Traducir

Necesitamos una realidad compartida

 

Máriam Martínez-Bascuñán
Pblicado en El País 23 NOV 2025 

El 4 de diciembre de 1975, Hannah Arendt moría en su apartamento de Nueva York cuando un infarto fulminante la sorprendió en mitad de una conversación con amigos. Al día siguiente encontraron en su máquina de escribir una hoja a medio comenzar con una sola palabra escrita: “Judging”. Juzgar. Aquella palabra solitaria quedó como un testamento involuntario, como si Arendt hubiera querido decirnos, en el último momento, que de todas las facultades humanas que había explorado a lo largo de su vida intelectual —la acción, la libertad, el pensamiento, la natalidad— había una que merecía ser rescatada con urgencia para nuestro tiempo: la capacidad de juzgar.

Cincuenta años tras su muerte, ese pensamiento inconcluso resuena con inquietante actualidad. Vivimos una época donde todos opinamos sobre todo y las redes sociales amplifican cada juicio instantáneo, cada veredicto emocional. Y sin embargo, hemos perdido algo esencial: la capacidad de discernir entre lo verdadero y lo falso, de orientarnos en un mundo que se desmorona bajo nuestros pies. El folio inconcluso de Arendt no era solo el borrador de un capítulo filosófico, sino una pregunta lanzada desde el futuro: ¿qué ocurre cuando una sociedad pierde la facultad de juzgar políticamente?

Para entender por qué Arendt se obsesionó con el juicio hasta convertirlo en el tema de sus últimos años, hay que volver a Jerusalén. Es abril de 1961 y Arendt viaja como corresponsal de la revista The New Yorker a cubrir el juicio contra Adolf Eichmann, el nazi responsable de la logística del Holocausto. Esperaba encontrar un monstruo, la encarnación del mal radical, alguien cuya maldad pudiera explicar lo inexplicable. Lo que vio la dejó perpleja de una manera que ninguna teoría filosófica podía resolver.

Dentro de la jaula de cristal construida para protegerlo en el tribunal, Eichmann no parecía un demonio. Era un hombre gris, mediocre, que hablaba en clichés burocráticos y repetía frases hechas. “Simplemente cumplía órdenes”, decía una y otra vez. No mostraba sadismo ni odio visceral, más bien daba la impresión de alguien profundamente irreflexivo, incapaz de ponerse en el lugar de otros o imaginar el sufrimiento que había administrado con eficiencia germánica. Arendt lo describiría como alguien de una “manifiesta superficialidad”, y de esa experiencia desconcertante nacería uno de los conceptos más potentes y controvertidos del pensamiento político contemporáneo: la banalidad del mal. Arendt no estaba diciendo que el Holocausto fuera banal, sino algo mucho más inquietante: que el mal extremo puede surgir, no de la maldad consciente o la perversión deliberada, sino de la simple ausencia de pensamiento. Eichmann era peligroso precisamente porque había dejado de pensar, apagando ese diálogo interior que nos hace preguntarnos: ¿qué estoy haciendo? ¿Puedo vivir conmigo mismo después de esto?

La pregunta que la persiguió durante años fue radical: si amigos y colegas para quienes “la moralidad iba de suyo” adoptaron sin escrúpulos un código de conducta criminal durante el nazismo, ¿qué fundamento tenía realmente la moralidad? Los grandes paradigmas éticos —el deber kantiano, los fines aristotélicos, el utilitarismo— no impidieron que una sociedad altamente civilizada se coordinara casi automáticamente en la barbarie. ¿Qué queda, entonces, cuando todas las normas colapsan? La respuesta fue tan sencilla como exigente: nuestra capacidad de juzgar por nosotros mismos, sin pasamanos a los que aferrarnos, la misma facultad que Eichmann había abandonado reemplazando el pensamiento por la obediencia, por el cumplimiento mecánico de reglas. No había decisión en él, no había conciencia, no había juicio. Solo repetición y sumisión. Y eso —descubrió Arendt con horror— es más peligroso que cualquier forma de maldad deliberada. Porque mientras el mal radical es excepcional, la banalidad del mal puede extenderse como una epidemia. Todos podemos caer en ella, sólo hace falta dejar de pensar.

El coraje de la imparcialidad

Su retrato de Eichmann cayó como una bomba, especialmente entre la comunidad judía, pero algo desató una polémica mayor: sus observaciones sobre el papel de los Consejos Judíos, los Judenräte. Arendt, con una mirada analítica que muchos interpretaron como cruel, denunció que habían facilitado la logística del genocidio, elaborando, entre otras cosas, listas de deportados a los campos de concentración. Fue acusada de falta de empatía, insensibilidad y de traicionar a su propio pueblo, pero lo que sus críticos no quisieron entender es que Arendt practicaba algo que ella misma había teorizado: la imparcialidad homérica. Aquí reside toda su belleza, y su exigencia.

En la Ilíada, Homero canta tanto a Héctor como a Aquiles, no guarda silencio sobre el hombre vencido. Aunque los dioses decidieran de antemano la victoria griega, el poema “no convierte a Aquiles en más grande que Héctor ni la causa de los griegos en más legítima que la defensa de Troya”, escribe Arendt. Héctor y Aquiles son igualmente memorables y humanos, igualmente dignos de ser recordados. Esa es la imparcialidad homérica: la capacidad de ver la grandeza en ambos lados de un conflicto sin perder el juicio sobre lo que ocurrió. Arendt entendió que era lo único que podía hacer reversible el olvido y la aniquilación. Cuando un pueblo pierde su libertad como Estado, nos dijo, pierde su realidad política, incluso si consigue sobrevivir físicamente. Pero Homero logra que ni la derrota ni la victoria borren la grandeza de los personajes y sus hazañas. Lo destruido —una ciudad, un héroe, una civilización— puede permanecer en la memoria colectiva gracias al relato. La aniquilación total solo ocurre cuando algo o alguien es olvidado por completo.

Por eso, en Jerusalén, Arendt no quiso obviar las verdades incómodas y miró la realidad tal como se presentaba, incluso siendo dolorosa, incluso cuando contradecía narrativas autorreconfortantes. Es la belleza terrible de la imparcialidad homérica: exige que miremos al mundo como realmente es, no como quisiéramos que fuera, que honremos a Héctor aún sabiendo que caerá, que reconozcamos las decisiones de los Judenräte sin olvidar sus consecuencias. Y hoy, esa lección resuena con urgencia, pues nos enfrentamos al mismo dilema, pero a una escala que Arendt apenas pudo intuir. ¿Qué ocurre cuando la posibilidad misma de ejercer esa imparcialidad, de ver el mundo desde múltiples perspectivas sin perder el juicio, desaparece? ¿Cuando ya no hay un mundo común que mirar, sino sólo burbujas informativas, realidades paralelas, verdades tribales?

Elon Musk: cuando el juicio político se vuelve imposible

La palabra que Arendt tecleó en su máquina de escribir señala hacia nuestra crisis contemporánea. Lo que vivimos no es solo la proliferación de mentiras, sino algo más profundo: la destrucción sistemática de las condiciones que hacen posible el juicio político. Y Elon Musk encarna esta destrucción con claridad brutal. No es solo un mentiroso más, sino alguien que ha trascendido completamente la necesidad de operar en un mundo común. Puede, sencillamente, imponer su perspectiva algorítmicamente en X, amplificar su voz y la de quienes piensan como él mientras silencia o invisibiliza a quienes disienten.

El 20 de enero de 2025, tras la investidura de Trump, Musk hizo un gesto que muchos interpretamos como un saludo nazi. Él lo negó, pero lo relevante no es si lo fue o no. Lo señaló la escritora Samantha Rose Hill: “El objetivo es debilitar tu capacidad para distinguir los hechos de la ficción, para que cuestiones si confías o no en tu propio juicio sobre lo que viste”. Es exactamente lo opuesto al juicio arendtiano, pues para Arendt la realidad no es algo que percibimos de forma aislada. Necesitamos que otros la validen y reconozcan. Cuando varios percibimos el mismo objeto o fenómeno, aunque desde diferentes perspectivas, se genera una confianza en esa realidad compartida. Eso es el sentido común: no una facultad individual, sino la capacidad de orientarnos juntos en el mundo.

Musk busca destruir eso. Cuando, en su investidura, Trump mencionó “la revolución del sentido común”, sabía bien lo que hacía. Los autócratas entienden que el sentido común es el puente que conecta nuestra percepción individual con la de los demás y nos permite construir una realidad compartida. Sin él, las experiencias quedan encerradas en nuestra subjetividad y es imposible alcanzar acuerdo alguno sobre lo que es o no real. Pero Musk no es una anomalía: es el actor político ideal en la era de la posverdad, alguien que quiere romper el mundo común porque no lo necesita. Tiene el dinero para comprar la infraestructura comunicativa, el alcance para fabricar su propia realidad y seguidores dispuestos a creer que lo suyo es “sentido común”, aunque contradiga lo que ven con sus propios ojos.

Mientras la imparcialidad homérica requiere imaginar cómo vería el mundo alguien distinto a nosotros y ejercer ese “pensamiento ampliado” que nos permite juzgar políticamente, la perspectiva meramente privada de Musk —sus intuiciones, prejuicios e intereses económicos— se eleva a verdad universal sin mediación del debate público ni verificación factual. Es una suerte de solipsismo masivo: una mirada radicalmente privada amplificada hasta parecer común. Sin hechos compartidos, cuando cada tribu habita su propia realidad, el poderoso puede simplemente fabricar su verdad. No necesita imparcialidad, pues no necesita convencer a nadie fuera de su burbuja. Basta con que sus seguidores repitan sus palabras, que el algoritmo amplifique su mensaje y que la confusión reine.

La BBC: cuando la imparcialidad se vuelve parálisis

Si Musk encarna la destrucción del mundo compartido, la reciente crisis de la BBC muestra algo igualmente preocupante: la parálisis institucional de quienes ya no saben cómo preservarlo. En octubre de 2024, la BBC emitió un documental sobre Trump en el que editores juntaron fragmentos separados de su discurso del 6 de enero de 2021. ¿Fue un error técnico o sesgo editorial? La pregunta es una trampa: lo significativo es que la BBC no supo cómo responder. La verdad factual es que Trump fue central en el asalto al Capitolio. Atrapada entre acusaciones contradictorias —muy progresista para unos, normalizadora del autoritarismo para otros—, la BBC quedó paralizada. Varios cargos dimitieron. La institución que durante décadas fue el referente del periodismo riguroso ya no sabe cómo juzgar porque ha olvidado que la imparcialidad no es sinónimo de neutralidad mecánica. Como señala Mary Beard, la imparcialidad como regla mecánica produce absurdos: hace solo unos años, la BBC invitaba regularmente a negacionistas del cambio climático para dar “balance” a las noticias sobre el clima. Lo que la BBC ha olvidado es que la imparcialidad exige juicio, no neutralidad.

Porque la imparcialidad no consiste en dar el mismo tiempo de palabra a Aquiles y a Héctor y pesar sus argumentos en una burocrática balanza. Consiste en no perder el juicio sobre lo que ocurrió. Homero no dice “los griegos tenían razón”, ni tampoco pretende que la guerra no existiese o que los bandos fuesen intercambiables. El poema homérico juzga: muestra violencia, pérdida, sinsentido, gloria, tragedia. Y al hacerlo, preserva la memoria de lo que realmente sucedió.

Pero la BBC se dedica a la equidistancia procedimental dando igual espacio a quien afirma hechos verificables y defiende la democracia y a quien difunde mentiras y amenaza con fusilamientos. Como si la imparcialidad consistiera en no juzgar nunca y mantenerse en un punto medio imaginario entre dos extremos. Eso no es imparcialidad sino abdicación del juicio, y Arendt fue muy clara al respecto: frente a la verdad factual, no hay lugar para la equidistancia. Que Trump diga que las elecciones fueron robadas no merece el mismo crédito que la evidencia de que no hubo fraude. Si Musk hace un saludo nazi, no puede pretender que quienes lo vimos estemos igual de equivocados que quienes lo niegan. La imparcialidad exige reconocer los hechos y juzgarlos desde múltiples perspectivas, no fingir que no han existido.

El testamento de Arendt

Siempre ha habido mentira en política, pero lo que define la era de la posverdad es otra cosa: el cinismo generalizado que destruye nuestra capacidad de orientarnos en el mundo. No se trata de que creamos las mentiras de Trump o Musk, sino de que dejemos de creer en la posibilidad misma de una verdad compartida y nos encerremos en nuestras burbujas, donde todo confirma lo que ya pensábamos. De que sustituyamos el juicio político —el ejercicio exigente de pensar desde múltiples perspectivas— por la repetición tribal de consignas.

Cuando las mentiras se multiplican, el resultado no es creérnoslas, sino que perdemos la fe en la verdad y somos susceptibles de creer cualquier cosa. Cuando el cinismo reina sobre la verdad, las mentiras no reemplazan la realidad, les basta con hacerla tambalear. Y cuando ocurre, como escribió Arendt en Los orígenes del totalitarismo, dejamos de protestar cuando nos engañan y pasamos a admirar la “superior astucia táctica” del líder. ¿Cómo salvar esta trampa? Arendt diría que la solución pasa por recuperar nuestra capacidad ciudadana de juzgar y hacerlo como ella hizo en Jerusalén: con el coraje de registrar nuestra propia experiencia del mundo y decir lo que vemos aunque contradiga las narrativas consoladoras, reconociendo la complejidad sin renunciar al juicio. Juzgar sin pasamanos, sin a prioris que nos digan mecánicamente qué pensar, sin disolvernos en la masa, la inercia o la obediencia sin rostro.

Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen, donde el sentido común nos permita orientarnos juntos y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo. Necesitamos escuchar a Héctor y a Aquiles sin perder nuestro propio juicio sobre lo que está bien o mal. Por eso la última hoja de Arendt es un testamento político para nuestro tiempo. Cincuenta años tras su muerte, nos sigue diciendo que la democracia necesita ciudadanos que se atrevan a juzgar. Ese es su legado. Su exigencia. Y también su último regalo: la certeza de que, si queremos, aún podemos recuperar algo que nunca debimos perder.

La tristeza es normal, pero la depresión es invalidante

Entrevista, a Camilla Nord neurocientífica especialista en el sistema nervioso, dirige el Laboratorio de Salud Mental de la Universidad de Cambridge,  realizada por Álex Vicente publicada en El País el 11 de noviembre del 2025.

P. Esta mañana he visto en la Tate Britain un cuadro de Ithell Colquhoun, titulado Depresión: un manojo de hilos tensado y enredado. ¿Le dice algo?

R. Me dice mucho. Describe la jaula de la depresión: la sensación de no poder escapar. Pero esa puerta puede abrirse. Siempre hay salidas, aunque no sean iguales para todos.

P. A diferencia de otros expertos, usted no elige bando: admite múltiples tratamientos y considera que todos son válidos.

R. Un único tratamiento no sirve para todo el mundo. La investigación demuestra lo contrario: los trastornos son diversos, las causas son múltiples y, por tanto, deben existir varias maneras de tratarla. Los científicos ya hemos pasado esa pantalla. Ahora toca explicarlo mejor al público.

P. Algunos usan depresión como sinónimo de tristeza. ¿Cómo lo rebate?

R. La depresión es una alteración profunda de la experiencia emocional, y en parte física, que deteriora nuestras funciones vitales. Hay que distinguir las variaciones normales de la salud mental, porque no tenemos que estar siempre felices, de la enfermedad, que exige tratamiento para recuperar esas funciones. Estar triste es normal, pero deprimirse es invalidante.

P. Existe mucha desconfianza sobre la relación entre los científicos y la industria farmacéutica.

R. Es una preocupación legítima, nacida de sesgos, ocultación de resultados adversos y de la promoción injusta de algunos fármacos. Yo no colaboro con la industria, aunque conozco trabajos sólidos financiados por farmacéuticas. No hay que excluir los fármacos, pero tampoco convertirlos en la única vía. La biología también se modifica con experiencias y hábitos.

P. Defiende que tomar un café al sol o reír con una película pueden actuar sobre el cerebro de forma comparable a un fármaco.

R. Nuestras experiencias cambian el funcionamiento cerebral. Hay estudios preciosos: ver una comedia con amigos activa el sistema opioide endógeno y eleva el umbral del dolor. Su efecto recuerda, a menor escala, al de un analgésico. Demuestra que puede haber raíces biológicas comunes a través de rutas distintas: la farmacológica, claro, pero también la experiencial.

P. España figura entre los países europeos con más diagnósticos de salud mental. ¿Por qué hay países con más depresión que otros?

R. Existen grandes variaciones geográficas y temporales. Parte se explica por el acceso a la atención: a más acceso, siempre hay más diagnósticos. Pero, a igualdad de acceso, influyen factores ambientales —la pobreza, quizá la contaminación—, pequeñas diferencias genéticas y, sobre todo, las distintas expresiones culturales de las emociones. Cada cultura expresa malestar de maneras distintas y eso afecta también a los trastornos psiquiátricos. Y también pesa el estigma: donde hay más vergüenza, siempre hay menos diagnósticos.

P. ¿Hoy somos más depresivos o solo hablamos más del tema?

R. No hay una respuesta definitiva. Parte del aumento visible de casos se debe a ese mejor acceso. Pero también hay indicios de ligero deterioro del bienestar, sobre todo en los jóvenes. Tener mayor conciencia del problema tiene un reverso: fomenta vigilar los síntomas y atribuirlos a lo clínico, cuando a veces son los vaivenes normales de la vida. Por otra parte, el estado del mundo influye. La pandemia dañó la salud mental y también lo vemos con la crisis climática o la proximidad de la guerra, especialmente en jóvenes, aunque falta confirmarlo a escala poblacional.

P. Usted estudia el equilibrio del sistema nervioso. ¿Qué es un cerebro estable y cómo se consigue?

R. El cerebro se reajusta continuamente. Es un órgano predictivo que alinea lo vivido y lo esperado con el entorno para mantener la homeostasis, la capacidad del organismo de mantener condiciones internas estables pese a los cambios externos. No alcanzamos el equilibrio cerebral una vez y ya. Estamos obligados a reajustarlo durante toda la vida.

P. Los electroshocks tienen mala fama. Usted dice que, por desgracia, funcionan.

R. Dudé en incluir la terapia electroconvulsiva en mi libro por su negra historia, pero los datos muestran gran eficacia en depresiones gravísimas. El problema son los efectos secundarios, sobre todo en la memoria. Aun así, los modelos no apuntan a un daño cerebral e incluso se han observado aumentos celulares en áreas concretas. Pero si alguien sufre pérdidas de memoria, hay que tomarlo muy en serio. Por eso se reserva para casos en los que ninguna otra solución ha funcionado, siempre con consentimiento y un seguimiento estrecho.

P. La hipótesis de que los fármacos compensan un déficit de serotonina está desacreditada, pero usted defiende que los antidepresivos funcionan en cerca de la mitad de los pacientes. ¿Cómo se explica?

R. Durante la segunda mitad del siglo XX hubo marketing engañoso: se habló de corregir ese supuesto déficit sin suficientes pruebas y se minimizaron los efectos adversos. Aun así, a muchas personas esa medicación les funciona, sin que haya una explicación clara. Yo no la descartaría, pero no porque corrijan un supuesto déficit, sino porque alteran cómo procesamos la ambigüedad de algunas emociones, que podemos decodificar como buenas o malas.

P. ¿Cómo actúan los antidepresivos si no corrigen un déficit?

R. Al cambiar los niveles de serotonina —sin necesidad de que exista un déficit previo—, alteran el procesamiento de señales emocionales y nos desplazan hacia una posición más neutra o positiva. No suben el ánimo de golpe, sino que ajustan el sesgo con el que interpretamos esas interacciones y señales ambiguas. Es como cambiar el filtro con el que miras.

P. ¿Qué responde a quien se opone a la sobremedicación y diagnósticos rápidos?

R. Lo entiendo: con sistemas sanitarios tan saturados, recetar es más inmediato que ofrecer psicoterapia, que requiere tiempo y recursos. Yo también preferiría decisiones más adaptadas, pero excluir la medicación no es la solución. Hay personas que, tras intentarlo todo, salen del pozo con un fármaco. Yo creo que deben poder acceder a él.

P. Dedica el libro a su hija y a su mujer, y lo abre con una escena de su boda. ¿Por qué exponerse tanto, algo que muchos científicos evitan?

R. En mis artículos científicos nunca hablo de mí. En el libro quería abrir también el mundo de quienes hacemos ciencia: por qué pensamos lo que pensamos, de dónde nace la vocación y cuándo cambiamos de idea. Si quería enseñar a mirar el mundo como científica, debía mostrar un poco a quién mira.

P. ¿Usted ha sufrido una depresión?

R. Yo no, pero personas muy cercanas sí. Quizá por eso me obsesiona entenderla. Una eminencia del campo, Nolan Williams, se suicidó recientemente. Fue devastador. Eso nos recuerda que, por cerca que estemos de las soluciones de la ciencia, nada es suficiente para enfrentarse a una depresión.

P. ¿Sería mejor científica si hubiera estado deprimida?

R. Sería peor científica si no trabajara codo a codo con quienes sí la han vivido o si no los escuchara.

P. Y la última: me chivan que es una gran fan de Buffy, cazavampiros. ¿Le influyó?

R. Para mí es un modelo ético: hacer lo correcto y pensar en el bien común, incluso cuando no te beneficia. En el mundo académico puedes avanzar a costa de otros. Dirigir un laboratorio implica recibir crédito por trabajos que siempre son corales. Procuro no anteponerme nunca al equipo. Puedes ser, a la vez, una persona exitosa y solidaria.

Un Plan Marshall al revés: así financia Europa las empresas de armamento estadounidenses

Autor: Michael Marder

Publicado en El País el 3 de noviembre del 2025 

El Plan Marshall, anunciado en 1947 por el secretario de Estado norteamericano George C. Marshall, fue un gigantesco programa de ayuda financiera para reconstruir la Europa destruida por la guerra, restablecer la producción, estabilizar las divisas y evitar la expansión del comunismo. Entre 1948 y 1952, Estados Unidos proporcionó más de 13.000 millones de dólares (apróximadamente 138.000 millones de euros actuales) a los países de Europa occidental, que estimularon la recuperación económica y contribuyeron a sentar las bases institucionales de lo que hoy es la UE.

El Plan Marshall fue una apuesta basada en la convicción de que las inversiones en infraestructuras podían garantizar las bases materiales de la democracia. Por supuesto, España quedó excluida del plan original, precisamente porque su régimen político no era democrático. Hoy, sin embargo, la relación transatlántica ha invertido esa premisa. Lo que se está poniendo en marcha es un Plan Marshall a la inversa: no es Estados Unidos el que está reconstruyendo Europa, sino Europa la que financia a Estados Unidos —en concreto, su complejo militar-industrial— mediante una compra masiva de armas que se justifica por la guerra de Ucrania. Y España, hoy, es una voz que se opone en solitario y se resiste a aumentar el gasto militar al 5% del PIB. Aquel modelo de ayuda para sustentar la paz se ha convertido en un modelo de gasto en beneficio de la militarización perpetua, en el que enormes cantidades de dinero invierten su curso y fluyen hacia Estados Unidos.

Esta transformación no es casual. Sigue la lógica profunda del capitalismo contemporáneo, que, privado de las vías tradicionales de crecimiento productivo, utiliza la guerra como el instrumento más fiable de estímulo keynesiano. La guerra y los preparativos para su expansión pasan a ser los principales mecanismos de inversión pública. Los gobiernos europeos, al desvivirse por proveer de armas a Ucrania y reponer sus propias reservas agotadas, se embarcan en un inmenso programa de gasto deficitario. Salvo que los beneficiarios no son sus ciudadanos, sino la industria armamentística estadounidense y la extrema derecha, en ascenso debido al desmantelamiento del Estado del bienestar. Según datos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, las exportaciones de armas de Estados Unidos a Europa se multiplicaron por más de tres en el periodo 2020-2024 respecto a 2015-2019; los miembros europeos de la OTAN, en concreto, recibieron en ese periodo el 64% de sus importaciones de armas de Estados Unidos, frente al 52% anterior. En la actualidad, Europa compra alrededor del 35% de todas las armas que exporta Estados Unidos y ha superado como cliente a Oriente Próximo por primera vez en décadas.

En el fondo de esta nueva dependencia hay un régimen de control tecnológico. Estados Unidos y un puñado de sus grandes empresas de defensa tienen un auténtico monopolio de los sistemas de armamento de alta tecnología —aviones furtivos, misiles guiados, satélites, comunicaciones seguras, entre otros—, por lo que hasta los Estados europeos más ricos tienen que actuar como clientes, en vez de contribuir a su desarrollo. Los controles de exportación previstos impiden que haya transferencias de tecnología sin el consentimiento de Estados Unidos; al mismo tiempo, el sistema de ventas militares al extranjero del Pentágono obliga a los compradores a firmar contratos de mantenimiento y formación con décadas de vigencia, de la misma forma que Monsanto obliga a los agricultores a comprar semillas estériles cada año. Este monopolio garantiza que los beneficios reviertan a Estados Unidos, que además mantiene su influencia en la soberanía operativa de los ejércitos europeos. La dependencia es estructural y deliberada: una arquitectura tecnológica que vincula a los aliados como consumidores permanentes de seguridad y no les permite construirla de manera autónoma.

El argumento de la necesidad defensiva y la obligación moral esconde un régimen de enormes inversiones públicas que canaliza los recursos fiscales europeos hacia unos sistemas armamentísticos procedentes, en su mayoría, de Estados Unidos. Gran parte de ese dinero se redirige y se sustrae de la denominada transición verde y de los programas públicos de salud y educación. La función económica del gasto en armamento reproduce el estímulo keynesiano, con una diferencia: su objetivo principal no es apuntalar las infraestructuras civiles ni el Estado del bienestar, sino armar, rearmar y permitir que los países estén preparados para la guerra. Al ver que Ucrania resiste, los gobiernos europeos, que temen la amenaza que constituye Rusia y están presionados por la política de alianzas, han encontrado una justificación para ampliar los presupuestos y dejar en suspenso el conservadurismo fiscal.

La retórica moral de la solidaridad esconde una enorme transferencia de dinero público de los contribuyentes europeos a las empresas estadounidenses. La compra de aviones F-35, sistemas de defensa antimisiles, misiles de largo alcance y otros implica, en muchos casos, pagos en el extranjero: mano de obra, rendimientos e inversiones industriales. Ese dinero destinado a la compra de armas de Estados Unidos beneficia más a los trabajadores y a la industria armamentística estadounidense que a la autonomía tanto militar como industrial de Europa. Por su parte, los ciudadanos europeos deben absorber no solo los costes, sino también las consecuencias: los costes de oportunidad (¿qué otra cosa se habría podido hacer con ese dinero?), la dependencia (de las cadenas de suministro de armas estadounidenses) y los riesgos políticos.

Denunciar esta lógica no es decir que la resistencia de Ucrania no sea justa. Ucrania lucha por su existencia, no por una abstracción económica. Pero, precisamente porque lo que se juegan los ucranios tiene una importancia existencial, el hecho de que los aliados instrumentalicen su sufrimiento como vehículo para la política industrial suscita muchas inquietudes éticas. La economía política de la solidaridad se ha transformado en un mecanismo de extracción de beneficios.

Desde el punto de vista filosófico, nos encontramos ante un acercamiento perverso entre la austeridad neoliberal y el estímulo keynesiano. El Estado solo está autorizado a gastar cuando se trata de gastos militares. El modelo de bienestar europeo se deja en un segundo plano y se da prioridad a los presupuestos de defensa. Se reactiva el sector público, pero no como garante del bienestar, sino como intendente de la militarización.

Europa no logrará su seguridad siendo un apéndice fiscal del Pentágono. La verdadera reconstrucción —de Ucrania, de Europa, de la propia idea de paz— exige reinvertir no en armas, sino en una auténtica cooperación internacional, en diplomacia, en infraestructuras civiles e infraestructuras de vida, no de muerte. De lo contrario, la guerra iniciada por Rusia nunca terminará del todo. Se limitará a trasladarse a la economía política de Europa, en la que se justificarán constantemente nuevos contratos, nuevas dependencias económicas y nuevos déficits.

Las armas tal vez callarán algún día, pero la maquinaria del keynesianismo militarizado seguirá resonando y muchos confundirán ese ruido con la música de la seguridad.


Las relaciones románticas son tóxicas de base”

Autora:  Maria Ovelar

Publicado el 01 NOV 2025 

Comerás flores no llevaba ni una semana en las librerías cuando su editorial, Libros del Asteroide, anunció una segunda edición. Esta novela, escrita con lirismo, precisión y autenticidad, desmonta los mitos del amor romántico y nos confronta con una verdad incómoda: muchos maltratadores parecen príncipes azules. Una indagación trepidante que se devora de una sentada y que ha seducido a un público ávido de voces femeninas que destripen los derrapes del deseo, las expectativas sociales y la precariedad emocional. Su autora, Lucía Solla Sobral (Marín, 1989), ya está escribiendo una segunda novela.

¿Por qué decidió abrir la novela con el duelo por la muerte del padre de Marina? ¿Le sirvió para trazar un paralelismo con la relación entre Marina y su pareja?

Me costó encontrar el principio. Primero escribí el final y luego las primeras citas entre la protagonista y Jaime, pero sentía que faltaba algo para entender a Marina: sus inseguridades. Yo creía que mi duelo estaba resuelto hasta que empecé a escribir el suyo y descubrí que me quedaba camino. Darle a mi protagonista ese padre era la manera más honesta de comprenderla y también de entenderme a mí. Buscaba un inicio potente: no hay nada más fuerte narrativamente que la pérdida de un padre.

Ha hablado de la “honestidad que incomoda”. ¿Qué papel desempeñó en la construcción de la voz narrativa?

Era clave. No quería escribir “Marina es buenísima y Jaime malísimo”, sino mostrar las aristas: cómo ella descuida a Jimena, la hija de Jaime, o cómo se enfrenta a su amiga Diana. Marina es inteligente, pero toma decisiones cuestionables. Jaime es cruel, pero también el primero que la escucha y la cuida. Esa ambivalencia incomoda porque refleja rasgos que reconocemos en nosotras: sabemos que algo está mal y, aun así, decidimos seguir.

¿Por qué cuesta tanto salir de relaciones tóxicas, incluso detectando señales de maltrato?

Porque depende del momento vital en que nos atrapan. Marina acaba de perder a su padre, tiene un trabajo mal pagado y se siente sola: en otro contexto quizá habría pasado de Jaime. Si alguien cubre una carencia emocional o social, te agarra. Y pesan las expectativas: casarte antes de cierta edad, tener hijos, formar la pareja ideal. Ignoras señales para no perder esa meta. El problema: el otro se aprovecha de tu deseo y de tu vulnerabilidad.

Marina se enamora de un hombre 20 años mayor. Más allá de la diferencia de edad, ¿qué le interesaba explorar sobre las dinámicas de poder?

Donde hay una dinámica de poder no hay una relación sana. Jaime tiene todas las ventajas: de edad, de género, de clase, de dinero, de redes sociales. Y las utiliza. Esa desigualdad se romantiza: si una mujer joven está con un hombre mayor se interpreta como estabilidad; si es al revés, se ridiculiza. Quería mostrar cómo esas ventajas se convierten en mecanismos de control.

En la novela pesan la mirada externa, la aceptación social...

Jaime conquista a la familia: la madre, los hermanos. Y Marina empieza a adelgazar. Socialmente seguimos asociando delgadez con bienestar, aunque ella tiene un TCA. En lugar de ver el síntoma, lo celebran. La sociedad te dice: si estás guapa y tienes pareja estás bien. Ese aval externo refuerza la trampa.

¿Qué papel desempeñan las redes femeninas en su novela y en la vida real?

Son el amor de nuestra vida: amigas, hermanas, madres… Me interesaba aislar a Marina porque es lo que hacen estos hombres: cortar la red de apoyo. Aunque estés sola, esas voces permanecen, y cuando recuperas fuerzas vuelves a ellas. Es fundamental cuidarlas. Sin esas redes es más difícil salir de una relación abusiva.

Compagina la escritura con el trabajo. En entrevistas, ha hablado de escribir cansada, con sobras recalentadas. ¿Podría hablarnos de la dificultad que supone compaginar el trabajo con el oficio de escritora?

Desde fuera parece idílico, pero escribía después de trabajar ocho horas en marketing, atender la casa y la familia. Solo podía hacerlo cansada. Aun así, escribir me hacía feliz. Tenía que robarle tiempo al sueño, anotar ideas medio dormida. Escribir exige aceptar que tu vida no se detiene. Aunque ahora me llamen escritora, sigo compaginando este oficio con otras responsabilidades.

El amor aparece como refugio y trampa. ¿Cómo cree que la escritura nos ayuda a explorar esa ambivalencia?, ¿cómo nos ayuda a denunciar los derrapes del amor romántico?

Las relaciones románticas son tóxicas de base: se espera que tu pareja sea tu prioridad, que vivas con ella, que dejes a tus amigas de lado. Incluso independizarte depende muchas veces de tener pareja, porque pagar un alquiler sola es casi imposible. Hay ensayos sobre el tema, pero necesitamos más novelas, porque alcanzan a más personas y edades.

Su paso por el taller de Marta Jiménez Serrano fue decisivo. ¿Qué supuso para la novela?

Marta no solo me ayudó a mejorar la escritura, sino a creer en mí. Yo hablaba de ir a un taller; ella decía: “Estás escribiendo una novela”. Me animó a pensar en editoriales, sinopsis, a soñar en voz alta. Y tener compañeras leyendo desde la primera escena fue clave: aportan objetividad y ayudan a avanzar.