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Nuestra atención se ha convertido en un bien rentable. Rubén Baler

 Las adicciones secuestran el cerebro, lo someten hasta hacerlo claudicar en las necesidades más básicas. Incluso comer y beber, imprescindibles para la vida, dejan de ser prioritarios. Pero esa sustancia o comportamiento que genera tal disfunción cerebral acostumbra a ser apenas el síntoma de un fenómeno más profundo. La punta del iceberg de un complejo entramado de vulnerabilidad y mala salud mental, conviene Rubén Baler, científico experto en salud pública y neurociencia de las adicciones del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos (NIDA): “Nos tiene que preocupar lo importante, no solo lo urgente”, advierte el neurocientífico.

Baler (Buenos Aires, 64 años) conoce de primera mano las dimensiones de la crisis sanitaria. Trabaja en ello. Y quizás precisamente por eso, eleva el foco de atención más allá de las cifras grotescas. No es la sustancia, sino el fenómeno que hay detrás. La clave, asegura, son las manos e intereses más o menos ocultos que manejan los hilos de las dinámicas nocivas para la salud pública. Desde el alcohol y el tabaco hasta la comida basura o los contenidos digitales en redes sociales, “hay fuerzas cada vez más poderosas que tienen interés en que estos productos sean cada vez más adictivos y populares”, avisa el neurocientífico, que la semana pasada visitó Palma de Mallorca para participar en el congreso conjunto que celebraron la Sociedad Española de Patología Dual y la Asociación Mundial de Patología Dual.


Pregunta. ¿Qué le sucede a un cerebro adicto?

Respuesta. En realidad es muy simple. El cerebro está diseñado para aprender lo que le da una recompensa natural y sana. Cuando hay algo que nos aumenta la posibilidad de supervivencia, se libera un poco de dopamina, aprendemos de la experiencia y estamos mejor pertrechados para la próxima. Es un mecanismo muy delicado, que funciona como cualquier termostato, entre valores mínimos y máximos. Es lo que la evolución diseñó: ese termostato regulado por la dopamina, que es lo que regula el aprendizaje por la recompensa. Ahora bien, en el mundo moderno, hay cosas que pueden tergiversar el termostato y llevar esos valores de liberación de dopamina con la recompensa a niveles para los que no está diseñado. Digamos, si el sexo te lleva la dopamina de 1 a 10, la metanfetamina la lleva a mil. Pero el cerebro no está diseñado para eso y si das metanfetamina 10 veces, el termostato se puede romper y lo único que le da recompensa en ese caso sería la metanfetamina. El cerebro se adapta a eso y ese aprendizaje artificial es la adicción.

P. ¿Por qué hay unos cerebros que se hacen adictos y otros no, ante las mismas conductas?

R. Cada individuo es un universo y esa variación también se manifiesta en diferentes vulnerabilidades y robusteces. La diferencia interindividual es enorme por genes y por experiencia.

P. ¿Qué diferencias hay cuando expones el cerebro de un adulto o de un adolescente a esas sustancias nocivas?

R. El cerebro adolescente se está programando, está cambiando de forma muy plástica, rápida y dinámica. Todos esos cambios van programando los circuitos para prepararlos para la vida. Esa programación es como estar corriendo; y cualquier empujoncito puede hacernos caer, tergiversar la calidad de esa programación y llevarla por una trayectoria no sana, dañina. Las drogas pueden corromper de forma muy efectiva la calidad de la programación.

P. ¿Y en qué se concreta eso? ¿Cuáles son los mayores riesgos?

R. Uno de los ejemplos más patente es el tema de la pornografía bizarra o rara. En los adultos, su cerebro está desarrollado y tiene la capacidad de entender que, si bien las imágenes son raras, no son normales o normativas y que difícilmente lleven a una recompensa sana o perdurable. Un chico de 12, 13 o 14 años que está expuesto al mismo tipo de pornografía, podría terminar con una disfunción sexual porque el cerebro está programando los circuitos que van a servir para la función sexual, y si eso se absorbe en ese momento crítico, eso podría volverse normativo, haciendo que el sexo normal no pueda disparar la respuesta que tendría que disparar porque ya ha sido programado y adaptado a cosas bizarras y raras. Es por eso estamos empezando a ver disfunciones sexuales en gente cada vez menor.

P. ¿Cómo han impactado las pantallas y las nuevas tecnologías en las adicciones?

R. Es muy difícil decirlo porque la ciencia es muy cuidadosa, muy rigurosa, tiene sus métodos y su ritmo. Y ese ritmo no tiene nada que ver con el de las tecnologías que estamos tratando de prevenir o de regular o de entender. Hay un desfase entre lo que podemos estudiar y lo que es relevante desde la perspectiva de salud pública. Y ese desfase crea el potencial para un experimento a escalas bíblicas. La posibilidad de que haya una relación adversa entre algunos aspectos de las redes sociales y la salud mental es tan potencialmente dañina, que tenemos que ser mucho más precavidos y cautelosos con lo que estamos haciendo. Por lo menos, posponer la exposición a pantallas hasta los 16 años.

P. Cuando habla de potencialmente dañina, ¿se refiere al riesgo de adicción a las pantallas?

R. Sí, porque los algoritmos son adictivos. ¿Quién inventó ese scrolling de la pantalla? Eso es adictivo. Los algoritmos son un laboratorio de dopamina de las plataformas, que estudiaron cómo hacer más adictivas estas plataformas. Sobre todo para los chicos que gravitan tantísimo hacia la comparación social, que dependen tanto del feedback de la comunidad. Todo eso es sumamente adictivo y crea hábitos, en muchos casos, patológicos.

P. ¿Qué se puede hacer?

R. No podemos depender de los políticos ni podemos esperar a que los científicos nos salven. Creo que la solución es a nivel local, en las escuelas. Los padres pueden, por lo pronto, frenar el uso de pantallas en la cama porque les afecta al sueño y eso es un círculo vicioso que los lleva a meterse en situaciones de riesgo y la falta de sueño les cambia el cerebro en sí. No entiendo por qué se permite que los chicos lleven los dispositivos a clase porque eso interfiere con el aprendizaje, con la dinámica de la clase y con la atención. No tiene pies ni cabeza. Lo primero es educarse sobre cómo funciona el cerebro y sobre que se están aprovechando de nosotros: somos conejillos de indias, un bien rentable. Nuestra atención se han convertido en un bien rentable.

P. ¿Para la industria?

R. Sí. Estamos pagando un precio voluntariamente y la decisión es de cada uno: o somos zombies y sonámbulos o tomamos las riendas de nuestra propia vida. En este momento, estamos vendiendo nuestra alma al diablo, tanto la privacidad como nuestros cerebros, las decisiones de cada uno. Entiendo lo difícil que es porque este aparatito [señala al móvil] está en todas partes y dependemos de él, pero tendríamos que esforzarnos en ver el bien y el mal, tratar de aprovecharnos de lo que nos ofrece para nuestro bienestar y desechar los efectos nocivos de estas tecnologías.

P. En el NIDA se centran en el abuso de drogas. ¿Cuál es la sustancia que más le preocupa?

R. En adolescentes, la prevalencia del alcohol es muy problemática, sobre todo, en culturas en las cuales es normativo. Es un problema, no solo porque es adictivo, sino porque el alcohol tiene propiedades neurodegenerativas, produce agujeros en el cerebro cuanto más larga la trayectoria de uso. El problema es que el alcohol se combina con la percepción de riesgo bajo, todo el mundo lo hace normativo y no pasa nada. Pero sí pasa.

P. ¿Y en adultos? En Estados Unidos tienen encima de la mesa una gran crisis de opioides.

R. Sí, pero lo que nos enseña la crisis es que no es una droga, es un fenómeno. Eso son todo síntomas: esta epidemia empezó con las drogas de prescripción recetadas (OxyContin, Vicodina…). Cuando apretamos la válvula de los doctores que sobreprescribían estas cosas, bajó la curva de esas prescripciones y empezó la curva de la heroína. Cuando la heroína empezó a subir, los traficantes se dieron cuenta de que podían cortarla con algo mucho más poderoso, empezaron a crear fentanilo y aparecieron los opiáceos sintéticos. Ahora, la cuarta ola tienen que ver con la anfetamina que se corta con la heroína y que aparece mezclada con el fentanilo y una droga nueva, la xylazina, que alarga los efectos psicoactivos del fentanilo. Pero todo esto son síntomas. Lo que tiene que preocuparnos no es lo urgente, sino lo importante: ¿por qué la gente usa drogas? ¿Qué es lo que los lleva a ello? ¿La miseria? ¿La desesperanza? ¿El aburrimiento? Eso es lo que hay que atacar. Hay que buscar las raíces de fondo.

P. ¿Y cuáles son?

R. Hay una financialización de la economía. Hay grupos que están muy interesados en la rentabilidad de los negocios: si hablamos de la comida basura, son industrias que producen una cantidad increíble de ganancias, pero estas comidas son adictivas, no ayudan a la salud pública. Las plataformas [de contenidos digitales] son adictivas. Las industrias del tabaco, el cannabis o el alcohol producen cantidades enormes de ganancias. Y a los dueños, los que se sientan en las juntas de accionistas, lo único que les importan son los beneficios de la compañía, la salud pública no es una prioridad. Y en esa ecuación, la población siempre va a perder. Hay fuerzas cada vez más poderosas que tiene interés en que estos productos sean cada vez más adictivos y populares.

P. ¿El problema es el capitalismo?

R. No, creo que el capitalismo es el único sistema que funciona. No estoy en contra del capitalismo, pero sí de esta forma de capitalismo desbordado que no tiene, aparentemente, ningún tipo de responsabilidad con el ciudadano.

P. ¿Los cerebros enfermos por la adicción se pueden curar? ¿Pueden volver al principio?

R. Ningún cerebro, ni sano ni enfermo, vuelve al principio. A los cerebros, si algo los caracteriza, es el cambio constante. El aprendizaje cambia la arquitectura del cerebro, pero puede ser buen o mal aprendizaje. Y las adicciones están basadas en el aprendizaje por medio de la recompensa. Es como andar en bicicleta: puedes imaginar una situación en la que desaprendas a andar en bicicleta? No. Porque lo que se aprendió de esa manera, con esa intensidad, en esas trincheras de aprendizaje en el cerebro, no se puede desaprender. La adicción es igual; nunca se va a curar, no va a desaparecer. Las trincheras de aprendizaje van a quedar ahí. Se pueden tapar con aprendizaje nuevo, mejor, más apasionado, más natural, más apropiado evolutivamente, pero las trincheras van a quedar ahí y por eso siempre existe el riesgo de recaída.


Jessica Mouzo


¿Qué significa el fin de la tauromaquia?

 Durante milenios, la lucha del hombre con la naturaleza se representó en el mundo mediterráneo a través de la lucha contra una de sus manifestaciones más vigorosas y temibles: los bisontes primero, los toros después. Distintas formas de tauromaquia, de Creta a España, dejaron sus huellas en el arte y en las costumbres. Esas exhibiciones escenográficas, que evolucionaron con el tiempo, constituían traslaciones teatrales de una batalla real; en ellas, claro, casi siempre ganaba el hombre, invirtiendo así la estadística que se imponía en la intemperie. Para poder subvertir la lógica del mundo (en la que el toro, más fuerte, solía vencer) y al mismo tiempo mantener a la vista esa tensión mortal, se establecieron reglas minuciosas de acercamiento a la bestia: amagos, piruetas, ademanes y trapos que iluminaban de manera simultánea la valentía del hombre y la amenaza del animal. Durante siglos, esta lucha contra el toro ha sido la única ficción teatral en la que la muerte real ha jugado un papel protagonista: la muerte real del toro, por supuesto, pero también la muerte fintada, evocada, evitada, del toreador. Esta combinación de ficciones regladas y peligros ciertos es lo que cautivó a nuestros antepasados, incluidos algunos de los grandes genios de la pintura y la literatura: de Goya a Picasso, de Alberti a Lorca. La tauromaquia ha sido un arte y ha generado mucho arte en sus aledaños.

Ya no lo es. Y no lo es porque los humanos ya no vemos en esa ficción reglada y en esa muerte ceremonial una lucha sino una matanza. ¿Eso se debe a que nos hemos vuelto más civilizados, más sensibles, más compasivos? No lo creo. En el primer cuarto del siglo XXI estamos a punto de superar la tauromaquia, pero no todas las otras maquias cuyas víctimas son otros seres humanos: no hemos superado la guerra ni los genocidios ni la tortura. Entonces, ¿por qué nos despierta tanta compasión el toro? Pensémoslo un momento con un poco de serenidad histórica. Esta ya asentada indiferencia ante el llamado arte taurino, esta nueva sensibilidad ante el sufrimiento animal, ¿no son correlativas a la victoria total del ser humano sobre la naturaleza? ¿No son la consecuencia paradójica de la total dependencia animal respecto de la humanidad? Digamos que no tiene ningún sentido escenificar en una plaza una lucha que ya se ha decidido de manera definitiva en el exterior: eso no ya es un drama; es una farsa. O de otra manera: la ceremonia vacía de una batalla que ya se ha ganado fuera nos resulta por fuerza manierista y nauseabunda en la plaza; produce sobre todo repelús estético y, por concomitancia, disgusto moral.


No es que en las últimas décadas haya cambiado nuestra sensibilidad ética; lo que ha cambiado es nuestro gusto estético, y ello en razón de los cambios registrados en nuestra relación con la naturaleza. En pleno Antropoceno, cuando la IA es capaz de vencer al campeón mundial de ajedrez y de desmigajar Gaza bajo las bombas, ya no tiene ningún sentido artístico luchar contra los toros. Los antiguos veían en la tauromaquia una batalla y no una matanza porque la naturaleza era aún temible; nosotros solo percibimos la matanza porque ya no vemos en el toro una criatura poderosa y amenazadora, sino una mascota. Creo que es mejor que no nos engañemos sobre nosotros mismos. Me temo que la condición histórica de esta nueva y loable sensibilidad frente al toro es —paradójicamente— nuestro dominio completo y destructivo de la naturaleza y la consecuente mascotización de los animales. Nos parece de muy mal gusto matar con ceremonias a un animal que no puede escapar y que podemos apiolar sin aspavientos de oro en un matadero industrial; da mucha pena, además, ver clavar banderillas en una metonimia viva de nuestros peluches.


Me fascinan los toros pintados de Goya y de Picasso; me emocionan algunos pasajes taurinos de José Bergamín; y me parecen bellísimos los poemas tauromáquicos de Lorca. Son arte y seguirán siéndolo cuando ya no se lidien toros en las plazas. Nos seguirán emocionando porque esas imágenes y esas palabras evocan una lucha que hemos trasladado o camuflado, pero no abolido: la lucha de los cuerpos contra la muerte finalmente victoriosa (el momento verdaderamente “real” de una corrida, lo sabemos, no es la banderilla ni el estoque sino la cogida). Odio las corridas y me disgusta el ambiente circundante, y ello por malquerencias estéticas e ideológicas. Y por las razones que acabo de citar me parece una verdadera anomalía cultural la existencia de un Premio Nacional de Tauromaquia; me felicito, por tanto, de su eliminación. Pero me cuesta creer que, tras esta decisión (o cuando la sedicente “fiesta nacional” muera por inanición), España sea un país mejor, los españoles más sensibles que Goya y Lorca y la humanidad menos peligrosa para los humanos. Sencillamente, han cambiado nuestros gustos: somos los vencedores de una lucha milenaria y ahora queremos dedicarnos a otras matanzas sin tantas ceremonias.


Y seguiremos banderilleando, día tras día, la democracia.

SANTIAGO ALBA RICO

Michael J. Sandel: “Me resisto a la tendencia de ver la tecnología como una fuerza autónoma que no podemos controlar”

A finales de 2001, el filósofo político estadounidense Michael J. Sandel (Mineápolis, 1953), catedrático estrella de la Universidad de Harvard, recibió una invitación inesperada. Se le propuso formar parte del recién creado Consejo de Bioética del Presidente. No era un experto en bioética, pero le atrajo la idea de reflexionar sobre la ingeniería genética, la clonación, la investigación con células madre, incipientes campos que planteaban colosales desafíos morales. Sandel siguió desarrollando en sus célebres clases esos temas y, en particular, el de la ética del perfeccionamiento genético. Uno de los asuntos que más le intrigaron y que vertebró, en 2007, el breve ensayo Contra la perfección, que ahora reedita Debate en español (traducido por Ramón Vilà Vernis). En sus poco más de cien páginas, el celebrado profesor despliega su inteligencia y su capacidad divulgadora sobre dilemas éticos aún sin resolver, y deja entrever algunas de las ideas sobre justicia, democracia, comunidad y meritocracia que ha desarrollado en libros como La tiranía del mérito (2020), que han hecho de Sandel un referente del pensamiento político contemporáneo.  


Pregunta. A mucha gente le preocupa la ingeniería genética, pero no es fácil explicar las razones. ¿Cómo resumiría el problema ético que plantea?

Respuesta. Cuando las personas tratan de expresar el origen de su inquietud, la mayoría de las veces señalan cuestiones de equidad. Y es motivo de grave preocupación. ¿Nos acercaremos a un mundo en el que los ricos puedan comprar mejoras genéticas para sí mismos y para sus hijos? O, en el caso de las mejoras genéticas para los atletas, por ejemplo, la preocupación sería que es injusto que algunas personas consuman dopaje genético para mejorar su rendimiento en los Juegos Olímpicos y otros no. Ese es un argumento de equidad, pero no creo que esa sea la principal objeción, ni la razón principal por la que la gente se siente incómoda. Creo que la fuente más profunda del malestar tiene que ver con lo que significa ser humano y enfrentarse a nuestra naturaleza. Tomemos el ejemplo de los padres que intentan mejorar a sus hijos para que sean más altos, inteligentes o fuertes. Es muy tentador, porque los padres quieren hacer todo lo posible para ayudar a sus hijos. La objeción de equidad diría que los padres adinerados podrán mejorar a sus hijos y los padres de bajos ingresos no. Pero la objeción más profunda en el caso de mejorar a los niños es que erosionaría la norma del amor incondicional. Porque elegimos a nuestros amigos en función de las cualidades que nos parecen atractivas, pero no elegimos a nuestros hijos. La imprevisibilidad del resultado de nuestros hijos es una condición de fondo importante. Y es la fuente del amor incondicional de los padres por los hijos.

P. ¿La ingeniería genética pone en riesgo ese amor incondicional?

R. Estaríamos convirtiendo a los niños en bienes de consumo, en lugar de seres a los que amar y apreciar, independientemente de sus características genéticas. Cuando compramos un coche, queremos especificar el color, el estilo, la forma, la velocidad y la marca. Pero llevar esa mentalidad de hiperelección a la crianza de los hijos convertiría la paternidad en una extensión del consumismo. Y eso choca con el amor incondicional.

P. Es bonito lo que dice de la paternidad: que es una escuela de humildad.

R. La paternidad enseña humildad, porque ser un buen padre es reconocer que necesitamos dominar el impulso de control. En nuestras carreras o en las competiciones deportivas queremos afirmar el dominio y el control, en la medida de lo posible. Pero con nuestros hijos, aunque queremos enseñarles y queremos moldearlos, también necesitamos aprender a aceptarlos. Dar forma y aceptar. Moldear y contemplar. Todos los padres tienen que hacerlo. Luchar con la tensión entre estos dos impulsos para nutrir y mejorar a los niños, para ayudarlos a crecer, pero también para aceptarlos, para contemplarlos, para amarlos sin importar lo fuertes que sean, lo inteligentes que sean o lo guapos que sean. La humildad consiste en reconocer los límites de nuestra capacidad de control, sean cuales sean nuestros recursos.

P. ¿Esa humildad es una actitud que podemos ampliar a otros ámbitos de la vida?

R. Sí. Porque no solo en la crianza de los hijos aprendemos la humildad que se obtiene al reconocer los límites del dominio y el control. La paternidad nos enseña a aceptar lo impredecible, a vivir con lo espontáneo. Y en nuestra vida social, creo que también debemos reconocer los límites de la elección del consumidor y los límites de nuestros intentos de dominio. Tenemos que aprender a vivir con lo que es diferente, lo inesperado, lo disonante. La humildad limita nuestra tendencia como sociedad a relacionarnos solo con ciertos tipos de personas, por ejemplo. Y nos abre a una aceptación respetuosa de la variedad y la diversidad. Creo que la humildad es una virtud cívica que escasea.

P. La frontera moral en la ingeniería genética estaría, pues, en la distinción entre curar y mejorar. ¿Pero cómo saber dónde exactamente termina una cosa y empieza la otra?

R. El uso de tecnologías genéticas para curar o prevenir una enfermedad, en la mayoría de los casos, sabemos lo que significa. Y, en el otro extremo, el caso es bastante claro si simplemente queremos que nuestro hijo sea mejor en el fútbol y que pueda correr más rápido. Pero hay casos fronterizos. Por ejemplo, la cirugía estética. Con la ingeniería genética podríamos hacernos más fuertes, inteligentes y guapos. Eso es cirugía estética en extremo. Entonces, ¿cuál sería un caso fronterizo? Supongo que la ortodoncia que endereza los dientes. No es realmente necesario desde el punto de vista médico, pero es un tipo de cosmética que solemos aceptar.

P. En el libro habla de una pareja de personas sordas que quisieron diseñar a un hijo sordo.

R. Respeto las demandas de quienes pertenecen al movimiento de identidad sorda que afirman que la sordera no debe considerarse una discapacidad, sino un modo distintivo de ser con su propio idioma y sentido de comunidad e identidad. Pero una cosa es aceptar la sordera y construir una vida en una cultura que reconozca y afirme esa forma de ser. Y otra cosa es intentar utilizar la intervención genética o, en su caso, el análisis de espermatozoides u óvulos para tratar de tener un hijo sordo. Y la diferencia se puede captar de la siguiente manera. Supongamos que lo hicieran. Y supongamos que terminan con un niño oyente. ¿Sería moralmente justificable al nacer pedirle a un médico que realizara una intervención quirúrgica para quitarle la capacidad de oír del niño? Es bastante difícil decir que eso es moralmente permisible. Pero si eso no es moralmente permisible, ¿por qué es aceptable tratar de concebir un niño sordo? Por lo tanto, la objeción aquí no es a la afirmación de la comunidad sorda de que tienen un modo de vida distintivo en un lenguaje digno de respeto. El problema es no aceptar lo dado.

P. ¿Y qué hay de los intentos por prolongar la vida?

R. Hay muchos descubrimientos médicos que tienen el efecto de prolongar la vida. Si nos volvemos inmunes a ciertas enfermedades, eso tiene el efecto de prolongar la vida. Pero sigue siendo un propósito médico, ya que trata de restaurar o preservar el funcionamiento normal del cuerpo. Otra cosa es la prolongación de la vida como tal. Desconfío mucho de los millonarios de Silicon Valley que están invirtiendo cientos de millones de dólares en la extensión de la vida. Creo que es una extraña preocupación, entre todas las apremiantes necesidades sociales y humanas. Invertir en investigación genética que pueda permitir a las personas vivir una vida sana, eso está claramente en el lado de la medicina. Pero extender los límites de una vida humana normal por sí sola… Creo que su interés en vivir para siempre tiene algo de arrogancia. Tal vez esto sea injusto, pero eso refleja un cierto vacío o falta de sentido en sus vidas, porque se trata solo de añadir tiempo. Y añadir tiempo sin ningún propósito, creo, es algo moralmente vacío.

P. Sostiene que la libertad consiste en una negociación permanente con lo recibido.


R. Tendemos a pensar que la libertad significa dominar y controlar la naturaleza para satisfacer nuestros deseos, pero esa idea de libertad es errónea. Estamos viendo lo endeble de esa noción de libertad cuando consideramos la crisis climática, porque esta surgió precisamente de siglos de pensar que la libertad humana consiste en usar, dominar y dirigir la naturaleza para que sirva a nuestros propósitos y deseos. Eso fue una enorme fuente de crecimiento, riqueza y prosperidad, no cabe duda. Pero también llevó a un fracaso a la hora de respetar la naturaleza. Creo que la ética ambiental que estamos empezando a desarrollar, mientras nos enfrentamos al cambio climático, requerirá un alejamiento de la idea de la libertad como dominio ilimitado y sin restricciones sobre la naturaleza. Cuando escribo que la libertad es negociar con lo dado, quiero decir eso. La libertad con respecto a la naturaleza significa buscar una forma de vivir en armonía con ella, que incluya un cierto elemento de aceptación, en lugar de una postura sin restricciones de dominio y control. Eso no significa que nunca podamos talar un árbol para construir una casa. Pero sí que tenemos ciertas deudas y obligaciones con la naturaleza y que, para vivir en armonía con ella, es necesario moderar nuestro impulso de control. Eso es la negociación. En cierto modo, es paralelo a la ética del respeto y la aceptación de la que hablábamos en relación con el amor incondicional por los hijos. Queremos moldear y mejorar y ayudar y dirigir a nuestros hijos hacia un punto. Pero también queremos aceptar quiénes son como personas diferentes de nosotros y que necesitan tener cierto espacio.

P. Escribió este libro antes que La tiranía del mérito, pero ya apuntaba aspectos que desarrollaría después en ese otro ensayo. Si revocamos la lotería genética, advertía ya, las personas exitosas tenderán a pensar que son enteramente responsables de su éxito. ¿Pero qué pasaría si, en cambio, utilizamos la ingeniería genética para mitigar las desventajas de las comunidades más desfavorecidas?

R. Me parece escalofriante la idea de que los arreglos sociales y económicos son inamovibles. No podemos cambiar los acuerdos socioeconómicos y, por lo tanto, debemos confiar en la tecnología para adaptar a las personas al mundo que nos hemos creado. El contrato social o la forma de gobierno o la forma de la economía es un acuerdo humano, sujeto a debate, sujeto a cambios. Pero la naturaleza está dada. Ahora parece que pueda invertirse. Estamos en la era de la ingeniería genética. Ahora, consideramos que la naturaleza es, en última instancia, manipulable y maleable. Pero los arreglos humanos, los arreglos sociales, el gobierno, la economía, se consideran más allá del control humano. Creo que no solo es paradójico, sino que también es perverso porque se abandona todo el proyecto de mejora moral y política. Todo el argumento del libro es realmente tratar de redirigir el propósito y la libertad humanos para que reflexionen críticamente sobre el mundo que hemos creado y nuestra sociedad política. No debemos considerar la tecnología como una forma de adaptarnos al mundo que hemos creado para todos.

P. ¿Rechaza que la ingeniería genética sea demasiado grande para la ética, que transforma la naturaleza y, por tanto, las nociones de lo que es bueno o malo?

R. Esta es exactamente la actitud que intento cuestionar. Creo que las tecnologías genéticas son muy prometedoras para mejorar nuestras vidas, curar enfermedades, sanar y permitirnos vivir una vida más saludable. Pero el peligro es si esas tecnologías genéticas pasan a ser utilizadas no con fines médicos, sino para modificar a nuestros hijos con fines competitivos o para adaptarnos a las disposiciones sociales y los prejuicios que, al fin y al cabo, hemos creado colectivamente. Me resisto a nuestra tendencia de ver la tecnología genética o cualquier otra tecnología como una fuerza autónoma que no podemos controlar, dirigir o cuestionar.

P. En otro orden de cosas: su país afronta este año una reedición de la elección de hace cuatro años, entre Joe Biden y Donald Trump. ¿Cómo ve hoy el escenario político en Estados Unidos?

R. Estamos profundamente polarizados. Las personas de ambos bandos apenas saben cómo hablar unas con otras. Así que nuestra vida cívica no va muy bien. Las probabilidades son difíciles de predecir, pero tengo la impresión de que es alrededor del 50-50. Si Trump regresa a la Casa Blanca, será peligroso. Incluso más que la primera vez. Porque, durante su primera presidencia, a la malevolencia le sucedió su incompetencia. No sabía cómo funciona realmente el gobierno, por lo que no pudo implementar algunas de sus ideas más extremas. Además, es muy indisciplinado. Y tenía algunas personas que contuvieron algunos de sus peores impulsos. Pero ha aprendido de esa experiencia, si se le puede llamar aprendizaje. Ahora sabe más sobre cómo funciona el gobierno y nombrará a personas que se opondrán menos a lo que él quiere. Por lo tanto, estaríamos ante una versión más eficaz de Trump. Sería muy peligroso, porque esta vez su campaña no se basa realmente en ideas. Se basa, como él mismo lo describe, en la represalia. Y esa no es una receta muy prometedora para una presidencia exitosa desde el punto de vista de la democracia.