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Creyentes de la desinformación

 El creyente verdadero ansía certezas ante la inseguridad de lo desconocido. Persigue el orden cuando las situaciones están fuera de lugar. Procura explicaciones significativas en la arbitrariedad del sinsentido.

El creyente verdadero se siente atrapado en sí mismo y en una sociedad que, como en un mal sueño, avanza al ralentí cuando acecha el peligro. Acusa a su entorno, no tanto de opresión o maldad como de debilidad e incompetencia para la acción resolutiva. Desea una transformación prodigiosa de sus condiciones de vida y, al no encontrar las fuerzas de cambio, busca las fuentes de motivación en causas religiosas, nacionalistas o revolucionarias de distinta índole.

El profesional de las creencias convierte la frustración en esperanza en el futuro. Lo consigue generando desafección hacia el entorno que cuestiona y descalifica. Transmuta el miedo en una promesa de poder cuyos atributos encarna: vigor, seguridad, confianza en sí mismo. Aviva el hambre de fe e introduce la creencia que la satisface.

No hace mucho, tuve la oportunidad de hablar con un creyente verdadero. Un padre de familia de la tierra, propietario de una pequeña y exitosa empresa, de edad media, próspero y con estudios superiores. El punto de partida de la conversación fue el intento de asesinato de Donald Trump. Como si tirase del hilo de un encaje, el comentario destejió una urdimbre de complots, alianzas y maquinaciones de carácter terrenal y sobrenatural que resumiré en las siguientes líneas. Dios evitó que el expresidente norteamericano fuese asesinado. Intervino para salvar a la humanidad de una conjura judeomasónica que opera en la clandestinidad con la intención de hundir a la sociedad occidental tradicional, y que Trump combate. A la cabeza de este grupo se encontraría una maléfica cábala global. Una élite de hiperricos y poderosos formada por, entre otros, George Soros, Bill Gates y Jeffrey Epstein, el magnate condenado por tráfico sexual de menores. Todos ellos cómplices del bulo de la incidencia humana sobre el cambio climático, que no es más que una estratagema para enriquecerse con la transición energética a costa de empobrecer al ciudadano medio. Al igual que ocurre con los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

En otro orden de cosas, el apoyo de Estados Unidos en la guerra entre Ucrania y Rusia se explicaría por los negocios de Hunter Biden, el hijo del presidente, con las empresas locales. Los medios de comunicación dominantes y la clase política ocultarían esta realidad, porque de algún modo, forman parte de la trama. Las pruebas de esta información circulan en la sombra, por canales no convencionales. La epifanía final del relato llegó de la mano de una liga global de fuerzas redentoras: Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping libran juntos una guerra secreta para evitar el triunfo de los maléficos.

Nos hallamos ante el universo corrosivo de QAnon, el movimiento de teorías conspirativas de la extrema derecha norteamericana cuyos seguidores fueron encarcelados por participar en la insurrección del 6 de enero y a los que Trump ha prometido perdonar si gana las elecciones de este año.

A menudo, las teorías conspirativas parten de sospechas con fundamento (los vínculos entre Trump y Putin), dudas legítimas, problemas desatendidos (la creciente desigualdad económica) o de difícil solución (los desafíos del cambio climático). Anclajes inciertos para un relato figurado que nos habla tanto de las tribulaciones que nos afligen como de la psique de los neófitos. Creyentes de la desinformación que siguen una propensión tan ancestral como el trazar líneas imaginarias en el cielo nocturno que conecten puntos estelares y les devuelvan un patrón de formas reconocibles: una cruz, un oso, un carro. Un mapa parcial de apariencia consistente que les guie ante lo ininteligible y dé forma a la multiplicidad informe. Como en las constelaciones, esta lógica permite incorporar nuevos aspectos en beneficio de la idea central. El reciente apagón informático de Microsoft se atribuye a la secta del conciliábulo —en esta ocasión, al World Economic Forum—, igual que el cochero se vincula al carruaje en la constelación del Auriga. Mientras preserve la coherencia, se pueden añadir de sucesivas eventualidades de modo indefinido.

En Estados Unidos, las teorías de la sospecha han pasado de ser un fenómeno de personas y espacios marginales a una pauta generalizada que afecta a entornos diversos: evangelistas, nacionalistas cristianos, graduados de Harvard, familias integradas con trabajos bien remunerados que por razones varias se alienan con doctrinas tipo QAnon... Según una encuesta que llevó a cabo la CNN el año pasado, el 70% de los votantes republicanos creen que la victoria electoral de Biden en 2020 fue ilegal.

Como profesional de las creencias, Donald Trump denigra la oficialidad dominante. Despierta aversión hacia el orden existente al cuestionar la validez del proceso electoral de 2020. Sus salidas de tono e incorrección política transmiten la idea de que no forma parte del degradado establishment. Azuza el sentimiento de agravio y no duda en hacer guiños a las teorías de conspiración. Sabe que evangelistas y nacionalistas cristianos, muy presentes en el mundo QAnon, lo apoyan, a pesar de sus escandalosas carencias morales —infidelidades, relaciones con prostitutas, más los 34 cargos por los que ha sido condenado—, porque creen que sirve a un propósito superior, un cometido divino, una cruzada de carácter bíblico en un mundo que se desmorona. Denuncia la incompetencia y lasitud del Gobierno demócrata en cuestiones como la política de inmigración o la caótica salida de Afganistán. Por contraste, pretende proyectar una imagen de poder y fuerza para liderar, como quedó plasmado en el gesto desafiante de alzar el puño tras el intento de asesinato. Transmite esperanza y fervor hacia el futuro con mensajes ambiguos pero contundentes, como cuando afirmó que, si gana las elecciones, en 24 horas encontrará la fórmula para acabar la guerra de Ucrania. O acertijos crípticos e inquietantes. En julio, prometió a una multitud que, si en noviembre regresa a la presidencia, dentro de cuatro años no tendrán que volver a votar.

El problema de recurrir a mentiras que suenan veraces para alcanzar un fin político es el coste de las promesas irrealizables. De vender humo, proyectar quimeras, inducir falsas expectativas. Cuando la utopía se suelta por las calles, conviene buscar refugio, escribe Eric Hoffer, en El verdadero creyente: Pensamientos sobre la naturaleza de los movimientos de masas —una obra publicada hace 70 años, tan válida entonces como hoy— pues, a menudo, existe una incongruencia monstruosa entre las esperanzas —por muy nobles que sean— y la acción que les sigue. “Es como si doncellas cubiertas de hiedra y jóvenes con guirnaldas fuesen a anunciar los cuatro jinetes del apocalipsis”.

Finalizada la conversación, me quedé pensando que otras interpretaciones teleológicas eran posibles. Habiendo invocado Joe Biden públicamente al Todopoderoso para que le enviase una señal de renuncia, este lo hizo ante las cámaras por medio de Trump. El atentado despertó en el presidente una conciencia de falta de permanencia que determinó el paso del testigo a la vicepresidenta Kamala Harris. Sería ella quien salve a la humanidad de Trump y su alianza con Putin y Xi. Tendremos que esperar a noviembre para averiguarlo.

Fdo,-Eva Borreguero

Publicado por El País el 8 de agosto de 2024 - 

Gaza y Nagasaki

 El pasado 15 de agosto se conmemoró en Tokio, como todos los años, la “rendición” del Japón en la Segunda Guerra Mundial. Naturalmente, los japoneses, que no dudan en mostrarse públicamente arrepentidos, no conmemoran la “rendición” sino que celebran la “paz”. Pues bien, este año la rutina solemne se ha visto alterada por la decisión de los países del G-7 y de la Unión Europea de no enviar a sus embajadores a la ceremonia previa, el 9 de agosto, en homenaje a las víctimas de Nagasaki; o, si se prefiere, por la decisión de los países occidentales de boicotear el acto. ¿Por qué lo hicieron? Porque, al contrario de lo que había ocurrido en años anteriores, el alcalde de Nagasaki, Shiro Suzuki, no incluyó a Israel entre los invitados, como discreta forma de protesta por los diez meses de bombardeos sobre Gaza.

Todos los meses de agosto pienso en Hiroshima y Nagasaki, las dos ciudades japonesas sobre las que Estados Unidos dejó caer, el 6 y el 9 de agosto de 1945, las dos famosas bombas atómicas (Little boy y Fat man) que mataron a 120.000 personas en pocos minutos y a otras 130.000 en los tres meses siguientes. Entre esas dos fechas, las potencias aliadas, ya virtualmente vencedoras, firmaron los acuerdos que llevaron al establecimiento del no menos famoso tribunal de Núremberg, concebido para juzgar los crímenes del nazismo. Como es sabido, los juicios, celebrados a finales de ese mismo año, se centraron en el desencadenamiento de la guerra y en los lager (campos de prisioneros), pasando por alto la espinosa cuestión de los bombardeos aéreos, pues ello hubiese obligado a sentar en el banquillo también a los vencedores: recordemos, por ejemplo, los bombardeos ingleses sobre Dresde o las citadas bombas atómicas estadounidenses como expresiones superlativas de este horror vertical al que en realidad no ha sobrevivido la humanidad. El tribunal, en efecto, consideró los bombardeos aéreos “prácticas consuetudinarias” que, por eso mismo, quedaban por debajo del umbral de la tipificación penal. Esta es una muestra de lo que el jurista italiano Danilo Zolo llamó, en un libro de igual título, “la justicia de los vencedores”.


Hasta tal punto la práctica del bombardeo se aceptó como “consuetudinaria” (es decir, rutinaria y trivial como un sandwich de queso) que la Francia recién liberada tardó solo un mes (mayo de 1945) en bombardear Argelia. La paz fue, en realidad, una ristra de bombardeos cotidianos, con protagonismo mayoritario de EE UU, pero en realidad bastante democráticamente compartido entre las grandes y pequeñas potencias militares; y ello hasta nuestros días. La lista es infinita: Argelia, sí, Corea, Vietnam, Camboya, Irak, varias veces Afganistán, Siria, Yemen, Ucrania, casi siempre Gaza. Lo he contado otras veces: el modelo Auschwitz fue condenado para siempre en Núremberg y contra él se construyó un derecho internacional siempre precario y andrajoso que, sin embargo, “progresó” para incluir nuevos delitos: el de “crímenes de guerra” y el de “genocidio”. Los lager quedaron en la memoria de la humanidad como aquello que no se debía repetir nunca más mientras se repetían sin cesar, de la mañana a la noche, en enero y en agosto, los bombardeos aéreos, expresión banal del modelo Hiroshima, no menos terrible y mucho más inaccesible para la imaginación. Si hemos aceptado con mansedumbre ese modelo no es solo porque fuera consolidado por los vencedores de 1945; tiene que ver asimismo con nuestra dificultad antropológica para representarnos los crímenes “en el aire”.


Veamos. Si los lager nos parecen con razón monstruosos es porque son humanos; es decir, porque son mensurables desde nuestra milenaria “moral terrestre”. Implican un trabajo de deshumanización horizontal del otro sobre el que nuestra imaginación también puede trabajar, en favor de la empatía y de la construcción jurídica. Con Hiroshima, paradigma vertical, ocurre lo contrario: como contaba el filósofo Günther Anders, no es fácil establecer un vínculo cognitivo entre una presión del dedo sobre un cuadro de mandos a 3.000 metros de altura y 120.000 cadáveres en las calles de una ciudad. Ahora bien, esta “desproporción” tiene consecuencias afectivas y jurídicas descomunales. En los lager, decíamos, el cadáver es el resultado de una larga operación de deconstrucción de la humanidad en el cuerpo del otro; en Hiroshima, el cadáver es, desde el principio, un residuo y, si se quiere, un “milagro”. Los cuerpos no se han tenido nunca en cuenta, ni siquiera para destruirlos. Si aceptamos con tanta naturalidad los bombardeos aéreos es porque contienen algo sagrado y divino; es decir, porque, como en el caso del orden teológico, su horror deja en suspenso los parámetros comunes del Derecho terrestre. Lo que en tierra se nos antoja la más atroz violación del Estado de derecho (la ejecución extrajudicial, el juicio sumarísimo, la condena colectiva) constituye la normalidad entre las nubes: las víctimas civiles de un bombardeo no se han beneficiado de la presunción de inocencia ni han sido acusados de ningún delito ni han tenido un juicio justo; ni siquiera, como digo, han sido injusta y brutalmente tratados por un enemigo horizontal, con la posibilidad de hacer al menos un último gesto de dignidad (como ocurre tantas veces ante un pelotón de ejecución). La inocencia absoluta de las víctimas del bombardeo (tendidos entre los escombros al lado de la pelota con la que jugaban un minuto antes) presupone de algún modo la inocencia absoluta del victimario. El genocidio vertical es, por decirlo así, un genocidio al mismo tiempo meteorológico y teológico. ¿Cómo se va a comparar la violencia bestial de un cuchillo con la magia de un misil?


En los principales bombardeos de la Segunda Guerra Mundial (Londres, Dresde, Japón) se lanzaron en torno a 40.000 toneladas de bombas desde los aviones alemanes o aliados. En la segunda Guerra del Golfo, EE UU lanzó sobre Irak unas 80.000. El pasado mes de abril, Israel ya había lanzado 70.000 toneladas sobre Gaza, doblando el número del mayor conflicto bélico de la historia e igualando casi el de la bárbara invasión de Irak. Ahora, en agosto, mes de la conmemoración de la derrota del Japón y del lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, Israel habrá batido ya sin duda todos los registros históricos de destrucción vertical del otro. Es una “práctica consuetudinaria”, sí, que los humanos aceptamos con consueta resignación, y casi con admiración bíblica, entre la fascinación del récord y el estupor de la inocencia del dios. Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki nos sacaron definitivamente de la moral terrestre e inscribieron nuestros cuerpos en el marco de la posthumanidad, y ello por dos razones: porque desde entonces somos virtualmente una especie desaparecida y porque en ese momento nos quedamos definitivamente sin imaginación para conmovernos o ni siquiera escandalizarnos frente a la barbarie vertical y sus anónimos escombros inocentes.


Pero sí podemos sentir aún un poco de indignación a ras de tierra. La dificultad para escribir un artículo en esta época es siempre la de seleccionar la ignominia del día o del año, tan variadas son y tanto se repiten. Una de las mayores de este mes de agosto ha pasado, sin embargo, casi desapercibida. No me refiero al aniversario de Hiroshima y Nagasaki, que recuerdan rutinariamente todos los periódicos; ni tampoco al enésimo bombardeo de una escuela en Gaza, frente al cual carecemos ya de imaginación y hasta de lágrimas. Hablo de la ceremonia del 9 de agosto en Nagasaki y del boicot de EE UU y la UE, “solidarios” con Israel, al que el alcalde no había invitado porque estaba pensando en Gaza, donde han sido asesinados desde el pasado mes de octubre 40.000 palestinos desde el aire. Estas conexiones sí las podemos imaginar y no hace falta explicitarlas. Es el detalle menor, la metáfora pequeña y brutal de una hipocresía que nos hace cómplice de todos los bombardeos y debilita aún más nuestra posición moral en el mundo posthumano que nosotros mismos hemos contribuido a crear.


Pubilcado por El País 26 AGO 2024 -

Despreciar al otro: la derrota del diálogo

 Cuando el rey Lear decide preguntar a sus hijas si lo aman por encima de todas las cosas para repartir entre ellas su reino, las mayores le responden con panegíricos, pero la honesta Cordelia afirma que ama a su padre, pero ofrecerá a su esposo la mitad de su amor. Defraudado, el iracundo Lear la aleja de inmediato de sí. Ya no eres mi hija, afirma, Fuera de mi vista.

Con su gesto impulsivo, Lear responde como hiciera el hombre premoderno: actúa, y al hacerlo recupera la omnipotencia que la respuesta de Cordelia ha herido, pero niega también el sufrimiento de esa decisión: la hija amada es repudiada, y Lear ha escindido el amor del odio que la herida narcisista le produjo, borrando aquél. La ira, ya dijo Homero, es más dulce que la miel.



La modernidad consistió, entre otras cosas, en intentar suprimir esas respuestas inmediatas, y los ideales ilustrados apuntaban en la dirección contraria. Aquel sapere aude kantiano, Freud lo colocó como ideal de la cura psicoanalítica al afirmar: “Allí donde estaba el ello, el yo debe advenir”. O lo que es casi sinónimo: allí donde reinaba el inconsciente, la sinrazón, la irreflexividad impulsiva de la ira de Lear, el yo, la razón y la demora, debe advenir. Hamlet es el personaje que ejemplifica el paso del soldado actuador medieval que representan Lear o Macbeth al hombre ilustrado, que duda, habla y demora la acción.

Es buena costumbre dudar, requiere fortaleza, soportar la incertidumbre, tolerar las palabras de Cordelia y asimilarlas, admitir que no eran una afrenta, sino la consecuencia lógica de su honestidad. Aceptar la duda exige escucha y consideración, tomar en cuenta las opiniones del otro, explorarlas y reflexionar sobre ellas, aunque esto nos aleje de nuestra anterior certeza. Tolerar la duda es fruto de una madurez personal y social que supone el ejercicio de la diplomacia, de la negación y de la pérdida de omnipotencia, poder aceptar que nuestros deseos no se cumplan o que nuestras opiniones estén equivocadas.

La psicoanalista Melanie Klein, preocupada por los mecanismos más primitivos del ser humano, describió dos posiciones que hoy nos servirán para explicarnos a Lear y el mundo: la posición esquizoparanoide y la posición depresiva. En la primera, el niño organiza su universo mediante una ingenua separación entre buenos y malos, de forma que puede agredir a los malos sin temer la pérdida de los buenos, pues todavía no observa que aquellos que le frustran son también quienes le aman y le proporcionan los cuidados necesarios para su supervivencia. Los cuentos infantiles dan cuenta de esta disociación, y están llenos de madres buenas y madrastras malas, hadas y ogros, bien separados. Después nos damos cuenta de que la madre buena es también la que nos hace mal, aunque solo sea porque nos educa mediante el ejercicio del trauma benéfico del límite, aunque solo sea porque frustra algunos de nuestros deseos. Poco a poco, el niño y la niña comprenden que las experiencias buenas y malas se las proporciona la misma persona, que dañar a quien lo frustra lleva consigo perder también a quien nos da su amor, a quienes amamos, y aprende a controlar la ira entrando en la posición depresiva, más reflexiva, más diplomática, llamémosla así, dialogante. A lo largo de nuestra vida nos esforzaremos por sostener esta posición evolucionada, pero que siempre estará en peligro, porque cuando la incertidumbre y el miedo se hacen fuertes, el retorno a la escisión esquizoparanoide es una tentación demasiado fuerte, como nos ha enseñado la historia y como hoy nos lo sigue, lamentablemente, enseñando. El miedo y la inseguridad a la que el neoliberalismo depredador ha condenado a amplias capas de la población, sometiéndolas a la pobreza, han incrementado el odio, y con este el regreso a posiciones escindidas, donde lo malo se proyecta en un objeto construido (inmigrantes, palestinos, homosexuales, mujeres, históricamente los judíos; para Israel, ahora, los palestinos), al que alejamos de nosotros con un gesto rotundo, Fuera de mi vista, como le ordena Lear a Cordelia.

La posición esquizoparanoide es contraria a la diplomacia, pues esta apela a una premisa previa, el reconocimiento de la vulnerabilidad y dependencia mutuas. Hablamos y negociamos porque partimos del sentimiento de que nos necesitamos mutuamente, de que somos interdependientes y, por tanto, el bien de uno es también, aunque de distinto modo, el bien del otro. Reconocer la vulnerabilidad propia y ajena inhibe la agresividad, pero sin el reconocimiento de esta interdependencia la diplomacia se hace innecesaria y la ley del más fuerte se impone: si creo que no te necesito, eres superfluo para mí, no me molesto en considerarte. Lo vemos en el actual genocidio de Gaza, en el supremacismo sionista de Netanyahu, en la xenofobia de Trump.

La ultraderecha, en ascenso en Europa, no reconoce la interdependencia, pretende destruir derechos sociales que protegían a los más débiles, privatizar la sanidad y la educación, mantener un orden patriarcal que asesina a mujeres y niños, porque niega la fragilidad. Y esta negación es profundamente antidiplomática, pues huye de la reflexión de la posición depresiva y del argumento y practica el insulto. Cuando Abascal grita “más muros y menos moros”, ejerce un populismo simplificador que niega los derechos humanos de los más vulnerables, así como que la envejecida Europa necesita 60 millones de inmigrantes para superar sus bajas tasas de natalidad y el envejecimientos de su población, una población longeva que es cuidada, precisamente, por esos moros que Abascal reduce a un objeto malo, escindido, maniqueísta y violento, propio de la Edad Media en la que parece instalar sus propuestas, como los niños de pocos meses, como el rey Lear. Y sus votantes, angustiados, secundan ese odio.

Por el contrario, “el compromiso del diplomático, las exigencias que asume su práctica, las obligaciones que le ponen en riesgo, lo convierten en representante no de un ideal general y hueco de paz universal, sino de una paz posible, siempre local, precaria y cuestión de invención”, escribe Isabelle Stengers.

Reconocer nuestra interdependencia nos ayuda a explorar el terreno de lo posible, porque no tenemos un planeta b, no podemos decir al distinto, convertido en chivo expiatorio, Fuera de mi vista, sino que estamos obligados a compartir este mundo.

Los totalitarismos se basan en el desprecio del otro, en la convicción de que sólo los ciudadanos que se consideran de los nuestros tienen derecho a existir, y el capitalismo extractivista se comporta como un totalitarismo desmesurado que en su afán de riqueza traspasa cualquier límite, y en su soberbia autárquica consume autofágicamente el planeta que le sirve de sostén. Anselm Jappe lo compara con el mito de Erisictón, el rey que al talar un árbol sagrado fue castigado a experimentar un hambre insaciable y, cuando acabó con todas sus riquezas, comenzó a devorar su propio cuerpo. En esas estamos hoy.

El capitalismo, junto a las ideologías de ultraderecha que lo defienden, no reconoce la necesidad de esa diplomacia de las interdependencias de las que nos habla Baptiste Morizot, basada en una ética de la consideración que respete las vidas de todos los seres vivos de la Tierra; una diplomacia que hoy es más necesario que nunca practicar.

Lola López Mondéjar
16 AGO 2024 -


Especulamos para sobrevivir

 Una búsqueda de la palabra “especulador” en Google Imágenes todavía ofrece algunas de esas caricaturas de banqueros que ya eran populares a principios del s. XIX: dibujos de hombres orondos con bigote y chaleco que corren cargados con una bolsa marcada con el símbolo del dólar. Por su parte, en su entrada sobre el verbo “especular”, el Diccionario de la Real Academia aclara que suele usarse en sentido peyorativo. Y, sin embargo, tal y como defiende Aris Komporozos-Athanasiou, profesor de sociología en el University College de Londres, la especulación se ha convertido en el centro de nuestras vidas: “Estamos tan inmersos en una realidad tecnológica en la que los modos de interacción y experimentación social, económica y política están tan fragmentados y son tan inestables que la especulación es la única respuesta posible. La especulación no es una elección, sino una imposición: especulamos para sobrevivir”.

Autores como él consideran que, desde la gran crisis financiera de 2008, la figura central de nuestras sociedades, es decir, el modelo de sujeto que interactúa con la economía y la política, ya no es aquel homo economicus caracterizado por su racionalidad a la hora de tomar decisiones, sino un nuevo homo speculans que continuamente debe reajustar sus expectativas y previsiones sobre el futuro y que usa la imaginación para enfrentarse a la volatilidad de todo lo que le rodea. Especular ya no es solo la rápida compraventa de activos económicos basada en previsiones sobre su precio inminente, sino que también es nuestra manera de abordar la incertidumbre (laboral, económica, sentimental…) ayudados por la tecnología. Como resultado, surgen unas imágenes del futuro también inestables, que cambian y que podemos recalcular a cada momento, muy distintas de aquellas viejas utopías, fijas e inalcanzables, que dominaron los horizontes del s. XX. Por supuesto, esas dos caras de la especulación (la financiera y la imaginativa) se entrelazan y se relacionan continuamente, dando lugar a comunidades cuyas narrativas y mitologías son casi tan importantes como el movimiento del dinero o la obtención de beneficios. La de los criptobros, esos hombres que compadrean por los rincones menos ventilados de Internet y son libertarios en lo económico pero reaccionarios en lo social, es uno de los mejores ejemplos.


El auge del pequeño inversor


Asomarse a Internet supone, desde hace algunos años, toparse continuamente con ofertas de inversión o con gurús de todo tipo que te aconsejan qué hacer con tu dinero. Criptomonedas, brókers de bolsa online, depósitos bancarios a plazo fijo, inversión inmobiliaria… las opciones son infinitas y entre ellas casi siempre se cuela alguna estafa. La cuestión es que tu dinero —tengas mucho o apenas nada— nunca se quede quieto. “La mentalidad inversora está creciendo no solo en Europa sino en todo el mundo, en cierta forma por lo malo que es nuestro sistema monetario actual —comenta Juan Pablo Mejía, experto en criptomonedas y director del documental Revolución Bitcoin—. La gente busca invertir, porque su dinero está perdiendo valor todos los días. Si el Banco Central Europeo hace bien su tarea, el dinero va a perder más o menos el 2% de valor anual, porque esa es la inflación que están dispuestos a tolerar y, cuando se les va de las manos, sabemos que puede llegar a doble dígito o incluso mucho peor: en países como Venezuela o Argentina hemos visto inflaciones de triple digito. El auge de la inversión es por necesidad, es porque la gente necesita invertir para poder preservar sus ahorros, el fruto de su trabajo, Si no lo hacen, van a valer cada vez menos”.

La politóloga argentina Verónica Gago también insiste en que la inflación es clave para entender ciertos fenómenos relacionados con la inversión y la especulación: “La inflación significa una devaluación brutal de los ingresos y un encarecimiento veloz de lo básico para vivir: comida, vivienda, alimentos. Este descontrol de precios y devaluación de todo tipo de ingresos, ‘obliga’ a pequeñas formas especulativas que intentan recuperar algo de ingresos volatilizados”. En 2014, Gago publicó La razón neoliberal, un ensayo en el que expuso cómo las clases populares en contextos de desposesión, deslocalización y crisis provocados por el avance de las políticas neoliberales, terminan por asumir a pequeña escala las lógicas de captación de oportunidades e informalidad que propone el capital, y por reproducir el discurso vitalista de las élites. Tal y como lo resume, se trata de una cuestión de supervivencia: “Hay una compulsión especulativa en sectores medios y bajos ligados a formas de sobrevivencia. En Argentina, por parte de los sectores jóvenes, existe una propensión a intentar pequeños negocios financieros (apuestas, etc.) que parecen rendir más que los salarios que son hoy miserables”.


Los datos parecen confirmarlo también en Europa: la inversión sería, cada vez más, un recurso casi a la desesperada para recuperar poder adquisitivo. Junto a los conocimientos tecnológicos que requiere practicarla, eso podría explicar que sean los menores de 35 años (el grupo social que más riqueza ha perdido durante la última década) quienes más invierten, y parece que la tendencia acelera cada año. “Ha cambiado mucho el perfil del inversor —explica Laura Hecker, de la plataforma online flatexDegiro, una de las más populares para introducirse en el mundo de la bolsa—. Internet ha democratizado el acceso a la información y las tasas de los brókers online son mucho más bajas que las tradicionales”. “En nuestra plataforma —continúa la ejecutiva— el 74% de nuestros usuarios están entre los 23 y los 49 años, mientras que, durante las últimas cuatro temporadas, el grupo de edad que más ha crecido es el de los menores de 29. También crece el porcentaje de mujeres inversoras, del 16% en 2019 al 23% en 2023″.


Una cuestión generacional


Según parece, invertir y especular es cosa de jóvenes con poca confianza en la política tradicional. Y, tal y como explica Komporozos en su libro Speculative Communities (Comunidades especulativas, que pronto será traducido al castellano), eso genera unos lazos y unas comunidades para cuyos miembros la incertidumbre ya no es solo la característica principal de los mercados financieros, sino de la totalidad de la vida. “Uno de los ejes de mi libro y de mi trabajo es que me opongo a ese diagnóstico crítico que atribuye la inconsistencia y lo caótico de nuestra situación política a un mayor individualismo o aislamiento como individuos. Yo creo que ese diagnóstico que nos presenta como ciudadanos desconectados de la realidad política, aislados en nuestras casas, está fallando”, comenta el sociólogo y economista. “En lugar de eso —continúa—, defiendo que estamos sumergidos en un presente digital, un scroll o swipe permanente en cualquier aplicación: de Tinder a TikTok o las apps de criptomonedas. Así que todas nuestras interacciones: cómo jugamos, cómo trabajamos o cómo invertimos el dinero reproducen esa estructura caótica. La narrativa que surge de todo eso, aunque fragmentada, es todavía colectiva. Incluso durante ese acto del scroll permanente pertenecemos a un colectivo de gente que actúa de la misma forma. No importa si son estrellas de TikTok o inversores en Bitcoin, si están haciendo lo mismo que nosotros al mismo tiempo que nosotros, eso nos proporciona un fuerte sentimiento de comunidad y crea una textura”.


Bitcoin, una criptomoneda con un universo tan amplio que muchos de sus seguidores afirman que ya forma una “nación digital”, ha dado lugar a la mayor comunidad de este tipo. Hace pocos días, el economista Paul Krugman publicaba que estos usuarios serían decisivos durante las próximas elecciones en Estados Unidos y Mejía recuerda que “hoy Bitcoin es mucho más que una moneda, mucho más que un activo financiero, mucho más que una tecnología”. “Ha dado lugar a un ecosistema, a una cultura, incluso a varias culturas, porque al principio Bitcoin estaba más representado por los cyberpunk, personas que en los comienzos de internet querían utilizar la tecnología para obtener mayor privacidad, para liberarse del yugo del estado, pero de pronto empezaron a llegar los interesados en temas de libertad o los libertarios, más adelante los anarcocapitalistas, después los capitalistas, y hoy vemos cómo ya las grandes instituciones y Wall Street se están interesando”.


Nada de esto hubiera llegado tan lejos si no estuviéramos “notando la desconexión entre las promesas del capitalismo neoliberal y lo que ocurre en tantos ámbitos: con la propiedad inmobiliaria, la estabilidad laboral y con todas esas formas de intimidad que se están tambaleando”, según Komporozos. “La frustración provocada por las promesas rotas ha dado lugar a nuevas formas de derecha política que parecen extrañas, desconcertantes, porque contienen una mezcla rara de teorías de la conspiración, autoayuda y relatos incluso religiosos. Este tipo de popurrí que los laboristas llaman “políticas diagonales” tan, inestable y difícil de encajar en las fronteras de los viejos partidos, expresa frustración, pero también tiene un aspecto colectivo: expresa la necesidad de pertenecer a algo más grande o de imaginar una narrativa compartida, aunque sea regresiva. Es una forma de imaginación. Hay ciertas mitologías que circulan por el mundo cripto o por esos foros que revelan la necesidad de imaginar juntos. Tenemos una imagen del criptobro como alguien asocial, célibe, escondido en un sótano junto a su ordenador, que vive a través de los videojuegos y sus inversiones. Ese tópico no está del todo desencaminado, porque buena parte del mundo cripto sí que tiene esa pinta. Pero no todo, porque incluso en ese punto, casi paródico y oscuro, todo eso tiene algo de juego, de conexión entre iguales”.


Si bien sus defensores suelen centrarse solo en sus aspectos tecnológicos o económicos, como fenómeno cultural Bitcoin reproduce y recoge, con mucha más precisión que la inversión bursátil, buena parte de las angustias de la generación millenial y es que, de nuevo según el profesor griego: “La narrativa de las criptomonedas ofrece un cierto consuelo, y alivio porque reproduce, por ejemplo, a través de su volatilidad, la gran volatilidad de nuestras conexiones a través de Instagram, Tinder o Tiktok. Cada una de estas apps nos satisfacen de formas distintas, pero entre ellas hay algo familiar”. Así que cada vez más economistas y sociólogos descubren un impulso colectivo detrás de esa obsesión por invertir aparentemente egoísta, incluso detrás de todos esos contenidos estridentes que proliferan en Youtube. Buena parte de ese descontento estaría, hasta ahora, desaprovechado por las fuerzas políticas progresistas y la gran pregunta, entonces, es qué se puede hacer para evitar que el enfado contra el neoliberalismo siga, paradójicamente, alimentando nuevos mercados que ayudan a que la desigualdad continúe creciendo. “Desde el ecofeminismo estamos disputando la imaginación, el futuro y esas propensiones a especular para enlazarlas a otro tipo de experiencias, promesas y luchas”, responde Gago. “Lo único que puede evitar las consecuencias catastróficas de la precariedad pasa por que la especulación deje de ser algo en los mercados económicos y se convierta en un empeño colectivo que consista en encontrar conexiones y respuestas progresistas”, concluye Komporozos.


enrique rey
Publicado en El País 22 AGO 2024 -