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En el cerebro del narrador

Autor: Javier Sampedro 

Tomemos esta narración anodina: “Un rato después, el camarero nos trajo por fin la comida. Recuerdo el molinillo de pimienta de medio metro que el camarero usó para sazonar nuestros platos. Mis espaguetis estaban enrollados alrededor de tres albóndigas en el plato. Tenían muy buen aspecto”. Ya sé que no es como para presentarlo al premio Planeta, pero es un ejemplo como cualquier otro de narración perceptual, centrada en lo que nos dicen los sentidos: lo que mide el molinillo, la posición de los espaguetis respecto a las albóndigas y todas esas cosas tan pintorescas.

Ahora veamos esta otra: “Un rato después, el camarero nos trajo por fin la comida. Recuerdo que pensé lo deliciosa que estaba la pasta. Visto desde ahora, no estoy seguro de si eso se debía a que yo estaba muerto de hambre o a que la comida realmente estaba así de buena”. La historia es igual de anodina, pero ahora no está narrada al modo perceptual, sino al conceptual. Aquí da igual la forma en que la pasta se enrolla sobre las albóndigas, y el narrador divaga más bien sobre sus emociones al probarla, y sobre sus porqués. ¿Estaba la pasta tan buena o era el hambre el que la hacía parecer así?

Bien, vale ya de mala literatura. Las dos frases anteriores se han utilizado en un experimento real con 35 voluntarios. Alguien debería hacerle un monumento al voluntario desconocido, ese estudiante de psicología que se aviene a todo tipo de perrerías por un puñado de créditos y hace así avanzar nuestro conocimiento de la mente humana. En el caso que nos ocupa, la psicóloga Signy Sheldon y sus colegas de la Universidad McGill, en Montreal, han sometido a 35 voluntarios a pares de narraciones como la del restaurante, por supuesto mientras estaban en uno de esos tubos de resonancia magnética tan agradables.

Las memorias no se almacenan en un lugar concreto del cerebro. Cada recuerdo está distribuido por todo el córtex, o corteza cerebral, la capa externa y arrugada del cerebro. Pese a ello, hay una estructura llamada hipocampo que resulta esencial para formar nuevas memorias y recuperar las antiguas. El experimento de Sheldon muestra que el hipocampo se conecta a distintas zonas según la narración, sea perceptual o conceptual. Aquí no importa que el hecho narrado sea cenar en un restaurante, ir a comprar a la tienda o coger el metro al aeropuerto. Lo que importa es que el hecho se haya conocido mediante una narración perceptual o conceptual.

Una narración perceptual, como la del molinillo de medio metro, crea un vínculo entre el hipocampo y una región del córtex (el giro angular) implicada en los recuerdos detallados de imágenes, sonidos y demás percepciones sensoriales. Ese vínculo se reactiva cuando la persona recuerda un hecho aprendido de una narración perceptual. Las narraciones conceptuales, por el contrario, crean un vínculo entre el hipocampo y una estructura cerebral muy distinta, y muy interesante, que se llama red neuronal por defecto (default mode network o DMN).

Esta red se activa cuando la persona está menos centrada en el mundo exterior que en sí misma, como cuando uno sueña despierto o deja volar libremente la imaginación, y también cuando uno piensa sobre su propia mente. El vínculo entre el hipocampo y la DMN es la forma en que recordamos la cena del restaurante si la aprendimos con una narración conceptual, una en que no importa que el molinillo midiera medio metro, sino las dudas del comensal sobre la razón de que la pasta le pareciera deliciosa. Sheldon cree que los buenos narradores son más conceptuales que perceptuales. Roman Jakobson veía la novela como una alternancia de metáforas y metonimias. Activa tu DMN y déjate flotar río abajo por el laberinto de tu mente.

Al igual que Sócrates, ¿saben los animales que no saben?

 Estamos en 2005, en Bethesda, un suburbio al noroeste de Washington D. C. Allí, en un Laboratorio de Neurofisiología, está a punto de producirse una serendipia: un hallazgo inesperado que surge por casualidad.


Un macaco rhesus macho de seis años participa en una prueba cognitiva conocida como matching-to-sample, diseñada para evaluar la memoria. El procedimiento es sencillo: en la pantalla táctil aparece una imagen que el animal debe tocar dos veces para continuar. Después, la pantalla queda en blanco durante un intervalo variable —0, 2, 4, 8, 16 o 32 segundos—. A continuación, se muestran cuatro imágenes en las esquinas y el mono debe elegir aquella que coincide con la que vio al principio. Solo si acierta recibe su recompensa.

El macaco conoce el protocolo al dedillo. Como animal de laboratorio, lleva años enfrentándose a test cognitivos y acumula decenas de miles de ensayos. Sin embargo, en esta ocasión comienza a comportarse de manera llamativa: al seleccionar las imágenes, hay veces que, en lugar de tocar suavemente la pantalla, se pone a golpearla con fuerza. Seguidamente, falla la respuesta. ¿Podríamos decir que, al igual que Sócrates, el mono sabe que no sabe?

A todos nos ha pasado. Vamos conduciendo hacia un lugar desconocido, convencidos de que recordamos bien la ruta. Pero, de pronto, aparece una intersección y dudamos. Con coches pegados detrás, no podemos detenernos a pensar. Obligados a decidir sin la información suficiente, la frustración nos invade… y quizá acabemos golpeando el volante.

Estas emociones aparecen porque somos capaces de evaluar nuestras propias capacidades cognitivas y anticipar si una respuesta será correcta o no. Es lo que se conoce como metacognición, una facultad que durante mucho tiempo se consideró exclusiva del ser humano. Sin embargo, gracias a macacos que aporrean pantallas de ordenador —y a más de cuarenta años de investigación— hoy sabemos que no somos los únicos en poseer esta habilidad.

El primer indicio de metacognición en animales llegó de la mano de una chimpancé a finales de los años setenta. Se llamaba Sarah y pasó gran parte de su vida en el Primate Laboratory de la Universidad de Pensilvania. Fue uno de los grandes “casos históricos” de la investigación cognitiva: se la entrenó para comunicarse con humanos mediante símbolos y resolver problemas complejos. En algunas pruebas, cuando no sabía la respuesta, se quedaba mirando fijamente las fichas, un gesto que muchos investigadores interpretaron como señal de que estaba pensando.

Uno de los experimentos más célebres consistió en lo siguiente: Sarah debía elegir entre dos recipientes opacos. En uno había una recompensa mejor que en el otro. Antes de decidir, podía “espiar” dentro de uno de los recipientes para comprobar qué contenía. Lo revelador es que solo lo hacía cuando no estaba segura de cuál ofrecía la mejor recompensa. Es decir, no espiaba siempre, sino de forma estratégica, en situaciones de incertidumbre.

Aquel estudio se consideró pionero en el campo de la metacognición porque sugería que Sarah usaba una especie de monitorización interna de su propio conocimiento: sabía cuándo no sabía, y actuaba en consecuencia para reducir la incertidumbre. Sin embargo, descubrimientos de este calibre rara vez están exentos de polémica. No tardó en abrirse un intenso debate sobre qué conductas podemos atribuir realmente a la metacognición y cuáles podrían explicarse de otro modo.

Con el tiempo, los científicos y filósofos distinguieron dos tipos de metacognición: la declarativa y la procedural. La primera aparece cuando somos capaces de reflexionar de manera explícita sobre lo que sabemos y expresarlo con palabras. Requiere lenguaje y conciencia conceptual, como cuando antes de un examen piensas “me manejo bien con los temas 1 y 2, pero el 3 no lo entiendo”.

La metacognición procedural, en cambio, no necesita lenguaje ni conceptos elaborados. Se manifiesta como sensaciones internas que orientan nuestro comportamiento. Por ejemplo, al hacer un crucigrama y sentir que tienes la palabra “en la punta de la lengua”, o cuando dudas al responder una pregunta y decides confirmarla en ChatGPT. Esta es la forma de metacognición que los investigadores empezaron a evaluar en animales no humanos.

Uno de los experimentos más habituales es el paradigma opt-out, también llamado “paradigma de elección de rechazo”. Consiste en plantear a los animales una tarea que puede ser fácil o difícil. Tienen dos opciones: intentar resolverla —y recibir una gran recompensa si aciertan o una penalización si fallan—, o bien renunciar y obtener una recompensa menor pero segura.

La metacognición se infiere cuando el individuo usa la opción de rechazo de manera estratégica. En otras palabras: en las pruebas más difíciles, el animal tiende a retirarse con más frecuencia. Con ello estaría comunicando su falta de confianza en su propio conocimiento, una suerte de introspección cognitiva. Grandes simios, delfines, ratas e incluso abejas han superado este test, mientras que especies como los zorros o las palomas han fracasado.

No obstante, no todos los investigadores aceptan que estas conductas sean prueba de metacognición. Argumentan que pueden explicarse mediante mecanismos más simples, como el aprendizaje asociativo: ante una tarea difícil, los animales eligen la opción de escapar porque es la que ha sido reforzada en esos casos.

En los últimos años, la comunidad científica ha refinado los experimentos para descartar explicaciones alternativas, y hoy existe un consenso razonable: al menos algunas especies de grandes simios y monos poseen cierto grado de metacognición procedural. En 2022, un estudio publicado en Nature fue más allá e identificó en macacos el área cerebral implicada en esta capacidad.

El experimento consistía en una tarea de memoria. Primero, se mostraba un punto en una esquina de la pantalla. Tras desaparecer y pasar un breve intervalo, aparecían dos puntos, uno de ellos en la misma ubicación. El macaco debía señalar el lugar que se había repetido tocando la pantalla. Inmediatamente después, se le ofrecían dos opciones que representaban su nivel de confianza en la respuesta: si elegía “alta confianza” y acertaba, recibía una gran recompensa, pero si fallaba era penalizado. En cambio, con la opción de “baja confianza” obtenía siempre una recompensa intermedia.

Los resultados fueron reveladores. Los macacos solían escoger la opción de baja confianza en los ensayos en los que se equivocaban. Pero cuando los investigadores aplicaron estimulación magnética transcraneal para inhibir temporalmente un área del lóbulo prefrontal conocida como BA46d, algo cambió: su memoria visual seguía intacta, pero perdieron la capacidad de juzgarla. A partir de entonces, elegían entre alta y baja confianza de forma aleatoria.

La verdad es que aún sabemos muy poco sobre cómo funciona la metacognición en otros animales, ya que la gran mayoría de estudios se han centrado en las mismas especies de primates. Por eso todavía no podemos responder en qué contextos ni por qué evoluciona esta capacidad, pero al menos ya sabemos que hay otros animales que también son conscientes de que saben.

De la autoinculpación al odio

 El pasado agosto se publicó en este periódico un amplio artículo, firmado por Ángel Munárriz, titulado Abascal gana fuerza entre obreros y parados y se acerca al umbral de Le Pen", donde se informaba del aumento de los apoyos a Vox entre los desempleados, los asalariados y quienes se consideran pobres. Se trata de ciudadanos que no votan políticas progresistas, a pesar de que son estas, precisamente, las que han incrementado el salario mínimo interprofesional, aumentado las pensiones, defendido la sanidad y la educación públicas, o intentado, intento frustrado por la derecha, reducir la jornada laboral. A pesar de todo lo anterior, parte del electorado natural de la izquierda se gira hacia la derecha y culpa a aquella de su situación.

Pablo López Calle ha investigado la subjetividad precaria en las periferias metropolitanas desindustrializadas, mediante entrevistas realizadas a jóvenes trabajadores de Coslada que sufrieron la crisis de 2007. Jóvenes que, en época de bonanza, dejaron pronto la enseñanza en busca de oficios manuales que ofrecían salarios bien remunerados y que, tras la recesión económica, se encontraron en situación de desempleo sin cobertura, abocados a vivir con sus padres o a volver a formarse para acceder a otras profesiones supuestamente mejor pagadas. Su insuficiente formación inicial les impedía optar al escaso trabajo decente disponible, continúa el autor, lo que les llevó a soportar situaciones de “infraempleo y sobreexplotación”. Notemos que se trata de las mismas condiciones materiales que hoy encontramos en los potenciales votantes de Vox a los que se refiere Munárriz.

Hace menos de diez años, López Calle observaba en estas clases populares una subjetividad, es decir, un modo de saber y representarse a sí mismo, que tenía conciencia de su precarización, que sufría el duelo por la pérdida de estatus, y también, y esto es lo que más nos interesa aquí, una subjetividad que se culpaba, psicologizaba y consideraba problemas individuales los conflictos colectivos que le afectaban. Es lo que se conoce como individualizar la queja. Tratar de convertir en problemas personales los problemas sistémicos es una práctica común del neoliberalismo, como sabemos. La crisis económica fue vivida entonces como un episodio traumático, un shock que se interpretó como un conjunto de errores colectivos y personales, un pecado involuntario, lo llama López Calle, vinculado con una naturaleza débil o con elecciones personales equivocadas, entre otros factores.

Lo que quiero destacar es que el desclasamiento, la precarización, la falta de reconocimiento social que la pérdida de un trabajo más digno comportaba era interpretado por los afectados como efecto de una mala gestión de sus recursos personales, con el consiguiente correlato de culpa, depresión y otras patologías del reconocimiento, como son la pérdida de aprecio social, en palabras de Axel Honneth, que afectan a quienes pierden el sostén identitario que el trabajo y el acceso a los bienes materiales e intangibles que este proporciona.

En apenas una década, insisto, una parte de quienes hoy ven disminuidas sus oportunidades laborales y sociales ha pasado de aquella autoinculpación a la exculpación actual. Esta población desfavorecida ya no se instala en la dolorosa rumiación culposa de entonces, sino que identifica primero a un culpable de su situación, para deshumanizarlo y convertirlo en chivo expiatorio después: los inmigrantes y el Gobierno, proyectando sobre ellos el odio que genera su pobreza, el agudo resentimiento que experimentan quienes observan cómo descienden sus expectativas de prosperidad. Un odio que, en ocasiones, incitado por las arengas de Abascal y compañía, se vierte de manera casi letal, como vimos en los sucesos del pasado verano en Torre Pacheco y Hortaleza.

La autoinculpación reflexiva caracterizaba el modo en que eran socializadas las mujeres en el patriarcado tradicional; mujeres que nos sentíamos fácilmente culpables de cualquier conflicto, de ahí que la depresión la sufra casi el doble la población femenina. La exculpación, por el contrario, es una característica central de la socialización de los varones, especialistas en culpar a otros de sus errores, eludiendo así la reflexión y el aprendizaje, y manteniéndose en una satisfactoria situación de poder. De ahí que la expresión del malestar psicológico entre ellos se manifieste con irritabilidad, comportamientos de riesgo o aislamiento, antes que con tristeza depresiva, que permanece subyacente.

La autoinculpación es dolorosa, produce una hemorragia narcisista difícil de manejar, genera una pasividad que es fruto de la impotencia, mientras que la exculpación reactiva es consoladora: no soy yo el culpable, es el otro, pudiendo generar actuaciones impulsivas para recuperar el control que se siente perdido. Es el inmigrante quien me quita el trabajo, alarga las listas de espera de los hospitales, me roba los recursos de un Estado que no hace lo suficiente por los suyos y protege a los extranjeros; son los inmigrantes quienes convierten España en un país más inseguro. Reconocerán en estas afirmaciones el argumentario más recurrente entre los dirigentes y los votantes de Vox, tan masculinos ellos.

A efectos de esa exculpabilización gratificante no importa que nada de esto sea cierto. Que los inmigrantes no nos quiten el trabajo sino que desempeñen aquellos que los nacionales no queremos hacer, que tengan una buena salud y no frecuenten los hospitales con la insistencia que ellos afirman, o que no se beneficien de esos recursos que sienten amenazados quienes los acusan, pues los trabajadores extranjeros suponen casi un 14% de las aportaciones a la Seguridad Social. No importa que, según datos del Ministerio de Interior, el aumento de extranjeros no haya incrementado los delitos, sino que la criminalidad en España haya disminuido un 0,3% en el último año. Y no importa porque el uso de la razón está reñido con la exculpación impulsiva, que se instala cómodamente como mecanismo de defensa debido a su capacidad de reparar de inmediato cualquier herida, proporcionando potencia y expulsando de sí la responsabilidad. Al proyectar el odio sobre el chivo expiatorio elegido se mantiene intacta la autoestima, dando un sentido simplista y reparador a cualquier malestar. El mecanismo es muy utilizado por los hombres maltratadores, que culpan indefectiblemente a sus mujeres de los reveses que les proporciona la vida, mientras ellas se autoinculpan. Y la extrema derecha y la derecha extrema han sabido capitalizar el descontento, potenciándolo, para hacerse con las simpatías de miles de jóvenes precarizados por un sistema económico capitalista, caníbal y deshumanizado. La culpa que siguió a la crisis anterior se convierte en acusación y odio, en la separación radical entre un nosotros y un ellos, en una peligrosa designación de un culpable al que estigmatizar y desear destruir.

Sin embargo, culpar exclusivamente a la ultraderecha y a la derecha de esta dinámica es caer en el mismo error exculpatorio que ellos, pues está claro que los partidos progresistas han contribuido sin proponérselo a este peligroso giro al no atender suficientemente a las condiciones materiales de la población más vulnerable, entre las que la precarización laboral y la falta de vivienda serían las más urgentes, pues privan de agencia y de futuro, aumentando el rencor.

La rectificación está llegando, esperemos que no sea demasiado tarde. Urge para el bien de todos una reflexión profunda que identifique las causas ocultas tras ese malestar desesperado. Urge hacer autocrítica y enmendar. No hay tiempo que perder.

Autore: Lola López Mondéjar

Publicado en El País el 6 de octubre del 2025