseguida te das cuenta de la grandeza de Rafa, y de todo lo que conlleva estar con él”, contestaba poco antes de relevar a Toni en el banquillo. Lo ocupó oficialmente en 2018 y, junto al nuevo entrenador, Nadal perfiló su servicio para amortiguar el daño en las rodillas y continuó ganando repertorio. La templanza de Moyà, su profundo conocimiento de los rivales y de las circunstancias físicas y emocionales que envolvían a su jugador —tuvo que retirarse a los 34 años, en gran medida por una artrosis que arrastraba en el pie izquierdo desde los 20— supusieron un refugio ideal en dirección a este irremediable adiós que ahora, 23 años después de alzar el vuelo, se confirma.

Segundo artículo

Te admiro, Rafael


Ha llegado el irremediable momento que uno desearía que no llegara nunca. Finalmente, este pasado jueves a las once de la mañana, Rafael publicó un vídeo en el que comunicaba su decisión de dejar la competición y, por tanto, poner fin a su trayectoria profesional en el mundo del tenis. Informó, además, de que el marco elegido para despedirse de su larga carrera sería la eliminatoria final de la Copa Davis que se celebrará este próximo mes de noviembre en Málaga.


Durante meses él fue retrasando esta decisión, aun sabiendo que debía tomarla más pronto que tarde, porque no le resultaba nada fácil dar por concluida una etapa tan importante de su vida y dejar de hacer aquello que ha venido haciendo con éxito desde muy temprana edad, desde que tuvo uso de razón. En su caso, además, se ha dado otra circunstancia particular que lo ha llevado a prolongar su despedida.


ó dominarlo en muchas ocasiones y vio cómo, a pesar de las dudas e incertidumbres, a veces salía no solo victorioso, sino además fortalecido. Esa fue una de las razones que le hizo aplazar una y otra vez su meditada decisión. De todos es conocido que él está acostumbrado a apurar su lucha hasta el final, tal y como lo hizo en muchos partidos cuando la situación le era claramente adversa y le costaba lo indecible dar su brazo a torcer. En estos dos últimos años, simplemente ha seguido con su tónica de siempre, la de darse todas las oportunidades, más por fe que por razonamiento y, finalmente, solo ha accedido a aceptar la evidente realidad cuando ha tenido la indiscutible constatación de que su cuerpo no da para más.

Hoy puedo afirmar con rotundidad que Rafael ha cumplido con lo que me prometió hace unos años en una conversación que mantuvimos en un apartado de un club. Le conté que un conocido extenista me había confesado la insatisfacción que le producía su carrera tenística. Con notable sinceridad se había lamentado, no por no haber logrado más títulos, sino por su falta de perseverancia. Por temor propio, insté a mi sobrino a que no cayera en ese error y, con más ahínco del que yo me esperaba, Rafael me contestó: “Tranquilo, Toni. Cuando me vaya de aquí será con la tranquilidad de haberlo intentado todo”.


Ahora, pasados unos días, cuando se me encomienda la imposible tarea de volcar en este escrito mis sentimientos en su despedida, se me ha llenado la mente de nostálgicas imágenes, de recuerdos, de momentos vividos y compartidos al lado de Rafael.

Lo que ha significado para mí lo ocurrido desde sus inicios en el tenis, cuando yo lo observaba con su raqueta enfundada, merodeando por el Club de Tenis de Manacor esperando inquieto su turno para entrar en la pista y entrenar conmigo, hasta sus últimos raquetazos, esos que observé con cierta preocupación al ver que ni sus golpes ni sus piernas respondían ya con la misma frescura y fuerza de antaño, ciertamente, no lo sé expresar con palabras. Todo lo que ha ocurrido entre esos lejanos años y el presente punto final, desde sus primeras victorias en los torneos alevines e infantiles que nos hicieron presagiar lo que más adelante sucedería hasta sus últimos grandes triunfos en Melbourne o París, es la manifestación de un sueño casi perfecto.


Fueron años intensos en los que, junto a él, tuve la oportunidad de vivir grandes momentos: su primera final de Copa Davis en Sevilla como debutante algo inesperado, su primer Roland Garros en 2005 o su victoria en Wimbledon en 2008, en una aclamada final contra Roger Federer que ha sido considerada como la mejor de la historia. Pero también, el diagnóstico de su lesión congénita en 2005, una espada de Damocles que lo obligó a convivir con el dolor y la incertidumbre. Unos compañeros de viaje que le ayudaron a forjar más fuertemente su carácter y que le han acarreado gran sufrimiento, si bien sólo en muy puntuales ocasiones han sido motivo de decaimiento o queja. En nuestro caso, hubiera sido gran desagradecimiento caer en lo uno o en lo otro. En momentos complicados, yo solía repetirle una frase que ya he escrito aquí: “Rafael, la vida nos ha tratado mejor de lo que esperábamos y mucho mejor de lo que merecíamos”.


La carrera de Rafael ha sido muy exitosa, excediendo ampliamente mis expectativas por mucho que siempre haya tenido una fe inquebrantable en él. Y este éxito, su increíble palmarés, lo ha llevado a contar con la amplia admiración y valioso apoyo de los aficionados. Pero, sin duda, lo que le ha hecho ser merecedor de un respeto y reconocimiento tan extendidos también fuera de las gradas, no ha sido exclusivamente el número de títulos conseguidos, sino haberlos fundamentado sobre una estricta escala de valores y su capacidad de mantenerlos durante toda su trayectoria: su corrección, su comportamiento ejemplar tanto en las victorias como en las derrotas, la pasión con la que ha afrontado cada uno de sus partidos, el compromiso que ha mantenido siempre con el deporte mismo y con todo lo que lo rodea, la aceptación de la adversidad y su forma de sobreponerse a ella y, por encima de todo, el respeto que siempre ha sabido mostrar por cada uno de sus rivales, independientemente de su entidad y a pesar de que alguno de ellos le infligió algunas de las derrotas más dolorosas de su carrera.


Hay deportistas que por sus grandes capacidades han logrado ser referentes en su disciplina; otros cuantos que han conseguido engrandecer e incluso trascender su propio deporte; y solo unos pocos, que por su actitud y forma de proceder han trascendido el mero ámbito deportivo y se han convertido en referentes para la sociedad. Creo, sin miedo a equivocarme y aceptando abiertamente las críticas que puede acarrearme afirmar esto siendo yo su tío, que mi sobrino, al igual que su máximo rival durante muchos años, Roger Federer, entra dentro de esta última categoría.

A partir de noviembre, los trofeos que reposan en las vitrinas del museo de su Academia en Manacor, paulatinamente irán perdiendo brillo y esplendor, pero no me cabe duda de que Rafael siempre disfrutará y valorará enormemente su más preciada recompensa: el inmenso cariño y aprecio de la gente de nuestro país y de muchos lugares del mundo.

A mí sólo me queda despedirle con la admiración que siempre ha despertado en mí por su forma rayana en lo heroico de luchar, por cómo ha encarado siempre las adversidades y los retos, y por gestionar con igual normalidad las victorias y las derrotas. Y deseo, por encima de todo, expresarle un inmenso agradecimiento por haberme permitido acompañarle en una etapa de su vida que me hizo profundamente feliz.










La violencia sexual y los márgenes del Derecho

Paz Lloria García Fabiola Meco Tebar Ana Valero
Publicado en El País el 2 de noviembre del 2024.


Con ocasión de las denuncias realizadas contra Iñigo Errejón, en los últimos días se han realizado una serie de afirmaciones y declaraciones en diferentes ámbitos, periodísticos, políticos e incluso jurídicos, que llevan a confusión y mezclan ideas y conceptos en torno a la violencia sexual y los márgenes del Derecho. En el marco del Derecho encontramos el consentimiento sexual, la protección a la víctima; también la presunción de inocencia. No hay “presuntos” agresores, ni hay, por tanto, “presuntas” víctimas. Solo la inocencia es presunta. En los márgenes del Derecho se mueven a diario nuestros derechos.


En el ámbito de la libertad sexual, que haya o no delito depende del consentimiento. Llevamos años discutiendo sobre el valor de consentir en el ámbito sexual: si hay acuerdo entre quienes participan, es sexo; si no lo hay, es agresión. Defendemos una moral sexual que exige acuerdo, no una moral sexual que nos diga qué prácticas, con quién, cuándo, dónde y para qué.


El sexo consentido es aceptable en cualquiera de sus manifestaciones. Hablar de la libre voluntad a la hora de consentir implica que quienes intervienen en la relación están de acuerdo en cómo esta se desarrolla y, por lo tanto, ningún reproche ético, social ni desde luego jurídico debe realizarse. Solo cuando no existe consentimiento válido o este está viciado, puede intervenir el Derecho. No hubo consentimiento por parte de Gisèle Pelicotni de Nevenka Fernández. Tampoco lo hubo en los abusos en el seno de la Iglesia Católica.


No todo comportamiento machista o desconsiderado es violencia sexual. No todo sexo sin amor o que no nos satisfaga es violencia sexual. Ni siquiera todo sexo violento es violencia sexual. Tampoco todas las personas buscamos lo mismo en un encuentro o relación sexual. El sexo se expresa de maneras diversas. No queremos una sexualidad normativa porque nuestro feminismo no es moralizante, porque el sexo moralizante nos victimiza. No podemos volver a una concepción puritana de la sexualidad, poniendo de nuevo el acento en los peligros que el sexo tiene para las mujeres. No podemos permitirnos perder derechos conquistados.

Ponemos el acento en el consentimiento y en el acuerdo porque somos, pensamos y actuamos en tanto que seres autónomos, relacionales, con libertad de decidir sobre nuestra vida, nuestro cuerpo y nuestras relaciones sexuales. Decidimos a pesar de las limitaciones vitales a las que muchas de nosotras estamos sometidas; a pesar de los diferentes sistemas de dominio que nos afectan (el heteropatriarcado, el capacitismo, el racismo, la extranjería, el edadismo, el sistema de clases). A pesar de todo eso, o por encima de ello, las mujeres decidimos, resistimos, acordamos, vivimos, creamos. Precisamente porque somos sujetos de derecho, no somos objetos, ni somos por definición “víctimas” en un sentido psicológico o sociológico, aunque ocasionalmente podamos ser víctimas de delito. En el reconocimiento social y jurídico de nuestra agencia está el germen del cambio de las estructuras que nos oprimen.


Si en lugar de defender estas premisas optamos, como se está haciendo, por declarar a las mujeres siempre víctimas y a los hombres siempre agresores; si entramos a decidir qué prácticas sexuales son “buenas” en sí y cuáles son “machistas”; si entramos a juzgar los gustos, deseos y opciones sexuales de la gente, acabaremos reduciendo a objetos (objetos sexuales, objetos de tutela, objetos de dominio) a todas aquellas personas que disientan de la moral sexual establecida y decidida por unos pocos, cuya legitimidad sería además cuestionable. Si esa moral sexual se va a perfilar a golpe de tuit, desandaremos el camino que nos ha conducido hasta aquí y muchas personas nos quedaremos en los márgenes.


Un hecho puede ser reprochable ética y políticamente y no ser constitutivo de delito. Dicho eso, somos libres de buscar el reproche social, a través de redes sociales u otras vías, o el reproche penal de los actos contra nuestra libertad sexual. Tenemos derecho a tomarnos el tiempo que necesitemos, a desahogarnos, y a buscar apoyo personal o institucional para la denuncia. Podemos desear ser anonimizadas cuando se exponga nuestro relato, que no debe ser cuestionado, y preservar nuestra identidad para no ser revictimizadas, sin por ello ser anónimas.


Se lucha contra la violencia sexual reconociendo y reforzando nuestra capacidad de decidir, de alumbrar prácticas y señalar límites. Afirmamos que hay valor en la denuncia cuando el consenso se rompe, se impone la fuerza y la violencia del otro; y que hay voluntad de seguir avanzando libres y sin violencias, desde los márgenes del Derecho.

La pobreza es causa de esquizofrenia, pero también consecuencia, según un nuevo estudio

 Adrián Cordellat

Publicado el 26 de octubre del 2024 en El País.


La relación entre un determinante social como la pobreza con la salud mental ha protagonizado no pocos debates científicos y políticos. ¿La pobreza conduce a trastornos mentales o son estos últimos los que empujan a la pobreza? ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? El más reciente de estos debates fue el protagonizado por la comisionada de salud mental del Ministerio de Sanidad, Belén González, que aseguraba que en España el diagnóstico de esquizofrenia es 12 veces más frecuente en rentas bajas que en rentas altas, o que el uso de antidepresivos es aproximadamente cuatro veces mayor según la clase social. “Con frecuencia identificamos que lo que realmente necesita un paciente no es un psicólogo, sino un abogado laboralista. Frente a la impotencia de no hacer nada y la falta de tiempo para generar un relato más ajustado a los problemas sociales, se opta por la prescripción de psicofármacos”, señalaba González antes de reivindicar grupos de deporte en lugar de rubifén, asociaciones feministas en lugar de sertralina, o un sindicato en lugar de lorazepam.

La respuesta de algunos psiquiatras no se hizo esperar. Celso Arango, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, alertaba en una columna publicada por EL PAÍS del reduccionismo del discurso de la comisionada y le afeaba el hecho de “interesarse solo por algunos factores de riesgo —dejando a un lado, por ejemplo, el cannabis— o simplificar hasta lo ridículo los trastornos mentales como consecuencia del sistema capitalista o de los problemas sociales”.


Un estudio publicado este verano en la prestigiosa revista científica Nature Human Behaviour con datos del Biobanco del Reino Unido se ha sumado al intenso debate al descubrir una relación bidireccional entre pobreza y determinados trastornos mentales. Concretamente, de los nueve trastornos mentales analizados, los autores hallaron que la pobreza contribuye al trastorno depresivo mayor y a la esquizofrenia; mientras que, por su parte, la esquizofrenia y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) incrementan el riesgo de pobreza.

“Por primera vez, presentamos evidencia de que la pobreza es un factor causal de los trastornos de salud mental. Aunque desde hace tiempo sabemos que están asociados, estos datos respaldan la afirmación de que ser pobre es perjudicial para la salud y conduce a enfermedades mentales”, explica a EL PAÍS Marco P. Boks, miembro del Departamento de Psiquiatría del Amsterdam University Medical Center y uno de los autores del estudio. Según este experto, no está claro qué ocurre primero, si los problemas de salud mental o la pobreza, pero lo cierto, según los resultados de la investigación, es que la relación funciona en ambos sentidos.

“La evidencia es contundente: la desigualdad y la pobreza sí contribuyen a las enfermedades mentales. Es cierto que la predisposición genética influye en el riesgo para la salud mental, pero la evidencia reciente sugiere que la contribución del trasfondo genético a la salud mental podría haber sido sobreestimada, y la contribución del entorno es mayor de lo que se pensaba anteriormente. Además, el trasfondo genético no es modificable, mientras que la pobreza es en gran medida un problema creado por el hombre”, argumenta Boks.

Xavier Miranda, coordinador del Grado de Trabajo Social de la Universitat de Lleida e investigador en el ámbito de la intervención social en salud mental, hace referencia a la metáfora de la curva peligrosa. Según esta, de la misma manera que en una curva peligrosa se van a registrar a largo plazo más accidentes y muertes que en una recta, en salud mental aparecerán más patologías en aquellos grupos de población que sufren la presencia acumulada de factores de riesgo —como una nutrición deficiente, un bajo nivel educativo, desocupación laboral o la acumulación de deudas y desahucios—. “Esa exposición, combinada con la falta de factores de protección, predispone a las personas a experimentar situaciones de mayor vulnerabilidad ante este tipo de problemas”, sostiene Miranda.

El contexto social y la genética

Según Néstor Szerman, psiquiatra del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Gregorio Marañón de Madrid y presidente de la Fundación Patología Dual, la situación se agrava en el caso de las personas que sufren una adicción y otro trastorno mental, lo que se conoce como patología dual, que en su opinión “incrementa la severidad, la marginación, la discriminación y el estigma, factores todos ellos asociados a la pobreza”.

Miranda, no obstante, aboga por no caer en tentaciones simplificadoras y reduccionistas: “Venimos de una tradición histórica en la que las patologías mentales se han entendido de manera aislada del contexto social y cultural, focalizando la atención en las disfuncionalidades neuroquímicas del cerebro. Hoy sabemos que ese abordaje era claramente reduccionista. Es conveniente aprender de ello y no caer en el mismo error y situarnos en el otro extremo. El contexto social es muy importante, y la genética también”.

Su opinión la comparte el psiquiatra Celso Arango, que recuerda que, si se analizan los datos del estudio, se puede concluir también que la pobreza no parece tener relación con la mayor parte de los trastornos mentales estudiados. Además, según el director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, la mayor parte de la causalidad entre pobreza y salud mental no vendría determinada únicamente por la situación de vulnerabilidad económica. “No es que la pobreza per se cause la esquizofrenia. Si no que la pobreza, lo que causa es que esas personas se expongan más a una serie de factores de riesgo. Por ejemplo, el estrés, el cannabis… Además, el hecho de que las personas pobres tengan menos posibilidades de recibir factores protectores, como peor atención temprana o peor atención médica, también puede incrementar la posibilidad de tener esquizofrenia”, argumenta Arango.

Según este psiquiatra, además, también existen factores muy difíciles de controlar, como el estigma de los profesionales médicos. Arango cita, por ejemplo, varias investigaciones realizadas en el Reino Unido que han demostrado en los últimos años que, ante los mismos síntomas, es más fácil que una persona emigrante afroamericana o caribeña —por regla general con una peor situación socioeconómica— reciba un diagnóstico de esquizofrenia que uno de trastorno bipolar o depresión mayor. “Es decir, que el estigma racial también hace que sea más fácil recibir un peor diagnóstico de salud mental”, afirma Arango.

Prevenir pobreza y trastornos mentales

Que algunos trastornos mentales conducen a situaciones de mayor precariedad, como demuestra el estudio publicado en Nature Human Behaviour, también es una realidad ampliamente investigada. No en vano, según el último informe El empleo de las personas con discapacidad, realizado por el Istituto Nacional de Estadística (INE) con datos del año 2022, la discapacidad mental es la que peor tasa de inserción laboral presenta. Concretamente, solo el 18,9% de las personas diagnosticadas con trastorno mental grave en España tiene un empleo. Y según un estudio publicado en 2023 en la revista The Lancet Psychiatry con datos de Dinamarca, las personas diagnosticadas con un trastorno mental trabajan 10,5 años menos en comparación con la población general, aunque hay trastornos como la esquizofrenia que hacen perder de media 24 años de vida laboral a quienes la sufren.

“La situación es aún peor en España, que es un país en el que la filosofía es: o estás perfectamente para trabajar o no trabajas. Hay muy poco empleo para personas con discapacidad, lo que explica por qué, con la misma discapacidad, aquí en España hay mucha menos gente trabajando que en otros países como Suecia”, argumenta Celso Arango. Una opinión que comparte Xavier Miranda, que considera que las medidas de discriminación positiva en el mercado de trabajo ordinario “son insuficientes y las existentes, como la Ley General de Discapacidad, no terminan de funcionar”. Para el investigador de la Universidad de Lleida, en el caso de las personas que ya están situadas en la vivencia de un trastorno mental grave, sería necesario “aumentar el número de programas específicos de recuperación en el ámbito comunitario, que pasen por incidir positivamente en la dimensión laboral, de vivienda, ocio, etc., para que estas personas puedan alcanzar una vida lo más satisfactoria posible”.

Néstor Szerman considera que las políticas públicas en el campo de la salud mental deberían adoptar el modelo biopsicosocial y dirigirse directamente a las personas vulnerables a sufrir trastornos mentales. “Esta prevención primaria debería identificar desde edades tempranas a familias con alta densidad de trastornos mentales graves, incluyendo los trastornos adictivos. Estas familias ya sufren en muchas ocasiones una situación de adversidad socioeconómica que supone un auténtico desafío para la prevención”, expone el presidente de la Fundación Patología Dual. En estos grupos de población vulnerables y en situación de riesgo, Xavier Miranda aboga por desarrollar acciones de prevención secundaria que promuevan el mantenimiento de la salud y el fortalecimiento de factores de protección. “Por ejemplo, en personas con deudas o problemas para el pago de la hipoteca o dificultades financieras, puede ser muy efectiva una intervención social de acompañamiento y ayuda en la gestión de dicha situación”, afirma Miranda, que considera que, en términos más generales, todas aquellas políticas dirigidas a reducir la inseguridad económica de la población y a apoyar a las familias en la crianza de los niños y niñas “tendrán un impacto positivo a largo plazo en clave de salud mental”.